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PALABRA DEL OBISPO (Domingo 18 de Mayo de
2008) La intuición y la
audacia del
Papa bueno, a casi 50 años
+ Alberto Suárez Inda,
Arzobispo de Morelia
Desde la ciudad de Roma,
saludo con cariño a toda la Arquidiócesis. El Señor me ha
concedido venir una vez más a esta ciudad de tantos y tan
gratos recuerdos para mí. En este año, se cumple medio siglo
de cuando, por primera vez, vine como joven seminarista a
realizar mis estudios en la Universidad Gregoriana como alumno
del Colegio Pío Latinoamericano.
Eran entonces los últimos días del Papa Pío
XII, quien murió el 10 de octubre de 1958. No pude conocerlo
en vida, pero vi su cadáver tendido en la Basílica de San
Pedro y asistí a sus funerales. Me tocó estar en la Plaza de
San Pedro el día de la elección del Papa Juan XXIII el 28 de
octubre y, casi cinco años después, rezar en medio de una
multitud cuando entregaba su alma al Señor a fines de mayo de
1963.
Ahora que estuve junto al cuerpo del “Papa
bueno”, ahora Beato, también en oración, le pedí que nos ayude
desde el Cielo a mantenernos fieles al espíritu del Concilio
Vaticano II. Este Papa de origen campesino, de alma
transparente, con una amplia experiencia como Nuncio en
Grecia, en Turquía y en Francia, y después Arzobispo Patriarca
de Venecia, sorprendió al mundo cuando, apenas iniciando su
Pontificado, convocó a un Concilio Ecuménico el 25 de enero de
1959, en la Basílica de San Pablo Extramuros.
A casi 50 años de distancia, podemos valorar
la intuición y la audacia de este hombre de Dios: reunir a
casi 3,000 Obispos del mundo entero para buscar una renovación
de la Iglesia, en respuesta a los grandes retos en un momento
histórico, fue la ocasión de una verdadera sacudida en la
conciencia de los católicos. Teníamos hasta cierto punto
enterrados los talentos de nuestra fe sin atrevernos a
hacerlos producir frutos para el mundo contemporáneo. Pudo
inaugurar la gran Asamblea y presidir la primera Sesión en el
otoño de 1962.
Le correspondió al Papa Paulo VI conducir a
buen puerto esta iniciativa, presidiendo las tres sucesivas
Sesiones de 1963 a 1965, y aprobando los documentos
conclusivos. Si releemos estos magníficos textos, podemos
constatar su gran actualidad, la riqueza de doctrina y de
espiritualidad, y las líneas maestras para orientar la acción
pastoral y el apostolado de los laicos.
A veces da la impresión de que tristemente
volvemos o dejamos en el olvido este tesoro, que en alguna
forma perdemos las inquietudes y el ardor que movía a los
Padres Conciliares. Todo el amplísimo magisterio del Siervo de
Dios Juan Pablo II, las magníficas exhortaciones postsinodales
y las Conferencias de Obispos de América Latina, desde
Medellín hasta Aparecida, en realidad pretenden que se viva y
se aplique el ideal del Vaticano II.
En estos días, del 15 al 17 de mayo, estaré
participando en un Encuentro de 100 Obispos de los cinco
Continentes, en que reflexionaremos y tendremos intercambios
sobre el gran tema de los Movimientos de Apostolado Laical. De
ello, si Dios lo permite, pienso comentar algo en esta columna
la próxima semana. Me encomiendo a su oración.
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