CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS SACERDOTES CON OCASIÓN DEL JUEVES SANTO DE 1979

 

 

Queridos hermano sacerdotes:

 

1. PARA VOSOTROS SOY OBISPO, CON VOSOTROS SOY SACERDOTE

 

AL COMIENZO de mi nuevo ministerio, siento profunda mente la necesidad de dirigirme a vosotros, a todos vosotros sin excepción, sacerdotes diocesanos y religiosos, que sois mis hermanos en virtud del sacramento del Orden. Deseo, desde el principio expresar mi fe en la vocación que os une a vuestros Obispos, en una comunión peculiar de sacramento y de ministerio, mediante el cual se edifica la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. A todos vosotros, pues, que en virtud de una gracia especial y por una entrega singular a Nuestro Salvador, soportáis el peso del día y el calor(1), entre las múltiples ocupaciones del servicio sacerdotal y pastoral, se dirige mi pensamiento y mi corazón desde el momento en que Cristo me ha llamado a esta Cátedra, sobre la que en otro tiempo San Pedro respondió a fondo, con su vida y su muerte, a la pregunta: “¿Me amas? ¿me amas más que a éstos ... ?” (2.)

Pienso incesantemente en vosotros, rezo por vosotros y con vosotros, busco los caminos de la unión espiritual y de la colaboración, porque sois hermanos míos en virtud del Orden, que hace tiempo yo recibí también de manos de mi Obispo (el Arzobispo de Cracovia, Cardenal Adán Esteban Sapieha, de inolvidable recuerdo). Adaptando, pues, las palabras de San Agustín (3), quiero deciros hoy: “Para vosotros soy Obispo, con vosotros soy Sacerdote”. Hoy, en efecto, hay un motivo especial que me impulsa a confiaros algunos pensamientos que recojo en esta Carta: la inminencia del Jueves Santo. Es esta la fiesta anual de nuestro sacerdocio, que reúne a todo el Presbiterio de cada Diócesis alrededor de su Obispo en la celebración en común de la Eucaristía. Es en este día cuando todos los Sacerdotes son invitados a renovar ante el propio Obispo y junto con él, las promesas hechas en el momento de la Ordenación sacerdotal; y esto me permite, junto con todos mis Hermanos en el Episcopado, encontrarme con vosotros asociados en una unidad peculiar y, sobre todo, encontrarme en el centro mismo del misterio de Jesucristo, del que todos participamos.

El Concilio Vaticano II, que de manera tan explícita ha puesto de relieve la colegialidad del Episcopado en la Iglesia, ha dado también una nueva forma a la vida de las comunidades sacerdotales, unidas entre sí por un vínculo especial de hermandad y unidad con el Obispo de cada Iglesia particular. Toda la vida y el ministerio sacerdotal sirven para profundizar y reforzar esta vinculación; en cambio por las distintas funciones concernientes a esta vida v ministerio, asumen, entre otras cosas, una especial responsabilidad los Consejos Presbiteriales que, en conformidad con el pensamiento del Concilio y del Motu propio Ecclesiae Sanctae de Pablo VI, deben actuar en cada diócesis (4). Todo esto mira a que cada Obispo, en unión de su Presbiterio, pueda servir de la manera más eficaz a la gran causa de la evangelización. Mediante este servicio, la Iglesia realiza su misión, es más, su propia naturaleza. La importancia que tiene aquí la unidad de los Sacerdotes con el propio Obispo está confirmada por las palabras de San Ignacio de Antioquia: “Os exhorto ahora a que realicéis todas las cosas en la concordia de Dios; bajo la presidencia del obispo, que ocupa el lugar de Dios; de los Presbíteros, que representan el Senado de los Apóstoles, y de los diáconos, a quienes venero con especial predilección y que tiene encomendado el ser ‑vicio de Jesucristo...” (5).

 

2. NOS UNE EL AMOR DE CRISTO Y DE LA IGLESIA

 

No es mi intención, exponer en esta carta todo lo que constituye la riqueza de la vida y del ministerio sacerdotal. Me remito, a este propósito, a toda la tradición del Magisterio de la Iglesia y de modo particular, a la doctrina del Concilio Vaticano II, contenida en sus distintos Documentos, sobre todo en la Constitución Lumen gentium y en los Decretos Presbiterorum ordinis y Ad gentes. Me remito también a la Encíclica de mi Predecesor Pablo VI Sacerdotalis Caelibatus. En fin, quiero dar gran importancia al Documento De Sacerdotio ministeriali, que el mismo Pablo VI aprobó como fruto de los trabajos del Sínodo de los Obispos de 197 1, ya que encuentro en él, ‑aunque aquella Sesión que lo había elaborado tuviera carácter consultivo una declaración de importancia esencial por lo que se refiere al aspecto específico de la vida y del ministerio sacerdotal en el mundo contemporáneo.

Haciendo pues referencia a todas estas fuentes, conocidas por vosotros, deseo con la presente Carta señalar solamente algunos puntos que me parecen de capital importancia en este momento (le la historia de la Iglesia y del mundo. Son palabras éstas, Inspiradas por el amor a la Iglesia, la cual estará en condiciones de cumplir su misión respecto al mundo, solamente si –a pesar de toda la debilidad humana– mantiene la fidelidad a Cristo. Sé que me dirijo a aquéllos a quienes solo el amor de Cristo concedido con vocación especifica entregarse al servicio de la Iglesia y, en la Iglesia, al servicio del hombre para la solución de los problemas más importantes, ante todo los que miran a su salvación eterna.

Aunque al principio de estas consideraciones hago referencia a muchas fuentes escritas y a documentos oficiales, sin embargo me inspiro en la fuente viva que es nuestro amor común a Cristo y a su Iglesia, amor que nace de la vocación sacerdotal, amor que es el don más grande del Espíritu Santos(6)

 

3. “TOMADO DE ENTRE LOS HOMBRES... INSTITUIDO EN FAVOR DE LOS HOMBRES” ( 7)

 

El Concilio Vaticano II ha profundizado la concepción del sacerdocio, presentándolo en el conjunto de su Magisterio, expresión de las fuerzas interiores, de ese “dinamismo por medio del cual se configura la misión de todo el pueblo de Dios en la Iglesia. Conviene hacer referencia aquí, sobre todo a la Constitución Lumen de Dios se realiza mediante la participación en la función y en la misión del mismo gentium, repasando atentamente los párrafos correspondientes. La misión del Pueblo Jesucristo, que como es sabido tiene una triple dimensión: es misión y función de Profeta, de Sacerdote y de Rey. Analizando con atención los textos conciliares, está claro que conviene hablar más bien de una triple dimensión del servicio y de la misión de Cristo que de tres funciones distintas. De hecho, están íntimamente relacionadas entre si, se despliegan recíprocamente, se condicionan también recíprocamente y recíprocamente se iluminan. Por consiguiente es de esta triple unidad de donde fluye nuestra participación en la misión y en la función de Cristo. Como cristianos, miembros del Pueblo de Dios y, sucesivamente, como sacerdotes, partícipes del orden jerárquico, nuestro origen está en el conjunto de la misión y de la función de Nuestro Maestro que es Profeta, Sacerdote y Rey, para dar un testimonio particular en la Iglesia y ante el mundo.

El sacerdocio del que participamos por medio del sacramento del Orden, que ha sido 4nipreso” para siempre en nuestras almas mediante un signo especial de Dios, es decir, el “carácter”, está relacionado explícitamente con el sacerdocio común de los .fieles, esto es, de todos los bautizados y, al mismo tiempo se diferencia de éste, “esencialmente y no sólo en grado”(8). De este modo cobran pleno significado las palabras del autor de la Carta a los Hebreos, sobre el sacerdote, “tomado de entre los hombres, es instituido en favor de los hombres.(9)

A este respecto, es mejor leer una vez más todo este clásico texto conciliar, que expone las verdades fundamentales sobre el tema de nuestra vocación en la Iglesia:

“Cristo Señor, Pontífice tomado de entre los hombres , hizo de su nuevo pueblo... un reino y sacerdotes para Dios su Padre. Los Bautizados, en efecto, son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios Espirituales y anuncien el poder de Aquél que los llamó de las tinieblas a su admirable luz . Por ello todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabando juntos a Dios , ofrézcanse a sí mismos como hostia viva, santa y grata a Dios, y den testimonio por doquiera del Cristo, y a quienes lo pidan, den también razón de la esperanza de la vida eterna que hay en ellos .

El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial y eclesiástico, aunque diferentes esencialmente no sólo en grado, se ordenan, sin embargo el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo. El sacerdocio Ministerial, por la potestad sagrada de que goza, forma y dirige el pueblo sacerdotal, realiza el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo y lo ofrece en nombre de todo el pueblo a Dios. Los fieles, en cambio, en virtud de su sacerdocio regio, concurren a la ofrenda de la Eucaristía y lo ejercen en la recepción de los sacramentos, en la oración y acción de gracias, mediante el testimonio de una vida santa, en la abnegación y caridad operante ... ” (10).

 

4. EL SACERDOTE, DON DE CRISTO PARA LA COMUNIDAD

 

Debemos considerar a fondo no solo el significado teórico, sino incluso el existencial de la mutua “relación”, que existe entre el sacerdocio jerárquico y sacerdocio común de los fieles. Si entre ello hay diferencia no solo de grado sino también de esencia, ello es fruto de una riqueza particular del mismo sacerdocio de Cristo, que es el único centro y la única fuente tanto de la participación que es propia de todos los bautizados como de esa otra participación a la que se llega por medio de un sacramento distinto, precisamente el sacramento del Orden. Este sacramento, queridos Hermanos, específico para nosotros, fruto de la gracia peculiar de la vocación y base de nuestra identidad, en virtud de su misma naturaleza y de todo lo que Él produce en nuestra vida y actividad, ayuda a los fieles a ser conscientes de su sacerdocio común y a actualizarlo:(11) les recuerda que son Pueblo de Dios y los capacita para “ofrecer sacrificios Espirituales”(12), mediante los cuales Cristo mismo hace de nosotros don eterno al Padre(13). Esto sucede, ante todo, cuando el sacerdote “por la potestad sagrada de que goza... realiza el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo (in persona Christi) y lo ofrece en nombre de todo el pueblo”(14), como leemos en el citado texto conciliar.

Nuestro sacerdocio sacramental, pues, es sacerdocio “Jerárquico” y al mismo tiempo “ministerial. Constituye un ministerium particular, es decir, es “servicio” respecto a la comunidad de los creyentes. Sin embargo, no tiene su origen en esta comunidad como si fuera ella la que “llama” o “delega”. Este es en efecto, don para la comunidad y procede de Cristo mismo, de la plenitud de su sacerdocio. Tal plenitud encuentra su expresión en el hecho de que Cristo haciéndonos a todos idóneos para ofrecer el sacrificio Espiritual, llama a algunos y los capacita para ser ministros de su mismo sacrificio sacramental, la Eucaristía, a cuya oblación concurren todos los fieles y en la que se insertan los sacrificios Espirituales del Pueblo de Dios.

Conscientes de esta realidad comprendemos de qué modo nuestro sacerdocio es jerárquico”, es decir, relacionado con la potestad de formar y dirigir el pueblo sacerdotal (15) "y precisamente por esto, “ministerial. Realizamos esta función mediante la cual Cristo mismo “sirve” incesantemente al Padre en la obra de nuestra salvación. Toda nuestra existencia está y debe estar impregnada profundamente por este servicio, si queremos realizar de manera real y adecuada el Sacrificio eucarístico in persona Christi.

El sacerdocio requiere una peculiar Integridad de vida y de servicio, y precisamente esta integridad conviene profundamente a nuestra identidad sacerdotal. En ella se expresa al mismo tiempo, la grandeza de nuestra dignidad y la “disponibilidad” adecuada a la misma: se trata de humilde prontitud para aceptar los dones del Espíritu Santo y para dar generosamente a los demás los frutos del amor y de la paz, para darles la certeza de la fe, de la que derivan la comprensión profunda del sentido de la existencia humana y la capacidad de introducir el orden moral en la vida de los individuos y en los ambientes humanos.

Ya que el sacerdocio nos es dado para servir incesantemente a los demás, como hacía Jesucristo, no se puede renunciar al mismo a causa de dificultades que encontramos y de los sacrificios que se nos exigen. Igual que los Apóstoles, “nosotros lo, hemos dejado todo y hemos seguido a Cristo”(16); debemos, por eso, perseverar junto a él en el momento de la cruz.

 

5. AL SERVICIO DEL BUEN PASTOR

 

Mientras escribo, tengo ante mis ojos, en lo hondo de mi alma, los más amplios sectores de la vida humana, a la que, queridos Hermanos, sois enviados como obreros de la viña del Señor(17). Sirve también para vosotros la comparación del rebaño"(18), dado que gracias al carácter sacerdotal, participáis del carisma pastoral , lo cual es señal de una peculiar relación de semejanza a Cristo, Buen Pastor. Vosotros precisamente estáis revestidos de esta condición de una manera muy especial. Aunque la solicitud por la salvación de los demás sea y deba ser también tarea de cada miembro de la gran comunidad del Pueblo de Dios, o sea de todos nuestros hermanos y hermanas seglares como ha declarado tan ampliamente el Concilio Vaticano II, (19), sin embargo se espera de vosotros, Sacerdotes, una solicitud y un empeño mayor diverso que el del seglar; y esto porque vuestra participación en el sacerdocio de Jesucristo difiere de la suya “esencialmente, y no solo en grado” (20).

De hecho, el sacerdocio de Jesucristo es la primera fuente y la expresión de una diligencia incesante y siempre eficaz para nuestra salvación que nos permite mirar particularmente a El como al Buen Pastor. Las palabras “El Buen Pastor da su vida por las ovejas”(21), ¿No se refieren tal vez al Sacrificio de la Cruz, al acto definitivo del Sacerdocio de Cristo?. ¿No nos indican tal vez a todos nosotros, a quienes Cristo Señor mediante el sacramento del Orden ha hecho participantes de su Sacerdocio, el camino que también nosotros debemos recorrer?. ¿Estas palabras no nos dicen tal vez que nuestra vocación es una singular solicitud por la salvación de nuestro prójimo?. ¿Que esta solicitud es una particular razón de ser” de nuestra vida sacerdotal?. ¿Que precisamente ella le da sentido, y que sólo a través de ella podemos encontrar pleno sentido de nuestra propia vida, de nuestra perfección y de nuestra santidad? Este tema lo trata, en diversos capítulos, el Decreto Conciliar Optatam Totius (22).

Este problema, sin embargo, se hace más comprensible a la luz de las palabras de nuestro mismo Maestro, que dice: Quien quiera salvar su vida, la perderá, y quien pierda la vida por mi y el Evangelio, ése la salvará” (23) Son, éstas, palabras misteriosas, y parecen una paradoja. Pero dejan de ser misteriosas, si intentamos ponerlas en práctica. Entonces, la paradoja desaparece y se manifiesta plenamente la profunda sencillez de su significado. Que a todos nosotros se nos conceda esta gracia en nuestra vida sacerdotal y en nuestro servicio lleno de celo.

 

6. “ARTE DE LAS ARTES ES LA GULA DE LAS ALMAS” (24)

 

La solicitud particular por la salvación de los demás, por la verdad, por el amor y la santidad de todo el Pueblo de Dios, por la unidad Espiritual de la Iglesia, que nos ha sido encomendada por Cristo junto con la potestad sacerdotal, se realiza de varias maneras. Ciertamente son diversos los caminos a lo largo de los cuales, queridos Hermanos, desarrolláis vuestra vocación sacerdotal. Unos en la pastoral común parroquial; otros en tierras de misión; otros en el campo de las actividades relacionadas con la enseñanza, la instrucción y la educación de la juventud, trabajando en ambientes y organizaciones diversas, y acompañando al desarrollo de la vida social y cultural: finalmente, otros junto a los que sufren, a los enfermos, a los abandonados; a veces, vosotros mismos clavados en el lecho del dolor. Son varios estos caminos, y resulta casi imposible citar separadamente cada uno de ellos. Necesariamente estos son numerosos y diferentes, ya que la estructura de la vida humana, de los procesos sociales, de las tradiciones históricas y del patrimonio de las distintas culturas civilizaciones son diversos. No obstante, en medio de estas diferencias, sois siempre y en todo lugar portadores de vuestra especifica vocación: sois portadores de la gracia de Cristo, Eterno Sacerdote, y del carisma del Buen Pastor. No lo olvidéis jamás; no renunciéis nunca a esto; debéis actuar conforme a ello en todo tiempo, lugar y modo. En esto consiste el arte máxima a la que Jesucristo os ha llamado. “Arte de las artes es la guía de las almas escribía S. Gregorio Magno.

Os digo, por tanto, siguiendo sus palabras: esforzarse por ser los "maestros” de la pastoral. Ha habido ya muchos en la historia de la Iglesia. ¿Es necesario citarlos?. Nos siguen hablando a cada uno de nosotros, por ejemplo, San Vicente de Paúl, San Juan de Ávila, el Santo Cura de Ars, San Juan Bosco, el Beato Maximiliano KoIbe, y tantos otros. Cada uno de ellos era distinto de los otros, era él mismo, era hijo de su época y estaba al día con respecto a su tiempo. Pero el “estar al día” de cada uno era una respuesta original al Evangelio, una respuesta particularmente necesaria para aquellos tiempos, era la respuesta de la santidad y del celo. No existe otra regla fuera de ésta para “estar al día en nuestro tiempo y en la actualidad del mundo. Indudablemente, no pueden considerarse un adecuado “estar al día” los diversos ensayos y proyectos de “laicización" de la vida sacerdotal.

 

7. DISPENSADOR Y TESTIGO

 

La vida sacerdotal está construida sobre la base del sacramento del Orden, que imprime en nuestra alma el signo de un carácter indeleble. Este signo, marcado en lo más profundo de nuestro ser humano, tiene su dinámica “personal”. La personalidad sacerdotal debe ser para los demás un claro y límpido signo a la vez que una indicación. Es ésta la primera condición de nuestro servicio pastoral. Los hombres, de entre los cuales hemos sido elegidos y para los cuales somos constituidos (25), quieren sobre todo ver en nosotros tal signo e indicación, y tienen derecho a ello. Podrá parecernos tal vez que no lo quieran, o que deseen que seamos en todo “como ellos”; a veces parece incluso que nos lo exigen. Es aquí necesario poseer un profundo sentido de fe y el don del discernimiento. De hecho, es muy fácil dejarse guiar por las apariencias y ser víctima de una ilusión en lo fundamental. Los que piden la laicizacion de la vida sacerdotal y aplauden sus diversas manifestaciones, nos abandonarán sin duda cuando sucumbamos a la tentación. Entonces dejaremos de ser necesarios y populares. Nuestra época está caracterizada por varias formas de “manipulación” del hombre, pero no podemos ceder a ninguna de ellas (26) . En definitiva, resultará siempre necesario a los hombres únicamente el sacerdote que es consciente del sentido pleno de su sacerdocio: el sacerdote que cree profundamente, que manifiesta con valentía su fe, que reza con fervor, que enseña con íntima convicción, que sirve, que pone en práctica en su vida el programa de las Bienaventuranzas, que sabe amar desinteresadamente, que está cerca de todos y especialmente de los más necesitados.

Nuestra actividad pastoral exige que estemos cerca de los hombres y de sus problemas, tanto personales y familiares como sociales, pero exige también que estemos cerca de estos problemas “como sacerdotes”. Sólo entonces, en el ámbito de todos esos problemas, somos nosotros mismos. Si, por lo tanto, servimos verdaderamente a estos problemas humanos, a veces muy difíciles, entonces conservamos nuestra identidad y somos de veras fieles a nuestra vocación. Debemos buscar con gran perspicacia, junto con todos los hombres, la verdad y la justicia, cuya dimensión verdadera y definitiva sólo la podemos encontrar en el Evangelio, más aun, en Cristo mismo. Nuestra tarea es la de servir a la verdad y a la justicia en las dimensiones de la “temporalidad” humana, pero siempre dentro de una perspectiva que sea la de la salvación eterna. Esta tiene en cuenta las conquistas temporales del espíritu humano en el ámbito del conocimiento y de la moral, como ha recordado admirablemente el Concilio Vaticano II(27), pero no se identifica con ellas y, en realidad las supera: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente de hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman (28)” . Los hombres, nuestros hermanos en la fe y también los no creyentes, esperan de nosotros que seamos capaces de señalarles esta perspectiva, que seamos testimonios auténticos de ella, que seamos dispensadores de la gracia que seamos servidores de la Palabra de Dios. Esperan que seamos hombres de oración.

Entre nosotros están también los que han unido su vocación sacerdotal con una intensa vida de oración y de penitencia, en la forma estrictamente contemplativa de las respectivas Ordenes religiosas. Recuerden ellos que su ministerio sacerdotal, aun bajo esta forma, está “ordenado” ‑de manera particular ‑ a la gran solicitud del Buen Pastor, que es la solicitud por la salvación de todo hombre. Todos debemos recordar esto: que a ninguno de nosotros es lícito merecer el nombre de <mercenario” o sea uno “al que las ovejas no le pertenecen uno “que ve venir al lobo y deja las ovejas y huye, y el lobo arrebata y dispersa las ovejas, porque es asalariado y no le da cuidado de las ovejas(29)”. La solicitud de todo Buen Pastor es que los hombres “tengan vida, y la tengan abundante (30)”, para que ninguno se pierda (31), sino tenga la vida eterna. Esforcémonos para que esta solicitud penetre profundamente en nuestras almas: tratemos de vivirla. Sea ella la que caracterice nuestra personalidad, y esté en la base de nuestra identidad sacerdotal.

 

8 SIGNIFICADO DEL CELIBATO

 

Permitir que me refiera aquí al problema del celibato sacerdotal. Lo trataré sintéticamente, porque ha sido expuesto ya de manera profunda y completa durante el Concilio, luego en la Encíclica Sacerdotalis Caelibatus y después en la sesión ordinaria del Sínodo de los Obispos del año 1971. Tal reflexión se ha demostrado necesaria tanto para presentar el problema de modo aún más maduro, como para motivar todavía más profundamente el sentido de la decisión que la Iglesia Latina ha asumido desde hace siglos y a la que ha tratado de permanecer fiel, queriendo también en el futuro mantener esta fidelidad. La importancia del problema en cuestión es tan grave y su unión con el lenguaje del mismo Evangelio tan íntima, que no podemos en este caso pensar con categorías diversas de las que se han servido el Concilio, el Sínodo de los Obispos y el mismo gran Papa Pablo VI. Podemos solo intentar comprender ese problema más profundamente y responder de manera más madura, liberándonos de las varias objeciones que siempre ‑como sucede hoy también se han levantado contra el celibato sacerdotal, como de las diversas interpretaciones que se refieren a criterios extraños al Evangelio, a la Tradición y al Magisterio de la Iglesia; criterios, añadamos, cuya exactitud y base “antropológica” que revela muy dudosas y de valor relativo.

No debemos, por lo demás, maravillarnos demasiado de estas objeciones y críticas que en el período postconciliar se han intensificado, aunque da la impresión de que actualmente, en algunas partes, van atenuándose. Jesucristo, después de haber presentado a los discípulos la cuestión de la renuncia al matrimonio “por el Reino de los Cielos” ¿no ha añadido tal vez aquellas palabras significativas: “el que pueda entender, que entienda? (32)” La Iglesia Latina ha querido y sigue queriendo, refiriéndose al ejemplo del mismo Cristo Señor, a la enseñanza de los Apóstoles y a toda la tradición auténtica, que abracen esta renuncia “Por el Reino de los Cielos” todos los que reciben el sacramento del Orden. Esta tradición, sin embargo, está unida al respeto por las diferentes tradiciones de la otras Iglesias. De hecho, ella constituye una característica, una peculiaridad y una herencia de la Iglesia Latina, a la que ésta debe mucho y en la que está decidida a perseverar, a pesar de las dificultades, a las que una tal fidelidad podría estar expuesta, a pesar también de los síntomas diversos de debilidad y crisis de determinados sacerdotes. Todos somos conscientes de que “llevamos este tesoro en vasos de barro (33)"”, no obstante, sabemos muy bien que es precisamente un “tesoro”.

¿Por qué un tesoro?. ¿Queremos tal vez disminuir el valor del matrimonio y la vocación a la vida familiar?. ¿0 bien sucumbimos al desprecio maniqueo por el cuerpo humano y por sus funciones?. ¿Queremos tal vez despreciar de algún modo el amor que lleva al hombre y a la mujer a la unión conyugal del cuerpo, para formar así “una carne sola (34)?. ¿Como podremos pensar y razonar de tal manera, si sabemos, creemos y proclamamos, siguiendo a San Pablo, que el matrimonio es un “misterio grande”, refiriéndose a Cristo y a la Iglesia? (35). Ninguno, sin embargo, de los motivos con los que a veces se intenta “convencernos” acerca de la inoportunidad del celibato corresponde a la verdad que la Iglesia proclama y que trata de realizar en la vida a través de un empeño concreto, al que se obligan los Sacerdotes antes de la Ordenación sagrada. Al contrario, el motivo esencial, propio y adecuado está contenido en la verdad que Cristo declaró, hablando de la renuncia al matrimonio por el reino de los Cielos, y que San Pablo proclamaba, escribiendo que cada uno en la Iglesia tiene su propio don (36). El celibato es precisamente un “don del Espíritu”. Un don semejante, aunque diverso, se contiene en la vocación al amor conyugal verdadero y fiel, orientado a la procreación según la carne, en el contexto tan amplio del sacramento del Matrimonio. Es sabido que este don es fundamental para construir la gran comunidad de la Iglesia, Pueblo de Dios. Pero si esta comunidad quiere responder plenamente a su vocación en Jesucristo, será necesario que se realice también en ella, en proporción adecuada, ese otro “don”, el don del celibato “por el Reino de los Cielos (37).

¿Por qué motivo la Iglesia Católica Latina une este don no sólo a la vida de las personas que aceptan el estricto programa de los consejos evangélicos en los institutos religiosos, sino además a la vocación al sacerdocio conjuntamente jerárquico y ministerial?. Lo hace porque el celibato “por el Reino” no es sólo un “signo escatológico sino porque tiene un gran sentido social en la vida actual para el servicio del Pueblo de Dios. El sacerdote, con su celibato, llega a ser “el hombre para los demás”, de forma distinta a como lo es uno que, uniéndose conyugalmente con la mujer, llega a ser también él, como esposo y padre, “hombre para los demás” especialmente en el área de su familia: para su esposa, y junto con ella, para los hijos, a los que da la vida. El Sacerdote, renunciando a esta paternidad que es propia de los esposos, busca otra paternidad y casi otra maternidad, recordando las palabras del Apóstol sobre los hijos, que él engendra en el dolor (38). Ellos son hijos de su espíritu, hombres encomendados por el Buen Pastor a su solicitud. Estos hombres son muchos, más numerosos de cuantos pueden abrazar una simple familia humana. La vocación pastoral de los sacerdotes es grande y el Concilio enseña que es universal: está dirigida a toda la Iglesia(39) y, en consecuencia, es también misionera.

Normalmente, ella está unida al servicio de una determinada comunidad del Pueblo de Dios, en la que cada uno espera atención, cuidado y amor. El corazón del Sacerdote, para estar disponible a este servicio, a esta solicitud y amor, debe estar libre. El celibato es signo de una libertad que es para el servicio. En virtud de este signo, el sacerdocio jerárquico, o sea ministerial”, está según la tradición de nuestra Iglesia más estrechamente ordenado al sacerdocio común de los fieles.

 

9. PRUEBA Y RESPONSABILIDAD

 

Fruto de un equívoco, por no decir de mala fe, es la opinión a menudo difundida, según la cual el celibato sacerdotal en la Iglesia Católica sería simplemente una institución impuesta por la ley a todos los que reciben el sacramento del Orden. Todos sabemos que no es así. Todo cristiano que recibe el sacramento del Orden acepta el celibato con plena conciencia y libertad, después de una preparación de años, de profunda reflexión y de asidua oración. El toma la decisión de vivir por vida el celibato, solo después de haberse convencido de que Cristo le concede este don para el bien de la Iglesia y para el servicio a los demás. Solo entonces se compromete a observarlo durante toda la vida. Es natural que tal decisión obliga no solo en virtud de la “Ley”, establecida por la Iglesia, sino también en función de la responsabilidad personal. Se trata aquí de mantener la palabra dada a Cristo y la Iglesia. La fidelidad a la palabra es, conjuntamente, deber y comprobación de la madurez interior del Sacerdote y expresión de su dignidad personal. Esto se manifiesta con toda claridad, cuando el mantenimiento de la palabra dada a Cristo, a través de un responsable y libre compromiso celibal para toda la vida, encuentra dificultades, es puesto a prueba, o bien está expuesto a la tentación, cosas todas ellas a las que no escapa el sacerdote, como cualquier otro hombre y cristiano. En tal circunstancia, cada uno debe buscar ayuda en la oración más fervorosa. Debe, mediante la oración encontrar en sí mismo aquella actitud de humildad y de sinceridad respecto a Dios y a la propia conciencia, que es precisamente la fuente de la fuerza para sostener lo que vacila. Es entonces cuando nace una confianza similar a la que San Pablo ha expresado con estas palabras: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta (40)”. Estas verdades son confirmadas por la experiencia de numerosos sacerdotes y probadas por la realidad de la vida. La aceptación de las mismas constituye la base de la fidelidad a la palabra dada a Cristo y a la Iglesia, que es al mismo tiempo la comprobación de la auténtica fidelidad a sí mismo, a la propia conciencia, a la propia humanidad y dignidad. Es necesario pensar en todo esto, especialmente en los momentos de crisis y no recurrir a la dispensa, entendida como “intervención administrativa como si en realidad no se tratara, por el contrario, de una profunda cuestión de conciencia y de una prueba de humanidad. Dios tiene derecho a tal prueba con respecto a cada uno de nosotros, dado que la vida terrenal es un período de prueba para todo hombre. Pero Dios quiere igualmente que salgamos victoriosos de tales pruebas, y nos da la ayuda necesaria.

Tal vez, no sin razón, es preciso añadir aquí que el compromiso de la fidelidad conyugal, que deriva del sacramento del Matrimonio, crea en ese terreno obligaciones análogas, y que tal vez llega a ser un campo de pruebas similares y de experiencias para los esposos, hombres y mujeres, los cuales precisamente en estas “pruebas de fuego” tienen posibilidad de comprobar el valor de su amor. En efecto, el amor en toda su dimensión no es solo llamada, sino también deber. Añadamos finalmente que nuestros hermanos y hermanas, unidos en el matrimonio, tienen derecho a esperar de nosotros, Sacerdotes y pastores, el buen ejemplo y el testimonio de la fidelidad a la vocación hasta la muerte, fidelidad a la vocación que nosotros elegimos mediante el sacramento del Orden, como ellos la eligen a través del sacramento del Matrimonio. También en este ámbito y en este sentido debemos entender nuestro sacerdocio ministerial como “subordinación* al sacerdocio común de todos los fieles, de los seglares, especialmente de los que viven en el matrimonio y forman una familia. De este modo, nosotros servimos “a la edificación del Cuerpo de Cristo”(41); en caso contrario, más que cooperar a su edificación, debilitamos su unión Espiritual. A esta edificación del cuerpo de Cristo está íntimamente unido el desarrollo auténtico de la personalidad humana de todo cristiano como también de cada sacerdote que se realiza según la medida del don de Cristo. La desorganización de la estructura Espiritual de la Iglesia no favorece ciertamente al desarrollo de la personalidad humana y no constituye su justa verificación.

 

10. ES NECESARIO CONVERTIRSE CADA DIA

 

“¿Qué hemos de hacer?( 42)": así parece que preguntáis vosotros, queridos Hermanos, como tantas veces preguntaban al mismo Cristo Señor los discípulos y los que le escuchaban. ¿Qué debe hacer la Iglesia, cuando parece que faltan sacerdotes, cuándo su falta se hace notar especialmente en algunos países y regiones del mundo?. ¿En qué manera debemos responder a las inmensas necesidades de evangelización y cómo podemos saciar el hambre de la Palabra y del Cuerpo del Señor?

La Iglesia, que se empeña en mantener el celibato de los Sacerdotes como don particular por el reino de Dios, profesa la fe y expresa la esperanza en su Maestro, Redentor y Esposo, y a la vez en el que es “dueño de la mies” y “dador del don” (43) . En efecto, “todo buen don y toda dádiva perfecta viene de arriba, desciende del Padre de las luces (44) ". Nosotros no podemos debilitar esta fe y esta confianza con nuestra duda humana o con nuestra pusilanimidad.

En consecuencia, todos debemos convertirnos cada día. Sabemos que ésta es una exigencia fundamental del Evangelio, dirigida a todos los hombres (45), y tanto más debemos considerarla como dirigida a nosotros. Si tenemos el deber de ayudar a los demás a convertirse, lo mismo debemos hacer continuamente en nuestra vida. Convertirse significa retornar a la gracia misma de nuestra vocación, meditar la inmensa bondad y el amor infinito de Cristo, que se ha dirigido a cada uno de nosotros, y llamándonos por nuestro nombre, ha dicho: “Sígueme”. Convertirse quiere decir dar cuenta en todo momento de nuestro servicio, de nuestro celo, de nuestra fidelidad, ante el Señor de nuestros corazones, para que seamos “ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (46). Convertirse significa dar cuenta también de nuestras negligencias y pecados, de la cobardía, de la falta de fe y esperanza, de pensar únicamente “de modo humano y no “divino”. Recordemos, a este propósito la advertencia hecha por Cristo al mismo Pedro (47). Convertirse quiere decir para nosotros buscar de nuevo el perdón y la fuerza de Dios en el Sacramento de la reconciliación y así volver a empezar siempre, avanzar cada día, dominarnos, realizar conquistas Espirituales y dar alegremente, porque “Dios ama al que da con alegría"(48) . Convertirse quiere decir “orar en todo tiempo y no desfallecer” (49).

La oración es, en cierta manera; la primera y última condición de la conversión, del progreso Espiritual y de la santidad. Tal vez en los últimos años ‑por lo menos en determinados ambientes se ha discutido demasiado sobre el sacerdocio, sobre la <identidad” del sacerdote, sobre el valor de su presencia en el mundo contemporáneo, etc., y, por el contrario, se ha orado demasiado poco. No ha habido bastante valor para realizar el mismo sacerdocio a través de la oración, para hacer eficaz su auténtico dinamismo evangélico, para confirmar la identidad sacerdotal. Es la oración la que señala el estilo esencial del sacerdocio; sin ella, el estilo se desfigura. La oración nos ayuda a encontrar siempre la luz que nos ha conducido desde el comienzo de nuestra vocación sacerdotal, y que sin cesar nos dirige, aunque alguna vez da la impresión de perderse en la oscuridad. La oración nos permite convertirnos continuamente, permanecer en el estado de constante tensión hacia Dios, que es indispensable si queremos conducir a los demás a El. La oración nos ayuda a creer, a esperar y amar, incluso cuando nos lo dificulta nuestra debilidad humana.

La oración nos consiente, además, nos permite descubrir continuamente las dimensiones de aquel Reino, por cuya venida rezamos cada día, repitiendo las palabras que Cristo nos ha enseñado. En este caso advertimos cuál es nuestro lugar en la realización de esta petición: “Venga tu Reino”, y vemos cómo somos necesarios para que ella se realice. Y tal vez, cuando rezamos, percibiremos con más facilidad aquellos “campos que ya están blanquecinos para la siega” (50), y comprenderemos el significado que tienen las palabras que Cristo pronunció a la vista de los mismos: “Rogar, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (51).La oración debemos unirla a un trabajo continuo sobre nosotros mismos: es la formación permanente. Como recuerda justamente el Documento emanado acerca de este tema Por la Sagrada Congregación para el Clero (52), tal formación debe ser tanto interior, o sea que mire a la vida Espiritual del sacerdote, como pastoral e intelectual (filosófica y teológica). Por consiguiente, si nuestra actividad pastoral, el anuncio de la Palabra y el conjunto del ministerio sacerdotal dependen de la intensidad de nuestra vida interior, ella debe igualmente encontrar su apoyo en el estudio continuo. No podemos conformarnos con lo que hemos aprendido un día en el seminario, aun cuando se haya tratado de estudios a nivel universitario, hacia los cuales orienta decididamente la Sagrada Congregación para la Educación Católica. Este proceso de formación intelectual debe continuar durante toda la vida, especialmente en el tiempo actual, caracterizado ‑por lo menos en muchas zonas del mundo por un desarrollo general de la instrucción y de la cultura. A la vista de los hombres, que gozan del beneficio de este desarrollo, nosotros debemos ser testimonios de Jesucristo, altamente cualificados. Como maestros de la verdad y de la moral, tenemos que dar cuenta a ellos, de modo convincente y eficaz, de la esperanza que nos vivifica” (53) . Y esto forma parte también del proceso de conversión diaria al amor, a través de la verdad.

¡Queridos Hermanos!. ¡Vosotros que “soportáis el peso del día y el calor” (54) que habéis puesto la mano sobre el sobre el arado y no miráis atrás, (55) y tal vez todavía más, vosotros que dudáis del sentido de vuestra vocación o del valor de vuestro servicio. Pensar en los lugares donde esperan con ansia al sacerdote, y donde desde hace años, sintiendo su ausencia, no cesan de desear su presencia. Y sucede alguna vez que se reúnen en un Santuario abandonado y ponen sobre el altar la estola aún conservada y recitan todas las oraciones de la liturgia eucarística; y he aquí que en el momento que corresponde a la transubstanciación desciende en medio de ellos un profundo silencio, alguna vez interrumpido por el sollozo... ¡Con tanto ardor desean escuchar las palabras, que solo los labios de un sacerdote pueden pronunciar eficazmente! ¡Tan vivamente desean la comunión eucarística, de la que únicamente en virtud del ministerio sacerdotal pueden participar, como esperan también ansiosamente oír las palabras divinas del perdón: yo te absuelvo de tus pecados. ¡Tan profundamente sienten la ausencia de un Sacerdote en medio de ellos. Estos lugares no faltan en el mundo. ¡Si, en consecuencia, alguno entre vosotros duda del sentido de un sacerdocio, si piensa que ello es “socialmente” infructuoso o inútil, medite en esto!

Es necesario convertirse a diario, descubrir cada día de nuevo el don obtenido de Cristo mismo en el sacramento del Orden, profundizando en la importancia de la misión salvadora de la Iglesia y reflexionando sobre el gran significado de nuestra vocación a la luz de esta misión

 

11. MADRE DE LOS SACERDOTES

 

Queridos Hermanos, al comienzo de mi ministerio os encomiendo a todos a la Madre de Cristo, que de modo particular es nuestra Madre: la Madre de los Sacerdotes. De hecho, al discípulo predilecto, que siendo uno de los Doce había escuchado en el Cenáculo las palabras: “Haced esto en memoria mía” (56). Cristo, desde lo alto de la Cruz, lo señaló a su Madre, diciéndole: “He ahí a tu hijo”. (57) El hombre, que el Jueves Santo recibió el poder de celebrar la Eucaristía, con estas palabras del Redentor agonizante fue dado a su Madre como “hijo”. Todos nosotros, por consiguiente, que recibimos el mismo poder mediante la Ordenación sacerdotal, en cierto sentido somos los primeros en tener el derecho a ver en ella a nuestra Madre. Deseo, por consiguiente, que todos vosotros, junto conmigo, encontréis en María la Madre del sacerdocio, que hemos recibido de Cristo. Deseo, además, que confiéis particularmente a Ella vuestro sacerdocio. Permitir que yo mismo lo haga, poniendo en manos de la Madre de Cristo a cada uno de vosotros sin excepción alguna de modo solemne y, al mismo tiempo, sencillo y humilde. Os ruego también, amados Hermanos, que cada uno de vosotros lo realice personalmente, como se lo dicte su corazón, sobre todo el propio amor a Cristo Sacerdote, y también la propia debilidad, que camina a la par con el deseo del servicio y de la santidad. Os lo ruego encarecidamente.

La Iglesia de hoy habla de sí misma sobre todo en la Constitución dogmática Lumen gentium. También aquí, en el último Capítulo, ella confiesa que mira a María como Madre de Cristo, porque se llama a sí misma madre y desea ser madre, engendrando para Dios los hombres a una vida nueva. (58). Oh, queridos Hermanos. ¡Qué cerca de esta causa de Dios estáis vosotros! ¡Cuán profundamente ella está impresa en vuestra vocación, ministerio y misión! En consecuencia, junto con el Pueblo de Dios, que mira a María con tanto amor y esperanza, vosotros debéis recurrir a Ella con esperanza y amor excepcionales. De hecho, debéis anunciar a Cristo que es su hijo; ¿Y quién mejor que su Madre os transmitirá la verdad acerca de El? Tenéis que alimentar los corazones humanos con Cristo; ¿Y quién puede hacerles más conscientes de lo que realizáis, si no la que lo ha alimentado? “Salve, o verdadero Cuerpo, nacido de la Virgen María”. Se da en nuestro sacerdocio ministerial la dimensión espléndida y penetrante de la cercanía a la Madre de Cristo. Tratemos pues de vivir en esta dimensión. Si es lícito recurrir aquí a la propia experiencia, os diré que, escribiéndoles, recurro sobre todo a mi experiencia personal.

Al comunicarles esto, al comienzo de mi servicio a la Iglesia universal, pido continuamente a Dios que os llene a vosotros. Sacerdotes de Jesucristo, de su bendición y gracia y, como prenda y afirmación de tal comunión orante, os bendigo de corazón en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Recibir esta bendición. Recibir las palabras del nuevo Sucesor de Pedro, de aquel Pedro, a quien el Señor ordenó: “Y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos” (59) . No ceséis de rezar por mí, junto con la Iglesia entera, para que yo responda a aquella exigencia de un primado de amor, que el Señor ha puesto como fundamento de la misión de Pedro, cuando le dijo: “Apacienta mis ovejas” (60). Que así sea.

Vaticano, 8 de abril, domingo de Ramos en la Pasión del Señor del año 1979, primero de mi Pontificado.

 


Referencias

 

(1) Cfr. Mt 20-12

(2) Cfr. Jn 21. 15-17

(3) Vobis enim sum episcupus, vobiscun sum Cristianus: Serm. 340. 1:PL 38.

(4) Cfr. I. Art. 15

(5) Ep. Ad magnesios, V, 1: Partes apostolici I, ed. Funk, p. 235

(6) Cfr Rom 5,5 Cor 12,31. 13.

(7) Heb 5,1

(8) Const. Dogm. Lumen Genitum. 10.

(9) Heb 5,1.

(10) Const. Lumen Genitum. 10.

(11) Cfr. Ef. 4. 11s.

(12) Cfr. 1 Pe 2, 5.

(13) Cfr. 1 Pe 3. 18.

(14) Const. Dogm. Lumen genitum. 10.

(15) Cfr. Const. Dogm. Lumen Genitum. 10.

(16) Mt. 19. 27.

(17) Cfr. Mt 20. 1-16

(18) Cfr. Jn 10, 1-16

(19) Cfr. Const. Dogm. Lumen Genitum. Cap . 11

(20) Const. Dogm. Lumen Genitum. 10.

(21) Jn 10, 11.

(22) Cfr. 8-11; 19-20.

(23) Mc 8,35.

(24) S. Gregorio Magno, Norma Pastoral, I. 1;PL 77, 14.

(25) Cfr. Heb 5, 1.

(26) No nos hagamos la ilusión de servir al Evangelio, si tratamos de “diluir” nuestro carisma sacerdotal a través de un interés exagerado hacia el amplio campo de los problemas temporales, si deseamos “laicizar” nuestra manera de vivir y actuar, si cancelamos hasta los signos externos de nuestra vocación sacerdotal. Debemos mantener el significado de nuestra vocación singular, y tal “singularidad se debe manifestar también en nuestra manera de vestir. ¡No nos avergoncemos de ello! Si estamos en el mundo, ¡Pero no somos el mundo !", Juan Pablo II, Discurso al Clero de Roma. ( 9 de Noviembre de 1978), n. 3: L’Osservatore Romano. Edición en lengua española (19 de noviembre de 1978). P. 11.

(27) Cfr. Const. Past. Gaudium et spes. 38-39. 42

(28) 1 Cor 2, 9.

(29) Jn 10, 12-13.

(30) Jn 10, 10.

(31) Cfr. Jn 17. 12.

(32) Mt. 19, 12.

(33) 2 Cor. 4,7.

(34) Gén. 2, 24; Mt. 19,6

(35) Cfr. Ef. 5, 32

(36) Cfr. 1 Cor 7, 7.

(37) Mt. 19, 12

(38) 1 Cor 4, 15; Gál 4, 19.

(39) Cfr. Dec. Presbiterun Ordinis, 3. 6. 10. 12.

(40) Fíl 4. 13.

(41) Ef, 4. 12.

(42) Lc. 3. 10

(43) Mt 9, 38: 1 Cor 7, 7.

(44) Sant 1, 17.

(45) Cfr. Mt. 4. 17; Mc. 1. 15.

(46) I Cor 4. 1.

(47) Cfr. Mt. 16. 23.

(48) 2 Cor. 9. 7.

(49) Lc 18. 1. Jn 4. 35

(50) L n 4. 35.

(51) Mt. 9 . 38.

(52) Cfr. Carta circular del 4 de noviembre de 1969: AAS 62 (1970).pp. 123ss.

(53) Cfr. 1 Pe 3, 15.

(54) Mt. 20. 12.

(55) Cfr. Lc. 9, 62

(56) Lc. 22, 19

(57) Jn 19,26.

(58) Cfr. Const. Dogm. Lumen Genitum. Cap. VIII.

(59) Lc. 22. 32.

(60) Jn 21. 16.

 

*

1982

CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS SACERDOTES CON OCASI
ÓN DEL JUEVES SANTO 1982

 

 

Queridos hermanos en el sacerdocio:

 

 

Desde el comienzo de mi ministerio de Pastor de la Iglesia universal, he deseado que el Jueves Santo de cada año sea un día de particular comunión Espiritual, para compartir con vosotros la oración, las inquietudes pastorales, las esperan as, para alentar vuestro servicio generoso y fiel, y para darles las gracias en nombre de toda la Iglesia.

 

Este año no os escribo una carta, sino que os envío el texto de una oración inspirada por la fe y nacida del corazón, para dirigirla a Cristo juntamente con vosotros en el día del nacimiento del sacerdocio mío y vuestro, y para proponer una meditación común que esté iluminada y sostenida por ella.

 

Que cada uno de vosotros pueda reavivar el carisma de Dios que lleva en sí por la imposición de las manos (cfr. 2 Tim 1, 6), y gustar con renovado fervor el gozo de haberse entregado totalmente a Cristo.

 

Vaticano, 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor del año 1982, cuarto de mi Pontificado.


 

 

1. Nos dirigimos a Ti, Cristo del Cenáculo y del Calvario, en este día que es la fiesta de nuestro sacerdocio. Nos dirigimos a Ti todos nosotros, Obispos y Presbíteros, reunidos en las asambleas sacerdotales de nuestras Iglesias y asociados en la unidad universal de la Iglesia santa y apostólica.

 

El Jueves Santo es el día del nacimiento de nuestro sacerdocio. En este día hemos nacido todos nosotros. Como un hijo nace del seno de la madre, así hemos nacido nosotros, ¡Oh, Cristo!, de tu único y eterno sacerdocio. Hemos nacido en la gracia y fuerza de la nueva y eterna Alianza; del Cuerpo y Sangre de tu sacrificio redentor; del Cuerpo que es “entregado por nosotros”(1) y de la Sangre “que es derramada por muchos”(2). Hemos nacido en la última Cena y, a la vez, a los pies de la cruz sobre el Calvario. Donde está la fuente de la nueva vida y de todos los sacramentos de la Iglesia, allí está también el principio de nuestro sacerdocio. Hemos nacido junto con todo el pueblo de Dios de la Nueva Alianza que Tú, Hijo del amor del Padre(3), has hecho un reino de reyes y sacerdotes de Dios.(4)

Hemos sido llamados como servidores de este Pueblo, que va a los eternos tabernáculos del Dios tres veces Santo “para ofrecer sacrificios Espirituales” (5).

El sacrificio eucarístico es “fuente y cumbre de toda la vida cristiana” (6). Es un sacrificio único que abarca todo. Es el bien más grande de la Iglesia. Es su vida.

Te damos gracias, ¡Oh Cristo!:

 

2. Señor Jesucristo: Cuando el día del Jueves Santo tuviste que separarte de aquéllos a quienes habías amado “hasta el fin”(7), Tú les prometiste el Espíritu de verdad, diciéndoles: “Os conviene que yo me vaya. Porque, si no me fuere, el Abogado no vendrá a vosotros; pero si me fuere, os lo enviaré”.(8)

Te fuiste mediante la cruz, haciéndote “obediente hasta la muerte” (9) y te anonadaste, tomando la forma de siervo(l0) por el amor con el que nos amaste hasta el fin; de esta manera después de tu resurrección fue dado a la Iglesia el Espíritu Santo, que vino y se quedó para habitar en ella “para siempre”.(11)

El Espíritu Santo es el que “con la fuerza del Evangelio rejuvenece la Iglesia, la renueva incesantemente y la conduce a la unión consumada” contigo(12).

Conscientes cada uno de nosotros de que mediante el Espíritu Santo, que actúa con la fuerza de tu cruz y resurrección, hemos recibido el sacerdocio ministerial para servir la causa de la salvación humana de tu Iglesia,

― imploramos hoy, en este día tan santo para nosotros, la renovación continua de tu sacerdocio en la Iglesia a través de tu Espíritu que debe “rejuvenecer” en cada momento de la historia a tu querida Esposa;

imploramos que cada uno de nosotros encuentre de nuevo en su corazón y confirme continuamente con la propia vida el auténtico significado que su vocación sacerdotal personal tiene, tanto para sí como para todos los hombres;

para que de modo cada vez más maduro vea con los ojos de la fe la verdadera dimensión y la belleza del sacerdocio;

para que persevere en la acción de gracias por el don de la vocación como una gracia no merecida;

para que, dando gracias incesantemente, se corrobore en la fidelidad a este santo don que, precisamente porque es totalmente gratuito, obliga más.

 

3. Te damos gracias por habernos hecho semejantes a Ti como ministros de tu sacerdocio, llamándonos a edificar tu Cuerpo, la Iglesia, no solo mediante la administración de los sacramentos, sino también y antes que nada, con el anuncio ,de tu mensaje de salvación” (13), haciéndonos partícipes de tu responsabilidad de Pastor.

Te damos gracias por haber tenido confianza en nosotros, a pesar de nuestra debilidad y fragilidad humana, infundiéndonos en el Bautismo la llamada y la gracia de una perfección a conquistar día tras día.

Pedimos saber cumplir siempre nuestros deberes sagrados según la medida del corazón puro y de la conciencia recta. Que seamos “hasta el fin”fieles a Ti, que nos has amado “hasta el fin” .(14)

Que no tengan acceso a nuestras almas aquellas corrientes de ideas, que disminuyen la importancia del sacerdocio ministerial, aquellas opiniones y tendencias que atacan la naturaleza misma de la santa vocación y del servicio, al cual Tú, Cristo, nos llamas en tu Iglesia.

Cuando el Jueves Santo, instituyendo la Eucaristía y el Sacerdocio, dejabas a aquellos que habías amado hasta el fin, les prometiste el nuevo “Abogado”(15) “el Espíritu de verdad” (16) esté en nosotros con sus santos dones. Que estén en nosotros la sabiduría e inteligencia, la ciencia y el consejo, la fortaleza, la piedad y el santo temor de Dios, para que sepamos discernir siempre lo que procede de Ti, y distinguir lo que procede del “espíritu del mundo” (17), incluso, del “príncipe de este mundo” (18).

 

4. Haz que no “entristezcamos” tu Espíritu (19)

con nuestra poca fe y falta de disponibilidad para testimoniar tu Evangelio “de obra y de verdad”(20);

con el “secularismo” o con el querer “conformarnos a este siglo”(21) a cualquier precio;

finalmente, con la falta de aquella caridad, que “es paciente, es benigna ... ”, que “no es jactanciosa ... ” y no “busca lo suyo ... ”, que “todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera ... ”, de aquella caridad que “se complace en la verdad” y sólo de la verdad (22).

Haz que no “entristezcamos” al Espíritu

con todo aquello que lleva en sí tristeza interior y estorbos para el alma,

con lo que hace nacer complejos y causa rupturas con los otros,

con lo que hace de nosotros un terreno preparado para toda tentación,

con lo que se manifiesta como un deseo de esconder el propio sacerdocio ante los hombres y evitar toda señal externa,

con lo que, en último término, puede llegar a la tentación de la huida bajo el pretexto del “derecho a la libertad”.

Haz que no empobrezcamos la plenitud y la riqueza de nuestra libertad, que hemos ennoblecido y realizado entregándonos a Ti y aceptando el don del sacerdocio.

Haz que no separemos nuestra libertad de Ti, a quien debemos el don de esta gracia inefable.

Haz que no “entristezcamos” tu Espíritu.

Concédenos amar con el amor con el cual tu Padre “amó al mundo”, cuando entregó “su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna”(23).

Hoy, día en el que Tú mismo prometiste a tu Iglesia el Espíritu de verdad y de amor, todos nosotros, uniéndonos a los primeros que, durante la última Cena, recibieron de Ti el encargo de celebrar la Eucaristía, clamamos:

“Envía tu Espíritu... y renueva la faz de la tierra,(24), también de la tierra sacerdotal, que Tú has hecho fértil con el sacrificio del Cuerpo y Sangre, que cada día renuevas sobre los altares mediante nuestras manos, en la viña de tu Iglesia.

 

5. Hoy todo nos habla de este amor, con el cual “amaste a la Iglesia y Te entregaste por ella, para santificarla”(25).

Mediante el amor redentor de tu entrega definitiva hiciste a la Iglesia tu esposa, llevándola por el camino de sus experiencias terrenas, para prepararla a las eternas “bodas del Cordero”(26) en la casa del Padre(27).

Este amor nupcial de Redentor, este amor salvífico del Esposo hace fructíferos todos los “dones jerárquicos y carismáticos,” con los cuales el Espíritu Santo “provee y gobierna” la Iglesias.

¿Es lícito, Señor, que nosotros dudemos de este amor?

Quienquiera que se deje guiar por la fe viva en el Fundador de la Iglesia ¿puede acaso dudar de este amor al cual la Iglesia debe toda su vitalidad Espiritual?

¿Es lícito acaso dudar de:

que Tú puedas y desees dar a tu Iglesia verdaderos “administradores de los misterios de Dios” (29) y, sobre todo, verdaderos ministros de la Eucaristía?

que Tú puedas y desees despertar en las almas de los hombres, especialmente de los jóvenes, el carisma del servicio sacerdotal, del modo como éste ha sido acogido y actuado en la tradición de la Iglesia? que Tú puedas y quieras despertar en estas almas, junto con la aspiración al sacerdocio, la disponibilidad al don del cerebro por el Reino de los Cielos, del que han dado y dan todavía hoy prueba generaciones enteras de sacerdotes en la Iglesia Católica?

¿Es conveniente en contra de lo dicho por el reciente Concilio Ecuménico y el Sínodo de los Obispos seguir proclamando que la Iglesia debería renunciar a esta tradición y a esta herencia?

¿No es en cambio un deber nuestro como sacerdotes vivir con generosidad y alegría nuestro compromiso contribuyendo con nuestro testimonio y nuestra labor a la difusión de este ideal?

¿No es en cambio un deber nuestro como sacerdotes vivir con generosidad y alegría nuestro compromiso contribuyendo con nuestro testimonio y nuestra labor a la difusión de este ideal?

¿No es cometido nuestro hacer que crezca el número de los futuros presbíteros al servicio del pueblo de Dios, empeñándonos con todas nuestras fuerzas en despertar vocaciones y sosteniendo la función insustituible de los Seminarios, donde los llamados al sacerdocio ministerial puedan prepararse adecuadamente a la donación total de sí mismos a Cristo?

 

6. En esta meditación del Jueves Santo me atrevo a plantear a mis hermanos estos interrogantes que llevan muy lejos, precisamente porque este día sagrado parece exigir de nosotros una total y absoluta sinceridad frente a Ti, Sacerdote eterno y buen Pastor de nuestras almas.

Si. Nos entristece que los años siguientes al Concilio, ‑indudablemente ricos en fermentos benéficos, pródigos e iniciativas edificantes, fecundos para la renovación Espiritual de todos los sectores de la Iglesia visto, por otro lado, surgir una crisis y manifestarse no raras resquebrajaduras.

Pero... ¿es posible acaso que en cualquier crisis, dudemos de tu amor, del amor con el que “has amado a la Iglesia entregándote a Ti mismo por ella”? (30).

Este amor y la fuerza del Espíritu de verdad ¿no son quizá más fuertes que toda debilidad humana?; ¿incluso cuando ésta parece prevalecer, presentándose además como signo de “progreso”?

El amor que Tú das a la Iglesia está destinado siempre al hombre débil y expuesto a las consecuencias de su debilidad. Y, no obstante, Tú no renuncias jamás a este amor, que ensalza al hombre y a la Iglesia, imponiendo a uno y a otra precisas exigencias.

¿Podemos nosotros “disminuir” este amor?. Y ¿no lo disminuimos cuantas veces, a causa de la debilidad del hombre, sentenciamos que se debe renunciar a las exigencias que él impone?

 

7. “Orad pues al dueño de la mies para que mande obreros a su mies ... ” (31).

En el día del Jueves Santo, día del nacimiento del sacerdocio de cada uno de nosotros, vemos con los ojos de la fe toda la inmensidad de este amor que en el Misterio pascual te ha impulsado a hacerte “obediente hasta la muerte” y en esta luz vemos también mejor nuestra indignidad. Sentimos necesidad de decir, hoy más que nunca: “Señor, yo no soy digno ... ”

Verdaderamente “somos siervos inútiles” (32).

Procuramos no obstante ver esta nuestra indignidad e “inutilidad” con una sencillez tal que nos haga hombres de gran esperanza. “La esperanza no queda confundida” porque el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo que nos ha sido dado” (33).

Este Don es precisamente fruto de tu amor: es el fruto del Cenáculo y del Calvario.

Fe, esperanza y caridad deben ser la medida adecuada para nuestras valoraciones e iniciativas.

Hoy, en el día de la institución de la Eucaristía, Te pedimos con la más profunda humildad y con todo el fervor de que somos capaces que ella sea celebrada en toda la tierra por los ministros llamados a ello, para que a ninguna comunidad de discípulos y confesores tuyos falte este santo sacrificio y alimento Espiritual.

 

8. La Eucaristía es sobre todo un don para la Iglesia. Don inefable. También el sacerdocio es un don para la Iglesia, en función de la Eucaristía.

Hoy, cuando se dice que la comunidad tiene derecho a la Eucaristía, se debe recordar particularmente que Tú has recomendado a tus discípulos “orar al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (34).

Si no se Reza con fervor, si no nos empeñamos con todas las fuerzas a fin de que el Señor mande a las comunidades buenos ministros de la Eucaristía, ¿se puede entonces afirmar con convicción interna, que “la comunidad tiene derecho”?

Si tiene derecho... entonces tiene derecho al don. Un don no puede tratarse como si no fuera don. Se debe rezar con insistencia para conseguir tal don. Se debe pedirlo de rodillas.

Por consiguiente, ‑considerando que la Eucaristía es el don más grande del Señor a la Iglesia es preciso pedir sacerdotes, puesto que el sacerdocio es un don para la Iglesia.

En este Jueves Santo, reunidos junto con los Obispos en nuestras asambleas sacerdotales, Te pedimos, Señor, que nos invada siempre la grandeza del Don, que es el Sacramento de tu Cuerpo y de tu Sangre.

Haz que nosotros, en conformidad interior con la economía de la gracia y con la ley del don, roguemos sin cesar al dueño de la mies, y que nuestra invocación brote de un corazón puro, que tenga en sí la sencillez y la sinceridad de los verdaderos discípulos. Entonces Tú, Señor, no rechazarás nuestra súplica.

 

9. Tenemos que clamar hacia Ti con una voz tan fuerte como lo exigen la grandeza de la causa y la elocuencia de la necesidad de los tiempos. Y por eso, clamamos suplicantes.

No obstante, tenemos plena conciencia de que no sabemos pedir lo que nos conviene” (35). ¿No es quizá así, dado que tocamos un problema que nos desborda?. Precisamente, éste es nuestro problema. No hay otro que sea tan nuestro como este.

El día del Jueves Santo es nuestra fiesta. Pensamos al mismo tiempo en aquellos campos, que “ya están amarillos para la siega” (36). Por esto, tenemos confianza en que el Espíritu vendrá “en ayuda de nuestra flaqueza el que “aboga por nosotros con gemidos inefables”. (37) Porque es siempre el Espíritu que “rejuvenece la Iglesia, la renueva incesantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo” (38).

 

10. No consta que tu Madre estuviera en el Cenáculo del Jueves Santo. Sin embargo, nosotros te imploramos principalmente por su intercesión. ¿Qué puede serle más querido que el Cuerpo y la Sangre de su propio Hijo, entregado a los Apóstoles en el Misterio Eucarístico, el Cuerpo y la Sangre que nuestras manos sacerdotales ofrecen incesantemente en sacrificio por la “vida del mundo”? (39).

Por esto, a través de Ella, especialmente hoy, todos nosotros te damos gracias.

Ya través de Ella imploramos que se renueve nuestro sacerdocio en la fuerza del Espíritu Santo;

que brille en él la humilde y fuerte certeza de la vocación y de la misión;

que crezca la disponibilidad al servicio sagrado.

¡Cristo del Cenáculo y del Calvario! acógenos a todos nosotros, que somos los sacerdotes

del Año del Señor 1982 y santifícanos nuevamente con el misterio del Jueves Santo. Amén.


Notas

(1) Cfr. Lc. 22, 19.

(2) Cfr. Mt. 26, 28.

(3) Cfr. Col. 1, 3.

(4) Cfr. Ap. 1,6.

(5) 1Pet. 2,5.

(6) Const. Dogm. Lumen gentium. 11.

(7) Cfr. Jn. 13, 1

(8) Jn. 16, 7.

(9) Fip. 2, 8.

(10) Cfr. Flp. 2, 7.

(11) Cfr. Jn. 14, 16.

(12) Cfr. Const. Dogm. Lumen gentium. 4.

(13) Act. 13, 26.

(14) Cfr.Jn.13, 1.

(15) Jn. 14, 16.

(16) Jn. 14, 17.

(17) 1 Cor. 2, 12

(18) Jn. 16, 12.

(19) Cfr. Ef. 4, 30.

(20) 1 Jn. 3, 18.

(21) Cfr. Rom. 12, 2.

(22) 1 Cor. 13, 4-7.

(23) Jn. 3, 16.

(24) Cfr.Sal. 103, (10),30

(25) Cfr. Ef. 2, 25. S.

(26) Ap. 19,7.

(27) Jn. 14,2.

(28) Cfr. Const, dogm. Lumen gentium. 4.

(29) Cor. 4,1.

(30) Cfr. Ef. 5.25.

(31) Mt. 9. 38.

(32) Lc. 17. 10.

(33) Rom. 5, 5.

(34) Cfr. Mt. 9. 38.

(35) Rom. 8, 26.

(36) Jn. 4, 35.

(37) Rom. 8, 26.

(38) Const. Dogm. Lumen gentium 4.

(39) Jn 6. 51.

 

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1983

CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS SACERDOTES
CON OCASI
ÓN DEL JUEVES SANTO 198
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Queridos Hermanos en el sacerdocio de Cristo:

 

 

Deseo dirigirme a vosotros, al comienzo del Año Santo de la Redención y del Jubileo extraordinario, que ha quedado abierto tanto en Roma como en toda la Iglesia el día 25 de este mes. La elección de este día, solemnidad de la Anunciación del Señor y, a la vez, de la Encarnación, es singularmente elocuente. En efecto, el misterio de la Redención tuvo su comienzo cuando el Verbo se hizo carne en el seno de la Virgen de Nazaret por obra del Espíritu Santo, y alcanzó su punto culminante en el evento pascual con la muerte y resurrección del Salvador. A partir de esta fecha calculamos nuestro Año jubilar, deseando que precisamente durante este año el misterio de la Redención se haga particularmente presente y sea fructuoso en la vida de la Iglesia. Sabemos que está siempre presente y es fructuoso, que acompaña siempre la peregrinación terrena del Pueblo de Dios, lo penetra y lo modela desde el interior. Sin embargo, la costumbre de hacer referencia a períodos de cincuenta años en esta peregrinación corresponde a una antigua tradición. Queremos ser fieles a esta tradición confiando a la vez que ella encierre en sí misma una parte del misterio del tiempo elegido por Dios: aquel Kairós, en el que se realiza la economía de la salvación.

 

He aquí pues que, al comienzo de este nuevo Año de la Redención y del Jubileo extraordinario, a los pocos días de su apertura, llega el Jueves Santo de 1983. Esta fecha nos recuerda como todos sabemos el día, en que junto con la Eucaristía fue instituido por Cristo el sacerdocio ministerial. Este a su vez fue instituido para la Eucaristía y, por consiguiente, para la Iglesia, que, como comunidad del Pueblo de Dios, se forma en la Eucaristía. Este sacerdocio ministerial y jerárquico es participado por nosotros. Nosotros lo recibimos el día de la Ordenación a través del ministerio del Obispo, que nos ha transmitido a cada uno de nosotros el sacramento iniciado con los Apóstoles durante la última Cena, en el Cenáculo el Jueves Santo. Por consiguiente, aunque las fechas de nuestra Ordenación sean diversas, el Jueves Santo permanece cada año como el día del nacimiento de nuestro sacerdocio ministerial. En ese santo día cada uno de nosotros, como sacerdotes de la Nueva Alianza, ha nacido en el sacerdocio de los Apóstoles. Cada uno de nosotros ha nacido en la revelación del único y eterno sacerdocio del mismo Jesucristo. En efecto, esta revelación tuvo lugar en el Cenáculo del Jueves Santo, la víspera del Gólgota. Precisamente allí, Cristo dio comienzo a su ministerio pascual: lo “abrió”. Y lo abrió concretamente con la llave de la Eucaristía y del Sacerdocio.

 

Por esto, el día del Jueves Santo nosotros, “ministros de la Nueva Alianza” (1), nos unimos, junto con los Obispos, en las catedrales de nuestras Iglesias; nos unimos ante Cristo ‑única y eterna fuente de nuestro sacerdocio. En esta unión del Jueves Santo nos encontramos en El y, al mismo tiempo ‑por El, con El y en El nos encontramos a nosotros mismos. Sea bendito Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo por la gracia de esta unión. (2). Por tanto, en este momento importante, deseo una vez más anunciar el Año conmemorativo de la Redención y el Jubileo extraordinario. Deseo anunciarlo singularmente a vosotros y ante vosotros, venerados y queridos Hermanos en el sacerdocio de Cristo, y deseo meditar, al menos brevemente, junto con vosotros sobre su significado. En efecto, a todos nosotros, como sacerdotes de la Nueva Alianza, se refiere de manera especial este Jubileo. Si para todos los creyentes, hijos e hijas de la Iglesia, significa una invitación a releer nuevamente su propia vida y su vocación a la luz del misterio de la Redención, entonces esta misma invitación se dirige a nosotros con una intensidad, yo diría aún mayor. Por consiguiente, el Año Santo de la Redención y el Jubileo extraordinario quieren decir que debemos ver nuevamente nuestro sacerdocio ministerial a aquella luz, bajo la cual ha sido inscrito por Cristo mismo en el misterio de la Redención.

 

“Ya no os llamó siervos... os digo amigos”. Estas palabras fueron pronunciadas en el Cenáculo, en el contexto inmediato de la institución de la Eucaristía y del sacerdocio ministerial Cristo dio a conocer a los Apóstoles y a todos los que, de ellos heredan el sacerdocio ordenado, que en esta vocación y por este ministerio deben convertirse en sus amigos, convertirse en amigos de aquel misterio que El ha venido ha dar cumplimiento. Ser sacerdote quiere decir estar singularmente en amistad con el misterio de Cristo, con el misterio de la Redención en el que El da su “carne por la vida del mundo” (3) . Nosotros que celebramos cada día la Eucaristía, el sacramento salvador del Cuerpo Y Sangre, debemos estar en intimidad especial con el misterio, del que este sacramento se origina. El sacerdocio ministerial se despliega solo y exclusivamente bajo el perfil de este misterio divino y únicamente se realiza bajo este aspecto.

 

En lo profundo de nuestro “yo” sacerdotal, gracias a aquello en que cada uno de nosotros se ha convertido en el momento de la Ordenación, nosotros somos “amigos”: somos testigos particularmente cercanos a este Amor, que se manifiesta en la Redención. El se manifestó “al. principio” en la creación y junto con la caída del hombre se manifiesta siempre en la redención. “Por que tanto ama Dios al mundo, que le dio su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna” (4). Esta es la definición del amor en su significado redentor. Este es el misterio de la Redención definido por el amor. El Hijo Unigénito es el que recoge este amor del Padre y lo da al Padre, llevándolo al mundo. El Hijo Unigénito es el que, por este amor, se da a sí mismo por la salvación del mundo: por la vida eterna de cada hombre, su hermano y hermana.

 

Y nosotros, sacerdotes, ministros de la Eucaristía, somos “amigos”: nos encontramos particularmente cercanos a este Amor redentor, que el Hijo Unigénito trajo al mundo ‑y que trae continuamente, Aunque todo esto nos embarga de un santo temor, no obstante debemos reconocer que junto con la Eucaristía el misterio de aquel Amor redentor se encuentra, en cierto modo, en nuestras manos. Que vuelve cada día a nuestros labios. Que está inscrito permanentemente en nuestra vocación y en nuestro ministerio.

 

¡Oh! ¡Cuán profundamente está constituido cada uno de nosotros en el propio “yo” sacerdotal a través del misterio de la Redención! De esto, concretamente de todo esto, nos hace conscientes la liturgia del Jueves Santo. Y precisamente esto debemos hacer objeto de nuestras meditaciones a lo largo del Año jubilar. Alrededor de esto debe concentrarse nuestra personal renovación interior, porque el Año jubilar es entendido por la Iglesia como un tiempo de renovación para los demás, para nuestros hermano y hermanas en la vocación cristiana, entonces debemos ser también sus testigos y como portavoces ante nosotros mismos: el Año Santo de la Redención Año de La renovación en la vocación sacerdotal.

 

Operando tal renovación interior en nuestra santa vocación, podremos mayormente y con más eficacia predicar, “un añade gracia del Señor” (5). En efecto, el misterio de la Redención no es una mera abstracción teológico sino que es una incesante realidad mediante la cual Dios abraza al hombre en Cristo con su eterno amor y el hombre, reconoce este amor, se deja guiar e impregnar por él, permite ser transformado interiormente por él, y por medio de él se convierte en criatura nueva(6). De este modo, el hombre creado de nuevo por el amor que le ha sido revelado en Cristo, levanta la mirada de su alma hacia Dios y profesa con el salmista: Copiosa apud eum redemptio! “En él hay redención abundante (7)”.

 

En el Año Jubilar, esta profesión debe brotar del corazón de toda la Iglesia con fuerza singular. Y esto debe cumplirse, queridos Hermanos, por obra de vuestro testimonio y de vuestro ministerio sacerdotal.

 

La redención permanece unida al perdón de la manera más estricta. Dios nos ha redimido en Cristo Jesús, porque nos ha perdonado en Cristo Jesús; Dios ha hecho que nos convirtamos en una “nueva criatura porque en él nos ha agraciado con el perdón Dios reconcilió consigo el mundo en Cristo (8). Y precisamente porque lo ha reconciliado en Jesucristo, en cuanto primogénito de toda criatura(9), la unión del hombre con Dios se ha consolidada irreversiblemente. Tal unión que, en un tiempo, el “primer” Adán consintió fuese arrebatada en él a toda la humanidad, no puede ser quitada ya por nadie a la humanidad, desde que queda enraizada y consolidada en Cristo, el “segundo Adán”. Por esto mismo, la humanidad se convierte sin cesar, en Cristo, en una “nueva criatura”. Y esto es así, porque en él y por él la gracia de la remisión de los pecados sigue siendo inagotable para todo hombre: copiosa apud eum redemptio!

En el Año Jubilar, queridos Hermanos, debemos hacernos particularmente conscientes de que estamos al servicio de esta reconciliación con Dios que se ha cumplido en Cristo de una vez para siempre. Somos siervos y administradores de este sacramento, en el que la Redención se manifiesta y realiza como perdón, como remisión de los pecados.

 

¡Oh! ¡Cuán elocuente es el hecho de que Cristo, después de su resurrección, entrase de nuevo en aquel Cenáculo donde el día de Jueves Santo había dejado a los Apóstoles, junto con la Eucaristía, el sacramento del sacerdocio ministerial y le dijo entonces: “Recibir el Espíritu Santo; a quienes perdonen los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengan, les serán retenidos” (10).

 

Así como antes les había dado la facultad de celebrar la Eucaristía, esto es, de renovar de manera sacramental su propio Sacrificio pascual, así ahora, les da la facultad de perdonar los pecados.

 

Cuando ya en el Año Jubilar meditéis sobre cómo vuestro sacerdocio ministerial ha sido inscrito en el misterio de la Redención de Cristo, tened esto siempre presente ante vuestros ojos. El Jubileo es en efecto ese tiempo singular en que la Iglesia, según una antiquísima tradición, renueva, en la entera comunidad del Pueblo de Dios, la conciencia de la Redención mediante una peculiar intensidad de la remisión y del perdón de los pecados: justamente de la remisión y del perdón de que nosotros, sacerdotes de la Nueva Alianza, somos después de los Apóstoles los legítimos herederos.

 

Como consecuencia de la remisión de los pecados en el Sacramento de la Penitencia, todos aquellos que, valiéndose de nuestro servicio total, reciben este Sacramento, pueden beneficiarse aún más plenamente de la generosidad de la Redención de Cristo, consiguiendo la remisión de las penas temporales que, después de la remisión de los pecados, quedan aún por expiar en la vida presente o en la futura. La Iglesia cree que toda remisión proviene de la Redención llevada a cabo en Cristo. Al mismo tiempo, cree también y espera que el mismo Cristo acepta la mediación de su Cuerpo Místico en la remisión de los pecados y de las penas temporales. Y dado que, en base al misterio del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, se va desarrollando el misterio de la Comunión de los Santos, en perspectiva de la eternidad, la Iglesia durante el Año Jubilar mira con singular confianza hacia este Misterio.

 

La Iglesia desea beneficiarse, ahora más que nunca, de los méritos de María Santísima y de los Santos, así como de su mediación para hacer más actual aún la Redención cumplida en Cristo con todos sus efectos y frutos de la salvación. De este modo la praxis de las Indulgencias, en conexión con el Año Jubilar, desvela su profundo significado, evangélico, en cuanto el bien, dimanado del Sacrificio redentor de Cristo en todas las generaciones de Mártires y de Santos de la Iglesia desde su comienzo hasta nuestros días, fructifica de nuevo en las almas de los hombres de nuestra época por la gracia de la remisión de los pecados y de los efectos del pecado.

 

¡Queridos Hermanos míos en el Sacerdocio de Cristo! En el curso del Año Jubilar saber ser de manera especial los maestros de la verdad de Dios sobre el perdón y la remisión, tal como ha sido proclamada incesantemente por la Iglesia. Presentar esta verdad en toda su riqueza Espiritual. Buscad caminos para ella en los ánimos y en las conciencias de los hombres de nuestros tiempos. Y a la vez que maestros, saber ser en este Año Santo, de manera singularmente servicial y generosa, los ministros del Sacramento de la Penitencia, por el que los hijos e hijas de la Iglesia obtienen la remisión de los pecados. Buscad en el servicio del confesionario la insustituible manifestación y verificación del sacerdocio ministerial, cuyo modelo nos han legado tantos Sacerdotes santos y Pastores de almas en la historia de la Iglesia, hasta nuestros días. La fatiga de este ministerio sagrado os ayude a comprender aún más cómo el sacerdocio ministerial de cada uno de nosotros está inscrito en el misterio de la Redención de Cristo mediante la cruz y la resurrección.

 

4. Con las palabras que os estoy escribiendo, deseo proclamar, de manera peculiar para vosotros, el Jubileo del Año Santo de la Redención. Como ya sabéis por los documentos hasta ahora publicados, el Jubileo se celebra contemporáneamente en Roma y en toda la Iglesia, desde el 25 de este mes hasta al Día de Pascua del próximo año. De este modo la gracia singular del Año de la Redención queda confiada a todos mis Hermanos en el Episcopado, en cuanto Pastores de las Iglesias locales, en la comunidad universal de la Iglesia católica. Contemporáneamente la misma gracia del Jubileo extraordinario se confía también a vosotros queridos hermanos en el sacerdocio de Cristo. En efecto, vosotros en unión de vuestros Obispos sois pastores de las parroquias y de las demás comunidades del Pueblo de Dios, existentes en todas las partes del mundo.

Y así, es preciso que el Año de la Redención sea vivido en la Iglesia, partiendo justamente de estas comunidades fundamentales del Pueblo ' de Dios. A este respecto, quiero reproducir aquí algunos pasos de la Bula de convocación del Año Jubilar, que testimonian explícitamente esta exigencia.

 

“El año de la Redención he escrito debe dejar una huella particular en toda la vida de Iglesia, para que los cristianos sepan descubrir de nuevo en su experiencia existencial todas las riquezas inherentes a la salvación que les ha sido comunicada desde el bautismo” (11). En efecto “en el descubrimiento y en la práctica vivida de la economía sacramental de la Iglesia, a través de la cual llega a cada uno y a la comunidad la gracia de Dios en Cristo, hay que ver el profundo significado y la belleza arcana de este Año que el Señor nos concede celebrar” (12)

 

En una palabra, el Año Jubilar quiere ser “una llamada al arrepentimiento y a la conversión”, en orden “a una renovación Espiritual en cada uno de los fieles, en las parroquias, en las diócesis, en las comunidades religiosas y en otros centros de vida cristiana y de apostolado” (13). Si esta llamada será escuchada generosamente, se producirá una especie de movimientos “desde abajo” que, partiendo de las parroquias y de las variadas comunidades como he dicho recientemente ante mi querido Presbiterio de Roma reavivará las diócesis y de este modo no dejará de tener positiva influencia en la Iglesia entera. Precisamente para favorecer este dinamismo ascendente, en la Bula me he limitado a ofrecer algunas orientaciones de carácter general dejando “a las Conferencias Episcopales y a los Obispos de cada diócesis el cometido de establecer indicaciones y sugerencias pastorales de acuerdo con la mentalidad y costumbres de cada lugar y con las finalidades del 1950º aniversario de la muerte y resurrección de Cristo” (14).

 

5. Por esto, queridos Hermanos, os ruego encarecidamente que reflexionéis sobre como se puede y debe celebrar el Santo Jubileo del Año de la Redención en cada parroquia, así como en las demás comunidades del Pueblo de Dios, entre las cuales ejercéis el ministerio sacerdotal y pastoral. Os ruego que reflexionéis sobre cómo se puede y debe celebrar en el marco de tales comunidades y al mismo tiempo en unión con la Iglesia local y universal. Os ruego que prestéis singular atención a los ambientes que la Bula recuerda expresamente, como son el de los Religiosos y Religiosas de clausura, el de los enfermos, de los encarcelados, de los ancianos u otros que sufren (15). Sabemos en efecto que continuamente y de modos diversos se están actuando las palabras del Apóstol: “Suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia” (16).

 

Ojalá el Jubileo extraordinario pueda convertirse así de verdad gracias a esta solicitud y esmero pastoral, en “el año de misericordia del Señor”, según las palabras del Profeta (17) para cada uno de vosotros, queridos Hermanos, y también para todos aquellos que Cristo, Sacerdote y Pastor, ha confiado a vuestro servicio sacerdotal y pastoral.

 

Aceptar la Presente carta para el día sagrado de Jueves Santo como manifestación de amor cordial; y orad también por quien la escribe, para que no le falte nunca este amor, en torno al cual Cristo Señor interrogó por tres veces a Simón Pedro (18). Con estos sentimientos os doy a todos mi bendición.

 

Dado en Roma, junto a San Pedro, el Domingo de Ramos, día 27 de marzo de 1983, quinto de Pontificado.


Notas

 

(1) 2Cor3, 6.

(2) Jn 15, 15.

(3) Jn. 6, 51.

(4) Jn. 3, 16

(5) Lc 4, 19

(6) 2 Cor 5, 17.

(7) Ps 130, 7.

(8) Cfr. 2 Cor 5, 19.

(9) Cfr. 1, 15.

(10) Jn. 20, 22-23

(11) Bula Aperite Portas Redentoris. N 3

(12) Ibid

(13) Lc.n 11

(14) Ibid

(15) Cfr. Lc. n. 11 A y B.

(16) Col. 1 24.

(17) Is. 61, 2.

(18) Cfr. Jn. 21. 15ss.

 

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1984

CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS SACERDOTES CON OCASIÓN DEL JUEVES SANTO 1984

 

 

“El Espíritu del Señor, Yavé, está sobre mí, pues Yavé me ha ungido, me ha enviado para predicar la buena nueva a los abatidos y sanar a los de quebrantado corazón, para anunciar la libertad de los cautivos y la liberación de los encarcelados. Para publicar el año de gracia de Yavé” (Is 61, 12).

 

 

Amadísimos Hermanos en la gracia del Sacerdocio:

 

Hace un año me dirigía a vosotros mediante la carta para el Jueves Santo de 1983, pidiéndoles anunciar, junto conmigo y con todos los Obispos de la Iglesia, el Año de la Redención: el Jubileo extraordinario, el Año de gracia del Señor.

Hoy deseo agradecerles cuanto habéis hecho para que este Año, que nos recuerda el 1950 aniversario de la Redención, se convirtiera verdaderamente en «el año de gracia del Señor», el Año Santo. Y a la vez, al encontrarme con vosotros en esta concelebración, en la que culmina vuestra peregrinación a Roma con ocasión del Jubileo, deseo renovar y profundizar en unión con vosotros la conciencia del misterio de la Redención, que es el manantial vivo y vivificador del sacerdocio sacramental, del que cada uno de nosotros participa.

En vosotros, aquí llegados no sólo de Italia, sino también de otros Países y Continentes, veo a todos los sacerdotes: a todo el Presbiterio de la Iglesia universal. Y a todos me dirijo con el aliento y la exhortación de la Carta a los Efesios: “ ... os exhorto yo... a andar de una manera digna de la vocación con que fuisteis llamados” (Ef 4, l).

Es necesario que nosotros también ―llamados a servir a los demás en la renovación Espiritual del Año de la Redención― nos renovemos, mediante la gracia de este Año, en nuestra hermosa vocación.

 

2. “Cantaré siempre las piedades de Yavé”.

 

Este versículo del salmo responsorial (89/88, 2) de la liturgia de hoy nos recuerda que somos de modo especial “ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1 Cor 4, l), que somos hombres de la divina economía de salvación, que somos un “ instrumento” consciente de la gracia, o sea de la acción del Espíritu Santo con el poder de la Cruz y Resurrección de Cristo.

¿Qué es esta economía divina? ¿Qué es la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, gracia que El ha querido unir sacramentalmente a nuestra vida sacerdotal y a nuestro servicio sacerdotal, aunque sea ofrecida por hombres tan pobres e indignos?. La gracia, como proclama el Salmo de la liturgia de hoy, es un testimonio de la fidelidad de Dios mismo a aquel Amor eterno con el que El ha amado la creación, y particularmente al hombre, en su Hijo eterno.

 

Dice el Salmo: “Porque dijiste: La piedad es eterna. Cimentaste en los cielos tu fidelidad” (89 / 88, 3).

 

Esta fidelidad de su Amor ―del Amor misericordioso― es la fidelidad a la Alianza que Dios ha realizado, desde el comienzo, con el hombre y que ha renovado muchas veces, a pesar de que el hombre con frecuencia no haya sido fiel a ella.

 

La gracia es por consiguiente un puro don del Amor, que sólo en el mismo Amor, y no en otra cosa, encuentra su razón y motivo.

 

El Salmo exalta la Alianza que Dios ha estrechado con David y al mismo tiempo, a través de su contenido mesiánico, revela cómo aquella Alianza histórica es solamente una etapa y un anuncio previo a la Alianza perfecta en Jesucristo: “El me invocará, diciendo: Tú eres mi padre, mi Dios y la Roca de mi salvación” (89/88, 27).

 

La gracia, como don, es el fundamento de la elevación del hombre a la dignidad de hijo adoptivo de Dios en Cristo, Hijo Unigénito. “Serán con él mi fidelidad y mi piedad, y en mi nombre se alzará su poder” (89/88, 25). Precisamente este poder que nos hace hijos de Dios, del que habla el prólogo del Evangelio de San Juan todo el poder salvífico ha sido otorgado a la humanidad en Cristo, mediante la Redención, la Cruz y la Resurrección.

 

Y nosotros ―siervos de Cristo― somos sus administradores. El sacerdote es el hombre de la economía salvífica. El sacerdote es el hombre plasmado por la gracia. El sacerdote es el administrador de la gracia.

 

3. “Cantaré siempre las piedades de Yavé”.

 

Precisamente ésta es nuestra vocación. En esto consiste la peculiaridad y la originalidad de la vocación sacerdotal. Está arraigada de manera especial en la misión de Cristo mismo, de Cristo Mesías.

 

“El Espíritu del Señor, Yavé, está sobre mí, pues Yavé me ha ungido, me ha enviado para predicar la buena nueva a los abatidos y sanar a los de quebrantado corazón, para anunciar la libertad de los cautivos y la liberación de los encarcelados... para consolar a todos los tristes” (Is 61, 12).

 

Precisamente en lo íntimo de esta misión mesiánica de Cristo Sacerdote está arraigada también nuestra vocación y misión: vocación y misión de sacerdotes de la Nueva y Eterna Alianza. Es la vocación y la misión de los mensajeros de la Buena Nueva; de los que tienen que curar las heridas de los corazones humanos; de los que tienen que proclamar la liberación en medio de múltiples aflicciones, en medio del mal que de tantas maneras “tiene” esclavizado al hombre; de los que tienen que consolar.

 

Esta es nuestra vocación y misión de servidores. Nuestra vocación, queridos hermanos, encierra en sí un gran y fundamental servicio respecto de cada hombre. Ninguno puede prestar este servicio en lugar nuestro. Ninguno puede sustituirnos. Debemos alcanzar con el Sacramento de la Nueva y Eterna Alianza las raíces mismas de la existencia humana sobre la tierra.

 

Debemos, día tras día, introducir en ella la dimensión de la Redención y de la Eucaristía.

Debemos reforzar la conciencia de la filiación divina mediante la gracia. ¿Qué perspectiva más alta y qué destino más excelso podría tener el hombre?.

Debemos finalmente administrar la realidad sacramental de la reconciliación con Dios y de la sagrada Comunión, en la que se sale al encuentro de la más profunda aspiración del «insaciable» corazón humano. Verdaderamente nuestra unción sacerdotal está enraizada profundamente en la misma unción mesiánica de Cristo.

 

Nuestro sacerdocio es ministerial. Sí, debemos servir. Y “servir” significa llevar al hombre a los fundamentos mismos de su humanidad, al meollo más profundo de su dignidad. Precisamente allí debe resonar ―mediante nuestro servicio― el “canto de alabanza en vez de un espíritu abatido para usar una vez más las palabras del texto de Isaías (61, 3).

 

4. Amadísimos hermanos: Redescubramos, día a día y año tras año el contenido y la esencia, verdaderamente inefables, de nuestro sacerdocio en las profundidades del misterio de la Redención. Yo deseo que a esto ayude de modo particular el Año en curso del Jubileo extraordinario.

Abramos cada vez más ampliamente los ojos ―la mirada del alma― para comprender mejor lo que quiere decir celebrar la Eucaristía, el Sacrificio de Cristo mismo, confiado a nuestros labios y a nuestras manos de sacerdotes en la comunidad de la Iglesia.

 

― Abramos cada vez más ampliamente los ojos ―la mirada del alma― para comprender mejor lo que significa perdonar los pecados y reconciliar las conciencias humanas con Dios Infinitamente Santo, con el Dios de la Verdad y del Amor.

― Abramos cada vez más ampliamente los ojos ―la mirada del alma― para comprender mejor lo que quiere decir actuar “in persona Christi,  en nombre de Cristo: actuar con su poder, con el poder que, en definitiva, se arraiga en la realidad salvífica de la Redención.

 

― Abramos cada vez más ampliamente los ojos ―la mirada del alma― para comprender mejor lo que es el misterio de la Iglesia. ¡Somos hombres de Iglesia!

“Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todos, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo” (Ef 4, 46).

 

Por tanto: esforzarse “en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz” (Ef 4, 3). Sí. Precisamente esto depende, de manera particular, de vosotros: “mantener la unidad del Espíritu”.

En una época de grandes tensiones, que sacuden el cuerpo terreno de la humanidad, el servicio más importante de la Iglesia nace de la “unidad del Espíritu”, a fin de que no sólo no sufra ella misma una división desde fuera, sino que además reconcilie y una a los hombres en medio de las contrariedades que se acumulan en torno a ellos mismos en el mundo actual.

 

Hermanos míos: A cada uno de vosotros “ha sido dada la gracia en la medida del don de Cristo... para la edificación del cuerpo de Cristo” (Ef 4, 7.12). ¡Seamos fieles a esta gracia! ¡Seamos heroicamente fieles a ella!

 

Hermanos míos: El don de Dios ha sido grande para con nosotros, para cada uno de nosotros. Tan grande que todo sacerdote puede descubrir dentro de sí los signos de una predilección divina. Cada uno conserve fundamentalmente su don con toda la riqueza de sus expresiones; también el don magnífico del celibato voluntariamente consagrado al Señor ―y de El recibido― para nuestra santificación y para la edificación de la Iglesia.

5. Jesucristo está en medio de nosotros y nos dice: “Yo soy el buen pastor ” (Jn 11. 14).

Es precisamente El quien nos ha “constituido ” pastores también a nosotros. Y es El quien recorre todas las ciudades y pueblos (cfr. Mt 9, 35), a donde somos enviados para desarrollar nuestro servicio sacerdotal y pastoral.

Es El, Jesucristo, quien enseña, predica el evangelio del Reino y cura toda enfermedad (cfr. ibidem) del hombre, a donde somos enviados para el servicio del Evangelio y la administración de los Sacramentos.

Es precisamente Él, Jesucristo, quien siente continuamente compasión de las multitudes y de cada hombre cansado y rendido, como “ovejas sin pastor” (Cfr. Mt 9, 36).

 

Queridos hermanos: En esta asamblea litúrgica pidamos a Cristo una sola cosa: que cada uno de nosotros sepa servir mejor, más límpida y eficazmente, su presencia de Pastor en medio de los hombres en el mundo actual. Esto es también muy importante para nosotros, a fin de que no nos entre la tentación de la “inutilidad”, es decir, la de sentirnos no necesarios. Porque no es verdad. Somos más necesarios que nunca, porque Cristo es más necesario que nunca. El Buen Pastor es necesario más que nunca. Nosotros tenemos en la mano ―precisamente en nuestras «manos vacías»― la fuerza de los medios de acción que nos ha dado el Señor.

 

Pensar en la Palabra de Dios, más tajante que una espada de doble filo (cfr. Heb 4, 12); pensar en la oración litúrgica, particularmente en la de las Horas, en la que Cristo mismo pide con nosotros y por nosotros; y pensar en los Sacramentos, en particular en el de la Penitencia, verdadera tabla de salvación para tantas conciencias, meta hacia la que tienden tantos hombres de nuestro tiempo. Conviene que los sacerdotes den nuevamente gran importancia a este Sacramento, para la propia vida Espiritual y para la de los fieles.

Es cierto, amadísimos hermanos: con el buen uso de estos “medios pobres” (pero divinamente poderosos) veréis florecer en vuestro camino las maravillas de la infinita Misericordia.

¡Incluso el don de nuevas vocaciones!

Con tal conciencia, en esta oración común, escuchemos de nuevo las palabras del Maestro, dirigidas a sus discípulos: “ la mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogar, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 3738).

¡Cuánta actualidad tienen estas palabras también en nuestra época!

Roguemos pues. Que pida con nosotros toda la Iglesia. Y que en esta oración se manifieste la conciencia, renovada por el Jubileo, del misterio de la Redención.

 

 

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1985

CARTA DE JUAN PABLO II
A LOS SACERDOTES CON OCASIÓN
DEL JUEVES SANTO 1985

 

 

Queridos hermanos sacerdotes:

 

En la liturgia del Jueves Santo nos unimos de manera particular a Cristo, que es la fuente eterna e incesante de nuestro sacerdocio en la Iglesia. El es el único Sacerdote del propio sacrificio, como es también la inefable víctima (hostia) del propio sacerdocio en el sacrificio del Gólgota.

 

Durante la última Cena, El ha dejado a su Iglesia este sacrificio el sacrificio de la nueva y eterna Alianza como Eucaristía: el sacramento de su Cuerpo y Sangre bajo las especies del pan y del vino «según el orden de Melquisedec» (1)

 

Cuando dice a los Apóstoles: «Haced esto en memoria mía»(2), El constituye a los ministros de este Sacramento en la Iglesia, en la que a lo largo de los tiempos debe continuar, renovarse y realizarse el sacrificio ofrecido por El para la redención del mundo. A estos mismos ministros les ordena obrar en virtud del sacerdocio sacramental recibido en su lugar, "In persona Christi".

Todo ello, queridos hermanos, nos es comunicado en la Iglesia mediante la sucesión apostólica. El Jueves Santo es cada año el día del nacimiento de la Eucaristía, y a la vez del nacimiento de nuestro sacerdocio, que es ante todo ministerial y al mismo tiempo jerárquico. Es ministerial, porque en virtud del Orden sagrado ejercemos en la Iglesia aquel servicio que sólo los sacerdotes pueden realizar: ante todo el servicio de la Eucaristía. Y es también jerárquico porque este servicio nos permite, mientras servimos, guiar pastoralmente a cada comunidad del Pueblo de Dios, en comunión con los Obispos, quienes han heredado de los Apóstoles el poder y el carisma pastoral en la Iglesia.

 

2. El día solemne del Jueves Santo la comunidad sacerdotal, es decir, el Presbiterio de cada Iglesia comenzando por la de Roma, da una particular expresión a su unión en el sacerdocio de Cristo. En este día me dirijo también no por vez primera, y en unión colegial con mis Hermanos en el episcopado a vosotros que sois mis y nuestros hermanos en el sacerdocio ministerial de Cristo, en todo lugar de la tierra, en cada nación, pueblo, lengua y cultura. Como os escribí ya otra vez, adaptando las conocidas palabras de San Agustín, os repito otra vez: «vobis sum episcopus», y al mismo tiempo «vobiscum sum sacerdos» (3). En el día solemne del Jueves Santo, junto con todos vosotros, queridos hermanos, renuevo como cada obispo en su propia Iglesia con la mayor humildad y gratitud, la conciencia de la realidad del Don que mediante la Ordenación sacerdotal nos ha sido comunicado, a cada uno y a todos, en el Presbiterio de la Iglesia universal (4).

 

El sentimiento de humilde gratitud debe cada año prepararnos mejor a la multiplicación del talento que el Señor nos ha confiado antes de partir, a fin de que podamos presentarnos ante El, en el día de su segunda venida, nosotros a quienes ha dicho: «Ya no os llamo siervos. os llamo amigos... No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (5).

 

3. Al hacer referencia a estas palabras de nuestro Maestro, que contienen en si los mejores votos en el día del nacimiento de nuestro sacerdocio, en esta Carta del Jueves Santo deseo tocar uno de los problemas que encontramos necesariamente en el camino de nuestra vocación sacerdotal, así como en la misión apostólica.

 

De este problema habla más ampliamente la Carta a los jóvenes que acompaña el presente mensaje anual para el Jueves Santo. El año 1985, por iniciativa de la Organización de las Naciones Unidas, es celebrado en todo el mundo como el Año Internacional de la Juventud. Me ha parecido que esta iniciativa no podía quedar al margen de la Iglesia, como no han quedado otras nobles iniciativas de carácter Internacional, por ejemplo, la del año del anciano, de los minusválidos y otras semejantes. En tales iniciativas, la Iglesia no puede ni debe quedar al margen, por que ellas se hallan en el centro de su misión y servicio que es construirse y crecer como comunidad de creyentes, como bien indica la Constitución dogmática Lumen gentium del Concilio Vaticano II. A su manera, cada una de estas iniciativas confirma la realidad de la presencia de la Iglesia en el mundo contemporáneo, a la que el último Concilio ha dado expresión magistral en la Constitución pastoral Gaudium et spes.

 

Deseo, por tanto, también en la Carta para el Jueves Santo de este año, expresar algunos pensamientos sobre el tema de la juventud en el trabajo pastoral de los sacerdotes y, en general, en el apostolado propio de nuestra vocación.

 

4. Jesucristo es también en este campo el modelo perfecto. Su coloquio con el joven, que encontramos en el texto de los tres sinópticos (6), constituye una fuente inagotable de reflexión. sobre este tema. A tal fuente me refiero sobre todo en la "Carta a los Jóvenes" de este año. A ella hay que recurrir también para servirnos de la misma, especialmente cuando pensamos en nuestro empeño sacerdotal y pastoral con los jóvenes. En ello, Jesucristo debe ser para nosotros la primera y fundamental fuente de inspiración.

 

El texto del Evangelio indica que el Joven tuvo fácil acceso a Jesús. Para él, el Maestro de Nazaret era alguien a quien podía dirigirse con confianza; alguien a quien podía confiar sus Interrogantes esenciales; alguien de quien podía esperar una respuesta verdadera. Todo esto es también para nosotros una indicación de fundamental importancia. Cada uno de nosotros ha de distinguirse por una accesibilidad parecida a la de Cristo; es necesario que los jóvenes no encuentren dificultad en acercarse al sacerdote y que noten en él la misma apertura, benevolencia y disponibilidad frente a los problemas que le agobian. Es más, cuando son de temperamento un poco reservado o se cierran en si mismos, el comportamiento del sacerdote les ha de facilitar la superación de las resistencias que de aquel hecho se derivan. Por lo demás, son diversos los caminos para instaurar y crear aquel contacto que, en su conjunto, puede definirse como "diálogo de salvación".

 

Sobre ese tema los sacerdotes comprometidos en la pastoral juvenil podrían decir mucho; deseo, pues, referirme simplemente a su propia experiencia. Una importancia especial tiene, naturalmente, la experiencia de los Santos; y sabemos que no faltan entre las generaciones de sacerdotes o los santos pastores de la juventud".

 

La accesibilidad del sacerdote respecto a los jóvenes significa no solamente facilidad de contacto con ellos, ya sea en el templo o también fuera de él, en aquellos lugares a donde los Jóvenes se sienten atraídos de acuerdo con las sanas características propias de su edad (pienso, por ejemplo, en el turismo; en el deporte y, en general, en la esfera de los intereses culturales). La accesibilidad de que nos da ejemplo el mismo Cristo consiste en algo más. El sacerdote no sólo por su preparación ministerio, sino también por la competencia adquirida en las ciencias de la educación, debe despertar confianza como confidente en los problemas de carácter fundamental, en las cuestiones que se refieren a su vida Espiritual, en las dudas de conciencia. El joven que se acerca a Jesús de Nazaret pregunta directamente: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?» (7). La misma pregunta puede ser planteada de modo distinto y no siempre tan explícito; con frecuencia se hace de modo indirecto y aparentemente indiferente. Sin embargo, la pregunta contenida en el Evangelio abarca, en cierto sentido, un amplio espacio en cuyo ámbito se desarrolla nuestro diálogo pastoral con la juventud.

 

Muchísimos son los problemas comprendidos en este espacio; en él vienen comprendidos numerosos interrogantes posibles y numerosas posibles respuestas, ya que la vida humana, especialmente durante la juventud, es multiforme en su riqueza de interrogantes, y el Evangelio por su parte es rico en posibilidades de respuesta.

 

5. Hace falta que el sacerdote que está en contacto con los jóvenes sepa escuchar y sepa responder. Hace falta que ambas cosas sean fruto de una madurez interior; hace falta que ello se plasme en una clara coherencia entre vida y enseñanza; es más, es necesario que esto sea fruto de la oración, de la unión con Cristo el Señor y de docilidad a la acción del Espíritu Santo. Naturalmente en ello es importante una instrucción adecuada, pero ante todo importa el sentido de responsabilidad frente a la verdad, frente al interlocutor El coloquio que relatan los sinópticos prueba, en primer lugar, que el Maestro a quien el joven interlocutor se dirige, goza a sus ojos de un especial credibilidad y autoridad, es decir, de autoridad moral.

 

El joven espera de El la verdad y acepta su respuesta como expresión de una verdad que obliga. Dicha verdad puede ser exigente. No hemos de tener miedo de exigir mucho a los jóvenes. Puede ser que alguno se marche "entristecido" cuando le parezca que no es capaz de hacer frente a alguna de esta exigencias; a pesar de todo, una tristeza puede ser también "salvífica". A veces, los jóvenes tienen que abrirse camino a través de tales tristezas salvíficas para llegar gradualmente a la verdad y a la alegría que la verdad lleva consigo. Por lo demás, los jóvenes saben que el verdadero bien no puede ser "fácil" sino que debe "costar". Ellos poseen una especie de sano instinto cuando de valores se trata. Si el terreno del alma no ha cedido todavía a la corrupción, ellos reaccionan directamente según este sano juicio. Si, por el contrario, la depravación ya ha penetrado, hace falta reconstruir este terreno, cosa que no es posible llevar a cabo sino dando respuestas verdaderas y proponiendo verdaderos valores.

 

En el modo de actuar de Cristo existe algo muy instructivo. Cuando el joven se dirige a El («Maestro bueno»), Jesús en cierta manera se «hace a un lado» porque le responde: «Nadie es bueno sino solo Dios»(8). En efecto, en todos nuestros contactos con los jóvenes esto parece ser de una particular importancia. Nosotros, ante todo, hemos de estar personalmente comprometidos; hemos de comportarnos con la naturalidad propia del interlocutor, del amigo, del guía; y, a la vez, no podemos ni por un momento oscurecer a Dios poniéndonos, a nosotros en primer plano; no podemos empañar a quien «sólo El es bueno», a quien es Invisible y, a la vez, está muy presente: «Interior íntimo meo», como dice San Agustín(9). Comportándonos con toda naturalidad «en primera persona» no hemos de olvidar que, en cualquier diálogo de salvación la «primera persona» solamente puede ser Aquél que por sí solo salva y santifica. Todo contacto con los jóvenes, tipo de pastoral incluso la externamente "laica" ha de servir con toda humildad para abrir y ampliar el espacio a Dios, a Jesucristo, ya que «mi Padre sigue obrando todavía y por eso obro yo también».(10)

 

6. En la redacción evangélica de la conversación de Cristo con el joven, hay una expresión que hemos de asimilar de un modo particular. El evangelista dice que Jesús oponiendo en él los ojos, «le amó»(11). Tocamos aquí el punto verdaderamente neurálgico. Si se preguntase a aquellos sacerdotes que a lo largo de generaciones han hecho más por las almas jóvenes, por los muchachos y las muchachas; si se preguntase a quienes han recogido un fruto duradero en su trabajo con lo jóvenes, nos convenceríamos de que la fuente primera y la más profunda de su eficacia está en aquel "poner los ojos con amor" como hizo Cristo.

 

Es necesario identificar bien este amor en nuestro ánimo sacerdotal. Es sencillamente el amor "al prójimo": el amor del hombre en Cristo, que abraza a cada uno y cada una, a todos. Este amor no es cuando hablamos de la juventud algo exclusivo, como si no debiera extenderse a los otros, como por ejemplo los adultos, los ancianos o los enfermos. Si, el amor por la juventud tiene un carácter evangélico sólo cuando nace del amor por cada uno y por todos. Al mismo tiempo, éste posee, en cuanto amor, una característica específica y, podría decirse, carismática. Este amor nace de un interés particular por lo que es la juventud en la vida del hombre. Los jóvenes indudablem