|
PALABRA DEL OBISPO (Domingo 20 de Julio de
2008) San Pablo y los
Tesalonicenses
+ Alberto Suárez Inda,
Arzobispo de Morelia
Entre los primeros escritos del Nuevo Testamento
están seguramente las dos cartas que San Pablo dirigió a la
comunidad cristiana de Tesalónica. En su viaje misionero hacia
Atenas, se detuvo Pablo en esa importante ciudad algunas
semanas (cf. Hch 17, 1-9) y logró formar allí un
pequeño grupo de 100 ó 150 cristianos. Al sembrar la semilla
del Evangelio, el Apóstol sueña en la cosecha futura.
La ciudad de Tesalónica (conocida
ahora como Salónica) era la capital de Macedonia y, según los
historiadores, contaba entonces con más de 300 mil habitantes.
Por su lugar estratégico en el golfo, tenía gran importancia
como puerto comercial y era una ciudad cosmopolita.
El ambiente del Imperio Romano en
el siglo primero de nuestra era se caracterizaba por grandes
esperanzas que se fincaban, después de varios siglos de
guerras, en un notable progreso económico, una red
impresionante de vías de comunicación, supresión de fronteras
y aduanas, sistema monetario y lengua común, centros
culturales y avances científicos. En forma lenta pero firme se
iba forjando una civilización en donde el pluralismo de razas
y culturas no era ya un obstáculo para la integración de los
pueblos en la libertad y en un Estado de Derecho.
Sin embargo, paradójicamente, los
hombres no se sentían felices, sino que cundía también una
fuerte desilusión. En medio de una civilización brillante
prevalecían la corrupción y los abusos, las traiciones y
deslealtades; en una palabra, el pecado. Proliferaban las
sectas religiosas, las fórmulas mágicas y las escuelas
filosóficas que no eran más que ofertas baratas de verdaderos
charlatanes.
A ese mundo desconcertado, que no
llegaba a comprender cómo tantas riquezas materiales no iban
acompañadas de un crecimiento espiritual que diera verdadera
paz y dignidad a la gente, es al que Pablo anuncia el
Evangelio de la Esperanza. En efecto, aparecen con mucha
frecuencia en sus cartas, hasta 55 veces, las palabras
“esperanza” y “esperar”. En especial en las cartas a los
Tesalonicenses es el tema central.
Además, esto se explica por las
circunstancias por las que pasaba esa pequeña Iglesia
naciente. Le llegan a Pablo, que estaba en Atenas, malas
noticias de una fuerte persecución contra ese puñado de
discípulos. Manda a Timoteo a que los visite y éste regresa
con mejores noticias. Desde Corinto, por el año 50, escribe
estas cartas con verdadero cariño y preocupación paternales.
Ya desde las primeras frases se refiere a
las tres virtudes fundamentales del cristiano, pero con una
gradación intencional: “Sin cesar tenemos presente, delante de
Dios, Nuestro Padre, cómo ustedes han manifestado su fe con
obras, su caridad con fatigas y su esperanza en Nuestro Señor
Jesucristo con una firme constancia” (1 Tes 1,
3). La esperanza para Pablo es más que un simple deseo, es
avanzar con decisión a un encuentro, pero no con un lugar o
unas cosas, sino con el Amigo, con Aquel que lo conquistó en
el camino a Damasco. En una expresión densa y clara, nos
señala el corazón de su mensaje: “Estaremos siempre con el
Señor” (1 Tes 4, 17). Cristo glorioso es, pues,
el objeto de nuestra esperanza. |