Los invito a considerar hoy un aspecto del
ministerio apostólico de San Pablo que aparece en los
capítulos 8 y 9 de su Segunda Carta a los Corintios. Su
labor evangelizadora, que lo lleva a predicar la Palabra y
fundar comunidades, incluye también promover la solidaridad
entre los creyentes.
Cuando en el Concilio de Jerusalén los
Apóstoles aceptaron que Pablo realizara la misión entre los
paganos, éste se comprometió a socorrer a los pobres de la
Iglesia madre, y desde ese momento consideró esta tarea como
una de sus principales preocupaciones pastorales. De hecho,
habla de ello en varias de sus cartas (cf. Rm 15,
25-28; 1 Cor 16, 1-4). Pero la colecta que
promueve para auxiliar a los pobres de Jerusalén va más allá
de una simple ayuda económica.
Ciertamente, la situación que vivía la
comunidad cristiana en Jerusalén era muy precaria. Los que
abrazaron la fe en Jesús fueron objeto de una verdadera
marginación social que los condujo al borde de la miseria.
Ante este hecho, Pablo llama a la generosidad a quienes tenían
recursos para mitigar una desigualdad escandalosa: "No se
trata de que ustedes sufran necesidad para que otros vivan en
la abundancia sino de lograr la igualdad" (2 Cor 8,
13).
Ya desde el Antiguo Testamento se
manifestaba la voluntad de Dios cuando se establece en la Ley:
"No habrá pobres entre los tuyos, porque te bendecirá el Señor
en la tierra que te dará en herencia" (Dt 15,
5). Esta utopía tratarán de vivirla los primeros cristianos:
"La multitud de los creyentes tenía una sola alma y un solo
corazón. Nadie consideraba sus bienes como propios... No había
entre ellos ningún necesitado..." (Hch 4,
32-35). No se trata, pues, de una limosna dando lo que sobra,
sino de un verdadero compartir en la comunión fraterna.
Dado que el cristianismo se extendió al
mundo de los paganos desde la primitiva comunidad de
Jerusalén, Pablo considera esta ayuda material como una manera
de saldar la deuda que las nuevas comunidades cristianas
tienen hacia los hermanos de Judea (cf. Rm 15,
27). Así reconocen y agradecen el inmenso beneficio espiritual
de aquellos que son pobres en lo material.
Se expresa de esta manera la profunda
unidad que debe darse entre los cristianos por encima de
razas, lenguas y culturas, pues ellos forman un solo cuerpo al
tener la misma fe. Si al principio hubo tensiones y
dificultades por la mentalidad cerrada de algunos judaizantes,
este signo de colaboración generosa vendrá a estrechar los
lazos de fraternidad.
Entre las motivaciones más profundas de
orden espiritual argumenta Pablo que la participación en la
colecta es más un fruto de la gracia de Dios que un
sacrificio. Más que dar dinero, hay que entregarse uno mismo,
y la ayuda a los hermanos es una verdadera entrega al Señor
por quien se vive la caridad (cf. 2 Cor 8, 1-6).
Más aún, así se identifican los discípulos con su Maestro que
supo despojarse de las riquezas de su divinidad para vivir
pobremente como hombre, de modo que su desprendimiento nos
enriquece a todos con el don impagable de la salvación (2
Cor 8, 9).