La vivencia de la Eucaristía en la historia de México:

La experiencia de la provincia de Michoacán

Dr. Alberto Carrillo Cázares.

El Colegio de Michoacán, A.C.

IV Congreso Eucarístico Nacional

Simposio Teológico

Morelia, Michoacán, abril 30, mayo 1, de 2008.

1.- Introducción

La presente comunicación, con la cual participamos en la apertura del Simposio Teológico de este IV Congreso Eucarístico Nacional, se ubica dentro del tema señalado en el programa del mismo, pero para no perdernos en generalidades, hemos escogido uno de los aspectos más representativos de la pastoral eucarística llevada a cabo por los evangelizadores de la Iglesia mexicana y en particular del Obispado de Michoacán. Nos referimos al hecho de que fue aquí donde por primera vez se dio la sagrada comunión a los indios, que generalmente se les negó en los albores de la cristianización del Nuevo Mundo.

2.- La integración de la iglesia indiana en torno a la Eucaristía y sus primeros desafíos

La Eucaristía ocupó un lugar central en la vida de la naciente Iglesia indiana, y en torno a ella se fue integrando la comunidad de los nuevos creyentes, reunidos domingo a domingo para la celebración de la misa, y para ella se fueron levantando primero humildes ermitas y luego suntuosos edificios, que en los pueblos de Michoacán lucían con el esplendor de sus dorados retablos.

Para la Eucaristía, cabalmente, el primer obispo de Michoacán Vasco de Quiroga proyectó una de sus utopías: su iglesia catedral de cinco naves convergentes en el altar del sacrificio eucarístico, recinto material de la otra construcción espiritual que vislumbraba en su sueño desde los primeros días de su entrada como oidor gobernante a la Nueva España, cuando se atrevía a escribir en carta al Consejo de Indias:

"Yo me ofrezco con la ayuda de Dios a poner y plantar un género de cristianos a las derechas, como todos debíamos ser y Dios manda que seamos, y por ventura como los de la Primitiva Iglesia, pues poderoso es Dios tanto agora como entonces para hacer cumplir todo aquello que sea servido e fuere conforme a su voluntad…"

Sin embargo, la nueva Iglesia tuvo que enfrentar rigurosos desafíos por prejuicios y resistencias que la llevaron a negar la comunión a los recién convertidos a la fe cristiana. Tal negativa trataba de explicarla el cronista agustino Juan de Grijalva, de la siguiente manera:

"Alegando que era manjar de robustos y de perfectos. Crezcan (dicen), crezcan, y comerán, como lo dijo Dios al grande Augustino: Alimento soy de grandes, crece y me comerás. Por esto se les negó la comunión comúnmente en las Provincias del Perú (…) en que aquellos santos y valerosos prelados aprobaron esta costumbre por estas palabras: Aunque todos los cristianos mayores de edad de uno y otro sexo estén obligados al precepto de recibir el santísimo Sacramento de la Eucaristía cada año por lo menos en la Pascua, sin embargo los prelados de esta Provincia, advirtiendo que esta nación de los indios es nueva y recién nacida en la fe, juzgaron y mandaron que por convenir así a su salvación no recibieran este divino sacramento, que es comida de perfectos hasta que se perfeccionaran en la fe; excepto si alguno se viera suficientemente apto para recibirlo."

En Michoacán levantaron la voz para persuadir a sus hermanos de la necesidad y el derecho que tenían los indios ya bautizados de recibir todos los demás sacramentos, dos grandes evangelizadores: fray Alonso de la Veracruz, agustino, y fray Jacobo Daciano, franciscano, antiguo Provincial de Dacia (Dinamarca) quien en un breve y sorprendente libro titulado Declamación del Pueblo Bárbaro de los Indios que habiendo recibido el Bautismo desean recibir los demás Sacramentos,7  reclama para los naturales convertidos a la fe cristiana los sacramentos de la comunión eucarística y de las órdenes sagradas, tal como lo hacia la Iglesia primitiva con los nuevos convertidos.

El mismo Grijalva refiriéndose a los adalides de la iniciativa en dar la comunión escribe:

"No estuvo el Padre Maestro [fray Alonso] mucho tiempo en [la capital de] México, porque según el uso de aquellos dichosos siglos, salió luego a deprender la lengua y administrar los santos Sacramentos a los pobres indios, como si no fuera bastante la ocupación que tenía en sus libros y con sus estudios. En breve tiempo supo la lengua tarasca, en que fue gran ministro, predicándoles y enseñándoles con gran fervor y continuación. Y fue el que primero los dispuso a recibir el santo Sacramento de la Eucaristía e introduciendo en estos reinos esta santa costumbre y defendiendo la opinión que tantos contradecían, de modo que sólo el Padre fray Jacobo de Dacia en la Orden de nuestro Padre San Francisco y el Padre Maestro en la Orden de San Agustín lo hacían en aquellos tiempos. Y fue tan grande la autoridad del Padre Maestro, que a su ejemplo e imitación lo hicieron luego todos los ministros desta Nueva España, y no sólo se contentaba con administrar y predicar a los indios que tenía a su cargo la religión, sino que se entraba por aquellas tierras calidísimas de la costa que no tenían ministros, a predicarles con caridad apostólica, como dijimos que lo hacía el santo fray Juan Bautista."

Todos los cronistas franciscanos y los testimonios de los indígenas de Pátzcuaro confirman la noticia de haber sido fray Jacobo el primero en admitir a los naturales de Michoacán a la sagrada comunión. Jerónimo de Mendieta afirma: «Fue el primero que administró a los tarascos el santísimo Sacramento de la Eucaristía».

Alonso de la Rea en su Crónica describe la devoción con que los indios se acercaban a recibir el pan eucarístico largamente deseado:

"El de la sagrada comunión, no es decible la terneza, el examen y atención con que le reciben; porque llegado el día, después de muy contritos y confesados, se visten las mejores vestiduras que permite su corto caudal, y se limpian y lavan del mismo modo que si consistiera en eso la resignación de la voluntad, rectitud y gracia para la última vianda; o como si fueran sus vestiduras las nupciales para el convite; bien que con ellas demuestran el afecto interior de fieles. En comulgando que comulgan, no salen en todo el día de la iglesia, si no es a comer. Hablan poco y ven menos, por la honestidad con que contemplan los regalos de la mesa y misterios del sacramento."10 

Estas últimas líneas –en opinión de José Miguel Romero de Solís– parecen espléndidas para acentuar la importancia dada por la pastoral de la Iglesia acerca de la contemplación. En ellas se vislumbra una veta maravillosa de la pastoral primera sobre la contemplación de los indígenas.

Robert Ricard –citado por Roberto Jaramillo– da este punto de vista: "Tuvieron los agustinos para sus fieles muy altas ambiciones, y éste es el rasgo distintivo de su enseñanza, en parangón con la de las otras dos órdenes intentaron iniciar a los indios en la vida contemplativa".11 

3.- La administración de la Eucaristía en los Sínodos de la Iglesia mexicana (1555-1585).

3.1. La Junta eclesiástica de 1539: un paso adelante

Una de las primitivas juntas de la Iglesia mexicana, en que se fue estableciendo el derecho canónico propio que la rigió, se ocupó ya el año de 1539 de la discutida pastoral de la comunión a los recién convertidos. Esta importante Junta estuvo integrada por los obispos fray Juan de Zumárraga, de México, Juan López de Zárate, de Antequera y Vasco de Quiroga, de Michoacán. En esta Junta se manifiesta una primera disposición pastoral, más tarde abandonada, de otorgar el santísimo Sacramento de la Eucaristía a los nuevos cristianos:

"…que siendo los naturales cristianos y verdaderos penitentes, y tales que al cura o confesor que en esto ha de ser juez, no le constase de cosa porque se lo pudiese o debiese negar, salvo ser indios y nuevamente convertidos, y hallarse que estos tales tienen capacidad para saber discernir y hacer diferencia entre el Pan Sacramental y el material, e señales de contrición y devoción, constándole haber sido baptisados, por la mesma confesión de los penitentes, que pues que se les fió el Sacramento del Bautismo, puerta del cielo y de todos los otros santos sacramentos, también se les puede fiar el santísimo Sacramento de la Eucaristía, pues es obligado como los viejos cristianos por el capítulo Omnis utriusque etc. Y no se da por mérito sino por remedio y medicina de los que lo reciben como deben; de la cual medicina e ayuda e socorro no menos necesidad tienen los flacos y enfermos, que los sanos y perfectos; salvo si al confesor le pareciere que por alguna justa cabsa se debía abstener a tiempo, conforme al dicho capítulo Omnis, etc."12 

3.2. El Primer Concilio Provincial Mexicano (1555): un paso atrás

Dieciséis años después, las dudas sobre la comunión a los indios se hacían más patentes en el contexto eclesiástico novohispano. El Primer Concilio Provincial fue convocado en 1555, a raíz de la elevación del obispado de México a la categoría de Metrópoli, lo cual conllevaba la creación de la Provincia Mexicana. En sus constituciones, se trató de moderar la pastoral eucarística dirigida a la creciente población nuevamente convertida a la fe cristiana. La magna asamblea establece, en principio, que "se pueda dar el santísimo Sacramento de la Eucaristía a los indios y negros de nuevo convertidos y también el Sacramento de la Extremaunción", pero con serias reservas, cargando la conciencia de los ministros para que no conceda indiferentemente tan alto misterio a los recién convertidos.

Sin embargo, es preciso reconocer que en este Primer Concilio se dio un paso atrás respecto a la buena disposición mostrada por la Junta Eclesiástica de 1539. El capítulo 64 de los decretos conciliares comienza poniendo por delante las dudas que aún predominaban entre el clero, en los siguientes términos:

"Porque muchos de los ministros, que han tenido y tienen cargo de instruir y enseñar en las cosas de nuestra santa fe a estos naturales, y a otros de otras naciones, que de nuevo se convierten y bautizan, se ha dudado y duda, si será acertado darles el santísimo Sacramento de la Eucaristía, porque por ser nuevos en la fe, y de no tanta discreción y constancia como se requiere para recibir tan alto sacramento, no sin gran razón se ha en ello dudado… por ende, aprobándolo el Santo Concilio declaramos que los ministros puedan administrar este sacramento a los indios y negros en quien conocieren que tienen aparejo, y vieren señales de devoción y creencia y deseo de recibirlo, sobre lo cual les encargamos las conciencias, en que no comuniquen indiferentemente tan alto misterio a todos los recién convertidos, si no hallaren en ellos las condiciones que según nuestra fe y estimación humana debe haber en los que han de recibir a Jesucristo, verdadero Dios y Hombre, debajo de las especies de pan".13 

Así quedaron las cosas, respecto a la comunión de los nuevos cristianos, en los treinta años posteriores a ese Primer Concilio, pues aunque en el Segundo, celebrado en 1565, se habla de hacer padrón de los españoles y negros que cumplan con la comunión de Pascua, en ninguno de sus 28 cortos decretos se dice palabra de comunión a los indígenas. Este silencio da una idea de la general resistencia que persistía en el clero a darles la comunión. Así llegamos al crepúsculo de la era fundante.

3.3. Una década trascendental en la historia de la Iglesia Mexicana. (1573)

La siguiente década de 1570 marcará un nuevo amanecer en la historia de la Iglesia. Es el paso del período fundante al consolidante.14  A partir de aquí surgen una serie de hechos bien significativos. En 1571 se establece el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en la Nueva España y se nombra primer Inquisidor al clérigo cordobés Pedro Moya de Contreras. En 1572 entran los Jesuitas en México como una orden religiosa dedicada especialmente a la educación de los criollos. En 1573, a la muerte del arzobispo fray Alonso de Montúfar, Moya de Contreras es electo arzobispo de México. Por primera vez un miembro del clero secular ocupa este alto cargo, con lo que se considera terminada la conquista espiritual de México encomendada a las órdenes religiosas, para entrar en un período regido por el clero secular. Ese mismo año se establece el Juzgado General de Indios dentro de la Real Audiencia., y el monarca Felipe II dicta sus Ordenanzas de población, primera legislación de carácter general que trató de imponerse en el mundo colonial. De 1576 hasta 1579 o 1581, se extendió la gran epidemia del cocoliztle, con una mortandad de más de dos millones de indios, por lo que escaseó la mano de obra.15 

Pues bien, es en esta decisiva década, el año de 1573, cuando se publica un tratado teológico de enorme importancia para dilucidar la cuestión de la comunión a los naturales en el Nuevo Mundo. Se titula: Tractado de que se deven administrar los Sacramentos de la sancta Eucaristía y Extremaunción a los indios de esta Nueva España.16  Lo escribe el criollo agustino fray Pedro de Agurto17 , uno de los primeros graduados de la Real y Pontificia Universidad de México. El mismo declara su intención: Acordé escribir este pequeño Tratado para advertir, no por mi doctrina, sino por la de los santos concilios y sagrados cánones, y por las sentencias de los doctores católicos, cómo no se deben negar estos Sacramentos a los citados naturales.

La obra es fruto no sólo de sólida ciencia, sino de cabal experiencia en la realidad de cómo se vive la Eucaristía en los pueblos mexicanos. De los once capítulos dedicados a la Eucaristía (uno más lo destina a la Extremaunción), ocho están destinados a dar respuesta a las razones, prejuicios y pretextos que se argumentaban para negar la comunión de los indios, como ser nuevos en la fe, rudos e inhábiles, inconstantes y dados a la embriaguez, ignorantes de lo que deben saber para comulgar, etcétera.

"En el capítulo séptimo analiza lo que sin duda era la principal razón para dilatar la participación de los indígenas en la Eucaristía, por ser nuevos en la fe. Invita por ello a sus ministros a que reflexionen, pues ya no les puede convenir este título, porque la mayoría de ellos fueron bautizados en su infancia, y los adultos ya tienen treinta o cuarenta años de ser cristianos, en consecuencia están en la mismas condiciones que los españoles bautizados desde niños".18 

3.4. El Tercer Concilio Provincial Mexicano (1585): un paso definitivo

Finalmente, la práctica sacramental de confesión y comunión, al menos una vez al año por Pascua, quedó establecida en el Concilio Tercero Provincial Mexicano de 1585, llamado con acierto ‘el Trento mexicano’. La posición de los obispos muestra un cambio radical al declarar que abrazan el deseo del Concilio tridentino de que todos los fieles que asisten a misa comulguen en ella. El Concilio Tercero Provincial Mexicano marca un parteaguas en la pastoral sacramental, como lo marca en muchas otras áreas de la historia de la Iglesia mexicana. Los decretos contenidos bajo el título Del oficio de los curas y ministros de doctrina resultan sorprendentes con relación a los prejuicios y resistencias que impidieron dar la comunión a los naturales durante los primeros cincuenta años de evangelización fundante. Para comprobarlo, bastará citar algunos párrafos de dichos decretos, tocantes a las obligaciones de todo cura párroco y ministro de doctrina. En el título del oficio de los curas, ordena lo siguiente:

"Siendo como es el santísimo Sacramento de la Eucaristía vida y sustento del alma y fortaleza para caminar en la peregrinación de esta vida, y habiendo sido frecuentado el uso de él entre los recién convertidos de la primitiva iglesia con tan admirable fruto, y diciendo el santo Concilio tridentino (Sesión 22, c. 6.) que deseara que todos los fieles que asisten a la misa comulgaran en ella; mucho es de maravillar que algunos con celo indiscreto quieran privar de tanto bien a los indios y esclavos, que como pequeñuelos y tiernos en la vida cristiana tienen más necesidad de este celestial mantenimiento. Por tanto, el santo Concilio exhorta y manda a todos los curas seculares y regulares que insistan muy de veras en la instrucción de los indios y esclavos, dándoles a entender lo que en este sacramento se contiene y la reverencia con que deben recibirle, para que se dispongan a hacerlo dignamente, y a los que entendieren que tienen esta disposición, en ninguna manera dejen de comulgarlos, especialmente cuando están enfermos, y procuren con todas sus fuerzas los ministros que no partan de esta vida sin el consuelo y ayuda de este santo viático y que reciban la extrema unción como se dice en el título De sacra unctione".19 

4.- La práctica de la comunión a partir del Concilio Tercero Provincial Mexicano

Para mostrar los efectos del debate doctrinal sobre la práctica de la comunión, Roberto Jaramillo presenta, en el citado estudio, una interesante panorámica de la práctica de la comunión en los pueblos atendidos por la Orden de San Agustín en el Arzobispado de México y el Obispado de Michoacán. Los datos provienen de las relaciones que mandó levantar hacia 1570 el presidente del Consejo de Indias, Juan de Ovando, donde se puede observar el nuevo impulso que recibe la pastoral de la Eucaristía en la Nueva España. Por una parte, se ve en qué medida se extendió la práctica de la comunión en las doctrinas agustinianas.20  Por otra, se descubre la intensidad de la misma práctica en la provincia de Michoacán.

4.1. La comunión en doctrinas del Arzobispado de México

En Tlapa (la montaña del actual estado de Guerrero), de cultura náhuatl, se halla el caso extremo: De los mexicanos habrá de confisión hasta cuatro mil, pocos más o menos. De los tlapanecos y mistecos se confiesan en la lengua mexicana mil, pocos más o menos. Reciben el Santísimo Sacramento veinte y tres personas. (Se trata del 0.46%.).

En el señorío del Marqués del Valle (actual estado de Morelos): En Chietal se confesaban 3,080 personas, y comulgaban sólo 70 (2.27%). En Jumiltepec, se confesaban 3,000 gentes, a todas las quales se les administran los sacramentos. (Un extraordinario y raro 100% por ciento.)

En Ocuituco había 4,300 que se confesaban, la eucaristía se daba a todos los que se disponen. En Yecapixtla se confesaban 8,000, comúlganse seiscientas personas con grande espíritu y devoción (7.5%). En los confines de la Huasteca, con los chichimecas, en Meztitlán, se confesaban 4,649, pero se daba la comunión sólo a 250 (5.3%).

Mientras que en las visitas donde se confesaba un total de 11,317 indígenas, se daba la eucaristía a muy pocos. En Tlanchinol ,donde hablaba náhuatl y serrano, se confesaban cada año 12,000 personas y se dio la comunión a 400 en el año anterior y ese año se calculaban a cerca de mil (3.3% y 8.3%, respectivamente). En Xilitla, de cultura náhuatl u otomí, se confiesan y comulgan 1,518 personas. En Chichicaxtla se confesaban 849 indígenas, comulgan muchos dellos. Se trata de los sedentarios, porque añade: los chichimecas se comienzan ya a confesar.

En Huatlatlauca, pueblo de la Huasteca, en que se confesaban 2,000, comulga gran parte del pueblo, no sólo una vez en el año, sino en otras fiestas particulares que ocurren, como son las pascuas y las festividades de Nuestra Señora. Estamos ante un caso particular, aquí la costumbre era acercarse a comulgar. En Huauchinango se confesaban 8,000 en toda la doctrina y se administraba la eucaristía sólo en la cabecera. En Pahuatlán había 4,510 gentes de confesión y comulga "gran cantidad".

En la zona no serrana del actual estado de Hidalgo: en Actopan, de cultura otomí, se confiesan todos, pero sólo pocos comulgan. El prior que da la relación era fray Juan de Medina Rincón, luego tercer obispo de Michoacán. En zonas no distantes de la capital como Mizquic se confesaban 3,000 indígenas, pero comulgaban sólo unos 350 con muchísima devoción (11.7 %).

4.2. La comunión en doctrinas del Obispado de Michoacán

Terminamos esta vista panorámica de la práctica de la comunión después del Primer Concilio Mexicano y en el contexto del impulso teológico que representó el tratado de fray Pedro de Agurto, mirando la misma información recogida para el Consejo de las Indias en 1570, referente a la doctrina de Tiripetío. En este famoso pueblo, donde fue prior fray Alonso de la Veracruz, de feliz memoria, se confesaban más de 4,000 indígenas y todos comulgaban porque en esta provincia de Mechuacán comulgan todos los naturales, ni más ni menos que los españoles.21 

5.- Epílogo

Muchas conclusiones podríamos sacar de este breve recorrido sobre la vivencia de la Eucaristía en la historia de la Iglesia en México y en Michoacán. Sobre todo, si ponderamos el enorme costo histórico que han tenido para la vida eclesial las negativas a conceder dones que la Iglesia primitiva no dudaba en dar, según lo que les parecía a los Apóstoles y al Espíritu Santo.

Me contento con una sustancial, y es el ejemplo de aquellos varones apostólicos que plantaron en estas tierras los cimientos de la Iglesia: Vasco de Quiroga, Pedro Moya de Contreras, Alonso de la Veracruz, Jacobo Daciano, Pedro de Agurto, y muchos otros, que en un esfuerzo difícil, pero generoso, de obispos y órdenes religiosas, pocas veces repetido, dejaron arraigada en estas tierras, la fe y la vivencia de la Eucaristía, que celebramos en este IV Congreso Eucarístico Nacional.

Notas.-

1 Carta al Consejo de Indias 14 de agosto de 1531. Colección de Documentos inéditos del Archivo de Indias, XIII, pp. 424ss.

2 Grijalva, Juan de. Crónica de la Orden de N. P. S. Agustín en las Provincias de la Nueva España. México 1624. Ed. Porrúa, México,1985.

3 Cibus sum grandium, cresce et manducabis me. Lib. 7, Conf.

4 Constitución 58 del Primer Concilio Provincial de Lima (1551).

5 Llegado a la Nueva España en 1536.

6 Llegado a la Nueva España en 1542.

7 José Mariano Beristáin de Souza, Bibliotheca Hispano-Americana Septentrional, México, 1816-1821. Ed. facsimile UNAM, México 1981, T. I. pp. 420-21.

8 Crónica, p 399

9 Gerónimo de Mendieta. Historia eclesiástica indiana, 2 vols. Madrid, BAE, 1973, II, p.19.

10 Crónica de la Orden de N. Seráfico P. S. Francisco, Provincia de S. Pedro y S. Pablo de Mechoacán de la Nueva España. Zamora, El Colegio de Michoacán-Fideicomiso Teixidor, 1996, pp 140-141.

11 Robert Ricard. La Conquista Espiritual de México. México, Jus, 1947, p. 198.

12 Joaquín García Icazbalceta, Don Fray Juan de Zumárraga. Primer Obispo y Arzobispo de México, t. III, México, 1947, p. 175-76. Cristóforo Gutiérrez, Las Primeras Juntas Eclesiásticas de México (1524-1555), Roma, 1991, p. 279.

13 Concilios Provinciales Primero y Segundo, celebrados en la muy noble, y muy leal ciudad de México, presidiendo el Illmo. y Rmo. señor D. Fr. Alonso de Montúfar, en los años de 1555, y 1565. Dalos a luz el Illmo. Sr. D. Francisco Antonio Lorenzana, Arzobispo de esta Santa Metropolitana Iglesia. (grabado) Con las licencias necesarias. En México, en la imprenta de el Superior Gobierno, de el Br. D. Joseph Antonio de Hogal, en la calle de Tiburcio, año de 1769, p. 138.

14 Sobre esta identificación véase Stafford Poole, Pedro Moya de Contreras..., pp. 209-215.

15 Andrés Lira y Luis Muro. «El siglo de la integración», en Historia General de México. El Colegio de México, (1976). 3ª ed. 1981, pp. 375-377.

16 Hay una reedición del original, en versión al castellano actual, por Roberto Jaramillo, en la Colección Cronistas y Escritores Agustinos de América Latina, OALA, México,2006..

17 Nació en la Ciudad de México (1530), hijo del escribano de cámara de la Real Audiencia de México, Sancho López de Agurto, originario de Bilbao, y de Bernarda Pérez de la Torre, natural de Segovia, cristianos viejos. Profesó en la Orden de San Agustín (1548). Alumno de la Universidad de México, se graduó bachiller en Teología, de la cual llegó a ser catedrático (1578). Reconocido como uno de los mejores canonistas de su tiempo, fue nombrado calificador del Santo Oficio. Prior en varios pueblos de indios, hablaba la lengua mexicana y predicaba y confesaba en ella. Elegido Provincial de la Orden (1584), ejercía el cargo en tiempos del III Concilio Mexicano. Pasó como primer obispo de Cebú a las Islas Filipinas, donde se entregó sin reservas al servicio de sus isleños, hasta su muerte en plena actividad en 1608.

18 Roberto Jaramillo Escutia, "Fray Pedro de Agurto y su tratado para que los indígenas participen de la Eucaristía", Efemérides Mexicana, Universidad Pontificia de México. Vol.18, No. 53.Mayo-Agosto 2000 p.228.

19 Manuscritos del Concilio Tercero Provincial Mexicano (1585). Edición, estudio introductorio, notas, versión paleográfica y traducción de textos latinos por Alberto Carrillo Cázares. El Colegio de Michoacán. Universidad Pontificia de México. Zamora, Michoacán, 2008. (M-M 267, fs.92-93).

20 Por ser la Orden del autor y porque según todos los indicios fue la que más se preocupó por la participación eucarística del indígena . Robert Ricard da este punto de vista: "Tuvieron los agustinos para sus fieles muy altas ambiciones, y éste es el rasgo distintivo de su enseñanza, en parangón con la de las otras dos órdenes intentaron iniciar a los indios en la vida contemplativa." Cf. Robert Ricard, op. cit., p. 198.

21 Cf. Monumenta Historica Mexicana. Ed. Roberto Jaramillo Escutia, t. I. México, 1993, (=Monumenta Augustinana Americana 1), pp. Actopan 118, Atotonilco 120, Chichicaxtla 126, Chietla 127, Huatlatlauca 130, Huauchinango 132, Jumiltepec 137, Meztitlán 141, Molango 143-47, Pahuatlán 150, Tiripetío 155, Tlanchinol 158, Tlapa 164, Xilitla 169, Yecapixtla 170, Mizquic 282, Ocuituco 284.

La pascua de la Iglesia de México

(1917-1928)

José Miguel Romero de Solís

(Archivo Histórico del Municipio de Colima

y Universidad de Colima)

Con un gran cariño por esta Iglesia michoacana,

con su arzobispo Alberto Suárez Inda, y

en recuerdo de don Alejandro Avilés,

quien se perpetúa en Comunidad Cristiana.

1. Impactos de la Constitución

La Constitución de 1917, no obstante sus grandes aciertos, fue demoledora en lo que respecta a la Iglesia: se le cerraron las puertas de la educación, desconoció los votos monásticos y prohibió las congregaciones religiosas, impidió el culto fuera de los templos, nacionalizó los bienes eclesiásticos y negó a la Iglesia personalidad jurídica.

Por otra parte, los sacerdotes fueron reconocidos como profesionistas y, por tanto, el Estado se reservaba el derecho a regular su número. Además, se les acotaba su ciudadanía, eran restringidos sus derechos políticos y de expresión, se desconocían los estudios realizados en seminarios. Finalmente, se prohibían los partidos políticos confesionales.

Lo que la Constitución fijaba no era un régimen de separación entre la Iglesia y el Estado, sino "establecer marcadamente la supremacía del poder civil sobre los elementos religiosos", con una meta específica: impedir a la Iglesia cualquier función rectora dentro de la sociedad mexicana nacida de la Revolución.

Pocas semanas después de la promulgación de la Constitución (5 de febrero, 1917), los Obispos mexicanos, en su mayoría desterrados fuera del país, suscribieron una firme Protesta (Acordada, Texas, 24 de febrero, 1917).

Denunciaban que la pretensión del Constituyente era "privar al clero de su poder moral" y "esclavizar" la nación "al poder del Estado". Según los prelados, la Constitución establecía un régimen político de fuerte acento totalitario.

Hacía apenas tres años que había ascendido al solio pontificio un aislado y poco escuchado Benedicto XV (1914-1922). El Papa de la paz, en medio de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), no podía siquiera convencer a sus fieles de la necesidad de superar el destructor nacionalismo que comenzaba a adueñarse de pueblos y líderes.

En muchas conciencias, aquellos tiempos aciagos eran indicio evidente de una particular presencia de las fuerzas del mal, de los devastadores efectos sociales del pecado de los cristianos, en especial de sus sacerdotes y de las almas consagradas.

Urgía la renovación de los espíritus, la disciplina eclesiástica, los actos reparadores que calmaran o sosegaran los dolores del Corazón de Jesús. Era un ambiente propicio para intentar vislumbrar los sentimientos del Redentor, crucificado por los pecados del mundo y en permanente desolación. Nacía así una necesidad de seguir sus pasos, de calmar sus ansias, de ayudarle a cargar la cruz, a dejarse llevar por Él, a intimar con Él, a amarle con toda intensidad y, así, cumpliendo su voluntad, rehacer a los pueblos y reconstruir una paz permanentemente mancillada.

Bien expresa esta espiritualidad una mística mexicana, Concepción Cabrera de Armida, quien vivía experiencias profundísimas en el centro mismo de las soledades más extremas, en sus momentos de noche oscura. De ella son estas palabras:

¡Oh Jesús, Jesús, Jesús! que me quemas, que me arrastras, que me enloqueces con tu amor a mí, con mi amor a Ti […].

Para Ti, auroras, caricias, delicadezas, pétalos, armonías, aromas, azucenas, almas, oasis, sacerdotes santos. ¡Oh Jesús, mi encantador y adorado Jesús! […].

Dame todas tus espinas, tus amarguras y tus dolores, y tus lágrimas, que quiero bebérmelas todas. Dame también todo lo que te lastime, te ofenda y te contriste.

Dame todos los pecados de los sacerdotes, de los malos gobernantes […] y de todo el mundo, para cargarlos, para que no te lastimen, para que no los veas, para que no te apuñalen tu Corazón de amor […].

Quiéreme, mi adorado Jesús del Sagrario, por tantos años deseado, abrazado y soñado…

Era el único remedio para escapar de apocalípticas tragedias, como se anunciaban en Fátima (mayo-octubre de 1917).

2. Frialdad de muerte

Los Obispos desterrados y lejos de sus Diócesis esperaban la primera oportunidad para regresar a sus sedes.

Algunos, en particular, estaban muy preocupados por la actitud de ciertos clérigos que, en su opinión, habían cedido demasiado a favor del gobierno carrancista. El caso del vicario general del Arzobispado de México, Antonio de Jesús Paredes, era paradigmático: de hecho, gobernaba la Arquidiócesis sin tener en cuenta a su prelado, el arzobispo José Mora y del Río.

Algunos, sorprendidos por los acontecimientos, se preguntaban por la raíz de la tragedia que vivía México y por el futuro que se avecinaba.

En esta perspectiva, es elocuente la Primera Carta Pastoral (17 de junio, 1919) del arzobispo de Puebla, Enrique Sánchez Paredes, donde resumía su programa episcopal:

El estado tenebroso y convulsivo que nos presenta la actual sociedad es la consecuencia legítima de haber desconocido la soberanía social de Jesucristo. Roto el nudo divino que une y ata los de arriba con los de abajo, vino como no tenía más remedio que venir, la disgregación social, y los poderosos quisieron aplastar a los humildes, y los humildes se levantaron para sacudir la opresión de los poderosos; y de allí esa lucha desesperada entre grandes y pequeños, entre ricos y pobres, que va regando el mundo de sangre, de escombros y de ruinas.

En agosto de 1919, entre los últimos prelados a quienes se otorgó pasaporte para regresar a la patria, se cuentan los Arzobispos de Michoacán y Guadalajara. A ambos se les hizo extraordinario recibimiento popular, en sus respectivas sedes.

Leopoldo Ruiz y Flores, con su escueto lenguaje, recordaba aquellos momentos:

Volvía yo a Morelia después de cinco años. Aquello fue un triunfo desde que el tren entró al territorio de la Diócesis: en cada estación gente, música, flores, cohetes, etcétera.

[…] Al llegar a la ciudad de Morelia, aquel entusiasmo era indescriptible. Era una muchedumbre incontable, los balcones y azoteas llenas de gente que arrojaban flores, aplaudían y gritaban vivas [...]. La entrada a Catedral era casi imposible; el atrio estaba henchido de gente. Logramos llegar a la puerta principal [...]. La gente invadió el presbiterio, las gradas del altar mayor, el púlpito y hasta las gradas de los candeleros del altar…

La acogida al pastor ocultaba, sin embargo, realidades dramáticas, ansias, conflictos y esperanzas.

De hecho, las luchas civiles que asolaron al país desde 1910 dejaron por saldo, más allá de las discordias políticas y la expectativa de reformas sociales siempre demoradas sine die, una nación de viudas y huérfanos, gravísimos daños materiales, alto índice de criminalidad y bandidaje, robo, desarraigos, pobreza, alcoholismo, falta de trabajo, familias deshechas, concubinato, usura, violación de derechos civiles, en fin, una honda ruptura entre fe y vida.

Éste fue el triste panorama que hallaron los Obispos según iban retornando del destierro. Francisco Orozco y Jiménez, arzobispo de Guadalajara, rememora sus impresiones al llegar a su sede, "de vuelta del destierro":

Me bastó [...] dar una mirada general a lo que la S. Iglesia pudo salvar después que la ola revolucionaria arrasó y destruyó cuanto encontraba a su paso; […] todo fue herido de muerte.

El arzobispo Ruiz y Flores percibía la dolencia moral de una sociedad desquiciada, fácil presa de agitadores profesionales.

Ya parece que la conciencia se emancipó de las leyes naturales, divinas y eclesiásticas en manera de usura, de contratos, de pago de deudas y en general del respeto a la propiedad [...]. Y si en tal desprecio han caído para muchos las santas leyes que protegen la propiedad, ¿qué caso se hará de las que protegen los derechos civiles y políticos de los ciudadanos? Con el pretexto de sacar victoriosos los llamados ideales de un partido, se desconocen la justicia, la equidad y la moral más elementales, y se conculcan los derechos que todo ciudadano tiene en sus justas aspiraciones en el régimen de su hogar, en la instrucción y educación de sus hijos y en su acción social y política. Pero más triste todavía es el espectáculo que presenta la corrupción de costumbres en materia de castidad.

Agrega el arzobispo michoacano a continuación:

Es evidente que un cúmulo tal de males requiere un esfuerzo común de todas las clases sociales para remediarlo.

No todo estaba perdido. Manuel Fulcheri Pietrasanta, en su última carta pastoral como obispo de Cuernavaca, escribía en mayo de 1922:

Los sentimientos cristianos, y principalmente el respeto a las cosas sagradas, tienen raíces más hondas de lo que pudiera creerse a primera vista.

Otros aspectos en torno al papel de los católicos en relación a la patria fueron señalados por el episcopado nacional en su Carta pastoral colectiva con motivo del centenario de la Independencia nacional (12 de julio, 1921). Declaraban los prelados:

Al examinar nuestros deberes como nación, nuestra historia de cien años tiene que reprocharnos algunos pecados: el no querer tomar la parte debida en la elección de las autoridades, el negarse a apoyar y defender a los gobiernos constituidos, el prestarse a cualquier movimiento rebelde o sedicioso, la oposición sistemática a cualquier Gobierno establecido, el aguardar todo del gobierno sin cooperación de parte del ciudadano.10 

Desde una perspectiva religiosa, en última instancia, como antes se dijo, se vivía y percibía una ruptura entre fe y vida.

Hubo, por cierto, algunos prelados que subrayaron la responsabilidad histórica del clero mexicano entre las causas del desorden. El obispo de Tamaulipas, José Guadalupe Ortiz, invitaba a sus sacerdotes a hacer examen de conciencia y purificar actitudes, por la falta de compromiso ministerial, lo cual había traído consecuencias tan lamentables entre los fieles:

¡Nos quejamos de la indiferencia religiosa de nuestros fieles, de su poca fe, de la frialdad de muerte que los invade...! [...]. ¡Cuán de temer es que precisamente, en muchas ocasiones, seamos nosotros los causantes de los males que lamentamos en el pueblo cristiano!11 

3. Terapia eclesial

Los Obispos, a fin de hacer frente al desmoronamiento de las instituciones eclesiásticas y reanimar la vida diocesana, procuraron unificar criterios y afirmar la disciplina eclesiástica.

Con este fin, celebraron sínodos y juntas provinciales, entre otros fines, para estimular a un clero al que la Revolución había golpeado con dureza; de hecho, disminuido en número, estaba desmoralizado por todo un ambiente adverso fomentado por un anticlericalismo que tenía, con frecuencia, visos oficiales.

Además, el clero se percibía decaído en su espíritu pastoral y en la disciplina; sufría en el medio rural, sobre todo en zonas de difícil acceso, adonde algunos obispos comenzaron a tener poco a poco una mayor presencia.

Muchos sacerdotes sentían que los retos de la pastoral, entre éstos "la formación del espíritu parroquial, que por desgracia en muchas partes se desconoce",12  sobrepasaban sus fuerzas: urgía en ocasiones recuperar los templos que podían estar destinados a fines ajenos al culto; a veces, era preciso edificar de nueva planta o restaurar los edificios dañados por los años de Revolución y, al mismo tiempo, escasos eran los dineros que los fieles podían aportar.

Ello condujo a un generalizado abuso en el cobro de los aranceles, con las naturales quejas del pueblo y las violentas denuncias de la prensa.

Los Obispos, entonces, procuraron reglamentar e incluso reducir los aranceles, imponiendo severas penas a quienes quebrantasen sus órdenes, como es el caso del obispo de Chihuahua Antonio Guízar y Valencia, quien declaraba: "algunos Párrocos exigen algún exceso en el cobro de derecho, fuera de lo que permiten los aranceles vigentes", y en consecuencia, tomó la decisión de tratar "con suma severidad a quienes encontrare culpables de esto".13 

Además, preocupación especial de los prelados fue insistir en que párrocos y vicarios predicaran y catequizaran a sus feligreses y celebrar la Eucaristía en horas asequibles para los más retirados de las cabeceras parroquiales.

A pesar de las deficiencias, acentuadas con tintas negras por la literatura jacobina de la época, llegada la prueba, pocos de aquellos sacerdotes dieron su nombre a la Iglesia cismática —la Iglesia Católica Apostólica Mexicana—, bajo la guía de un sacerdote católico disidente, el "Lutero totonaca",14  José Joaquín Pérez, a quien se nombró ‘patriarca’ y luego fue consagrado ‘obispo’.

No obstante tales adversidades, entre los fieles, el sacerdote seguía siendo, en general, respetado y hasta venerado.

Los Obispos, cuando podían hacerse presentes en las parroquias por cartas pastorales y exhortaciones varias, urgían al pueblo a reverenciar a sus párrocos, a defender a sus sacerdotes, a proveerlos de lo necesario.

Para reanimar el espíritu y garantizar la formación permanente del clero, se invitaba a conferencias, a los nombrados "casos de conciencia" mensuales, y a retiros y ejercicios espirituales.

En cuanto al estudio, se fomentó el del nuevo Código de Derecho Canónico. También se recomendaba familiarizarse con la liturgia, entendiéndose por ésta más bien el conocimiento exacto de las rúbricas.

4. Tiempos de restauración

Los Obispos de la Provincia Eclesiástica de Durango, en abril de 1921, invitaron a sus condiocesanos para despertar mediante una reforma pastoral fundada en dos elementos que comenzaron a ser muy claros y que sirvieron para montar la estrategia de la Iglesia mexicana en los años veinte, a saber, la evangelización y el compromiso sociopolítico:

Para resistir a la corriente de desmoralización, es menester salir del encogimiento en que hasta aquí hemos vivido [los católicos]. Es menester ejercer una acción religiosa más intensa y una acción social que corresponda a las necesidades de nuestra época. Es preciso salir de la sacristía.15 

Pronto comenzaron a cosecharse los resultados de esta múltiple acción pastoral.

El laicado, poco a poco, ante las dificultades que tenían los sacerdotes y religiosos para desempeñar su ministerio y sus carismas, fue asumiendo un protagonismo significativo.

En buena medida, la conciencia eclesial del laicado fue propiciada por una evangelización que pretendió abarcar todas las edades: los niños a base del Ripalda —de manera lenta penetró el catecismo de Gasparri—y los jóvenes y adultos, de ambos sexos, fueron evangelizados en el marco de las organizaciones católicas que vivieron momentos gloriosos: Damas Católicas, Caballeros de Colón, Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM), Adoración Nocturna, Congregaciones Marianas, etcétera.

Todas, de un modo u otro, acentuaban tres aspectos medulares: uno, la espiritualidad, comunitaria e individual, centrada en la Eucaristía y en la Virgen María; dos: en el estudio de la historia, la oratoria, la doctrina católica; tres: la acción, y este caso, todas se orientaban hacia la acción político–social, para lo cual se celebraron frecuentes congresos y semanas sociales para estimular la participación de un mayor número de laicos en esta importante tarea apostólica.

Cuadro 1:

Semanas y Congresos Sociales (1920-1925)

1920 Guadalajara Semana Social (nacional)

1921 Mérida Semana Social (regional)

Campeche Semana Social (regional)

Puebla Semana Social (sacerdotes)

Zapopan Congreso Social Agrícola

1922 León Semana Social (sacerdotes)

Morelia Semana Social (regional)

Guadalajara Congreso Obrero Católico

México Congreso Nacional de la ACJM

México Congreso Nac. de Damas Católicas

1923 Morelia Semana Social (directores de obras)

México Semana Social (nacional)

Monterrey Semana Social (sacerdotes)

México Congreso Nac. de Damas Católicas

Guadalajara Congreso Nacional Obrero

Angamacutiro, Mich. Congreso Agrícola (regional)

San Felipe, Gto. Congreso Agrícola (regional)

1924 Morelia Semana Social (asesores eclesiásticos)

México Semana Social (Federación del Trabajo)

Guadalajara Semana Social (sacerdotes)

Monterrey Semana Social (señoras)

Durango Semana Social (regional)

México Congreso Nacional de la ACJM

México Congreso Eucarístico Nacional

1925 México Congreso Nacional Obrero (CNCT)

FUENTES: J. BRAVO UGARTE, Temas históricos diversos (1966), 252;

J. MÁRQUEZ MONTIEL, La doctrina social... (1939), 51.

Entre las nuevas instituciones creadas para esta nueva pastoral, destacó con luz propia el Secretariado Social Mexicano, fundado en noviembre de 1920.

Fueron reorganizados los sindicatos o se fundaron otros según las circunstancias, tanto entre campesinos como en el medio obrero. Nacieron importantes organizaciones: la Confederación Nacional Católica de Trabajadores (CNCT), la Liga Católica Campesina, la Liga Nacional de la Clase Media, la Unión Nacional de Padres de Familia, esta última con un claro propósito: combatir el artículo 3º constitucional y. años después, la Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa.

La misma necesidad espiritual sentida por el pueblo tras el vacío religioso de la Revolución y el decaimiento de la mística revolucionaria, al fin, también encontró cauce en la renovada vida parroquial y en las manifestaciones de culto externo que salían de los templos y ocupaban la vía pública.

En los hogares era entronizado el Sagrado Corazón, se multiplicaban en parroquias y diócesis los congresos eucarísticos, marianos, catequísticos, fomentándose la devoción a María en las diversas advocaciones populares, especialmente de Guadalupe, y la devoción a Cristo Rey.

Sin ambages, podemos asegurar que la Iglesia de México vivió una segunda restauración, la más rápida y más honda realizada desde los primeros años de acción colonizadora.

Todo este movimiento culminaba en la consagración del monumento nacional a Cristo Rey en el cerro del Cubilete, centro geográfico de México, y en la celebración del Congreso Eucarístico Nacional de 1924.

Fue justo en este Congreso donde se oyó la vibrante oratoria del Obispo de Huejutla, José de Jesús Manríquez y Zárate, quien decía:

Los sacerdotes hemos descuidado mucho la educación religiosa de las masas, engolfándonos en cierto misticismo inexplicable ante los furiosos ataques de la impiedad.

Señalando, a su decir, "las turbas famélicas de gozo y sedientas de sangre humana" de la Revolución, agregaba:

son los desgraciados niños de antaño a quienes descuidamos enseñar la doctrina cristiana por andar entretenidos muchas veces en asuntos de vanidad. Confesemos nuestro delito, señores, y digamos de corazón: Merito haec patimur.16 

En octubre de 1924, cuando trataban el Vaticano y la Cancillería en torno a las garantías mínimas que el Gobierno debería dar para que Roma enviase un delegado apostólico a México,17  un nuevo incidente vino a agravar la ya delicada situación.

Con motivo del Congreso Eucarístico Nacional, la CROM impidió de varias formas los actos finales del mismo. Álvaro Obregón, el 9 de octubre, dirigió sendos oficios al Secretario de Gobernación y al Procurador General de la República, para que consignaran

por el delito de violación a nuestras Leyes de Reforma, a las personas que han hecho ostensibles manifestaciones de culto externo y a los inspiradores de tal delito.18 

La propia crónica del Congreso Eucarístico, a propósito de estos penosos acontecimientos, se pregunta:

¿Cuál había sido el crimen que motivaba tan extraña consignación? [...]. Por las órdenes que recibieron los policías se ve que los adornos de las casas eran lo que se consideraba como culto externo.

Si eso fue, el entusiasmo extraordinario, la manifestación evidente de que México entero no había perdido la fe, a pesar de los trabajos de un siglo de las logias masónicas en contra de esa fe, la consideración de la grandeza de las manifestaciones católicas, junto a las raquíticas y desairadas fiestas del jacobinismo; el despecho que esta comparación producía en ciertas almas; el catolicismo, en una palabra, que triunfaba esplendorosamente, pacíficamente, dulcemente, porque tiene una vitalidad real, un ascendiente divino... eso y no otra cosa fue la causa de que algunos lograsen arrancar al Presidente de la República ese decreto consignando al Congreso Eucarístico, es decir, a la nación mexicana católica !!! 19 

El Estado supo interpretar los acontecimientos del Congreso Eucarístico Nacional de 1924 y lo sucedido un año antes en la consagración del monumento nacional a Cristo Rey en El Cubilete. Aquello no sólo tenía dimensión religiosa, sino también política. Era una muestra de poder de la Iglesia.

En menos de diez años, y no obstante padecer condiciones adversas, había recuperado la Iglesia mexicana con creces su capacidad de convocatoria y movilización del pueblo.

La Iglesia, con restauradas instituciones, con un clero estimulado de nueva cuenta, con amplia base laical organizada en multitud de asociaciones, sindicatos y ligas, luchando en el ancho campo de lo social, volvía a ser un peligro, y un peligro inminente.

Para el Estado nacido de la Revolución, el enemigo era la Iglesia y, por ello, golpeaba las –cada día– más frecuentes manifestaciones religiosas que, sin embargo, crecían en número de participantes y en bríos al ritmo de la represión gubernamental.

La jerarquía respondía a cada embate gubernamental denunciando estos hechos mediante cartas pastorales y protestas; disponía, además, la organización de actos de desagravio, que el pueblo hacía suyos con su presencia masiva.

Para la Iglesia, el enemigo era el Estado, patrocinador del creciente "socialismo", de la disgregación social, del relajamiento de las costumbres.

Iglesia y Estado situaban frente a frente sus contingentes y el conflicto se hacía inevitable. En un creciente estado de ánimo, de lucha y provocaciones, el 1º de diciembre de 1924 Plutarco Elías Calles asumía la Presidencia de la República, para el período 1924-1928. En sus manos estallaría la tragedia.

Calles heredaba un país difícil y en condiciones conflictivas y, por añadidura, en su proyecto de cimentar un Estado moderno, Calles tropezaba, entre otros sectores, con la Iglesia.

Así, cuando coincidieron diversos factores tales como la agudización de la crisis con los Estados Unidos, un atentado sufrido por el Presidente de la República y la publicación de unas declaraciones del arzobispo de México, José Mora del Río, sobre la actitud de la Iglesia ante la Constitución, Calles, suponiendo que la Iglesia hacía causa común con sus enemigos, reaccionó violentamente aplicando las leyes y apurando a los gobernadores a hacer lo mismo. Así surgió la reglamentación del artículo 130, la conocida Ley Calles, que entraría en vigor el 31 de julio de 1926.

No fue el gobierno federal sino la jerarquía eclesiástica la que, tras consultar a Roma, decidió cerrar los templos y suspender los cultos en todo el país, declarando sobre el particular lo siguiente:

Ante semejante violación de valores morales tan sagrados, no cabe ya de nuestra parte condescendencia ninguna. Sería para nosotros un crimen tolerar tal situación; y no quisiéramos que en el tribunal de Dios nos viniese a la memoria aquel tardío lamento del profeta: Vae mihi, quia tacui, ¡Ay de mí, porque callé! 20 

A partir del 31 de julio de 1926, justo cuando comenzaría a aplicarse la Ley Calles, comenzaron a cerrarse los templos, uno a uno en cada diócesis.

Los fieles acudían a estas ceremonias en las que, después de la celebración de la Eucaristía o una hora santa, con solemnidad y patetismo, se despedía a los asistentes quienes, con lágrimas y el ánimo encogido, observaban al obispo, al párroco o a un vicario, cerrar las puertas.

Daba la impresión que Dios se alejaba de su pueblo.

En este horizonte, resulta dramática una fotografía tomada del altar mayor de una parroquia jalisciense, muy ornamentado pero con el sagrario cerrado, y un letrero que dice: "No está aquí". Como si fuera un viernes santo.

Calles no supo valorar la fuerza de la decisión episcopal ni los mismos obispos imaginaron las consecuencias que traería su gesto. Para todos fue una sorpresa la respuesta popular: pronto, para defender las libertades religiosas, brotaron partidas de voluntarios que tomaban las armas contra el régimen callista.

Meses después este movimiento entusiasta iría cuajando en una verdadera organización, cívica por una parte, la Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa y, por otra, militar, los combatientes cristeros.

Mientras que los obispos en su mayoría salían al destierro y el clero se escondía en las ciudades, los pobres, los más pobres, eran quienes luchaban por su Iglesia y por una patria nueva.

En tal perspectiva, quizá los cristeros representan el acercamiento más estrecho habido en México entre cristianismo y revolución: ellos combatieron por la Iglesia y contra un «mal gobierno», al que acusaban de haber dado la espalda al pueblo.

El balance de esta lucha que duró tres años, fue trágico: de 70 a 85,000 muertos en total. Al decir de Portes Gil, "según los informes que recibía la Secretaría de Guerra y Marina, los muertos por ambas partes ascendían mensualmente de 800 a 1,000 muertos".21 

Entre tanto, el mundo católico vibró por las noticias procedentes de México. Pío XI, en repetidas ocasiones, cantó sus gestas.22 

El martirio del jesuita Miguel Agustín Pro, la popularidad de los jóvenes acejotaemeros (ACJM) y las dificultades de toda índole que sufría la Iglesia mexicana, emocionaban a los católicos, mientras que Calles era satanizado.

5. Pasión, muerte y resurrección

Conclusiones

De 1926 a 1929, se vivió la tragedia de la guerra civil. Aquella Iglesia que, en 1919, era percibida en un estado de "frialdad de muerte" y que había podido, gracias a una acertada pastoral, volver a experimentar la Eucaristía como una celebración multitudinaria y nacional, entró en un proceso dolorosísimo de persecución.

La jerarquía había descubierto la importancia del laicado pero los obispos se asustaron cuando los laicos asumieron el protagonismo eclesial por causa de la Ley Calles que, de uno u otro modo, maniataba al clero.

Ya en esos momentos, los prelados vivían de nuevo en el destierro, los templos estaban cerrados, la Eucaristía se celebraba de manera clandestina, los fieles comulgaban con sus propias manos acudiendo a lugares escondidos donde el Santísimo Sacramento esperaba a los fieles.

Mientras en ciudades y pueblos se escondía, en los campamentos cristeros el misterio de la Eucaristía adquiría otra transignificación: era riesgo, aventura, ejercicio de libertad, confesión de fe, viático para el terror inmediato.

La Eucaristía, misterio adorable, se convertía en alimento para mantener en vilo los sentimientos religiosos más profundos.

Cuando reflexioné sobre todas estas realidades en mi obra El aguijón del Espíritu, este Espíritu todavía no ayudaba a discernir otras facetas del misterio.

La Eucaristía, llevada de aquí para allá, en manos seglares, recibida a hurtadillas pero en profunda contemplación, acercaba a los fieles al misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de ese Cristo Rey que era proclamado frente a los pelotones de fusilamiento, como Señor de la historia.

Cuadro 2:

Santos y beatos muertos entre 1926-1928

SANTOS BEATOS:

Luis Batis Sáinz (+1926) Miguel Agustín Pro Juárez (+1927)

José Salvador Lara Puente (+1926) José Anacleto González Flores (+1927)

Manuel Morales (+1926) José Dionisio Luis Padilla Gómez (+1927)

David Roldán Lara (+1926) Jorge Ramón Vargas González (+1927)

Cristóbal Magallanes Jara (+1927) Ramón Vicente Vargas González (+1927)

Román Adame Rosales (+1927) José Luciano Ezequiel Huerta Gutiérrez (+1927)

Rodrigo Aguilar Alemán (+1927) J. Salvador Huerta Gutiérrez (+1927)

Julio Álvarez Mendoza (+1927) José Trinidad Rangel Montaño (+1927)

SANTOS BEATOS:

Agustín Caloca Cortés (+1927) Andrés Solá Molist (+1927)

Mateo Correa Magallanes (+1927) Leonardo Pérez Larios (+1927) 

Miguel de la Mora de la Mora (+1927) Miguel Gómez Loza (+1928)

Pedro Esqueda Ramírez (+1927) Luis Magaña Servín (+1928)

Margarito Flores García (+1927) Elías del Socorro Nieves (+1928)

José Isabel Flores Varela (+1927) José Sánchez del Río (+1928)

Sabás Reyes Salazar (+1927)

José María Robles Hurtado (+1927)

Jenaro Sánchez Delgadillo (+1927)

David Uribe Velasco (+1927)

Atilano Cruz Alvarado (+1928)

Bernabé de Jesús Méndez Montoya (+1928)

Justino Orona Madrigal (+1928)

Toribio Romo González (+1928)

Tranquilino Ubiarco Robles (+1928)

Cuando escribí, pues, mi obra El aguijón del Espíritu, todavía se privilegiaba en los sectores eclesiales una distancia hacia aquellos cristeros, aquellos confesores, aquellos mártires.

Al elevarlos a los altares, fueron Juan Pablo II y, ahora, su sucesor, Benedicto XVI, quienes nos dieron la mano para entrar a contemplar el misterio, ese misterio que intentó revelar el general cristero Jesús Degollado Guízar, en junio de 1929.

Al saber de los "arreglos" a que habían llegado gobierno y prelados y que ponían fin a la contienda, dirigiéndose a sus soldados, decía:

Como hombres, cábenos también otra satisfacción que jamás podrán arrebatarnos nuestros contrarios: la Guardia Nacional desaparece, no vencida por nuestros enemigos, sino, en realidad, abandonada por aquellos que debían recibir, los primeros, el fruto valioso de sus sacrificios y abnegaciones. ¡Ave Cristo, los que por Ti vamos a la humillación, al destierro, tal vez a una muerte ingloriosa, víctimas de nuestros enemigos, con el más fervoroso de nuestros amores, te saludamos, y una vez más, te aclamamos Rey de nuestra Patria!

Aquella Iglesia que los Obispos veían con "frialdad de muerte", en diez años, llegó a su plena madurez cuando, por el martirio y la confesión de fe, mostró la fecundidad de una evangelización prodigiosa.

La Iglesia de esos años había crecido hasta el cielo. Ahora, aquellos testigos que bebieron el cáliz del sacrificio, muchos ya, están en los altares, en la gloria, junto al Padre y, con ellos, nuestra Iglesia de México.

Colima, 19 de abril de 2008

Notas.-

1 Así el Dictamen con el que se presentó al Congreso el artículo 130: Diario de los debates del Congreso Constituyente 1916-1917 (1960), II, 973-975.

2 Texto de la Protesta, en A. TARACENA, La verdadera revolución mexicana. Quinta etapa (1916 a 1918) (1960), 161-172.

3 Citado por Javier SICILIA, Concepción Cabrera de Armida. La amante de Cristo (2001), p. 471. Subrayado en el texto.

4 Revista Eclesiástica Mexicana, 1:2 (1919), 146.

5 L. RUIZ Y FLORES, Recuerdo de recuerdos (1942), 75-76.

6 F. OROZCO Y JIMÉNEZ, "Circular" (26 de enero, 1920), en: Revista Eclesiástica Mexicana, 2:1 (1920), 124. No obstante esta apreciación, el ilustre prelado tapatío reconocía que "nuestra amada Arquidiócesis, es quizá uno de los pocos lugares del país en que no ha habido tanta corrupción; y, sin embargo, comparando las costumbres actuales con las de hace apenas unos diez años, cuánta diferencia encontramos": "Edicto Cuaresmal" (27 de enero, 1920): Ibid., 213.

7 L. RUIZ Y FLORES, "Edicto Cuaresmal" (12 de enero, 1921), en: Revista Eclesiástica Mexicana, 3:1 (1921), 120.

8 Ibíd., 121.

9 M. FULCHERI Y PIETRASANTA, "Carta Pastoral" (19 de mayo, 1922), en: Revista Eclesiástica Mexicana, 4:2 (1922), 22. Para este Obispo, los tiempos que se vivían eran "un período de transición. Diversas ordenaciones sociales se proponen a nuestra consideración o se dibujan en el horizonte": lbid.

10 Revista Eclesiástica Mexicana, 3:2 (1921), 72.

11 J. G. ORTIZ, "Exhortación al V. clero de la Diócesi [sic] de Tamaulipas" (12 de diciembre, 1919), en: Revista Eclesiástica Mexicana, 2:1 (1920), 133. Subrayado nuestro.

12 Carta de Amado PARDAVÉ, prosecretario del Arzobispado de México, al Pbro. Antonio SANZ CERRADA (5 de marzo, 1923), en: Revista Eclesiástica Mexicana, 5:1 (1923), 123.

13 A. GUÍZAR Y VALENCIA, "Circular" (29 de marzo, 1921), en: Revista Eclesiástica Mexicana, 3:2 (1921), 362.

14 F. MEDINA RUIZ, Calles: un destino melancólico (1960), 96.

15 OBISPOS DE LA PROVINCIA ECLESIÁSTICA DE DURANGO, "Instrucción pastoral", en: Revista Eclesiástica, 3/1 (1921) 448.

16 Citado por M. PALOMAR Y VIZCARRA, El caso ejemplar mexicano (21966), 133.

17 Los despachos de Gasparri y Aarón Sáenz, secretario de Relaciones Exteriores, en: Acta Apostolicae Sedis, 18 (1926), 179-181.

18 Moctezuma, El conflicto religioso de 1926 (1960), I, 293-294.

19 Álbum oficial del Congreso Eucarístico Nacional de México, 1924 (1925), edición rica en información e ilustraciones, cuyas páginas aparecen sin numerar.

20 Carta Colectiva del Episcopado Mexicano, decretando la suspensión del culto público en toda la nación (México, julio de 1926), 2. En Colima se llevó a cabo la suspensión meses antes, al arreciarse la persecución a nivel estatal.

21 E. PORTES GIL, Autobiografía de la Revolución (1964), 574.

22 Entre los documentos más importantes, su carta al Arzobispo de México, Paterna sane (2-II-1926), en: Acta Apostolicae Sedis, 18 (1926), 175-185; sus encíclicas Iniquis afflictisque (18-XI-1926), en: AAS, 18 (1926), 465-477; Acerba animi (29-IX-1932), en: AAS, 24 (1932), 321-332; y Firmissimam constantiam (28-III-1937), en: AAS 29 (1937), 189-199 (latín), 200-211 (castellano).

La Eucaristía, Don del Padre
para que el mundo tenga vida plena

Manuel González Cruz,

Decano de la Faculta de Teología,

Universidad Pontificia de México

Durante el XI Sínodo General de Obispos, celebrado el mes de Octubre de 2005 en la Ciudad del Vaticano, algunos Padres Sinodales se refirieron a lo que, a su juicio, constituye un déficit notorio en la actual Teología de la Eucaristía. En su opinión, sustentada por la contemporánea realidad eclesial, la teología, la predicación y la catequesis se han ocupado mucho en desarrollar el aspecto de la convivialidad y la comensalidad eucarísticas, mientras que el aspecto sacrificial, que también le es esencial, ha quedado relegado.

El Obispo de Leeds, A. Roche, se refirió a esta situación en su intervención del 6 de octubre. "A theology of the Eucharist", dijo este Padre Sinodal, "viewed predominantly through the lens of the meal is deficiently devoid of the Eucharist’s necessary and intrinsic link with Calvary and Christ’s sacrifice".

Si el diagnóstico del Obispo inglés es objetivo, entonces los que se dedican a la práctica de la Teología (al igual que los predicadores, los catequistas, los pastores, etc.), han de sentirse convocados a resolver el déficit señalado en el Sínodo.

Esta conferencia, enmarcada dentro de un programa que se desarrolla bajo el lema global: La Eucaristía, Don del Padre para la vida del mundo, ha de entenderse como una modesta colaboración en la tarea de dar cumplimiento a uno de los más importantes desiderata sinodales.

La arquitectura de mi conferencia descansa, básicamente, sobre los tres pilares que menciono a continuación: Una teología kenótica del Padre; El Documento de Québec (DQ) y el Documento de Aparecida (DA). Y la desarrollaré distribuyéndola en torno a tres ejes: el primero es de aliento epistemológico; en el segundo trataré de explicar, desde la teología kenótica, lo que significó para el Padre tanto la entrega que Él hizo de su Hijo amado como la entrega de Éste para el bien de sus hermanos; la tercera parte contiene una doble propuesta teológico-pastoral de talante eucarístico.

1. Condicionamientos socio-culturales para un discurso teológico y eucarístico

Hace ya algunos años, precisamente en el 1981, la revista Concilium editó un número monográfico en el que los autores abordaron la compleja cuestión de la viabilidad del discurso teológico sobre el Padre-Dios. Los autores de los artículos que componían ese número monográfico la abordaron desde la perspectiva epistemológica y, desde ahí, se preguntaron este problema fundamental: cómo hablar de Dios en una sociedad sin padres. Los directores de la mencionada monografía, J.B. Metz y E. Schilebeekcx, advertían que las aporías para la denominación y comprensión de Dios como Padre no eran exclusivamente de orden social, sino también de orden histórico, psicológico y hasta teológico, y que las mismas planteaban una seria e ineludible cuestión ¿Podemos seguir llamando Padre a Dios?

Hemos de reconocer que, a más de veinte años de distancia, la figura paterna no ha sido recuperada y que, por lo mismo, persiste la cuestión teológica de la pertinencia de seguir nombrando a Dios con el nombre de Padre. Si las cosas están así, entonces el discurso teológico sobre el Padre no sólo no es tan obvio y comprensible, como alguno de nosotros pudiera pensar, sino que, en razón de la creciente problematicidad social y familiar, ha adquirido un cada vez más acentuado carácter aporético, pues su referente histórico se ha colapsado.

En efecto, se tiene la impresión de que en los últimos años se ha pasado de una débâcle de la figura del padre a una evicción del mismo y hasta a su muerte social, pues la sociedad actual vive como si ya hubiese encontrado sus sucedáneos.4

Esta situación socio-jurídica no apareció como por ensalmo, sino que ha estado precedida por un eficaz programa de demolición de la figura paterna, en el cual han intervenido diacrónicamente fenómenos que parecen heteróclitos, pero que de modo sorprendente convergen en esta tarea. Entre los más decisivos, ha de ser mencionado ese poderoso movimiento cultural conocido como la Aufklärung o Ilustración y, junto a ella, la Revolución francesa.

Ambos movimientos socavaron las bases tradicionales que sustentaban la figura y el rol social del padre, pues los hombres de la Ilustración consideraban la autoridad y la sacralidad estrechamente ligadas a la figura paterna, como un obstáculo a la innegociable autonomía y a la mayoría de edad a las que el hombre moderno ya habría llegado. I. Kant, mejor que ningún otro, describió el aporte de la Aufklärung a la aparición del hombre emancipado. "La Ilustración, dice, es la emancipación del hombre de su condición de minoría de edad, de la que él mismo es responsable. La minoría de edad es la incapacidad de servirse de la propia razón sin la guía de otro. El hombre mismo es responsable de tal condición, pues ésta no es el resultado de la falta de inteligencia, sino de la falta de coraje y decisión para servirse sin la guía de otro. Sapere aude! Ten el coraje de servirte de tu propia razón: he aquí la palabra clave de la Ilustración".

La Revolución francesa, con su triple postulado de libertad, fraternidad, igualdad, pero sobre todo mediante la ejecución (a golpe de guillotina) de quien era considerado como la hipostasiación paradigmática de la sacralidad y la autoridad, habría dado un golpe definitivo tanto a la figura real como, in obliquo, también a la paterna. «La mort du Roi», comenta R. Laurentin, «était nécessaire à la Révolution française. Elle fut son acte de naissance symbolique».

La psicología freudiana, a juicio de uno de los colaboradores de la revista citada, también ha contribuido al ocaso de la figura del padre humano y, desde su campo de investigación, ensombreció lo mismo la figura paterno-humana como la paterno-divina; empujó hacia delante el programa nietzcheano de la muerte de Dios y, en consecuencia, también ofició los funerales del Padre por antonomasia.

Pero las razones explicativas de lo que Laurentin llama l’éviction du père y, también, la liquidation du père no son únicamente de orden teórico-político; lo son también de orden práctico-social y cultural. En efecto, las exigencias laborales creadas por la Revolución Industrial han producido dos fenómenos correlativos: la consuetudinaria ausencia del padre del escenario familiar y el crecimiento del rol social y familiar de la madre, sea en las familias monoparentales donde el padre no existe, sea en las familias tradicionales en las que el padre normalmente está ausente8. En ambas situaciones, la madre ha asumido las funciones que el padre había ejercido con anterioridad.

Pero se ha de reconocer que la crisis de la figura paterna es efecto de una crisis más profunda, la crisis cultural, y de los cambios de distinto orden que le han seguido. Así lo ha reconocido y estimado la V Conferencia General del Episcopado Latinoameriacano y del Caribe, según la cual esos cambios "[…] han modificado los roles tradicionales de varón y mujer, quienes buscan desarrollar nuevas actitudes y estilos de sus respectivas identidades, potenciando todas sus dimensiones humanas en la convivencia cotidiana, en la familia y en la sociedad, a veces por vías equivocadas"10 .

La experiencia cotidiana nos permite confirmar sin mayor esfuerzo este dato preocupante. En efecto, el número de familias monoparentales aumenta de modo galopante; también aumenta el número de familias en las que, por razones no-económico-sociales, el padre está ausente.

La extensión de este fenómeno obliga a los actores eclesiales, entre ellos al teólogo, a introducir una acuciante cuestión epistemológica ¿cómo hablar de Dios en una sociedad sin padres?

1.2. La Eucaristía en crisis

Un discurso teológico de talante eucarístico tiene que habérselas hoy con una serie de datos endógenos de enorme impacto. Me refiero, en concreto, a otra situación de crisis, también profunda, que atañe lo mismo a la centralísima fe en la Eucaristía que a la constelación de prácticas tradicionales que giraban en torno a ella.

Por ejemplo, se puede constatar con facilidad la persistencia extendida de un cafarnaitismo ‘reciclado’, pues en la actualidad son muchos los cristiano-católicos que no conciben que Jesús, el Cristo de Dios, se haga presente en las especies eucaristizadas y, menos aún, que Él nos pueda dar a comer su carne y a beber su sangre (Jn 6, 52). Ésta es, ciertamente, la expresión más profunda y lamentable de la actual crisis eucarística; pero ésta no se detiene ahí, sino que se expresa en la irrelevancia que afecta las prácticas sacramentales y devocionales que han modelado durante siglos la vida de nuestras comunidades eclesiales.

Éste es, por ejemplo, el caso de la comúnmente marginada práctica dominical. El ausentismo dominical, propiciado por factores tan disímbolos entre sí como lo pueden ser la indiferencia religiosa y la multitud de posibilidades ocupacionales y lúdicas que se nos ofrecen, es tanto más alarmante cuanto que la Eucaristía es considerada como la fuente y culmen de la vida de la Iglesia (DA 158; 175a; cf. LG 11; EE), el centro de la historia de salvación ("Au centre et au sommet de l’histoire du salut"11 ), y el recurso indispensable para vivir coherenemente la vida cristiana ("sine Dominico non possumus"). Estas convicciones hacen explicable la fatigosa búsqueda de caminos para rehabilitar y reevangelizar el domingo12 .

La crisis cultural actual, a la que nos referimos líneas arriba, tiene una relación etiológica con la que podríamos llamar crisis de la ‘cultura eucarística’, pues los a priori de ésta son antagónicos al estilo de vida, o way of life, que promueve la cultura actualmente dominante. En efecto, poco tienen que ver la gratuidad, la donación, el sacrificio y la generosidad, que son los supuestos básicos de la ‘cultura eucarística’, con el pragmatismo, el hedonismo, el subjetivismo y el espíritu de competencia y de ganancia, que son algunas de las características sustantivas de ese fenómeno cultural y socioeconómico que se conoce con el nombre de globalización13 .

Desde esta compleja problemática, el teólogo se ve obligado a plantearse una cuestión epistemológica de enorme relevancia, la cual es paralela a la que formulábamos líneas arriba, y que se podría formular del modo siguiente: teniendo en cuenta la débâcle/evicción de la figura del padre y la crisis teórico-práctica de la Eucaristía, ¿cómo podemos hablar de la Eucaristía en tanto Don del Padre para la vida del mundo?

2. El Padre, origen y fuente última de la realidad total (ta panta ek tou qeou)

Comencemos esta temática precisando que esa figura en crisis terminal, el padre, es sólo una hipostasiación históricamente reducida del antiquísimo término griego patήr, cuyo campo semántico rebasa con mucho los límites biológicos con los que espontáneamente se le asocia. En efecto, el término patήr, y sus afines: pάppa, pappάzein (llamar padre), pάppos. tiene también implicaciones semánticas de alcance filosófico y teológico, que, para nuestro fin, es necesario exponer14 .

2.1. El concepto mítico y filosófico-teológico de patήr

En la literatura griega prefilosófica, los términos ya mencionados fueron utilizados para designar lo mismo un personaje fundador de una dinastía, o padre biológico, que un individuo dotado de una autoridad que le otorgaban los años y la sabiduría acumulados. El término patήr, en este contexto semántico, identificaba lo mismo a un progenitor que a un anciano o antepasado venerable.

Así pues, en esa pequeña galaxia lexical que tenía como eje de rotación el término patήr, convergían datos biológicos y factores sociales de autoridad, los cuales daban al sujeto llamado patήr una importancia y una función social indiscutiblemente relevantes.

Las religiones del Oriente Medio también recurrieron a esa terminología para describir lo mismo la taxis que se observaba en las relaciones interdivinas, la cual suponía lo mismo una estricta jerarquía de tipo piramidal, que la relación de los dioses con sus adoradores terrenos. El, el dios mayor de Ugarit, era considerado como "el padre de la humanidad"; Sin, dios babilonio, era honrado como "padre y engendrador de dioses y hombres"; Zeus, el dios griego por excelencia, era reconocido en los mismos términos15 .

Con el advenimiento del pensamiento filosófico, especialmente el platónico, el aristotélico y el estoico, y con la consecuente superación de su contraparte, el pensamiento mítico, no se perdió la comprensión monárquica de la paternidad divina de las religiones antiguas; se ha de decir, más bien, que ésta experimentó una ampliación y una necesaria precisión, y que siguió siendo un dogma fundamental de la religión griega. En efecto, la paternidad divina se extendió al cosmos mismo y, en su aplicación antropológica, se superó la idea del engendramiento físico.

De ese modo, el dios-patήr ya no sólo es la arχή de dioses y hombres, es también el "padre de todo" (poihths kai pathr tou pantou), pues todo ha sido hecho por él16 ; es, también, "el padre de todos", pues es "creador (poihths), padre (pathr) y conservador de los hombres (khdemώn twn andrwn)" (Epicteto).

Se ha de reconocer la profunda influencia que ejerció el estoicismo en la aplicación antropológica de la doctrina de la paternidad divina y en las consecuencias éticas que ésta tiene dentro del esquema de pensamiento de sus representantes principales. En efecto, para filósofos más representativos de esta filosofía (como Cleantes, Epicteto, Dión, etc.), es un imperativo bien fundado el reconocer la dignidad de todo hombre, pues es hijo de Dios y, además, participa del lόgos y de la gnώmh divinos.

El pensamiento bíblico no pudo ignorar este trasfondo mítico-filosófico-teológico del término padre, sobre todo cuando lo utilizó para referirse a Yahvé. Este uso, sin embargo, fue sumamente cuidadoso e intencionalmente restringido, pues los autores veterotestamentarios evitaron al máximo una comprensión biológica de la paternidad divina17.

2.2. La comprensión cristiana de la paternidad de Dios

En la configuración original de la imagen cristiana de Dios, diferente a la veterotestamentaria en cuanto que –por ser trinitaria– supera su monoteísmo cerrado, han concurrido factores culturales y teológicos de distinta índole y de distinto peso específico, entre los que cabe mencionar la teología del Antiguo Testamento, la persona, la obra y la experiencia histórica de Jesús de Nazareth18 , y la inculturación de todo lo anterior en la mentalidad mediterránea dominada por el pensamiento griego19.

De esta última instancia quisiera destacar dos elementos que, por su ambivalencia y por su relación estrecha con el tema que venimos desarrollando, no pueden ser sobrevolados. Estos elementos proceden, ciertamente, de la alta comprensión de lo divino a que llegó la metafísica desarrollada en la Antigüedad clásica griega, por medio de sus máximos representantes (Platón, Aristóteles y los estoicos).

En la teología natural que desarrollaron éstos, la idea de Dios alcanza su punto más alto, pues se ‘racionalizan’ las ideas de trascendencia y de origen que, de modo a veces groseramente mítico, se le atribuyeron desde siempre al dios mayor. Este logro, sin embargo, tuvo para el cristianismo un costo muy grande.

En efecto, la idea aristotélica de la inmovilidad divina (es decir, su comprensión de Dios como motor inmóvil), atribuida al dios supremo o patήr (filosófico), y la teoría estoica de las pasiones, particularmente la idea de la imperturbabilidad o impasibilidad (apάqeia), concurrieron en la configuración de una imagen de Dios más cercana a la del Dios apathés, supremo e inafectable, propia del filósofo, que a la que nos transmiten los textos sagrados.

Se ha de reconocer que la teoría aristotélica formuló una comprensión de Dios tan extraordinaria como duradera. En efecto, su representación de Dios, formulada en los términos que bien conocemos: como el Ser supremo, absoluto, o άnarcos y apaqήs, se introdujo de modo casi tan definitivo en la Teología cristiana que hubo que esperar largo tiempo para que pudiera ser puesta en cuestión por algunos filósofos y teólogos. En efecto, se atribuye a M. Heidegger la penetrante aseveración de que, frente al Summum Ens o el Ipse Esse Subsistens, es decir, el Dios-Ser supremo e inmutable, el creyente no puede ni rezar, ni bailar ni cantar; es decir, no hay posibilidad alguna de establecer una relación de tipo personal con una magnitud divina concebida en esos términos abstractos.

La teología estoica, a su vez, infiltró en el corpus doctrinal cristiano dos de sus presupuestos teológicos que, a la postre, representaron un enorme handicap en el desarrollo de la teoría cristiana. Hablamos aquí, en primer lugar, de su prejuicio contra los afectos o pasiones (paqe), considerados por ellos como una deficiencia o enfermedad el alma; pero también nos referimos a su monismo teológico que convierte su teología en un panteísmo, pues confunde los dos planos de la realidad total: la trascendencia y la inmanencia20.

La superación de estos extraordinarios esquemas filosófico-teológicos se da sólo en la teología judeo-cristiana, fundamentada en la revelación que el mismo Dios ha hecho de su misterio. Gracias a la revelación, el padre universal o última arχή de todas las cosas, cobra un rostro personal, sin por ello perder su condición de principio fundamentador de toda la realidad. Más aún, gracias a la revelación entendemos que ese Padre personal es principio άnarχos de la vida divina y de la vida extra-divina, y que ésta no puede confundirse con su principio.

Sin embargo, en el proceso de inculturación de los datos bíblicos referentes al Dios cristiano, éstos fueron leídos y explicados en el marco conceptual de las filosofías ya mencionadas, reconvirtiendo al Dios revelado en el dios de los filósofos. Desde entonces, la Teología ha intentado armonizar la comprensión griega de la perfección divina (inafectable, inalterable, imperturbable, trascendente) con los datos escriturísticos que muestran a un Dios personal que posee un innegable páthos21  por todas sus criaturas, especialmente por los seres humanos.

La representación griega de Dios, todavía presente en el lenguaje teológico22 , nos exige un esfuerzo de superación mediante el cual, reteniendo lo que es rescatable de la comprensión filosófico-teológica de la Antigüedad clásica, lleguemos a formular plausiblemente la propuesta de la paternidad personal del Dios cristiano.

Sin este esfuerzo de superación de las representaciones míticas y filosóficas de la paternidad divina, grandiosas en algunos puntos, no es posible penetrar intelectualmente en lo propio de la fontalidad universal del Dios de Nuestro Señor Jesucristo.

3. El Padre nos da o entrega al Hijo

El Documento de Québec, siguiendo puntualmente la encíclica Ecclesia de Eucharistia, nos indica que "La Iglesia ha recibido de Cristo su Señor la Eucaristía no como un don, por precioso que sea, sino como el Don por excelencia, pues es el Don de Sí mismo, de su santa humanidad personal, de su obra de salvación" (EE 11)23.

Así pues, la Eucaristía es el memorial de la misteriosa y amorosa entrega soteriológico-sacrificial que Cristo hizo (y hace toda vía hoy, pero de modo sacramental), de Sí mismo al Padre por la salvación de sus hermanos los hombres.

En realidad, los textos neotestamentarios nos hablan de una triple entrega, y nos la describen como un drama a la vez teológico e histórico, en el que intervienen el Padre que entrega o da a su Hijo (Jn 3, 16-17); el Hijo que se entrega voluntariamente (Jn 15, 13; 1ª Jn 3, 16; Gál 2, 20; Ef 2, 5.25; 2ª Cor 5, 14); y, finalmente, el Hijo que es entregado por el traidor a los judíos (Mt 26, 15.21.48); por éstos a Pilato (Mc 15, 1); y por éste otra vez a los judíos y, finalmente, a los verdugos (Mc 15, 15; Jn 19, 16). Esta triple entrega se prolonga, de modo sacramental, en el memorial de la Eucaristía.

La estructura tríadica de la entrega sacrificial corresponde objetivamente a la dinámica tanto teológica como económica, pues ambas tienen en el Padre su única arχή. Si esto es así, y si el Padre –en tanto arχή– es el principio activo de la entrega, conviene preguntar si esa doble entrega significó algo para Él y, también, si el carácter sacrificial, evidente en la entrega económica de su Unigénito, repercutió de alguna manera en su ser divino; y, finalmente, si en el memorial sacramental de la entrega que el Hijo encarnado hace de su cuerpo y de su sangre, el rol del Padre no se limita a una complaciente recepción de la acción sacrificial.

Es evidente que, en cualquier tentativa de atisbar el misterio de la realidad sobre la que estamos reflexionando, entran en juego las precomprensiones filosóficas que han acompañado y condicionado históricamente el ejercicio de la ratio theologica, particularmente la precomprensión heredada de la Filosofía clásica. Hemos de decir con toda claridad que esta racionalidad ha representado una auténtica crux theologorum, ya que la articulación de los datos de las filosofías ya mencionadas con los que la revelación nos ofrece ha sido una tarea ardua y, además, inconclusa.

Las precomprensiones filosóficas de Dios, sobre todo las que se desarrollaron en torno al Mediterráneo, contribuyeron a la configuración de un perfil identitario divino que resulta, sobre todo hoy, muy poco atrayente. En efecto, no nos resulta simpática la imagen o representación de un Padre tan lejano (trascendente) como imperturbable (imagen que asimila al Dios cristiano con el faraón egipcio o con el gran rey persa o con el emperador romano), el cual no parece haber tenido conmoción alguna en la entrega que nos hizo de su propio Hijo. En efecto, leída desde una gramática supeditada a los presupuestos teológicos de la Filosofía clásica, resultaría escandalosa e inaceptable la afirmación del Apóstol de que Dios "[…] no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien lo entregó por todos nosotros […]" (Rom 8, 31-32; cf. 1ª Jn 4, 10).

Si esta imagen ‘estoica’ del Padre imperturbable o apaqhs resulta chocante, no lo es menos la imagen del Dios severo y justiciero que desarrolló la así llamada teología jurídica. Esta teología, desarrollada bajo la influencia del escrito anselmiano Cur Deus homo?, pensaba al Padre como el Dios infinitamente ofendido que exigía un acto de reparación apropiado (un precio justo), al grado y nivel de la ofensa que los hombres le habían inferido. Como éstos eran incapaces de tal acto, el Hijo enviado por Él debió habernos sustituido (teoría de la sustitución) y, mediante su sacrificio cruento, satisfacer o calmar la cólera del Dios injuriado24. Esta teoría teológica, calificada apropiadamente por R. Laurentin como estrechamente jurídica y mercantil, refleja una imagen tan agudamente justiciera del Padre-Dios, que resulta totalmente asimétrica con la que de Él nos comunicó Jesús de Nazareth25.

Por fortuna, esta inquietante imagen del Dios cristiano está siendo revertida. A ello, han contribuido ya desde el siglo xix llamados teólogos kenóticos26 , provenientes de las confesiones cristianas más importantes. En efecto, pensadores católicos, ortodoxos, protestantes y anglicanos se han impuesto la tarea de escudriñar y tematizar la dimensión trinitaria de la kénosis; y, por consiguiente, el significado que ésta tuvo en la persona del Padre.

a) La entrega teológica o intratrinitaria

El ya desaparecido teólogo católico, H. U. von Balthasar, en sintonía de pensamiento con el teólogo ortodoxo S. Bulgakov27 , puede considerarse como uno de los más conspicuos representantes católicos de la teología kenótica y estaurológica28 . Esta línea teológica es seguida por el teólogo de Lucerna cuando él explora lo acontecido en la generación eterna del Verbo de Dios. Su propuesta de lectura de este misterio inefable es la siguiente: la generación eterna del Verbo puede ser leída en términos de entrega y/o de kénosis (desposesión o desapropiación) del Padre. Se trataría de la kénosis primordial, mediante la cual el Padre se vacía de su condición de Padre y se da totalmente al Hijo-Verbo, sin que ese vaciarse (exinanitio) y/o darse signifiquen la pérdida de su condición de Padre29 . San Hilario describe este proceso kenótico como un vaciarse de Dios dentro de Sí mismo, como una exinanitio dentro del poder divino.

Esta kénosis originaria es pensada por Von Balthasar como el presupuesto eterno y la condición de posibilidad de las kénosis económicas, las cuales, en la Encarnación y en el Misterio de la Cruz, mostrarían tanto el vaciamiento del Padre en la entrega que hace de su Hijo al mundo, como el del propio Hijo (Fil 2, 6-11). El teólogo español L.F. Ladaria ha mostrado con extraordinaria solvencia el continuum que, en el esquema balthasariano, se da entre la kénosis/entrega inmanente y la económica:

"Lo que rige entre Jesús y el Padre en la mediación de la misión es la forma económica del acuerdo eterno entre Padre e Hijo"30 .

La tesis balthasariana resulta realmente sorprendente por varias razones. Sorprende, en primer lugar, por la utilización de una terminología cuyo campo de aplicación tradicional es el cristológico; pero también sorprende por el realismo de su aplicación al Padre (en realidad, a la Trinidad misma), y no sólo al Hijo encarnado, sin escamotear o difuminar el sentido sacrificial y de humillación que tiene el término paulino. Para justipreciar esto, téngase en consideración que, desde el comienzo de la discusión kenótica, los teóricos cristianos, por el temor de ser tenidos o por patripacianos31  o por teopasquitas32 , apostaron por la afirmación de la inmutabilidad divina y evadieron el problema de la posibilidad misma y del modo como el Padre se apropia y vive la kénosis económica del Hijo, entregado para nuestra salvación (Jn 3, 16-17; 1ª Jn 4, 9-10; Rom 8, 32).

Por lo que toca a la entrega/generación eterna, los autores citados han descrito el impacto que tuvo la entrega del Hijo en el ser del Padre con una terminología tan impactante como lo pueden ser los lexemas: devastación (Bulgakov), desposesión, desapropiación, kénosis y superkénosis (Von Balthasar), Urkenosis (C. Rocchetta), los cuales configuran la gramática que nos permite atisbar lo que sucedió de modo atemporal en el abismal misterio de Dios. Ciertamente, esa terminología puede resultar sorprendente, sobre todo a mentalidades atadas a los esquemas tradicionales, pero también seductora y no sin fundamento, según dictamen de R. Laurentin33 .

Los siguientes textos de Von Balthasar pueden ilustrar este intento de superar la visión filosófica de un Padre-soberano impasible y el sentido que este autor da a los términos kénosis y kénosis originaria.

"El Padre", escribe el teólogo de Basilea, "se desapropia totalmente de su divinidad y la entrega al Hijo, en un acto de renuncia absoluta a ser Dios para Sí mismo: abandono del ser-Dios, ateismo divino que no se debe confundir con un ateismo intramundano, pero que funda su posibilidad, superándola"34 .

"Nunca sabremos expresar la profundidad abismal de la autodonación del Padre, el cual, en una eterna superkénosis se priva de todo lo que Él es y puede producir un Dios consubstancial, el Hijo. Todo lo que puede uno pensar e imaginar de Dios está ya de forma anticipada e incluso superada en esta destitución de Sí mismo que constituye la persona del Padre y, al mismo tiempo, la del Hijo y la del Espíritu. Dios como abismo […] del Amor absoluto contiene, de forma anticipada y eterna, todas las modalidades de amor, de compasión y hasta de separación motivada por el amor y basada en la distinción infinita de las hipóstasis; modalidades que podrán manifestarse en el curso de una historia de salvación con la humanidad pecadora. Por tanto, Dios no tiene necesidad de cambiar cuando realiza las maravillas de su caridad, que incluyen la Encarnación y de manera particular la Pasión de Cristo y, antes de Él, la historia dramática de Dios con Israel, y, sin duda, con toda la humanidad. Todos los rebajamientos contingentes de Dios en la economía de la salvación están desde siempre incluidos y superados en el acontecimiento eterno del Amor"35 .

b) El Padre en las entregas económicas del Hijo

El carácter sacrificial y expiatorio de las entregas económicas del Hijo es, por así decirlo, un lugar común en Teología. No lo es, en cambio, el modo como ello pueda afectar al Padre, pues la que Von Balthasar llama teología óntica, dependiente de la Filosofía griega, predominó sobre una teología de tipo kenótico que no reduce cristológicamente el hecho del abajamiento, sino que lo amplía teológica y pneumatológicamente, es decir, trinitariamente. Según el teólogo suizo, "Dios Padre y el Espíritu santo están también comprometidos hasta el fondo en la kénosis. El Padre enviando y abandonando; el Espíritu uniendo […] [La kénosis] es un acto indivisiblemente trinitario"36 .

Un antecedente de este tipo de teología, si bien en estado embrionario y aplicada al Padre, se encuentra ya en el gran teólogo alejandrino, Orígenes, a quien sus presupuestos filosóficos neoplatónicos no le ataron para explorar la posibilidad de la existencia de un páthos kenótico en el Dios cristiano. A este respecto, es muy conocida su idea de la convertibilidad del amor (caritas) y el dolor (passio), idea que hace del amor (divino) la condición de posibilidad del dolor en Dios. Esta intuición puede ser ilustrada mediante un texto del alejandrino, tomado de su comentario al libro de Ezequiel:

Descendit in terras miserans humanum genus, passiones perpessus est notras, antequam crucem pateretur et carnem nostram dignaretur assumere; si enim non fuisset passus, non venisset in conversatione humanae vitae. Primum passus est, deinde descendit et visus est. Quae est ista passio quam pro nobis passus est passio? Caritatis est passio. Pater quoque ipse et Deus universitatis […] nonne qudammodo patitur?An ignoras quia, quando humana dispensat, passionem patitur humanam? […]. Ipse Pater non est impassibilis […] patitur aliquid caritatis37.

Hemos de lamentar que esta intuición origeniana no recibió una atención particular, pues muchos teólogos prefirieron desarrollar una teología óntica, dependiente de la Filosofía griega clásica y, en consecuencia con esta opción, ocuparse en presentar la que podríamos considerar como la imagen más filosóficamente correcta de Dios: Summum ens (trascendente, inmutable, imperturbable, impasible, etc.) o ipsum esse subsistens y la del soberano que exige una satisfacción adecuada a la falta que le fue inferida.

La teología del dolor de Dios38 , que no ha de ser tenida como una más de las teologías de genitivo que conocemos, sino que ha de considerarse como una dimensión importante de algunas teologías, ha desarrollado la intuición origeniana del páthos y de la pasibilidad del Padre. En esto converge con las mejores expresiones de las llamadas teologías kenóticas.

Nos resulta obvio que dicha intuición es como un eje en torno al cual giran otras cuestiones, igualmente incisivas, de las cuales pretendo rescatar las dos siguientes: ¿qué significó para el Padre el haber dado/enviado (Jn 3, 16-17; cf. 6, 32) y entregado (Rom 8, 32) a su propio Hijo para reconciliarnos con Él (2ª Cor 5, 19-21)? ¿Significó algo al Padre la entrega sacrificial que hizo el Hijo de su propia vida como rescate por muchos (Mc 10, 45)? ¿Qué le significó la triple entrega de la que su amado Hijo fue víctima inocente? (Mc 14, 10 [cf. Mt 26, 14-15]; 15, 1.15 [cf. Mt 27, 1-2; 27, 26]).

Es evidente que la respuesta a estos interrogantes ha sido, y es, diferenciada y que la razón de ello hay que buscarla en los ya muchas veces mencionados presupuestos filosóficos desde los que la han abordado las diferentes teologías. Los teólogos arriba mencionados consideran que, desde la Escritura, la imagen ‘filosófica’ de un Padre imperturbable e impasible ante la entrega del Hijo resulta particularmente inaceptable.

De hecho, muchos teólogos han expresado con vehemencia que el Padre no podía ser así y, en consecuencia, desarrollaron un tipo de discurso teológico bipolar (J. Moltmann) y paradójico, ya utilizado por algunos Padres de la Iglesia39 , mediante el cual intentan conciliar la imagen de un Dios trascendente e impasible con la del Dios comprometido con la historia de su Hijo amado y con la de los hombres (inmanente)40 . Para ello, puntualizan que el dolor de Dios es un concepto relacional y no un concepto de sustancia41  y que la teoría tradicional de la sustancia o esencia (ousίa) no es apta para expresar lo teológicamente expresable del verdadero ser de Dios42 . Este intento de equilibrio lingüístico, mediante el cual se expresa la inexpresabilidad del misterio mediante el recurso a la paradoja, no quita que los autores mencionados busquen vías para conceptualizar y verbalizar la pasión y el dolor del Padre en la entrega diferenciada de su Hijo. Como resulta obvio, se trata de una empresa ardua que, como se puede deducir de lo que ya se ha dicho, ha ocupado a algunas de las mejores mentes del cristianismo de antes y de ahora.

Pero, volvamos a las cuestiones arriba expuestas e ilustremos con algunos textos las respuestas que algunos teólogos han dado, intentado, no obstante, explicitar los principios desde los cuales los autores a citar intentan hacer comprensible una tesis común: el Padre no es impasible ni en el envío/entrega del Hijo ni en la Pasión de Éste.

Comencemos por el teólogo japonés, K. Kitamori, autor de un libro cuyo título es ya revelador: Teología del dolor de Dios. Además de la propia biografía, a la que el autor alude en el prólogo a la primera edición de su libro (en el que el autor habla de las características japonesas de su libro), se pueden considerar como principios del pensamiento teológico del teólogo japonés tanto su reflexión sobre Jer 31, 20 como de Heb 2, 10, textos que, según confesión autobiográfica, funcionaron en su caso personal como un Blitz revelador.

Pero, como lo han reconocido algunos estudiosos de la obra de Kitamori, la theologia crucis de Lutero tiene estatuto fontal en la teología del teólogo japonés. A partir de estos factores, este autor llega a formulaciones tan sorprendentes como las que siguen:

La esencia de Dios puede ser comprendida tan sólo a partir de «la palabra de la cruz». El dolor de Dios es su «esencia» […] La «teología de la cruz», theologia crucis, es, estrictamente hablando, la teología que se asombra más profundamente ante el «dolor como esencia de Dios»43.

Esta teología de la cruz es también central en el teólogo reformado J. Moltmann44 , cuyo programa teológico, altamente autobiográfico también, puede inscribirse en la línea de la así llamada teología patética45  por la que transitan los teólogos kenóticos, principalmente los protestantes.

Los principios teológicos a partir de los cuales este autor escribe su teología patética, o teología del dolor de Dios, son dos: una teología de la cruz de aliento trinitario, pues involucra tanto al Hijo como al Padre y al Espíritu Santo; y el amor, como factor que permite la superación conceptual del theòs apathés e inmutable y, de ese modo, hacer posible la comprensión del dolor en Dios, sin introducir con ello una disminución en su ser divino. "En el abandono del Hijo se abandona también el Padre a Sí mismo. En la entrega del Hijo se entega igualmente el Padre a Sí mismo, pero no de la misma manera. […] Mas el Padre que lo abandona y entrega, sufre la muerte del Hijo con el dolor infinito del amor. O sea, que aquí no se puede decir, al modo patripasiano, que también el Padre sufrió y murió. La pasión y muerte del Hijo en el abandono por parte del Padre es un sufrimiento distinto del sufrimiento del Padre a causa de la muerte del Hijo"46 

Para ilustrar esta cuestión desde la Teología católica, recurramos a un autor francófono que, ciertamente, no tiene entre nosotros muchos lectores, Fr.-X. Durrwell. La obra a la que nos remitimos le fue publicada en castellano, en 1990, bajo el título Nuestro Padre. Dios en su misterio47 . Los principios desde los cuales construye su teología del dolor de Dios son principalmente dos: la dimensión sacrificial del amor y la comunión-identidad, humanamente inimaginable e inalcanzable, entre Jesús y el Padre (Jn 14, 7-9; cf. Jn 12, 45). Ambos principios se entrelazan en los siguientes textos:

Todo amor verdadero es inmolado; es don de sí, efusión que puede llegar hasta el agotamiento de sí mismo. El que ama vive en un perpetuo paso de frontera, no cesa de salir de sí mismo. […] Siendo Dios en su paternidad y Padre por su amor, Dios es inmolado, consumado como en un fuego de holocausto, por el Espíritu que es amor y en el que es Padre.[…] El Padre, cuyo rostro se vislumbra en el Cristo pascual, es a la vez omnipotente e inmolado. […] Por tanto, si Cristo es en su sufrimiento el rostro del Padre, no se puede hablar del sufrimiento de Dios más que diciendo: en Dios existe algo semejante al sufrimiento de Cristo, pero ese algo es lo contrario del sufrimiento humano48.

Este autor, al igual que otros teólogos kenóticos, se hace la pregunta crucial, la que bulle en muchas de las mentes que consideran el dolor y el sufrimiento como algo inconcebible e impropio de Dios. "Pero", se pregunta Durrwell, "¿permaneció Dios insensible al ver a su Hijo abofeteado, torturado y agonizando? ¿No siente compasión alguna ante sus hijos en sus sufrimientos parecidos a los del Hijo?". El autor, consecuente con los principios arriba señalados, responde: "En la tierra no hay amor sin compasión ante el amado que sufre. Porque el amor establece contacto por el que el sufrimiento se propaga de un hombre a otro. En los que se aman mutuamente el sufrimiento es contagioso, como el mismo amor".

Pues bien, Jesús y su Dios están unidos por lazos de la paternidad y de la filiación. Este vínculo es diferente del que el amor crea entre los hombres; por este hecho, Dios no sufrió ante el espectáculo de la cruz de la misma manera que la Madre de Jesús presente en el Calvario. ¡Pero ese vínculo es distinto precisamente porque es más fuerte! Si esto es así, ¿no habrá que pensar que el sufrimiento de Jesús pudo remontar bajo la forma de compasión hasta el corazón del Padre?"49 .

No obstante lo explícito de estos textos, Durrwell y otros autores que abordan esta difícil cuestión, retornan al discurso bipolar tradicional que distingue, como bien se sabe, entre la esencia divina y la relación o actividad (J. Galot) de Dios en el mundo y con los hombres. En consecuencia con esta distinción, ‘sacan’ el dolor de Dios mismo: "Pero si la Pasión de Jesús proclama la autenticidad de un amor siempre inmolado, es seguro que Dios está fuera del sufrimiento tal como lo conocen los hombres. En su pasión dolorosa, Jesús es el rostro del Padre; dice que el Padre se ha inmolado, pero no habla de un sufrimiento que exista en Dios"50 .

El dolor de Dios es un misterio abisal y, por lo mismo, una pesada crux interpretum. En efecto, los teólogos que han abordado esta cuestión han tenido que habérselas con los ‘pre-juicios’ ya mencionados, pero también con la teoría estoica de las pasiones, conforme a la cual el dolor y el sufrimiento son una debilidad y una limitación, y, por lo mismo, son incompatibles con la perfección de Dios. Pero, sin desconocer la alta intencionalidad de tal ‘pre-juicio’, es lícito que nos planteemos la siguiente cuestión: ¿dolor, debilidad y limitación son siempre inseparables?

Se trata, cierto, de una cuestión verdaderamente aporética que reclama una respuesta en cierto modo ‘atrevida’, pues se trataría de explorar una posición afirmativa que vaya más allá de lo ya comúnmente aceptado. A este respecto, resulta interesante la tentativa del teólogo italiano C. Rocchetta, quien, a partir de las intuiciones de M. Nendocelle, J. Maritain y K. Kitamori, considera que los páthe en Dios pudieran ser considerados más bien como una perfectio y no tanto como una imperfección. Y, afrontando directamente la cuestión de la ternura y del dolor divinos, distingue entre el dolor que sí expresa una limitación y un dolor que él describe recurriendo a "la noción japonesa de tsurasa51 : un dolor noble, expresión de grandeza, privado de toda imperfección por haber perdido algo; un dolor amoroso por el que alguien se inflige un sufrimiento, acepta la muerte o deja morir a su hijo por conservar la vida de otro"52 .

El dolor y sufrimiento divinos, concebidos en estos términos, no pueden considerarse una imperfectio; es más, a juicio del teólogo italiano, no pueden no existir en Dios, pues "[…] decir que el Absoluto no puede ‘sentir ternura’ hasta ‘sufrir’ por los que ama, sería como decir que le falta algo"53 .

Si, pues, el dolor es pensable en Dios Padre, si Éste no es pensable como el theòs apáthes kaì analloíωton de Aristóteles54 , entonces habría que repensar el lugar que tradicionalmente se le ha asignado en la vida, muerte y resurrección de Jesús de Nazareth y, derivadamente, en el punto central de la temática de este Congreso, el sacrificio eucarístico.

3.3. El Padre nos da la Eucaristía

La Eucaristía ha sido pensada dentro de un esquema trinitario y, en consecuencia, ha sido explicada como la entrega sacrificial de Cristo al Padre, en el Espíritu Santo55 . El DQ es explícito al respecto. "C’est (l’Eucharistie) un don trinitaire qui opère la réconciliation du monde avec Dieu […]" (DQ II, A). Como puede inferirse de una serena reflexión sobre esta cita del texto québéquois, el Padre aparece en una posición similar a la que le otorgaba la teología jurídica, es decir, como quien recibe el sacrificio expiatorio de su Hijo56 .

Si la theologia crucis ha revisado este esquema y sus cultivadores nos han mostrado al Padre plenamente involucrado en ese mysterium fascinosum et tremendum, otro tanto se ha hecho en el contexto de la Teología de la Eucaristía. Ésta Teología, en efecto, no niega que el sacrificio de la cruz, del que se hace anámnesis en cada Celebración Eucarística hasta que Él vuelva (1ª Cor 11, 26), sea dirigido al Padre, de quien todo procede y al que todo ha de retornar. Pero esta Teología, en coherencia lógica con la theologia crucis, involucra activamente al Padre en ese drama sacramental.

Fr.-X. Durrwell, autor de un texto en el que explica la Eucaristía en su relación con el misterio pascual57, ha comprendido bien el protagonismo activo del Padre en el drama que actualiza la Cruz. Es cierto que, en el texto al que vamos a recurrir, presenta esta idea desde la perspectiva de la convivialidad eucarística, pero también es cierto que su texto está preñado de evocaciones sacrificiales. Este autor, una vez que nos presenta al Padre como quien prepara el banquete e invita a participar en él, la comenta del modo siguiente:

La mesa celestial es preparada por el Padre que «organiza un banquete de bodas para su Hijo». Es Él el que le ofrece a Cristo la copa de vino nuevo (Mc 14, 25), glorificándolo en el Espíritu Santo. […[ Por tanto, es también el Padre el que organiza la Eucaristía, esa anticipación terrena del Reino: «el pan verdadero que viene del cielo es el que os da el Padre» (Jn 6, 32). El Padre está omnipresente en la Celebración Eucarística. Es Él el que ha amasado el pan y ha preparado la copa, engendrando al Hijo, en Jesús y en su muerte y resurrección. Es Él el que lo resucita en la visibilidad de las cosas de este mundo, bajo las «especies» eucarísticas […]58.

Otro teólogo francófono, J. Galot, se expresa en términos similares: "Entre los dones que se nos han dado, junto con el de la Iglesia, y donde se muestra más vivamente el amor del Padre, hay que poner en lugar especial a la Eucaristía. […] La Eucaristía reproduce misteriosamente este acontecimiento central en que el Padre nos entrega lo que tiene de más precioso".

En la Eucaristía hay, pues, que distinguir no sólo la ofrenda de Cristo a su Padre, sino también el don del Hijo por el Padre, pues el drama redentor tiene esta doble acción".

Ahora bien, al referirse a la participación del Padre en el drama de la Redención, el autor hacía las siguientes afirmaciones: "¿Podríamos representarnos al Padre frío e impasible ante el espectáculo del sufrimiento de su Hijo? Estaríamos tentados de hacerlo si lo considerásemos como un Dios abstracto, que no puede conmoverse por nada"59.

Podemos conceder que las intuiciones de estos autores se reflejan de algún modo en algunas expresiones del DQ. Sus autores, en efecto, han expresado las ideas muy cercanas a las Durrwell cuando escriben que "Ce Don par excelence (l’Eucharistie) a été longuemente préparé par Dieu dans l’histoire du salut" (DQ I, A). Pero también hemos de conceder que, en otros textos, el DQ refleja las posiciones tradicionales, a las que aludíamos líneas arriba, que presentan al Padre o entregando al Hijo o resucitándolo (DQ II, A).

4. Para que el mundo viva

En el marco de la Teología cristiana, otro trinomio: Padre-Eucaristía-vida, resulta inseparable. Desde la óptica paulina que contempla al Padre como origen de todo (2ª Cor 5, 18: ta pάνta ek tou qeou), la Eucaristía y la vida no se explican sino a partir de Él.

Esta vinculación es más universal y explícita en el binomio Padre-vida, pues es propio del Padre ser origen de la vida. Esta ilación es válida en el plano biológico, en el filosófico y, también, en el teológico. "Dios", escribía el filósofo, "tiene vida y duración continua y eterna; pues Dios es esto"60 . La Escritura no es menos explícita que el Estagirita, pues, aunque con reservas61 , llama a Yahvé el viviente, el Dios vivo (Sal 42, 3); o, también, la fuente de la vida (Sal 36, 10).

Menos universal, pero no menos cierto, es el reconocimiento de la vinculación fontal del Padre con la Eucaristía, postulado in recto en el dictum jesuano que Juan nos ha conservado y trasmitido: "En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo" (Jn 6, 32-33). El Padre es, según esto, el origen de la Eucaristía, como lo es también de la vida; Él nos da el Pan de la vida (v. 34). Ahora bien, esta vida nos ha sido dada por medio del Hijo, hipostaciación de la vida (Jn 14, 6; cf. 6, 35), y dador de la misma (Jn 6, 32), en forma por demás abundante (Jn 10, 10).

El talante axiomático de estas afirmaciones obliga a una indagación respecto a la naturaleza misma de su objeto y da lugar a esta pregunta fundamental, ¿de qué vida se trata?

La posible respuesta a esta interrogante ha de intentar tomar distancia de cualquier tipo de reduccionismo o dualismo62 , principalmente de aquel que epitomice la expresión jesuana vida en abundancia en una dimensión espiritualizante e ignore la dimensión histórico-social que conlleva. Cierto que la vida que el Hijo de Dios, encarnado-muerto-resucitado-glorificado, es ante todo la vida de Dios mismo, vida que se nos comunica por el Bautismo y, señaladamente, por la Eucaristía63 , pero este don inconmensurable se da a hombres concretos, que viven una existencia concreta. Para explicitar esto de manera integral, me valdré del DQ y del DA, documentos que, con toda seguridad, han circulado de mano en mano en los últimos meses.

4.1. Hacia una cultura de la vida plena (Jn 10, 10)

Comencemos este apartado recordando que el término cultura ha experimentado en los últimos 50 años un cambio semántico notable. En efecto, del sentido aristocrático y elitista, en boga en la época del Renacimiento y de la Aufklärung, pasando por su interpretación organicista y positivista del siglo xix, se ha llegado a un sentido de cultura que se puede caracterizar por su omnicompresividad y relacionalidad; pero, también, por su talante antropológico. Es en este sentido que el término cultura ha sido asumido por la Constitución Dogmática GS (53), por la EN (20), por DP (386-393) y, recientemente, por DA.

Para ilustrar lo que al respecto se está diciendo, conviene retomar el DP y confrontarlo con DA; esto con el fin de observar una notable continuidad en la interpretación y en la aplicación del término. "Con la palabra ‘cultura’ se indica el modo particular como, en un pueblo, los hombres cultivan su relación con la naturaleza, entre sí mismos y con Dios (GS 53b), de modo que puedan llegar a un ‘nivel verdadera y plenamente humano’ (GS 53a). Es ‘el estilo de vida común’ (GS 53c) que caracteriza a los diversos pueblos; por ello se habla de ‘pluralidad de culturas’ (GS 53c)"64.

En DA podemos verificar una puntualización extraordinaria del concepto de cultura, ya que éste no se limita a referirnos a su triple relacionalidad, sino que especifica el horizonte de todo auténtico proceso cultural: "La cultura, en su comprensión más extensa, representa el modo particular con el cual los hombres y los pueblos cultivan su relación con la naturaleza y con sus hermanos, con ellos mismos y con Dios, a fin de logar una existencia plenamente humana" (DA 476).

Quisiera enfatizar esta última parte de la descripción que encontramos en DA, pues expresa un plus con referencia a lo dicho por DP y, además, puntualiza un a priori que guía las reflexiones que configuran esta última parte de la presente conferencia: la vida y la cultura no se pueden pensar de modo asintótico, pues están inextrincablemente relacionadas. En este sentido la muy usual expresión lingüística cultura de la vida pudiera parecer una tautología.

DA, al precisar el horizonte totalizador de la cultura (DP 387), mediante la expresión existencia plenamente humana, conecta con lo que pretendemos expresar con la fórmula cultura de la vida, articulándola con la expresión joánica de la vida plena, citada expresamente en el Documento e interpretada en los siguientes términos: "Ante las estructuras de muerte, Jesús hace presente la vida plena. ‘Yo he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud (Jn 10, 10). Por ello, sana a los enfermos, expulsa los demonios y compromete a los discípulos en la promoción de la dignidad humana y de relaciones sociales fundadas en la justicia".

Pero, por si esto no fuera suficiente para captar el sentido que en DA tiene el binomio vida en plenitud, éste ha de ser deducido y complementado a partir de las descripciones que hace el DA de las expresiones binarias vida plena y vida digna, las cuales pueden leerse como paráfrasis de la fórmula joánica65 .

Un lector crítico de DA no puede encontrar un mejor clave hermeneútica para descifrar el sentido de estas fórmulas que un texto de Benedicto XVI. En su Discurso Inaugural (=DI) de la V CELAM, el actual Pontífice rescata sorprendentemente un texto de la Populorum Progessio de Pablo VI y, desde ahí, da a la expresión cultura de la vida ese sentido amplio que rebasa con mucho tanto el biologismo que, con frecuencia, no tiene en cuenta la calidad de la vida; como también la dicotomía que subraya de modo exclusivo la dimensión espiritual y, correlativamente, margina las implicaciones histórico-sociales de las expresiones que queremos evidenciar. "Los pueblos latinoamericanos y caribeños", dijo el Papa en Aparecida, "tienen derecho a una vida plena […]. Para estos pueblos, sus Pastores han de fomentar una cultura de la vida que permita, como decía mi predecesor Pablo VI, ‘pasar de la miseria a la posesión de lo necesario, a la adquisición de la cultura… a la cooperación en el bien común… hasta el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin’" (DI 4).

En consonancia con esto, podemos concluir que el texto de Jn 10, 10, basilar en DA, no admite una lectura exclusivamente espiritual-sacramental; ni su horizonte es excluyentemente escatológico, pues el lexema vida y la expresión en abundancia no tienen un sentido reductivo o dicotómico; tampoco un sentido individual sino colectivo y hasta cósmico66 . En efecto, la promesa de vida plena alcanza también al cosmos mismo, el cual, en su estado de opresión actual, gime en espera de su liberación (Rom 8)67.

Esta lectura integrativa es plenamente coherente con lo que DQ propone:

Du don accompli «pour que le monde ait la vie», l’Église est le témoin au milieu des hommes. L’Eucharistie est alors un constant défi posé à la qualité de vie et d’amour des disciples du Christ. Qu’ai-je fait de mon frère? «J’ai eu faim, j’ai eu soif, j’étais un étranger, j’étais nu, malade, en prison» (Mt 25, 31-46). Ce qu’ils célèbrent est-il compatible avec leurs relations sociales, familiales, interraciales et interethniques ou avec la vie politique et économique à laquelle ils participent? Le mémorial de ce qu’ils considèrent comme l’événement central de l’histoire de l’humanité vient dévoiler leur inconséquence chaque fois qu’ils tolèrent quelque forme de misère, d’injustice, de violence, d’exploitation, de racisme et de privation de liberté. L’eucharistie convoque les chrétiens à participer à la restauration continue de la condition humaine et de la situation du monde, à défaut de quoi ils son sérieusement invités à la conversion pour vivre l’appel de l’Évangile […].

Tous ceux et celles que la misère a pour ainsi dire destitués de la condition d’êtres humains sont le prochain pour qui le Christ est mort. Son Cœur ‘eucharistique’ a assumé d’avance toutes les misères du monde à la croix et son Esprit nous presse de prendre parti comme Lui, pacifiquement et efficacement, pour les pauvres et pour les victimes innocents (DQ III, B).

Este espléndido texto no deja lugar a dudas: La Eucaristía es fuente de vida plena, integral, abundante; no hay aspecto de la existencia humana que no esté ya, aquí y ahora, en relación con ella y que, por lo mismo, no deba ser revitalizado desde este Don del Padre. Es el pan verdadero que Dios nos da para que tengamos vida (Jn 6, 32-33).

Pero este caudal de vida plena requiere de un cauce y un espacio, donde se conserve y se comunique. De hecho, hay dos espacios que providencialmente han sido pensados para ello: la Iglesia y la familia.

La Iglesia nace de la Eucaristía; vive de la Eucaristía y para la Eucaristía. Ella ha recibido el precioso encargo de conservar y celebrar el memorial del Señor hasta que vuelva (1ª Cor 11, 23-24). La familia, por su parte, es por definición Ecclesia domestica y santuario de la vida (plena), y, por lo mismo, no puede pensarse sino en términos eucarísticos y pascuales, esto es, como espacio para la entrega generosa, para la gratuidad y para el amor sin reservas.

La familia, pensada por Dios como Sacramento de lo que Él es en Sí mismo (DP 582), es el espacio originario para el desarrollo de la cultura de la vida plena y abundante.

3.2. Hacia una cultura eucarística

La expresión cultura eucarística pudiera resultar un tanto sorprendente y novedosa, y hasta podría inducir a equívocos, lo mismo a personas que están familiarizadas con el lenguaje teológico que a aquellas que no lo están. A éstas, y a todos los que mantienen un concepto ‘ilustrado’ de cultura, les podría resultar hasta disonante en sus términos (una especie de oxímoron).

La expresión, sin embargo, tiene sentido. En efecto, si por cultura entendemos un modo relacional de ser y de existir en el mundo, entonces el binomio del que forma parte estaría sugiriendo un modo de establecer relaciones con Dios, con los demás y con el mundo que estuviera determinado o especificado por el que podríamos llamar factor eucarístico68. Estas elementales precisiones semánticas nos permiten evadir y controlar nuestra proclividad a la práctica de una hermenéutica reduccionista, aplicada a la práctica de la Eucaristía69 , sin que ello signifique o implique el desconocimiento de su dimensión sacramental, tan decisiva en la vida creyente (DA 363)70.

Esta feliz expresión, cultura eucarística, bastante familiar en el contexto doctrinal del Sínodo Universal de los Obispos (2005), requiere de una amplia difusión que, bien entendida, pudiera asumirse como una propuesta de carácter programático.

¿Cómo, pues, hemos de entender la expresión cultura eucarística? Una respuesta sencilla y lacónica, bien podría expresarse en los siguientes términos: es un modo eucarístico de relación.

Esta sobria respuesta requiere de algunas puntualizaciones, pues sus componentes no resultan claros a espíritus todavía ofuscados por los resabios de la Modernidad. Ésta, en efecto, bajo el poderoso influjo del dualismo cartesiano, ha operado lo que algunos teóricos han llamado proceso de desconexión, el cual ha separado al hombre moderno de su tradicional polo de relación: Dios, el mundo y los demás; y, llevando a sus últimas consecuencias la aplicación dialéctica del binomio sujeto-objeto, ha reconvertido la relación en instrumentalización del objeto por parte del sujeto71 . Estas observaciones son indicativas del desafío que la cultura, entendida en los términos en que la venimos presentando, plantea a esa Modernidad que pervive en la que pretende ser su superación, la Post-modernidad. De hecho, la cultura eucarística ha de verse como la real posibilidad de superación del espíritu de la Postmodernidad, que a muy pocos satisface

Pero, para ello, hemos de tomar en consideración la actual indescifrabilidad o, al menos, la opacidad semántica del término eucarístico. Yendo más a fondo, éste pudiera ser tomado como un caso típico de non-sense, es decir, de un término que carece de sentido en la práctica comunicativa actual. Por eso se impone su clarificación, misma que vamos a intentar siguiendo un proceso analítico que va a ser llevado a cabo sub contrario, es decir, mediante la individuación de los datos característicos de la cultura dominante, en tanto contrarios e incompatibles con la perspectiva eucarística que hemos venido trabajando.

Para lograr este cometido, es necesario encontrar el patrón cultural dentro del cual viven y se desarrollan la(s) sociedad(es) de la(s) que somos miembros, que no es otro que la globalización. A este propósito, creo no basta con apelar al hecho de que la cultura actual se define, sobre todo en el Occidente del planeta, a partir de un prefijo adverbial de talante tan difuso como paradigmático, el recurrente "post", el que, al entrar en composición con lexemas que nos son bastante conocidos, da como resultado una serie de neologismos tan llamativos y usuales como pueden serlo los términos postcristiano, postmodernidad, postmoderna(o) y hasta postsecular.

Si bien es cierto que en sociedades emergentes, como es la nuestra, se dan ya algunos fenómenos que caracterizan las culturas ‘post’, más arraigadas en el Norte del planeta, no es menos cierto que su estilo de vida está más determinado por los resultados de la aplicación discrecional del fenómeno de la globalización. Se trata de un fenómeno complejo, pues no se reduce al ámbito de lo económico sino que incide en el de las culturas (y de la religión), sometiéndolas a un proceso de homogeneización forzada (DA 46)72 .

El impacto cultural de la aplicación de este sistema en Latinoamérica ha sido descrito por DA en términos claros: "La realidad social, que describimos en su dinámica actual con el nombre de globalización, impacta, por tanto, antes que cualquier otra dimensión, nuestra cultura y el modo como nos insertamos y apropiamos de ella" […]. "Vivimos un cambio de época cuyo nivel más profundo es el cultural. Se desvanece la concepción integral del ser humano, su relación con el mundo y con Dios; aquí está precisamente el gran error de las tendencias dominantes en el último siglo […]" (DA 43 y 44).

Entre las manifestaciones sociales más comunes, más evidentes y más nefastas de este cambio de época, gestadas por la globalización, suelen mencionarse las siguientes: el individualismo, el hedonismo y el consumismo; la avidez, el espíritu de competencia y el afán de lucro (verdadera idolatría del dinero); la desacralización (de las realidades tradicionalmente tenidas por sagradas) y la re-sacralización (sacralización de realidades que antes eran tenidas como profanas: el cuerpo, el juego, el shopping, etc.); el relativismo ético y religioso; la tendencia al esoterismo, etc.

No se necesita ser muy perspicaz para percatarse de la incompatibilidad que existe entre el estilo de vida promovido por la globalización y la economía de mercado, y el que brota de la vivencia de la Eucaristía. Ésta, en efecto, promueve valores como la comunión y fraternidad; el don de sí mismo y el espíritu de entrega, de sacrificio, de renuncia, de generosidad; el amor, la solidaridad macroecuménica o/y holística, particularmente con los que más necesitan de ella […]. Todos estos valores se sitúan en las antípodas de los parámetros del way of life contemporáneo, promovido por la cultura dominante.

En efecto, ni los conceptos que están boga (éxito, vencedor, competencia, competitividad, utilidad, rentabilidad, comfort), ni la manera de entenderlos y aplicarlos, resultan compatibles con los conceptos y los valores arriba mencionados.

¿Qué significaría, pues, desarrollar una cultura eucarística? Significa, en un primer término, superar esa visión dualista-cartesiana que objetiviza e instrumentaliza nuestros referentes tradicionales: Dios, los demás, el cosmos. En segundo lugar, implica sustituir las relaciones instrumental(izadoras) y reconfigurarlas en términos de filiación, fraternidad y co-creaturalidad.

Finalmente, significa asumir un estilo de vida y un modo de relación en los que los valores eucarísticos no estén ausentes.

Conclusión

Los grandes eventos eclesiales son generadores de pensamiento y de reflexión, antes, durante y después de su realización. Éste es el caso del Congreso Eucarístico Internacional, a realizarse en la statio orbis en que se convertirá Quebec, y el de este Simposio Teológico sobre la Eucaristía, al que seguirá el correspondiente Congreso Nacional, en cuyas coordenadas se inscribe esta aportación que está por terminar.

Ésta ha girado en torno al Padre, origen y fuente de todo, y a la Eucaristía, la cual encuentra su origen en el Padre de todos y de todo.

La intención que ha guiado estas reflexiones ha sido la siguiente: entender que la expresión Don del Padre no puede entenderse de modo objetivado sino personal, pues en el Don se implica de modo total Aquel a quien seguiremos llamando el Padre. En efecto, Él participó hasta el fondo en el drama de la entrega soteriológica y sacrificial de Jesús de Nazareth, de la cual la Eucaristía hace memoria hasta que Él vuelva.

Jesús, el Cristo, se entregó para que el mundo tenga vida abundante y plena. Esta intencionalidad, que coincide con el proyecto del Padre que ama la vida, ha de mantenerse vigentemente explícita. DA ha enfatizado esta doble verdad: el proyecto del Padre es un proyecto de vida que se visibiliza en el Reino de vida que Cristo ya inauguró. "Pero", nos advierte el Documento, "las condiciones de vida de muchos abandonados, excluidos e ignorados en su miseria y su dolor, contradicen este proyecto del Padre e interpelan a los creyentes a un mayor compromiso a favor de la cultura de la vida. El Reino de vida que Cristo vino a traer es incompatible con esas situaciones inhumanas" (DA 358).

Por lo mismo, la Eucaristía no agota sus posibilidades en una celebración ritual, por más solemne que sea, sino que genera compromisos sociales y hasta cósmico-ecológicos. "Sacrificum Christi mysterium est liberationis quod nos interpellat. In mutandis iniustis structuris ad restaurationem dignitatis hominis, ad imaginem et similitudinem Dei creati, Eucharitistia in vita fit quid in coelebratione significat. Iste motus dynamicus ad mundi magnitudinem aperitur: ille in quaestionem ponit processum globalizationis, qui provocat altiorem differentiam inter nationes divites et pauperes; potestates denunciat politicas et oeconomicas quae terrae ubertates didiunt; graves invocat exigentias iustae distributionis ante illegalitatem quae ad caelum clamat; christianos adhortatur, ut operam dent et in vita politica laborent et in actione sociali"73 .

Por lo tanto, el Don grandioso que nos concede el Padre, el Pan de la vida, es generador de serios compromisos sociales, y hasta ecológicos, que podrían concretizarse en el empeño por desarrollar una cultura eucarística de la vida plena para todo y para todos.

 1 Id., Bolletino, 09, 5.

 2 Ver, principalmente, Y. SPIEGEL, Dios Padre en una sociedad sin padres, en Concilium 163 (1981) 311-324.

 3 A falta de datos locales al respecto, pueden ser ilustrativos los resultados de una encuesta sobre el estado de la religión en España. Según los investigadores P. González Blasco y J. González Anleo, sólo un 25.7% de españoles cree en un Dios Padre, contra un 28.2% que cree en un dios cosmovilatista y un 45% que tiene otras representaciones. Para esto, ver J. Ma. MARDONES, ¿Adónde va la religión? Cristianismo y religión en nuestro tiempo, Sal Terrae: Santander, 1996, 19.

 4 Los analistas del CELAM advierten que, habida cuenta de los cambios (culturales, jurídicos, axiológicos) que se dan en las actuales sociedades latinoamericanas, se puede hablar de una auténtica revolución antropologico-cultural que las afecta. Ellos observan que "La tendencia indica que se camina a una sociedad sin familias estables […]. El Estado u otras instituciones sociales asumirán la función paterna". Ver, CELAM, Globalización y Nueva Evangelización en América Latina y el El Caribe, Bogotá, 2003, nn. 48-57, esp. 54. Para el caso europeo, ver R. LAURENTIN, Au-delà de la mort du père. Dieu notre Père, Fayard : Paris, 1998, 13-29.

 5 Esta visión emancipadora choca con la mentalidad patriarcal y con la comprensión occidental de la figura y del rol del paterfamilias, tal y como fueron diseñados por la filosofía jurídica y social del Imperio romano. Para el texto, ver A. CORDOVILLA, El ejercicio de la teología. Introducción al pensar teológico y a sus principales figuras, Sígueme: Salamanca, 2007, 139-140. Cursivas, en el texto

 6 Id., Au-delà, 14.

 7 Ver, D. STEIN, El asesinato del padre y Dios Padre en la obra de Freud, en Concilium 163 (1981) 325-338; R. LAURENTIN, Au-delà, 15.

 8 A este respecto, es necesario tomar en consideración que se trata de una tendencia (trend) que se impone con fuerza en toda Latinoamérica: "La tendencia indica que se camina a una sociedad sin familias estables, en las cuales haya procreación, pero de hijos que no tienen a sus padres en el hogar. Las consecuencias psicológicas y sociales de este problema son enormes. El Estado u otras instituciones sociales asumirán la función paterna" CELAM, Globalización, 17.

 9 Para el caso europeo, dos son las referencias cronológicas que explican esta inversión de roles. El movimiento del 68 y la I Guerra Mundial. R. Laurentin, siguiendo a T. Anatrella (La Famille chrétienne n. 1066 [1998] p. 6) considera que el conflicto bélico anticipó la ‘revolución’ acontecida en el año 1968. Ver, Id., Au-delà, 15.

 10 V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE, Aparecida (=DA). Documento conclusivo, CEM: México, 2007, n. 49

 11 COMITÉ PONFICAL POUR LES CONGRÈS EUCHARISTIQUES INTERNATIONAUX (=DQ), L’EUCHARISTIE, DON DE DIEU POUR LA VIE DU MONDE. Document théologique de base pour le Congrès eucharistique international de Québec, I, A.

 12 Los autores del DQ, después de justificar la importancia del domingo, exhortan a la tarea de re-evangelizar el domingo: "Il import aujourd’ hui de ré-évangeliser le dimanche, car en beaucoup de milieux son sens a été obscurci sous la presión d’un culture inidivualiste et matérialiste". CPPCEI, Document, II, A. c).

 13 "La realidad social, que describimos en su dinámica actual con la palabra globalización, impacta, por tanto, antes que cualquier otra dimensión, nuestra cultura y el modo como nos insertamos y apropiamos de ella" (DA 43; ver, también, DA 44-47), cursivas mías.

 14 Para lo que sigue, ver SCHREK/QUELL, Patήr, en ThWNT V, Kohlhammer: Stuttgart, 1966, 946-1016.

 15 En la literatura homérica ya se encuentra la idea central de que Zeus es patηr qewn te kaé andrwn te. Así, por ejemplo, HOMERO, Odisée , 1, 28 (Text établi et traduit par P. MAZON), Les Belles Lettres: Paris, 1996, 24.

 16 PLATON, Timeo, 28 c

 17 En efecto, el término aparece 1195 veces en el AT ("Con algo más de 1220 casos documentados, ‘ab ocupa el puesto 11 en la lista de sustantivos más usados en el AT […], E- Jenni), pero en sólo 15 ocasiones tiene un sentido teológico. "Aunque la ‘invocación de la divinidad bajo el nombre de padre pertenece a los fenómenos primordiales de la historia de las religiones’ […] el AT es muy reservado en el uso de esta designación de padre en relación a Yahvé". E. JENNI, ‘ab padre, en E. JENNI-C. WESTERMANN, Diccionario Teológico Manual del AT, vol. I, Cristiandad: Madrid, 1978, cols. 35-57, aquí 53. Ver, también, H. D. PREUSS, Teología del AT, I, Yahvé elige y obliga, Desclée: Bilbao, 1999, 62.41

 18 "La revelación de la Trinidad se ha operado más por la existencia filial de Cristo que por simples declaraciones doctrinales. Jesús no hizo ninguna proclamación dogmática concerniente al misterio más profundo de Dios […]". J. GALOT, Nuestro Padre que es amor. Manuel de teología sobre Dios Padre, Secretariado Trinitario: Salamanca, 2005, 14.

 19 Para el tema, ver J. MOLTMANN, El Dios crucificado. La cruz de Cristo como base y crítica de toda teología cristiana, Sígueme: Salamanca, 1975, 383-387.

 20 Para esta discusión, ver R. LAURENTIN, Au-delà, 33-35: Id., Traité sur la Trinité. Principe, modèle et terme de tout amour, Le Sarment (Fayard): Paris, 2000, 29-38.

 21 El término se usa aquí en su sentido etimológico y, por lo mismo, no se ha de interpretar desde un marco conceptual estoico; pues, en este caso, estaríamos atribuyendo a Dios una ptoίa o enfermedad del alma. Para la discusión actual sobre el sentido estoico de pάqos, ver J. M RISTL, La filosofía estoica, Crítica: Barcelona, 1995, 35-40.

 22 Es digno de notar que el Documento de base para el próximo Congreso Eucarístico Internacional, al tratar el punto de la entrega sacrificial del Hijo, se mantiene dentro de la comprensión teológica tradicional. En efecto, nos habla del Padre que entrega al Hijo; del Padre que recibe la entrega del Hijo; del Padre que responde a esa entrega resucitando a su Hijo […] pero para nada habla de una posible afectación del Padre por el drama vivido por su Hijo.

 23 DQ, L’Eucharistie, I, A.

 24 F.X. DURWELL, Nuestro Padre, 53-54.

 25 El autor citado, comenta esta teoría del modo siguiente:  »La théologie dramatisante et décadente de la Renaissance en donnait volontiers une image caricaturale, pour mieux inspirer la crante de Dieu: une crante panique plutôt que filiale. Sa justice intransigeante exigeait réparation, sino vengeance : satisfaction égale à l’affront subi. Il immolait son Fils à la mesure de l’immense péché du monde. Cet étrange contraste entre le Père assoiffé de sang et le Fils victime […] donnait […] une étrange idée de Dieu, amputé de l’essentiel : l’amour ». R. LAURENTIN, Au-delà, 300. Ver, también, F. X. DURWELL, Nuestro Padre. Dios en su misterio, Sígueme (Verdad e Imagen): Salamanca, 1990, 52-53.

Una versión más matizada de esta interpretación, pues mantiene la idea de reparación apropiada pero presenta un Padre sufriente con el Hijo, es la que nos ofrece J. GALOT, Nuestro Padre, 90-93.

 26 Kenóticos y kenotismo son términos utilizados por algunos teólogos del siglo pasado para designar una compleja corriente teológica que puede epitomizarse como teología kenótica. Sus antecedentes más remotos se encuentran en S. Atanasio, S. Cirilo de A. el Papa León y, sobre todo, en S. Hilario. Tuvo un repunte en la teología de la Reforma (s. XVI), pero no fue sino hasta el s. XIX que cobró una importancia notable. Los historiadores de la teología suelen distinguir un kenotismo más bien filosófico de un kenotismo teológico; y, dentro de este campo, suele distinguirse el kenotismo inglés del kenotismo alemán. Se reconoce, sin embargo, la enorme influencia que ejerció Hegel en esta teología. Para la utilización de esta terminología y, sobre todo, para una propuesta de teología kenótica, ver H. U. von BALTHASAR, El Misterio pascual, en M. LÖHRER-J. FEINER, Mysterium Salutis III. 674-682. Ver, también, E. BRITO, Kénose, en J-Y. LACOSTE, Dictionnaire critique de théologie, PUF : Paris, 1998, 630-633.

 27 Teólogo ruso-ortodoxo (1871-1944) de interesante itinerario intelectual: marxista-kantiano-hegeliano. En 1923 fue expulsado de Rusia y, a raíz de ello, vivió en Paris, donde ejerció la función de Decano del Instituto San Sergio. Escritor prolífico y discutido (su teología fue descalificada por el Patriarcado de Moscú), de enorme influencia dentro y fuera de la gran Ortodoxia. Von Balthasar recibió de él una notable influencia y ésta se reflejó en la temática y en el recurso al lenguaje simbólico. Para estas noticias, ver R. WILLIAMS, Eastern Orthodox Theology, en D. F. FORD-R. MUERS, The Modern Theologians. An Introduction to Christian Theology since 1918, Blackwell: Malden, 2005, 575-578. Ver, también, F. ARDUSSO-G. FERRETTI-A.M. PASTORE-U. PERRONE, La teologia contemporanea, Marietti:Torino, 1980, 641-688, part. 652-654.

 28 Para un acercamiento crítico y actual, aunque breve, a la cuestión principal de la teología kenótica, ver , A. KREINER, Dios en el sufrimiento. Sobre la solidez de los argumentos de la teodicea, Herder: Barcelona, 2007, part. 207-236.

 29 Los autores kenóticos normalmente distinguen dos ‘espacios’ de la kénosis divina: el inmanente y el económico. La kénosis primordial pudiera describirse en los siguientes términos: "Ë o Pai que se esvazia de sua condiçao de Pai para se encontrar no Filho, sem deixar de ser Pai". E. dos SANTOS-D.J. XAVIER, A Descida do Deus Trinidade- A Kénosis da Trinidade, en Revista de Cultura Teológica 62 (2008) 111-123, aquí 114 momento

 30 Id., La Trinidad, 167 (cf. H. U. von BALTHASAR, Teodramática. 3. Las personas del drama: el hombre en Cristo, Madrid, 1993, 468)

 31 Patripasianos, monarquianos, sabelianos y moralistas tienen en común la dificultad de armonizar la divinidad de Cristo con la unidad de Dios. La solución que Noeto (s.II) encontró se puede formular de la siguiente manera: Si Dios es uno, Cristo es un modo de Dios. Aplicado este principio a la Pasión y Muerte de Jesús de N., la conclusión sería: quien en realidad padeció (de ahí el lexema ‘patripasianos’), murió y resucitó fue el Padre. Para el tema, ver M. SIMONETTI, Patripasianos, en DICCIONARIO PATRISTICO DE LA ANTIGÜEDAD CRISTIANA (=DPAC), II, Sígueme: Salamanca, 1998, 1710-1711

 32 Éstos, al igual que los patripasianos, adolecían de un lenguaje apropiado para explicar el axioma unus de Trinitate passus est. La controversia teopasquita cobró relevancia en tiempo de Justiniano (s. VI), cuando un grupo de monjes escitas pidió que el axioma se aceptase como doctrina oficial de la Iglesia. Ver, B. STUDER, Teopasquitas, en DPAC II, 2093 y J. L. GONZÁLEZ, Essential theological Terms, WJK: Louisville, 2005, 170-171.

 33 Id., Au-delà, 235. Al igual que este autor, Ladaria desaconseja la utilización de esta terminología, pues, a su juicio "[…] no es precisa, además de que puede dar lugar a graves malentendidos". Id., La Trinidad, 169.

 34 Id., Teodramática. 3. 299..

 35 Id., Mysterium paschale, en J. FEINER-M. LÖHRER, Mysterium salutis 6, 208 (Cita tomada en C. Rocchetta, Teología 263-264). Cursivas, mías.

 36 H. U. von BALTHASAR, Mysterium Paschale, 681. Cursivas, en el texto.

 37 ORIGÈNES, Homélies sur Ézéchiel VI, 6 (Texte latin. Introduction, traduction et notes par M. Borret) SC/Du Cerf : Paris, 1989, 229-230. Cursivas, mías.

 38 Esta teología tuvo un desarrollo significativo durante el siglo pasado. Los autores que la han desarrollado provienen de todas las confesiones cristianas significativas y, también, del medio teológico judío. He aquí algunos ejemplos: J. MOZLEY, The Impassibility of God. A Survey of Christian Thougth, Cambridge, 1926; K. KITAMORI, Teología del dolor de Dios, Sígueme: Salamanca, 1975; J. MOLTMANN, Teología de la cruz; Id., Trinidad y Reino de Dios;Id., El Padre maternal, en Concilium 163 (195) 380-389; C. ROCHETTA, Teología de la ternura. Un "evangelio" por descubrir, Koinonía: Salamanca, 2001.

 39 Este tipo de lenguaje ha sido expresado en aforismos verdaderamente penetrantes. En Ignacio de Antioquia encontramos esta expresión: "Impasible, Él ha sufrido por nosotros". Orígenes, por su parte, consideraba que "El Padre en sí mismo no es impasible"; y Gregorio el Taumaturgo expresaba que "El Dios impasible quiere salvar la humanidad. Impasible fue su Pasión de pasiones". Para estos textos, ver R. LAURENTIN, Au-delà, 304-305 (Traducción, mía).

 40 Este autor considera que este intento de conciliación de una imagen filosófica de Dios con la imagen bíblica del mismo no es exclusiva de la teología católica y que la misma teología judía del siglo pasado transitaba en esta misma dirección. El autor ejemplifica su juicio con la teología de Abraham Heschel,; juicio cuya objetividad se puede robustecer con la referencia que hace R. Laurentin de una obra de P. Kuhn (Gottes Selbsterniedrigung in der Theologie der Rabbinen, Manchen, 1966). Para esto, ver el artículo de J. Moltmann citado en nota 26 y R. LAURENTIN, Au-delà, 306.

 41 "La teología del dolor de Dios no significa que ese dolor exista en Dios como su sustancia. El dolor de Dios no es ‘un concepto de sustancia’: es más bien un ‘concepto de relación’, una naturaleza del ‘amor de Dios’ ". K. KITAMORI, Teología, 18.

 42 "En la teología clásica de la iglesia, la palabra ‘esencia’ desempeñó un papel decisivo. […] Francamente, ningún concepto queda tan alejado y remoto de la Biblia y su mentalidad con respecto a Dios". K. KITAMORI, Teología, 60.

 43 Id., Teología, 62. Cursivas y comillas, en el texto.

 44 Para una bibliografía elemental sobre esta veta teológica moltmaniana, ver nota 35.

 45 Para la introducción y sentido de esta expresión (proveniente de la teología judía de A. Heschel), ver J. MOLTMANN, El Dios, 387-392; ver, también, R. GIBELLINI, La teologia di Jürgen Moltmann, Querniniana: Brescia, 1975, 248

 46 J. MOLTMANN, El Dios, 344-345.

 47 Ver nota 27.

 48 F.X. DURRWELL, Nuestro Padre, 155. 158; J. GALOT, Notro Padre, 95-97.

 49 Id., Nuestro Padre, 159; J. GALOT, Ibid., 90-93.

 50 F. X. DURRWELL, Nuestro Padre, 157. Ver, también, R. LAURENTIN, Au-delà, 306-307 y J. GALOT, Nuestro Padre, 101-103.

 51 El autor italiano toma este término del teólogo japonés K. Kitamori, quien lo explica del siguiente modo: "(Tsurasa no es ni amargura ni tristeza).. […]. Un término más general, más amplio, para la palabra tsurasa podría ser quizá el de ‘dolor’. Y nuestra convicción consiste en que el dolor, […] se corresponde de modo muy apto con el dolor de Dios […]". K. KITAMORI, Teología, 193-194. Cursivas, en el texto.

 52 Id., Teología, 260-261.

 53 C. ROCCHETTA, Teología, 259. Comillas, en el texto.

 54 ARISTÓTELES, Metafísica, L XII, 7 1073 (Edición Trilingüe por V. GARCÍA Y.) Gredos: Madrid, 1987, 625.

 55 Un padre sinodal ha expresado magníficamente la relación entre Eucaristía y Trinidad: "Riceviamo la santa Eucaristía dal Padre Celeste che ha mandato il Suo Figlio; dal Figlio che si è incarnato e si è offerto in sacrificio sulla croce; dallo Spirito Santo che è disceso su Maria e che santifica il pane e il vino nella celebrazione eucaristica. Senza l’azione della Santissima Trinità non avremmo Incarnazione, Redenzione, Eucaristia e Comunione". Car. I. MOUSSA I DAOUD, Boletito 09 (06.10’05)

 56 Un autor contemporáneo parece moverse en este esquema tradicional cuando escribe: "[…]l’offerta eucaristica celebrata nella comunità cristiana è prima di tutto un’offerta che sale dal Figlio al Padre". Ver, J. GALOT, Il valore dell’eucaristia, en La Civiltà Cattolica 3599/II (2000) 434-447, aquí 443.

 57 Id., La eucaristía sacramento pascual, Sígueme: Salamanca, 1986 (2ª Ed.).

 58 Id., Nuestro Padre, 93-94.

 59 J. GALOT, El corazón del Padre, Caparrós: Madrid, 1996, 124-125 y 86, respectivamente.

 60 ARISTOTELES, Metafísica XII, 7.

 61 G. GERLEMAN, Vivir, en E. JENNI-C. WESTERMANN, Diccionario Teológico Manual del AT, vol I, Cristiandad: Madrid, 1978, cols. 765-776, esp. 773.

 62 La mismísima RELATIO POST DISCEPTATIONEM, aunque en un contexto un poco más amplio, invitaba superar esa tentación. "[…] In linea di massima dagli interventi dei Padri è emerso un orientamento di fondo: il superamento di ogni dualismo tra dottrina e pastorale, tra teologia e liturgia. […] Non esiste un dottrina avulsa dalla vita; né si pùo pensare alla concreta esistenza cristiana indipendentemene dal contenuto normativo della fe". Ibid., n. 4.

 63 "[…] es en realidad la vida divina del Padre, participada a los creyentes por su Hijo Jesucristo en la efusión de su Espíritu". J. L. RUIZ DE LA PEÑA, El don de Dios. Antropología teológica especial, Sal Terrae: Santander, 1991, 381.

 64 DP 386. Se ha de notar que el DP detonó una fructífera reflexión sobre el tema, reflexión que fue impulsada por el CELAM. Sus frutos pueden recogerse en publicaciones como las siguientes: Religión y Cultura (1981); ¿Adveniente cultura? (1987); Teología de la cultura (1989).

 65 Para verificar esto, léanse los siguientes numerales DA 71; 112; 125; 358; 359;; 361; 363; 425; 467.

 66 Para ilustrar esta interpretación, baste el siguiente comentario: "El último inciso ‘y la tengan exuberante’ pone de relieve la abundancia desbordada de esa vida que viene de Dios, y que en otros pasajes se describe gráficamente […] La formación comparativa perisson ecein [poieivn?] (Mt 5, 47) no indica algo superior a la vida, sino la vida en su culminación suprema, la vida eterna. Tampoco significa la vida junto a Dios después de la muerte […] en contraposición a la vida presente otorgada por Jesús, sino que es esa vida en su virtualidad indestructible y que perdura más allá de la muerte temporal […]". R. SCHNAKENBURG, El Evangelio según San Juan. Versión y comentario II, Herder, Barcelona, 1980, 366. Cursivas, en el texto.

 67 Se ha de reconocer que la dimensión cosmológica de la Eucaristía ha sido poco explorada por la teología; tampoco se han explicitado las exigencias ecológicas que la misma plantea a los creyentes. Al propósito, ver SYNODUS EPISCOPORUM, Relatio post Disceptationem, n.32.

 68 La dimensión trascendental de la eucaristía (relación con Dios, en Cristo, por el Espíritu Santo) ha sido la más cultivada; la dimensión antropológica (relación con los demás) lo ha sido menos; la dimensión cosmológica (relación con el mundo y con el cosmos) resulta todavía hoy casi desconocida. Así se reconoce en la Relatio post Disceptationem del Sínodo (n. 32).

 69 El XI Sínodo General Ordinario de Obispos alertó contra la persistencia nefasta de una hermenéutica reduccionista. A uno de ellos se debe este lúcido diagnóstico de la realidad eclesial: "Si ha la sensazione che, nella visione eucaristica dei nostri fedeli, sea prevalsa una prattica individualista, pietista ed intimista dell’Eucaristia a scapito del suo aspetto prevalentemente comunionale ed ecclesiale". I. SPITERIS; Bolletino 09 (04.10.’05).

 70 En el contexto de las discusiones sinodales, se empleó una fórmula de sentido casi idéntico al del binomio que estamos discutiendo. Algunos Padres Sinodales del África central hablaban de la necesidad de desarrollar una espiritualidad eucarística, en sintonía con una cultura de la vida, particularmente necesaria(s) entre los jóvenes de esa región del mundo. Esta expresión, sin embargo, también requiere de una clarificación semántica, pues el término espiritualidad se entiende comúnmente en sentido muy estrecho. Esta fórmula binaria fue recogida en el Nuntius o Mensaje (n. 10), con el que concluyeron las labores del XI Sínodo General de los Obispos (Oct. 2005).

 71 Para esto, ver A. CORDOVILLA, El ejercicio, 140.

 72 El tema de la globalización es, hoy por hoy, inevitable. En razón de esto, no es extraño que se ocupen de él tanto los teólogos como las instancias de reflexión de nuestras Iglesias. El CELAM, antes del a reunión de Aparecida, y el DA lo han estudiado con seriedad. Véase, CELAM, Globalización; y DA 34; 43; 60-67, etc.

 73 SYNODUS EPISCOPORUM, Propositio 48.

Eucaristía, Memorial de la Pascua de Jesús

Pbro. Dr. Alberto Sanguinetti Montero,

sProfesor de la Facultad de Teología del Uruguay

I. La Eucaristía, don de Cristo a la Iglesia, vivido en la Plegaria Eucarística, en la oración de la anáfora

I.1. Ubicando nuestra reflexión: la acción de Cristo vista en la Anáfora de la Iglesia

Sabemos que en la Eucaristía se contiene todo el bien de la Iglesia, pero como no hablaremos de todo, es bueno comenzar tratando de ceñir nuestra exposición. Al mismo tiempo este recorte inevitable debe ser hecho de tal forma que aun los desarrollos que hagamos, estén relacionados con el todo y vuelvan focalizados a un centro.

Así, dentro del movimiento trinitario de la Eucaristía, se me ha pedido mirar especialmente a la acción de Cristo en ella. Atenderemos pues a la acción del Hijo y Sumo Sacerdote, sin olvidar que, en la visión total, siempre tiene su origen y término en el Padre y que Jesús es llevado por el Espíritu Santo y es comunicador del Espíritu.

A su vez, esta obra trinitaria es hecha con, en, por y para la Iglesia. Por eso, dando otro paso, quisiera centrar la reflexión sobre la acción de Cristo en la Eucaristía celebrada y, principalmente, al modo cómo la Iglesia se une a Él en la Plegaria Eucarística. Es decir, quiero apuntar a lo que hace Cristo en la Eucaristía, para ahondar en lo que hacemos nosotros, la Iglesia, al unirnos a su acción. Y esto principalmente en la Anáfora.

Si el rato que pasemos juntos esta mañana nos lleva a renovar, mejora nuestra oración y participación en la Plegaria Eucarística, habremos aprovechado el tiempo.

Esta elección está motivada por un motivo intrínseco: en cierto sentido, la Misa es la Plegaria Eucarística; bien vale la pena ahondar en lo principal de la celebración Eucarística.

En segundo lugar hay un motivo extrínseco, circunstancial: me parece que la Plegaria Eucarística es la parte menos comprendida y valorada de la celebración. Es una oración que frecuentemente parece larga, y que se trata de acortar y pasar rápido; de aquí proviene la preferencia casi absoluta por la plegaria segunda. Aparece como un paréntesis más o menos incómodo y obligado entre la liturgia de la palabra y la comunión, que se justifica por la imprescindible transubstanciación.

Sin embargo, venimos a Misa para rezar esa plegaria, somos convocados para participar en ella. No sé si ustedes estarán de acuerdo con esta insinuación mía, que más que una prueba quiere ser un acicate.

I.2. Escritura, Tradición litúrgica y reflexión

Desde el punto de vista del tratamiento del tema, quisiera que en nuestra propuesta interactuaran los datos bíblicos, la reflexión teológica y la tradición litúrgica, que incluye palabras y acciones. Con la denominación de tradición, quiero indicar el sentido preñante que tiene ésta en la vida de la Iglesia: es la identidad de la Iglesia consigo misma en la fe y la gracia, en el espacio y el tiempo.

Ese carácter se manifiesta en dos formulaciones. Una dice: legem orandi, lex statuat suplicandi, es decir, hemos de creer con una fe concorde con la oración litúrgica; en el caso nuestro, hemos de creer de acuerdo con lo expresado en la plegaria eucarística. Pero también existe el otro axioma: lex credendi, legem statuat suplicandi, es decir, que lo que se cree normativamente debe regir lo que se diga en la súplica eclesial. Así, como en otros casos, se da una circumincesión entre fe y oración eclesial, entre credo y oración litúrgica.

Por supuesto que esta precisión metodológica supone que tiene validez una regula fidei, es decir, una expresión reglada, canónica, de la fe eclesial, cuyo ejemplo litúrgico son los símbolos o credos. Esta precisión metodológica también supone que hay una regula orationis, es decir, una expresión reglada, canónica, de la oración eclesial, cuyo ejemplo máximo, también son los símbolos, nacidos para la liturgia bautismal, y las fórmulas sacramentales. Esto mismo, para la Eucaristía son las Plegarias Eucarísticas de cada uno de los ritos – o regulaciones del celebrar y vivir eclesial -. Con acierto en el rito latino se ha llegado a llamar a la Plegaria Eucarística canon, es decir ley, ley de la oración, que está bajo la ley de la fe.

I.3. La Eucaristía: entrega de Cristo a la Iglesia

Entrando en el tema propiamente dicho, lo primero que quiero considerar con ustedes, es que la Eucaristía es un regalo, una ofrenda, una entrega de Cristo a su Pueblo mesiánico, a su Iglesia, a su Esposa.

La narración de la cena en la Plegaria Eucarística, dice qui pridie quam pateretur (PE I, la víspera de su Pasión, de padecer); pero esta víspera forma parte de la Pasión: qui cum Passioni voluntarie traderetur (PE II: cuando se entregaba – o era entregado – voluntariamente a la Pasión); nocte qua tradebatur (PE III: la noche que era entregado o se entregaba); cum hora venisset ut glorificaretur a te, Pater sancte (PE IV: llegada la hora en que había de ser glorificado por ti, Padre Santo).

Que la cena forme parte de la entrega, de la Pasión, de la glorificación, aparece en los evangelios sinópticos, en los cuales – aún del punto de vista literario – la cena pascual con la entrega de la Eucaristía forma parte del relato de la Pasión. Esto lo ha puesto en evidencia la reforma del leccionario, por el que el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, leemos la Pasión desde su inicio: la cena con la entrega de la Eucaristía a los discípulos.

Ahora bien, Jesús en su entrega al Padre en su Pasión y cruz, también se entrega a la Iglesia, a los suyos que están en el mundo, a sus discípulos.

Recordemos las múltiples líneas que contiene la expresión nocte qua tradebatur, que puede ser traducido con diferentes verbos y con diferentes agentes: la noche en que Jesús era entregado, que era dado, que era traicionado, o en que Él se entregaba, que se daba; ¿por quién, a quién, para quién? Para mantener la polivalencia de la expresión, voy a traducirlo como la noche de su entrega.

Se trata, sin duda, de la entrega como traición; la entrega del Mesías de Dios causada por los hombres, que se concreta en la traición por parte de Judas y su entrega a los sumos sacerdotes (Mt 26, 15), de los sacerdotes a Pilato (Mt 27, 2), de Pilato a Herodes y viceversa, de Pilato al pueblo, del pueblo a Pilato pidiendo que lo crucifique, de Pilato a los soldados y, por último a los sacerdotes y al pueblo, para que se realizara su pedido de que fuera crucificado (cf. Lc 23, 25; Jn 19, 16). Entregado por los hombres en mano de los hombres, para humillar, despojar, juzgar inicuamente y dar muerte al Mesías de Dios. Por esta entrega en la Pasión se revela la hondura de nuestro pecado: entregar, condenar a muerte a Dios y su Mesías para sacarlo de nuestra vida, acusándolo de todas las falsedades. Qué es el pecado en todo su realismo, sólo es revelado en Jesús, que es entregado por nosotros.

Pero, mucho más profundamente, lo que acontece en aquella ocasión es entrega de Jesús por parte de Dios, la entrega del Hijo por parte del Padre. Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo Unigénito, para que el mundo sea salvo por Él (cf. Jn 3, 16-17). Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros (cf. Rom 8, 32).

Es sin duda la entrega libre de Cristo, que tiene poder para entregar su vida y para recuperarla y que por esa entrega libre es amado por el Padre, porque es ése su mandato (cf. Jn. 10, 17-18). La noche de su entrega, es en la que Él se entrega. Nocte qua tradebatur, es también la noche en que Él se entrega por nosotros y por muchos para la remisión de los pecados (cf. Lc 22, 19; Mt 24, 28), en que da su carne para la vida del mundo (cf. Jn 6, 51). Esta entrega de Cristo es a los hombres, en mano de los hombres, porque en Él Dios ha querido confiarse a los hombres, siendo fiel en su agapé hasta el fin, a riesgo de ser rechazado, condenado y muerto. En este sentido es su Pasión, voluntariamente aceptada, como dice la Plegaria II, siguiendo la Tradición Apostólica de Hipólito.

Pero principalmente se trata de la entrega de Cristo al Padre, en cumplimiento de su voluntad. Es obediencia hasta la muerte y muerte de cruz (cf. Fil 2, 8), no haciendo su voluntad sino la del Padre (cf. Lc 22, 42; Mt 16, 29.42). Obediencia que es simultáneamente la confianza en el amor y fidelidad del Padre, en la contradicción de la muerte, en que encomienda su espíritu en las manos paternas (cf. Lc 23, 46). Es cumplimiento del mandato del Padre de que Jesús entregue su vida, para recuperarla (cf. Jn 10, 18). De esta forma, Jesús, sumo sacerdote, se entrega a Sí mismo a Dios (cf. Heb 9, 14).

La misma entrega es también de Cristo por la Iglesia y a la Iglesia. Precisamente la Eucaristía, memorial de la Pasión, es posible porque Jesús, en la noche de su entrega, se da a la Iglesia, entregándole su propia entrega.

Esta entrega está expresada en el verbo más simple: se lo dio (el pan, el cáliz). De aquí que esta acción –el dar–, en todas las liturgias se privilegia, al ser realizada, en lo posible, por los ministros, pues es uno de las cuatro acciones de Cristo: tomó, eucaristizó, partió y dio.

Pero, prestemos atención. La comunión no es un acto aislado para la piedad particular del fiel. La misa no es para producir lo que hay que entregar, sino que toda ella es lo que Jesús entregó a su Iglesia.

El darse Cristo a su Iglesia, a sus miembros, en la comida y bebida de su Cuerpo y de su Sangre, es la acción última, del darse Cristo a su Iglesia en toda la entrega de la Eucaristía, que Él encomendó a su Iglesia. Dicho de otra forma: comulgar es la última acción del "haced esto en conmemoración mía". Comulgamos con la ofrenda que tomó, sobre la que oró con la Plegaria Eucarística, partió y entregó.

La noche de su entrega, de su Pasión, entregó a la Iglesia su propia entrega, en la celebración que le encomendó, para que la realizara en su nombre.

Por cierto que da el fruto de esta entrega: el perdón de los pecados, la reconciliación con el Padre y el acceso al Padre en el Espíritu. Pero lo da en la propia entrega a la Iglesia, que siempre lo recibe como don inmerecido, en obediencia de amor nupcial.

Así, pues, vivimos en la Misa a Cristo entregado por el Padre, a Cristo que se entrega al Padre, en obediencia a su voluntad, que se entrega a los hombres, quedando en manos de nuestra voluntad pecadora, que se entrega por la Iglesia, para el perdón de los pecados. Recibimos en cada Eucaristía la entrega de Cristo a la Iglesia de su propia entrega para que la ofrezca.

Es sobre todo este don a la Iglesia, el que recibimos piadosamente, en la fe de la Iglesia, para celebrarlo agradecidos. Lo expresa delicadamente el Canon romano, en la Misa in coena Domini: "reunidos para celebrar el día santo en que nuestro Señor Jesucristo fue entregado (est traditus) por nosotros"... "que te presentamos en el día mismo en que nuestro Señor Jesucristo (tradidit discipulis) encomendó a sus discípulos la celebración de los misterios de su cuerpo y de su sangre"... la víspera de padecer por nuestra salvación y la de todos los hombres" (pro nostra omniumque salute pateretur)

Toda la Eucaristía, que culmina en la comunión, la entregó Jesús a la Iglesia. Es lo que expresa San Pablo, al recordarle a los corintios que él recibió del Señor lo que les entregó: lo hecho y dado por Él en la noche de la entrega (cf. 1ª Cor 11, 23).

Y aquí aparece otra dimensión de la Eucaristía como entrega: entregada por Cristo a la Iglesia, la recibimos de la Iglesia, que nos la entrega: la recibimos de la tradición eclesiástica, de la entrega ininterrumpida, como ya lo recordaba San Pablo a los corintios. Desde esta dimensión, las disposiciones de la Iglesia, de cada uno y de todos juntos, son de recibir admirados, de acoger agradecidos, de obedecer al mandato del Señor con fidelidad, de cuidar celosamente lo que hemos recibido.

Se nos pide una actitud profunda del recibir la Eucaristía como don gratuito de la entrega gratuita del Señor, que hace acogerla con santo temor de Dios, con humildad, como algo que no merecemos y por nosotros mismos no hemos de tocar como dueños, sino de cumplir como siervos obedientes e inútiles.

Cabe que nos preguntemos cómo vivir la Eucaristía como gracia gratuita entregada por el Señor a sus siervos, por el Redentor a sus libertos, por el Esposo a su Esposa, como tradición recibida, sin querer adueñarnos de ella. En este sentido, que tiene sus consecuencias, teológicas, litúrgicas, pastorales y espirituales, la Eucaristía es y tiene que ser tradicional.

El Cardenal Lustiger habla del misterio de gracia que es la Iglesia y que ha de ser recibido, sin juzgarlo, y lo podemos afirmar de la Eucaristía, que es la principal realidad de la Iglesia. Afirma: "Este misterio de gracia, que es dado solamente a los que lo reciben como gracia, y que escapa a los que quieren adueñarse de él, desconociendo la gratuidad amorosa, está inscrito en el corazón del Evangelio".

Esta dimensión de la liturgia como don que se recibe en obediencia se expresa en el principio tradicional: "que el corazón siga a la voz", es decir que debemos pensar y sentir lo que dice la voz. No seguimos nuestras ideas, ni nuestros afectos y deseos, sino seguimos las ideas, los afectos y deseos que la Iglesia dice y pone en nuestros labios, porque Ella también los ha recibido. Es la sana disposición para vivir la celebración: recibir, acoger, y obedecer lo entregado.

I.4. Lo que Jesús entregó: la Plegaria Eucarística, una oración-acción

Lo que Jesús entregó a su Iglesia, para que hiciera en su memoria, fue tomar –el pan, el cáliz–, pronunciar la plegaria de bendición, partir y entregar. El centro significante de lo que nos entregó es la plegaria de bendición, la Plegaria Eucarística10 . Entonces, dando un paso más en nuestro acercamiento al tema, quiero señalar algunos resultados inmediatos, simples de la observación de la Plegaria Eucarística.

Sabemos que ésta tiene variantes en los distintos ritos de las diferentes tradiciones y que, en el rito latino, tenemos actualmente cuatro plegarias, más algunas circunstanciales. Sin dejar de hacer alusiones a las diferentes plegarias, que tienen un peso de tradición diferente, por razones de concisión, de tiempo y de método, voy a referirme especialmente al canon romano, que es la plegaria por excelencia de los ritos occidentales, con pequeñas variantes11 .

Empecemos por lo más claro, que por ser obvio, no deja de merecer nuestra atención.

a) antes que nada la Plegaria Eucarística es una plegaria, es decir, una oración. La Eucaristía es una oración: se nos entrega una oración, para que recemos. Estamos convocados para celebrar, y celebramos rezando, orando. Es un acto comunitario y de unión, pero no nos unimos directamente entre nosotros, sino que nos unimos en la oración de la Iglesia, por Cristo en el Espíritu ante el Padre.

b) Jesús, al instituir la Eucaristía rezó al Padre. Lo expresa la narración de la cena: Padre, "te bendijo12 ", "te dio gracias". Siendo la Eucaristía la recepción de un don y mandato del Señor, en la obediencia a la voluntad de Jesús de "haced esto en conmemoración mía", está el rezar en y con su oración. Es antes que nada una oración en la que el mediador y sumo sacerdote ora al Padre. Es inseparablemente una oración del Hijo al Padre.

c) La oración de Jesús, el bendecir y dar gracias, entra dentro de la riqueza y complejidad de la oración judía, particularmente de una berakah. Por qué digo esto: porque la oración de Jesús de bendición y acción de gracias debió ser una oración larga y compleja, que incluyera memoria de hechos pasados, súplicas, ofrecimientos, esperanzas de hechos futuros. De modo que al decir ‘te bendijo’, se expresa que proclamó la plegaria de bendición, que dijo esa larga y compleja plegaria, que tiene muchas dimensiones, en la que bendecir al Padre es la dimensión unificante, pero no la única.

También nosotros cuando hablamos en un banquete de homenaje, la prolusión

–o también el brindis– habla de mucho más que de la comida o de la copa, generalmente hace memoria de hechos gratos, elogia y alaba, agradece, expresa votos para el futuro y aun empeña promesas y compromisos de los presentes.

La Iglesia, entonces, nosotros, al actualizar lo que el Señor le ha entregado y mandado, participa de la oración de bendición de Cristo al Padre.

d) La Plegaria Eucarística es una oración que es acción.

Nosotros tendemos a separar oración de obras, valorando principalmente a éstas. Sin embargo, es necesario que revaloricemos la obra máxima que es la oración. Consideremos, antes que nada, que toda oración es acción.

La oración es antes que nada palabra. Y la misma palabra es producción, acción e interacción.

El desprecio por la palabra –que aparece en los dichos "eso son sólo palabras", "lo que valen son los hechos"– tiene su sentido, porque en nosotros se da la tergiversación de la palabra, el escamotear su acción, el doblez de querer fingir lo que la palabra no es. Pero éstas no son sino dimensiones del pecado, que afecta principalísimamente a la palabra, precisamente por ser una obra tan poderosa. Esconde su acción propia, quiere producir otra cosa. Pero este mismo temor, o engaño, muestra el poder activo de la palabra.

Por otra parte, pensemos en la fuerza que tiene la palabra cuando insultamos: es una mera palabra, pero puede destruir vidas, familias, países. Lo mismo, al revés, cuando alguien se compromete, o cuando perdona o firma un tratado. La palabra es siempre eficaz, produce, obra. Cuando banalizamos la palabra, más que hacerla vana, nos volvemos vanos nosotros, nos vaciamos; es decir que al vaciar la palabra ésta sigue siendo eficaz y produce su efecto en nosotros. Por eso, seremos juzgados por toda palabra vana.

La oración, que es palabra, participa, pues, de la eficacia de la palabra. Más aún, es la forma más elevada, más poderosa de la palabra. Ahora bien, a nosotros, Cristo nos ha introducido en la oración suya, en la oración plena y verdadera. Cristo, el Hijo, que es la Palabra, el Logos, nos hace partícipes de la oración según la palabra, la logiké latréia, el culto según la verdad de la palabra, del Logos, ya no el nuestro, sino el Logos del Padre.

Esta oración plena y verdadera es la dirigida al Padre, por Cristo, en el Espíritu, la que es el culto que Dios quiere, en Espíritu y Verdad (cf. Jn 4, 23-24).

Esta oración es siempre eficaz. Tan eficaz es, que la Historia Salutis, la historia de la salvación y divinización del hombre, se actualiza y sigue adelante por la palabra del Evangelio, la obediencia de la fe y la palabra de la oración en el Espíritu.

No es el caso de desarrollar todas las dimensiones de la oración. Hasta aquí nos basta con poder afirmar que la oración en Cristo es palabra eficaz, obra grande.

Ahora bien, en el caso de la Eucaristía, la Plegaria Eucarística es participación en la misma oración de Cristo, que la entrega y la manda celebrar, es el máximo de la oración y por lo mismo el máximo de la obra, de la acción. Esas palabras creemos que son la oración en Espíritu y Verdad, y con ellas queremos sintonizar y por ellas sigue adelante el diálogo de la salvación: las palabras obran lo que dicen13 .

Cabría aquí, quizás, una breve advertencia ante un cierto menosprecio de las fórmulas de oración, y una inclinación a la llamada oración espontánea. Sin entrar en una polémica que requeriría muchos matices y nos apartaría de nuestro itinerario, simplemente recordemos algunos puntos.

Si espontáneo quiere decir movido por la voluntad, es decir, con aquiescencia libre, la oración debe hacerse en la libertad del Espíritu de Cristo, o, al menos, hemos de pedir esa libertad y entrega, para que en ella oremos; entonces será más espontánea, cuanto más participe de lo recibido de Cristo, que es fuente de salvación eterna para cuantos le obedecen14 .

Si espontáneo quiere decir inventada, lo que me parece o siento en el momento, más bien hay que decir que esto es ajeno a la plegaria litúrgica. "Nosotros no sabemos pedir como conviene" (Rom 8, 26). Nosotros como los discípulos decimos: "Señor, enséñanos a orar" (Lc11, 1). La Iglesia, es decir, nosotros y cada uno en ella, queremos orar en la oración de Cristo, por Cristo, con Él y en Él.

Y esto afecta sin duda a la palabra: no queremos tener palabras de nuestra invención, sino las palabras de Cristo en la Iglesia, las que de Él vienen y por Él el Espíritu ha inspirado a la Iglesia. En semejanza con la oración del Padrenuestro, que nos atrevemos a decir fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo sus divinas enseñanzas, así también oramos la Plegaria Eucarística. Nuevamente ha de cumplirse el principio: que la mente, el corazón siga la voz, y no viceversa.

e) La máxima acción de la Plegaria Eucarística: ofrecer.

En una visión carnal del hacer, del obrar humano, que es una forma de ateísmo práctico, una apostasía, se afirma como el máximo de lo real el comer, comprar, trabajar, conversar entre nosotros, cambiar el mundo o disfrutar de él. Esto es andar distraídos y haciendo lo mismo que los incrédulos en los días de Noé y de Lot15 .

Por el contrario, nosotros debemos afirmar con la fe, que decir las palabras de la oración y, particularmente, de la Plegaria Eucarística, contiene el máximo de realidad: estas palabras son la vida, significan la vida y producen la vida. Estas palabras son la salvación y la divinización, el juicio y la restauración del mundo. Las palabras de la Plegaria Eucarística y, por ello, la acción que realizan, es una y múltiple: bendecir y dar gracias a Dios, suplicar y pedir, reconocer el pecado y recibir el perdón, rememorar y confesar la fe, alabar y dar gracias, recibir y ofrecer, en último término adorar y dar culto. Pensemos que estas acciones, que son las que dicen y realizan el culto al Padre por Cristo en el Espíritu, son el máximo, la cumbre de las acciones humanas, las más englobantes, las más totalizantes.

Dentro de las acciones que realizan las palabras de la Plegaria Eucarística, hay una acción que resume su sentido y en la que queremos centrarnos. La acción central de la Plegaria Eucarística es la ofrenda, de donde el nombre de anáfora, ofrenda. Es una oración sacrificial.

En la circularidad del movimiento del culto, del lado de Dios, que es origen y término de todo, básicamente las acciones son dos: dar y aceptar. Del lado del hombre, que de alguna forma está en el medio, también las acciones básicamente son dos: recibir y ofrecer.

Luego nos detendremos precisamente en la Misa como sacrificio. Ahora sólo quiero señalar la importancia de la oración en un sacrificio. La oración que acompaña un sacrificio, no sólo acompaña, sino que es el mismo sacrificio. Si se entrega sin decir nada, es una entrega sin sentido, sin libertad, sin diálogo: no hay sacrificio. Ofrenda y oración son dos partes inseparables del sacrificio.

Luego la Plegaria Eucarística es una oración-acción, porque entrega, da, ofrece. De ahí el nombre tan significativo de canon actionis. Jesús, en la cena del cordero pascual, en la plegaria de bendición, ofreció al Padre su cuerpo entregado, su carne para la vida del mundo, y su sangre derramada. Ya se ofreció, en lo que consumaría en las siguientes horas, y eternizaría en su resurrección. Por eso, la Misa no es memorial de la Última Cena, sino actualización de la ofrenda, del sacrificio de Cristo, consumado en la Cruz, eternizado en la resurrección, sacrificio que Cristo comenzó en la ofrenda de la Cena, cuando lo entregó a su Iglesia.

Por lo mismo, nosotros rezamos la Plegaria, si ofrecemos, si actuamos ofreciendo a Cristo y a la Iglesia con Cristo al Padre. Esa oración es el máximo de la acción mediadora de Cristo en la que somos involucrados. La Plegaria, realiza la ofenda del sacrificio, y, por lo mismo, ofrecemos, realizamos la acción sacrificial si rezamos la Plegaria Eucarística, con todo su sentido.

II. Eucaristía y glorificación de Cristo

Ayudados por las mismas palabras de la celebración, nos aventuramos a profundizar en algunas de las principales dimensiones de la acción de la ofrenda de la Eucaristía.

II.1. El memorial de su Resurrección y Ascensión a los cielos

En toda plegaria eucarística hacemos memoria de la resurrección de Jesucristo y, excepto la Plegaria II, todas hacen mención de su ascensión a los cielos.

En nuestra mentalidad occidental, un tanto cosificante, que va escena por escena, cuando decimos resucitar, representamos a Cristo saliendo del sepulcro, con los soldados asombrados y desparramados. No es que esto esté mal, pero apunta a un momento, y no expresa suficientemente la glorificación y señorío que produce la resurrección, aunque, es verdad, esto suele expresarse con la cruz y la bandera de triunfo. De todas formas la afirmación de la fe es: Cristo resucita glorioso para actuar con poderío salvador. Lo que dice San Pablo en la carta a los Romanos: "constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santificación por la resurrección de entre los muertos" (Rom1, 4). No está el interés en el momento de la resurrección –no descrito–, sino en la situación de señorío de Cristo.

Para marcar más esta dimensión de Cristo resucitado, se señala su ascensión a los cielos; es lo mismo que la resurrección, pero subraya su señorío. También suele suceder que, acostumbrados a una determinada iconografía, nosotros veamos en la ascensión principalmente el momento en que Jesucristo sube. Pero en realidad, lo que importa principalmente en la ascensión es su entronización y, por ella, su estado actual de señorío salvífico. La forma más clásica de la iconografía de la ascensión es representar a Cristo sentado, es decir entronizado, en el círculo de un medallón, a cuyos lados están dos ángeles que lo ascienden y lo sirven. De este ícono luego se desprende el pantocrátor, el Cristo Señor todopoderoso.

Es lo que proclama el final del Evangelio según Marcos: "Así el Señor Jesús, después de haberles hablado, fue elevado al cielo, y está sentado a la derecha de Dios" (Mc. 16, 19).

Nosotros creemos en este Jesús: resucitado-entronizado, que actúa con su poder salvador. Tal actuación del señorío de Jesús el Mesías es lo que realiza el misterio de la Iglesia. En Marcos, la afirmación sigue inmediatamente al versículo de su ascensión-entronización que acabamos de citar: "sus apóstoles fueron, y predicaron en todas partes, cooperando el Señor con ellos y confirmando su doctrina con los milagros que la acompañaban" (Mc 16, 20). Mateo dice: "Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20). Para no abundar en citas, Lucas lo presenta en el gozne de sus dos libros, que es precisamente la ascensión, narrada dos veces, al final del evangelio y al comienzo del libro de los Hechos. En éste el señorío salvífico de Cristo es mostrado en la proclamación de Jesús como Señor y Mesías, por quien es derramado el Espíritu Santo. San Juan, como siempre lo pone todo en la cruz, que es exaltación, revelación acabada de su divinidad (Jn 8, 28) y entrega del Espíritu (Jn 19, 30), y se patentiza en el envío de los Apóstoles en continuación con el envío de Jesús (Jn 20, 21-23).

La acción de Cristo entronizado, en y por la Iglesia, su cuerpo, podemos sintetizarla en un pasaje de la carta a los Efesios: Pablo ora para que comprendan "cuál es la soberana grandeza de su poder para con nosotros, que creemos en la eficacia del poder de su fuerza, que Él –Dios– ha desplegado en el Mesías, resucitándolo de entre los muertos, y sentándolo a su derecha sobre los cielos, sobre todo principado y potestad... y sobre todo nombre... Ha puesto todas las cosas bajos su pies y lo ha constituido cabeza de la Iglesia, la cual es su cuerpo y la plenitud –el pleroma– de quien completa todo en todos" (Ef 1, 19-23).

Este señorío salvífico del Señor resucitado-entronizado, actúa en y por la Iglesia, en diferentes dimensiones: antes que nada en el poder de la palabra –el Evangelio–, en la oración y principalísimamente en la invocación del bautismo, en la conducción del pueblo mesiánico.

Este señorío salvífico de Jesús, el Cristo, el Señor, lo ejerce en la Eucaristía, haciendo participar a su pueblo consagrado de la vida nueva, que Él obtuvo por su muerte y Resurrección, que Él posee a la derecha del Padre. Que esta acción del pueblo santo sea obra del poder que Cristo ha recibido del Padre, se manifiesta instrumentalmente en el ministerio ordenado: el pueblo todo, que es un pueblo de reyes, recibe su realeza siempre como don, como participación del poder de Jesús el Señor, ante quien se dobla toda rodilla en el cielo y en la tierra.

Hacer, pues, memoria de su resurrección de entre los muertos y de su gloriosa ascensión, es reconocer que Jesús, sentado a la derecha del Padre, está vivo y reina, actúa, y la celebración es posible y tiene su verdad a partir de esta realidad presente16 .

II.2. La acción sacerdotal de Cristo glorioso

Con distintos títulos se describe esta acción de Jesús glorificado. Es el Rey Mesías, el Ungido, que libra de la esclavitud, el goel, el Redentor que rescata. El salvador del mundo, el Kyrios, es decir, Dios que es invocado por su pueblo y obra en Él.

Pero, tratemos de ceñirnos al lenguaje, que más nos acerca a la comprensión de la Eucaristía, es decir a la oración y la ofrenda. En esta dirección, la entronización de Cristo y su señorío se describen con una presentación sacerdotal.

Así, por ejemplo cuando a Jesús entronizado, se le muestra actuando con su poder salvífico, por su intercesión, es decir, su oración, oración ligada a su muerte.

Ya apunta a esto San Pablo en la Carta a los Romanos, cuando recuerda que Jesús, el Mesías, murió, resucitó, está a la derecha de Dios e intercede por nosotros (cf. Rom 8, 34).

También San Juan nos dice que "tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo". Y que "Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero" (1ª Jn 2, 1-2). Su acción es abogar, interceder, y al mismo tiempo es ofrenda que hace propicio, es decir, don con el que Dios perdona y obra la reconciliación, usando también un lenguaje sacerdotal. Juan lo presenta como acción actual de Jesucristo.

El que ha desarrollado la reflexión sobre el sacerdocio de Cristo resucitado es el autor de la Carta a los Hebreos. Supone la enseñanza tradicional de los evangelios y la predicación apostólica, cuando dice que el Hijo, "después de habernos purificado de nuestros pecados, está sentado a la diestra de la majestad en lo más alto de los cielos", y ha recibido el nombre superior a los ángeles, habiendo sido coronado de gloria y honor (cf. Heb 1, 3-4; 2, 9). Siguiendo a los autores anteriores, toma como apoyo el Salmo 109, cuyos versículos 1-3 son leídos como anuncio de la entronización del Mesías, Rey eterno y universal (cf. Mt 22, 44; Hech 2, 34ss; Heb 1, 13).

Pero el gran desarrollo de la carta, y su gran aporte a la comprensión de la fe cristiana es su presentación explícita de Jesús, como jefe y sumo sacerdote, tomando como apoyo el v. 4 del citado Salmo 109: "El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: tú eres sacerdote eterno, según el orden de Melquisedec". Porque, si bien, como hemos visto otros autores reconocen una oración y una intercesión actual de Cristo glorioso, e incluso el valor permanente, por lo tanto actual, de su muerte salvífica, sin embargo nadie había llegado a darle el título de sacerdote. Las dificultades eran muchas. No sólo el que hubiera sacerdotes y sumo sacerdote, que, en el templo de Jerusalén, ofrecían sacrificios según la Ley, sino que además Jesús no era de la tribu sacerdotal de Leví; tampoco era tradicional en Israel la misma comprensión de la muerte de un hombre como sacrificio17 .

Lo que nos interesa ahora a nosotros es comprobar que el autor de Hebreos afirma que Jesús es Sumo Sacerdote, que ha entrado en el santuario verdadero, a través de la cortina de su carne resucitada y que allí ejerce un verdadero oficio sacerdotal actual. "Éste es el punto capital de cuanto venimos diciendo, que tenemos un Sumo Sacerdote tal, que se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, al servicio del santuario y de la Tienda verdadera, erigida por el Señor, no por un hombre"18  (Heb.8, 1-2).

Este sacerdocio de Cristo es eterno y permanente, por lo cual está siempre intercediendo en nuestro favor (cf. Heb 7, 24-25). Ha entrado en el santuario verdadero, para presentarse ahora ante el rostro de Dios en favor nuestro (Heb 9, 24-25).

Si su sacerdocio es siempre actual ante el Padre, en favor nuestro, su ofrenda

–que es la de Sí mismo– también es siempre actual, de tal forma que nos va santificando19 . Como lo expresa el Prefacio III de Pascua: "porque Él no cesa de ofrecerse por nosotros, de interceder por todos ante Ti; inmolado, ya no vuelve a morir; sacrificado, vive para siempre".

Esto supuesto, saquemos algunas afirmaciones que hacen a nuestra comprensión de la Eucaristía. Él penetró de una vez para siempre en el santuario habiendo obtenido una redención eterna, es decir, siempre actual (cf. Heb 9, 12), y allí ejerce su sacerdocio (cf. Heb 8, 1-2).

La acción sacerdotal del Sacerdote Eterno, esta intercesión permanente, siempre actual, esta ofrenda siempre presente, es lo que fundamenta que la Liturgia sea el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo, en el que asocia a su Esposa la Iglesia20 . Por ello, el culto de la Iglesia se ha de ver como participación de la liturgia celestial de Cristo (cf. SC, 8).

Toda la Plegaria Eucarística es en unión con Cristo. De modo muy simple pero real expresa la Plegaria Eucarística esta mediación sacerdotal de Jesucristo en la doxología que la cierra: por Cristo, con Él y en Él damos gloria y honor al Padre. Por Él decimos Amén a la gloria del Padre (cf. 2ª Cor 1, 20). Esto mismo expresamos en todas las oraciones, ‘por Cristo nuestro Señor’, y en la mayoría de los motivaciones de acción de gracias de los prefacios – sobre todo los más antiguos – en que damos gracias por Él.

El ejercicio del Sacerdocio de Cristo es siempre la ofrenda de Sí mismo, hecha una vez para siempre en la cruz y eternizada en su resurrección, que se actualiza en el tiempo, en y por la acción de Cristo con su cuerpo, que es la Iglesia.

Según esto, la misa es memoria del pasado, pero es sobre todo acción en el presente, y acción, antes que nada de Cristo glorioso, sacerdote ante el Padre, que une a la Iglesia con su acción.

También la posibilidad de la presencia sacramental de Cristo en las especies eucarísticas se basa en que ahora está vivo y glorioso en el cielo, y en la efusión del Espíritu, que nos da la presencia del cuerpo vivo del Resucitado. Pero quisiera subrayar que no sólo está presente en su cuerpo y sangre, sino que está presente actuando, como sacerdote y víctima que se ofrece al Padre y nos une con su acción sacerdotal actual, la que ejerce en el cielo21 .

La presencia real y substancial de Cristo, como víctima del sacrificio, en el cuerpo entregado y la sangre derramada, está unida a su presencia real en y con su cuerpo, la Iglesia, que presenta sacerdotalmente su sacrificio al Padre.

II.3. La dimensión escatológica de la Liturgia cristiana: la participación actual en el culto del cielo, ante Dios mismo

La dimensión escatológica de la Liturgia cristiana se refiere en primer lugar a que el fruto del sacrificio de Cristo y su entrada resucitado en el cielo, nos ha obtenido una salvación no carnal, sino espiritual, no temporal, sino eterna, no de figura, sino de realidad. Es verdad que aún esperamos la participación acabada en lo definitivo: la resurrección de la carne y la Jerusalén del cielo. Sin embargo, lo más característico de la novedad del Nuevo Testamento es afirmar que ya se está participando de la Liturgia celestial y eterna: es decir se espera la plenitud de la gracia ya recibida, de la participación ya adquirida. La celebración de la Iglesia es sacramental, pero no es simple figura, sino verdadera participación de la realidad celestial.

Si Jesús, nuestro Mesías, Rey y Sumo Sacerdote, ha entrado en el santuario del cielo, ante Dios mismo, también con Él ha entrado el pueblo mesiánico: la Iglesia22 .

La Carta a los Hebreos lo afirma cuando, en oposición a lo acontecido en la celebración de la Antigua Alianza en el Sinaí, dice que nos hemos acercado al monte Sión, ciudad de Dios vivo, la Jerusalén del cielo, a miríadas de ángeles, a la Iglesia de los primogénitos alistados en el cielo, a Dios juez de todos, y a los espíritus de los justos perfectos (Heb 12, 22-23). Éste es el fruto del sacrificio ofrecido por el Sumo Sacerdote, en la nueva ofrenda de la Nueva Alianza, porque nos hemos acercado a "Jesús, mediador de la Nueva Alianza y a la aspersión de aquella Sangre que habla mejor que la de Abel" (v. 24).

Así, si Cristo, Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec, entró no en el santuario humano, sino en el cielo, su pueblo se ha acercado no al monte visible, sino a Dios mismo, en la asamblea de los ángeles y los santos.

El Apocalipsis, que describe la liturgia celestial, insiste precisamente en que el Pueblo de Dios es partícipe de esta liturgia. Ya en su primer saludo y acción de gracias dice el pueblo: "Jesucristo... nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su sangre. Y nos ha hecho reyes y sacerdotes de Dios, su Padre" (Apoc 1, 5-6). Y nuevamente, en la alabanza del cántico nuevo, se canta a Jesucristo: "Digno eres, Señor, de recibir el libro y abrir sus sellos; porque fuiste entregado a la muerte, y con tu sangre nos has rescatado para Dios de todas las tribus, y lenguas, y pueblos y naciones. Y nos has hecho, para nuestro Dios, reyes y sacerdotes. Y reinarán sobre la tierra" (Apoc 5, 9-10). Con su lenguaje, afirma que los creyentes en la tierra participan del culto de la Jerusalén del cielo. Más aún gusta señalar que lo que se presenta ante el trono de Dios, ante el acatamiento de Dios, son los perfumes de las oraciones de los santos, de los miembros del pueblo santo (Apoc 8, 3-4).

Si las oraciones de los santos, del Pueblo consagrado por la fe y el bautismo, son presentadas ante el trono de Dios, es porque este pueblo está ante Dios mismo.

En el templo de Jerusalén, cada uno tenía acceso, es decir, podía acercarse a la santidad del lugar, según Dios lo había llamado. Es la gracia de la elección y con ella la consagración por parte de Dios, lo que daba la posibilidad de estar de alguna forma ante Dios, dándole culto.

Los gentiles quedaban en el patio exterior, con prohibición de acercarse bajo pena de muerte, por lo cual un muro los separaba del pueblo de Israel. Luego en la parte perteneciente al pueblo escogido estaba primero el patio de las mujeres y luego el de los hombres. Más próximo el patio de los sacerdotes, con el altar de los sacrificios. Luego tenemos el edificio mismo del templo, con el santo, adonde tienen acceso sólo los sacerdotes para sacrificio diario, y por último el santo de los santos, al que tiene acceso el sumo sacerdote una vez al año para la expiación.

Ahora bien, nos proclama la carta a los Hebreos que Jesucristo ha entrado en el santuario, en el santo de los santos real, en el cielo, ante Dios mismo, con el sacrificio de su sangre, a través de la tienda de su cuerpo resucitado. Porque Él ha entrado, nosotros estamos invitados a acercarnos por medio de Él (cf. Heb 10, 21).

En el Apocalipsis es ante Dios y ante el Cordero que tiene lugar la liturgia celestial a la que está unido el pueblo de reyes y sacerdotes.

En el capítulo segundo de la Carta a los Efesios, el Pueblo de Dios es descrito como la reunión de los dos pueblos enemistados – judíos y gentiles – congregados en el único cuerpo de Cristo, mediante el sacrificio de la cruz. Cristo, por su sangre, ha dado la paz y ha creado el espacio de unión y cercanía para ambos pueblos. Realizada esta obra, es proclamada, evangelizada, en forma universal: proclamo el euangelion: paz (v. 17). Schlier afirma que "podemos entender el v. 17 en el sentido de que en él se habla de la Ascensión del Redentor crucificado, la cual representa al mismo tiempo su revelación". Es decir, la obra consumada con la glorificación del crucificado lleva a Dios al hombre total, la Iglesia, compuesta de judíos y gentiles, reunido en la paz. Esto queda mostrado en el versículo siguiente: "pues, por Él unos y otros tenemos acceso (prosagogén) al Padre en un mismo Espíritu" (Ef 2, 18). Esta fórmula trinitaria es también litúrgica, porque el acceso, la cercanía a la presencia del Padre, por Cristo, en el Espíritu, es una cercanía cultual. Lo cual queda mostrado por la otra imagen: ser templo santo en el Señor, edificados, hasta ser morada de Dios en el Espíritu (cf. vv. 21-22).

En la Plegaria Eucarística se insiste en esta realidad del nuevo Pueblo de Dios, que por Cristo, en el Espíritu está no ante alguna figura, sino ante el mismo Padre.

Se ha señalado la importancia del diálogo que abre la Plegaria. Primero la invocación del Señor sobre el pueblo y éste invoca el Espíritu sobre el ministro: "El Señor esté con vosotros. Y con tu espíritu". En tercer lugar, la motivación "demos gracias al Señor, nuestro Dios", y la respuesta: "Axios, es digno y justo". Los estudiosos señalan que el primer y tercer elemento de este diálogo son tomados de la liturgia judía, sinagogal23 .

En cambio, el elemento agregado por los cristianos y que expresa la nueva situación del Pueblo de Dios, gracias a Jesucristo y la efusión del Espíritu, es el segundo. Sursum corda. ¡corazones a lo alto! Habemus ad Dominum. Los tenemos levantados hacia el Señor, a Dios mismo. Esta expresión, propia de la Eucaristía cristiana y existente en todas las liturgias, señala la conciencia de que el pueblo de Dios, el cuerpo de Cristo, está directamente ante el Padre. Ésta es la novedad del nuevo pueblo, por y con su Sumo Sacerdote.

Tal conciencia de que en la Plegaria Eucarística estamos ante el mismo Dios, se vuelve a significar con el canto del santo – o del kerubikón, en otras Iglesias – en que nos unimos a la adoración perpetua de los coros angélicos y nos unimos, porque con ellos estamos ante el totalmente otro, el tres veces santo.

Esta realidad de estar ante Dios mismo, la Plegaria Eucarística II, lo pone como motivo principalísimo de la acción de gracias: "nos haces dignos de servirte en tu presencia". En realidad el original latino y griego es más fuerte, porque separa y ordena los dos elementos: astare coram te et tibi ministrari. Nos haces dignos de estar ante Ti y de servirte.

El canon romano insiste en que la ofrenda de la tierra se realiza ante Dios y participa de la celestial. Ya al hacer memoria ofrece al Dios de gloria y majestad. Pero sobre todo en el supplices te rogamus, Te pedimos humildemente, Dios todopoderoso, que esta ofrenda sea llevada a tu presencia – aquí también la traducción empobrece, pues el latín dice a la presencia de tu divina Majestad – hasta el altar de cielo por manos de tu ángel – notemos la terminología del Apocalipsis – para que cuantos participamos del sacrosanto cuerpo y sangre de tu Hijo. Nuestra traducción sigue: al participar aquí de este altar. Pero el latín dice in hac altaris participatione, es decir, en esta participación del altar. El altar es el mismo que antes se mencionó, el del cielo, y ésta es una participación de él24 . La liturgia se desarrolla en el altar del cielo y nosotros participamos de esta liturgia. Con humildad, no tenemos una pretensión menor de que nuestra ofrenda esté en el altar del cielo ante la majestad de Dios y de ese altar participar en la sagrada comunión.

Como hemos apuntado, la referencia a los ángeles es referencia a estar ante el Dios terrible y majestuoso, a quien no se puede ver, sin morir. En los antiguos no faltaban los llamados de atención a los fieles, para que respetaran que estaban en presencia de los ángeles25 .

II.4. La dimensión escatológica de la Eucaristía: la esperanza de lo definitivo, lo propiamente divino

Como lo acabamos de ver, la celebración eucarística es ya escatológica, porque es ante el Padre en la Jerusalén del cielo. Sin embargo, tanto personalmente, como comunitariamente, todo no ha sido consumado.

En este sentido, celebramos siempre el culto cristiano, y particularmente la Eucaristía, mientras "aguardamos la bienaventurada esperanza, la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y salvador Jesucristo" (Tit 2, 13). Está explícitamente expresada en las plegarias III (mientras esperamos su venida gloriosa, el latín dice: praestolantes alterum eius adventum) y IV (mientras esperamos su venida gloriosa). El canon romano no lo explicita, pero debe tenerse en cuenta que la glorificación de la ascensión, incluye el reinado presente, el juicio y el retorno en gloria ("volverá como lo habéis visto subir allá", Hech 1, 12).

En el rito nuevo de la liturgia latina esta esperanza escatológica se proclama en la conclusión del embolismo del Padrenuestro. También se subraya el carácter escatológico de la comunión, al añadir al testimonio del Bautista – "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 19)– el testimonio del ministro celestial: "Bienaventurados los invitados al banquete de bodas del Cordero" (Apoc 19, 9). De esta forma se subraya que la comida sacrificial de la que se participa es la del verdadero Cordero pascual, entregado y resucitado, que viene a celebrar las bodas eternas con su Esposa la Iglesia (cf. v. 7). La aplicación del texto al banquete eucarístico señala su dimensión nupcial escatológica y también su realización actual en la celebración de la Iglesia. Con la proclamación de las nupcias de Cristo Cordero y de su Esposa la Iglesia se cierra toda la visión del Apocalipsis (cf. Apoc 21). Y en esa esperanza se vive y celebra: "El Espíritu y la Esposa dicen: Ven. El que oiga diga: Ven" (Apoc 22, 17).

Sin duda que la hondura vital, viva y vivificante de esta esperanza en el pueblo celebrante, hace a la participación real y activa en la celebración eucarística. Sin esta esperanza real, la alegría de la esperanza se diluye en esperanzas parciales y temporales, que Dios no ha prometido y por las cuales Jesús no ha muerto ni entrado en la gloria, que no hacen a la alianza nueva y eterna.

La buena noticia, el Evangelio de la esperanza escatológica, para decirlo con palabras de Benedicto XVI, debe ser una noticia no sólo informativa, sino performativa26 , para que se viva el significado de la acción de gracias de la Eucaristía. Aquí también se da una perijoresis: cuanto más se tenga esperanza cristiana escatológica, mejor se vivirá la plegaria de acción de gracias por ser salvados en esa esperanza; y también cuando más se celebre la esperanza escatológica en la Eucaristía, más viviremos de y por esa esperanza.

II.5. La dimensión escatológica de la Eucaristía: sentido cósmico y culto público.

El Apocalipsis describe la liturgia de la Jerusalén celestial, de alabanza a Dios y al Cordero (cf. Apoc 5, 9). Entre otras cosas, agrega a la carta a los Hebreos, que Cristo mismo es objeto de culto junto al Padre.

Esta liturgia es descrita como adoración y alabanza de los ancianos, que cantan el cántico nuevo porque Cristo nos ha rescatado con su sangre (ibíd.). También se oye la voz de miríadas de ángeles y de los animales, de forma que es una verdadera liturgia cósmica. "Y a todas las creaturas que hay en el cielo, sobre la tierra y a las que hay sobre el mar y a todo cuanto en ellos existe oí decir: al que está sentado en el trono y al Cordero, bendición, honra, gloria y potestad por los siglos de los siglos. Y los cuatro animales respondían: Amén. Y los veinticuatro ancianos se postraron sobre sus rostros y adoraron" (Apoc 5, 11).

Creo que es muy importante señalar esta dimensión cósmica de la actuación de Cristo y, correspondientemente, de la liturgia celestial, a la que nos unimos en la Eucaristía.

Cristo, el Cordero degollado que está vivo, asociado totalmente a la majestad de Dios, es el creador y redentor universal, es Señor de la creación y de la historia. "Jesucristo ayer y hoy, y siempre por los siglos" (Heb 13, 8). El primero y el último, que tiene las llaves de la Muerte y el Hades (cf. Apoc 1, 17-18). Es Señor, salvador y juez: nada escapa a su dominio, sea por la aceptación de su salvación en la fe, sea por el juicio que ya ha comenzado.

La dimensión cósmica incluye el señorío de Cristo sobre la creación –todo fue creado por Él y para Él, y en Él todo tiene consistencia (cf. Col 1, 16-17; Heb 1, 2-3)– y también sobre la historia, porque es el juez universal y porque ha reconciliado a todos los seres y ha sido puesto como la cabeza de todo (cf. Col 1, 20; Heb 1, 3-4).

También cabe señalar el carácter universal del pueblo sacerdotal, diciéndolo con lenguaje posterior, su carácter católico. Siempre en toda eucaristía están presentes los llamados de todas las naciones y tribus, nunca es la celebración de una nación o tribu. Esto hace al señorío de Cristo sobre todos los pueblos y naciones, por encima de toda división política, cultural y de todo poderío humano, que están por debajo del reinado de Cristo. Porque todos los pueblos son llamados, cada pueblo es llamado y rescatado por la sangre de Cristo, de aquí el sentido de la asunción de ciertas particularidades culturales –como la lengua– en la liturgia. Pero, ningún pueblo, por ser ese pueblo étnico es Pueblo de Dios, sino por ser congregado de ese pueblo a formar el pueblo universal. A lo largo de toda la historia, la mayor contradicción con respecto a la Iglesia y la Eucaristía, ha sido querer sujetarla o a los reyes o a los nacionalismos y, en base a ello, atribuirse una superioridad, como para sujetar la pertenencia al Pueblo santo, a la pertenencia o sujeción a un pueblo o poder determinado. Si nos fijamos bien, la base de la mayoría de los cismas, son por motivos nacionalistas o de sujeción al poder estatal.

Por eso, siempre la celebración eucarística es universal. Encarnada en la Iglesia local, puesto que no hay otra presencia en el espacio y el tiempo que la Iglesia local, ésta nunca es local en sentido exclusivo y excluyente, sino católica local, es decir, la congregación aquí y ahora, del pueblo universal, escatológico, que es congregado ante el trono de Dios27 .

También es éste el sentido de la expresión "culto público", que aplica a la liturgia el mismo Concilio Vaticano II (cf. SC, 7). Aunque es una redundancia, hay que afirmar que la Iglesia es un pueblo público. Es decir un pueblo determinado: el pueblo del Mesías, porque no hay rey, ni sacerdote, ni Mesías sin su pueblo. Y desde el principio la Iglesia no fue un grupo de cristianos, sino el Pueblo de Dios, la congregación del Mesías, cuya ciudadanía está en los cielos, pero que pretende reunirse como pueblo en donde se halle paroikos, es decir, forastero presente. La Eucaristía, participación del culto de la ciudad celestial, Jerusalén, es acto público del pueblo ante Dios y su Cristo, y público en medio de cada uno de los pueblos, en que está, de donde proviene, pero con los que no se identifica totalmente, puesto que su acción cultual tiene origen en Cristo que está a la derecha del Padre.

La dimensión cósmica de la liturgia debe hacernos reflexionar sobre el carácter pobremente intimista que con frecuencia se ha procurado reproducir en nuestras celebraciones. La liturgia no es para expresar los sentimientos efímeros de un grupo presente, sentimientos que con frecuencia son miméticos con una cultura de los medios, sino que somos llamados a dejarnos introducir en el culto cósmico, en el de los ángeles y la creación entera, de toda la historia entre tiempo y eternidad.

El mismo edificio de la iglesia no ha de ser pensado como una salita de apartamento burgués, de una telenovela, o una sala de entretenimientos, sino como el cielo y la tierra, involucrados en la presencia del Todopoderoso, como el ámbito de la humanidad entera rescatada, ante el trono de Dios y del Cordero. Esto reflejaron las grandes catedrales románicas y góticas, pero también las pequeñas capillas rurales románicas, orientadas según la salida del sol y con un pantocrátor en el ábside o en la puerta de entrada.

De lo contrario dejamos el cosmos en manos de la explicación científica –o más bien pseudocientífica–, que no puede superar un nivel descriptivo, que no llega al metafísico de la creación y no ve a ésta como manifestación de la gloria de Dios (Sal 18, 2-7) y de Jesucristo.

Y también dejamos la historia en manos de las historiografías políticas, que ven el poder de los hombres e interpretan según sus ideologías, dejando de ver el señorío salvífico y el juicio del único señor de la historia, el Padre, que ejerce su señorío y su juicio por medio de su Mesías, rey y juez victorioso.

De aquí el carácter desafiante de la Iglesia congregada para la Eucaristía, tanto frente a los Estados y detentores del poder, como ante los pueblos y naciones, así como las ideologías, a todo cuanto no quiere reconocer el señorío de Jesucristo. Es éste el sentido propiamente político de la Iglesia, el pueblo del Mesías en la historia, y de su culto, especialmente la celebración eucarística28 . Es éste el sentido de los ‘axios’, ‘axios’, eres digno, eres digno, de los himnos litúrgicos del Apocalipsis, negando esas aclamaciones al César y proclamándolo de Dios y del Cordero.

Para ver una prueba global de la conciencia de esto en la Iglesia primitiva, hay que introducirse en el libro del Apocalipsis: todo él celebrativo y litúrgico, todo el cultual, todo él una mirada de la historia, bajo el juicio y la salvación de Jesucristo, historia que culmina en la ciudad celestial de Jerusalén, habitada e iluminada por Dios y el Cordero.

La Iglesia no es sólo un medio de gracia, un instrumento para acercarnos a Dios. No es la reunión en la que nos sentimos bien, según unos parámetros efectistas, sean intimistas, sean masificantes.

No. La Iglesia santa es el ámbito del señorío de Cristo. Él vive y reina en y por la Iglesia. Su salvación es ser incorporados a la Iglesia. La Iglesia es la asamblea de los llamados a formar parte de la Jerusalén del cielo y que ya participan de ella.

La Iglesia es el pueblo real y sacerdotal, en el cual y por el cual, Cristo, Mesías, Rey, Sacerdote y víctima, entronizado a la derecha del Padre, va realizando la historia de la salvación. Y la Iglesia es, sobre todo, asamblea litúrgica, pueblo congregado por el llamado de Dios en Jesucristo, agraciado, perdonado y consagrado en el Espíritu Santo, para vivir la salud recibida, en la glorificación de la Trinidad, en la intercesión por el mundo entero, en la proclamación de las maravillas de Dios, creador, redentor, que nos hace partícipes ya de la novedad de la vida trinitaria, de la Jerusalén celestial. Y su máxima realización es la Misa.

III. La Eucaristía, memorial de la Pasión y verdadero sacrificio

III.1. Sacrificio Eucaristía, y memorial

La Plegaria Eucarística es una plegaria sacrificial, en ella aparecen repetidamente los términos: ofrecemos y ofrenda, oblación, víctima y sacrificio29 .

Empecemos por limpiar el terreno, haciendo una constatación lingüística. Con el permiso de ustedes, pondremos ejemplos del uso del lenguaje en mi tierra. Ustedes harán las correspondencias o las diferencias con el uso que se dé aquí.

En el lenguaje ordinario la palabra sacrificio ha ido perdiendo su sentido propio y originario: acción sagrada, por la que se ofrece algo a la divinidad para de alguna forma unirse con Dios. En cambio, en un sentido totalmente secularizado queda como algo que nos cuesta mucho, que es pesado, que no agrada.

Pero aun en el lenguaje común cristiano, no es frecuente hablar del Sacrificio de la Misa. Mucho menos de ofrecer la Misa, ofrecer la Eucaristía, ni que hablar de oblación, víctima y otros términos sacrificiales. Ni siquiera se usa con respecto a los ministros. Antes se usaba la expresión: ‘dice la Misa’ el sacerdote fulano. Ahora, en mi país, al menos, dicen: ‘da la misa’, como quien da una función para el público. Nunca oigo decir: ofrece la Misa, sacrifica.

Los fenómenos lingüísticos nunca son indiferentes. Si un lenguaje desaparece del habla, es de sospechar que desaparezca la realidad, o al menos la conciencia de esa realidad que, al menos es parte importante de la experiencia. Por eso, a modo de hipótesis, podemos aventurar que es poca la vivencia del Sacrificio Eucarístico, y por lo mismo la participación en él en cuanto sacrificio.

No sé qué pasará aquí. A mí me gusta preguntarle a cristianos más o menos desinstruidos, que piden el bautismo para sus hijos, pero no participan mucho de la vida de la Iglesia: ¿La Misa es un sacrificio? Y me contestan muy seguros: ¡Noo!

Entonces les hago caer en la cuenta, que yo les digo: "Orad, hermanos, para que este..." ... "Sacrificio", contesta alguno más practicante. Y sigo diciendo: Y ustedes me contestan "El Señor reciba de tus manos este...". "Sacrificio", vuelven a contestar los más adelantados.

Basado en esta constatación de la lex orandi, de que la Misa es un sacrificio, sigo diciéndoles que un sacrificio es algo que se ofrece a Dios, se entrega a Él. Les pregunto, luego, qué ofrecemos como sacrificio en la Misa: me dicen que nuestra fe, el testimonio de Jesús, el hacer bien nuestras obligaciones, pero rara vez sale que ofrecemos el sacrificio de Cristo, que es Cristo que es ofrecido al Padre por la Iglesia y la Iglesia con Él.

Así, pues, nuevamente constato que nos falta ahondar en lo principal de la Misa, para que los cristianos la vivamos: la Plegaria y acción sacrificial. Nos esforzamos por hacer la Misa atrayente, pero acontece algo más de fondo, que no hace vivir lo central que la Misa es.

Demos un paso más en la constatación de nuestro paseo lexicográfico.

Nosotros traducimos Eucaristía, como acción de gracias y la Misa es una acción que da gracias. El correspondiente verbo eujaristoo, lo traducimos por dar gracias, porque no tenemos un verbo correspondiente.

Pero eujaristoo, que significa "agradecer", sin embargo en el lenguaje cultual antiguo –aun extracristiano– significaba sacrificar, ofrecer a Dios30 . Estamos, pues, también dentro del lenguaje sacrificial. Eujaristoo no es sólo decir ‘muchas gracias’, sino es ofrecer u ofrecerse a Dios en acción de gracias. Es la entrega dando gracias. Es ofrecer a Dios, luego es sacrificar

Nosotros también decimos que la Misa es un memorial y lo es. Pero no es un mero recordar, como un repaso de una lección, sino que es un dejar hacer presente, un asumir que aquí está, y un asumir, estando involucrados. Digamos aquí, aunque luego volveremos, que si la Misa es memorial de la Pasión del Señor, el memorial es la presencia de esa Pasión, de modo de ser asumidos en ella, para ser rescatados y para, rescatados, morir con el Señor, ofrecernos con Él. Es por lo tanto la acción de recibir el fruto de esa entrega y volverse parte de la entrega. Podemos decir que la Eucaristía es un sacrificio memorial, o una memoria sacrificante: recibiendo el sacrificio de Cristo y ofreciéndonos con y en el sacrificio de Cristo.

Dicho con palabras de San Cipriano: "Y porque hacemos mención en todos los sacrificios de su Pasión, pues la Pasión es el sacrificio del Señor que ofrecemos, no debemos hacer otra cosa que lo que Él hizo..."31 .

III.2. Cristo resucitado eterniza su Pasión

Por lo que antecede creo que para reflexionar sobre la Misa como sacrificio es necesario que renovemos nuestra mirada sobre la ofrenda de Jesús.

El kerygma de que Dios resucitó a Jesús de entre los muertos y lo sentó y glorificó a su derecha es inseparable de que padeció la muerte según el designio de Dios para salvación de los hombres. Es decir, que la resurrección no deja atrás la muerte como un mal momento; no es el happy end de la película, que hace olvidar lo que tanto se temió. No. La resurrección, con respecto a la muerte de Cristo, manifiesta su pleno valor, su gloria, su carácter salvífico en ella misma. La resurrección, que es entronización del Rey Mesías, significa que su muerte, su sacrificio, es victorioso, ha rescatado, ha sido aceptado y, en el Resucitado, está hecho eterno.

Cristo resucitado no deja atrás como un mal momento su Pasión y muerte, sino que en Él están eternizadas. Así como su cuerpo glorioso tiene las benditas llagas, que son su gloria y la fuente de toda gracia, Él mismo, el resucitado sigue siendo el crucificado, es decir, su muerte ofrecida está eternizada. Es el Cordero degollado que está vivo. Es el verdadero cordero que quitó y quita el pecado del mundo, muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida (Prefacio I de Pascua).

Entonces, la Eucaristía, que es actuación del Señor Resucitado y glorioso, es memorial principalmente de su Pasión, presencia de su muerte, actuación de su entrega, de su muerte. Somos convocados a celebrar y ofrecer una muerte, la de Cristo; venimos a ofrecer un sacrificio, el de Cristo.

El memorial de la Pasión no ha de entenderse principalmente como un acto nuestro de recordar, sino un presencia de la Pasión desde la escatología. Esta anámnesis memorial no es un recordar el pasado –que quizás podríamos evocar mejor ante un bello retablo del calvario– sino que desde el mundo definitivo, desde el cielo, se hace presente, se hace actual en el tiempo, con el poder de Dios por su Mesías glorioso y la acción del Espíritu en la Iglesia, asamblea litúrgica. Entendido así el sacrificio eucarístico, se ve la originalidad y la necesidad absoluta de la celebración litúrgica de la Eucaristía32 .

Así lo canta el prefacio V de Pascua: "quien por la oblación de su cuerpo, en la verdad de la cruz, llevó a su perfección los sacrificios de la antigua alianza, y ofreciéndose a Sí mismo por nuestra salvación, se manifestó como Sacerdote, altar y Cordero".

III.3. Era necesario que el Mesías padeciera

El Nuevo Testamento es unánime en la afirmación de que Cristo murió por nuestros pecados, es decir, en el carácter salvífico de su muerte. Al mismo tiempo se nos presenta la muerte de Cristo como necesaria. Recordemos que ese "necesario" que usa la Escritura (cf. Mt 16, 21; Lc 24, 26.44) significa: de acuerdo con el plan de Dios, la voluntad del Padre; no es una necesidad derivada de alguna ley física, o de un destino. Esa voluntad del Padre no es arbitraria, sino sabia, prudente y misericordiosa para con los hombres.

En nuestra cultura del bienestar, de la ‘felicidad’ de Papá Noel, nos choca esta muerte que está en el centro de nuestra fe, que de alguna forma queremos obviar. Sin embargo, debemos escuchar como los discípulos que se nos llame estúpidos y tardos de corazón (cf. Lc 24, 25). Necesitamos que Cristo nos abra las mentes para que comprendamos las escrituras (cf. Lc 24, 45). Pero nos las abre, por la obediencia de la fe, la sumisión al plan de Dios, que pasa por la muerte de Cristo.

Por otra parte, no creamos que la resistencia a acatar la gloria de esta muerte sea privativa de nosotros, por ser modernos, consumistas y materialistas. Ya lo dijo el Apóstol: la cruz es burla para los sabios, los griegos, y escándalo para los hombres religiosos, los judíos; pero para los que creen fuerza y sabiduría de Dios (cf. 1ª Cor 1, 22-24). El Mesías crucificado es escándalo para los judíos, para toda religiosidad que absolutice su propia idea religiosa de lo que debe hacer el Todopoderoso para mostrarse como Dios; es estupidez para los gentiles, para toda sabiduría humana que pretende encerrar en su razonamiento lo que debe ser propio del pensamiento divino, para ser digno y acepto por esa pretendida racionalidad. Cada época, cada grupo, cada hombre, tiene su parte de judío y de griego. También nosotros debemos ver qué hay de judío y de griego, que no se abre a la sabiduría y poder de la cruz. Sólo quiero señalar aquí que es imprescindible hacer salir las propias resistencias a aceptar la necesaria muerte de Cristo, para convertirnos a celebrar el memorial de su muerte.

La ‘necesidad’ según el plan del Padre de la muerte de Cristo, en favor nuestro, la podemos ver desde distintos ángulos.

En primer lugar, del lado de Jesús. Era necesario que el Mesías padeciera para entrar en su gloria, es decir, la muerte era necesaria para que Jesús llegara a la plenitud de su señorío salvífico, como Rey Mesías. Es por su obediencia hasta la cruz que recibe Jesús, el Mesías, el nombre sobre todo nombre, es proclamado Señor y reconocido por todo el cosmos (cf. Fil 2, 14).

En clave sacerdotal explica la carta a los Hebreos la relación entre la muerte de Cristo y su consagración como Sumo Sacerdote. Es por la muerte que es llevado a la perfección sacerdotal33 . Esta perfecta consagración del Hijo, hecha para siempre por su resurrección, la realizó de una vez para siempre ofreciéndose a Sí mismo (cf. Heb 7, 11.19.27-28). Es a través de la ofrenda de Sí mismo en la muerte, que llega al sacerdocio que de verdad salva y que no pasa.

En la otra vertiente, como obra en favor nuestro, de nuestra necesidad de ser salvos, también el Nuevo Testamento abre distintas pistas para comprender por qué era necesaria la muerte de Cristo para el perdón de nuestros pecados. Cristo murió por nosotros.

Señalo estos caminos de reflexión que nos indican las Sagradas Escrituras:

a) Fue el modo de llevar hasta el final la obediencia de Cristo al Padre, que reordenara, recondujera lo que desordenó la desobediencia de Adán (cf. Rom 5, 19; Fil 2, 10ss; Heb 5, 9).

b) Fue la manera de rescatarnos de la esclavitud a la que nos llevó el pecado (cf. Mc 10, 45; Ef 1, 7; Col 1, 14; 1ª Tim 2, 6; 1ª Pe 1, 17; Apoc 14, 4). Rescate que se ilustra, como pago por, precio, como liberar de un temor34 , de una situación de injusticia.

c) Fue la ofrenda, el sacrificio, por el que Dios nos reconcilia Consigo35 , por el que nos entregamos a Él, para ser perdonados y pertenecerle.

III.4. El sacrificio de Cristo.

Para continuar nuestra reflexión, tomemos la clave sacerdotal. La muerte de Cristo es un sacrificio ofrecido a Dios, para el perdón de los pecados.

Hoy también hay un cierto reparo a hablar del sacrificio de Cristo, reparo que, sin lugar a dudas, repercute en la vivencia de la Misa como sacrificio.

Antes que nada es necesario rescatar el vocabulario sacrificial y su comprensión.

Se han intentado muchas aproximaciones a la realidad cultural del sacrificio en la fenomenología de la religión36 . Algunas ponen la sospecha sobre la proyección de la agresividad en el sacrificio. Otras en la imagen sangrienta que suponen, de un Dios que exige muertes para perdonar. No entraré en ellas. Tan sólo me importa subrayar –más allá de las explicaciones– que el fenómeno del sacrificio es universal y que no hay religión que no lo tenga. Es ésta una advertencia, frente al intento de supresión de la dimensión sacrificial: está en la estructura de la religiosidad humana.

El Antiguo Testamento está todo él pautado por el culto sacrificial. La alianza se sella con un sacrificio, sea en Noé, Abraham, y el pueblo con Moisés. La vivencia de la alianza está pautada por los sacrificios: los sacrificios diarios del templo, en especial el vespertino; el sacrificio anual del día de la expiación. Además están los innumerables sacrificios de las personas, según los momentos de la vida, como las primicias, según las situaciones, como el sacrificio para purificar de múltiples impurezas.

Las críticas proféticas a la observancia hipócrita de los ritos no quitan su valor, sino que son un llamado a la conversión. La búsqueda de una interiorización del sacrificio no borra el sacrificio, sino pone el centro en la persona, en el corazón y en la acción de Dios.

A la dimensión sacrificial de la muerte de Jesús, apunta San Juan al señalar a Jesús como el cordero que quita el pecado del mundo (Jn 1, 36; 19, 36). Pablo dice que Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma (cf. Ef 5, 2). Y Juan nuevamente, que Cristo es víctima de propiciación por nuestro pecados, no sólo por los nuestros, sino por los del mundo entero (1ª Jn 2, 2).

Pero, como lo hemos señalado varias veces, es la Carta a los Hebreos la que desarrolla la comprensión de Cristo, como Sumo Sacerdote, y de Sí mismo como ofrenda hecha en la cruz, de una vez para siempre, para la remisión de las transgresiones (cf. 9, 15), pues se ofreció una sola vez para quitar los pecados de la multitud (cf. 9, 28), por ello somos santificados por la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo (cf. 10, 10), porque ofreció un solo sacrificio por los pecados y está sentado a la derecha de Dios (cf. 10, 12).

III.5. Sacrificio y sufrimiento

Me permito ahora una subreflexión sobre el sufrimiento. Antes que nada hay que reconocer que la razón de sacrificio no tiene por qué incluir que algo sea costoso o desagradable. Un sacrificio puede ofrecerse festivamente para dar gracias. Más aún la Eucaristía es siempre celebración agradecida de la redención ya hecha en el sacrificio de la cruz, es el triunfo de nuestro rey. En este sentido es siempre fiesta, puesto que estamos salvados e introducidos ante el trono de la majestad en los cielos.

Sin embargo, no es cualquier fiesta. La Eucaristía es un memorial, es la renovación de la Pasión del Señor.

Por eso, vuelvo un momento a una afirmación anterior. ‘Era necesario que el Mesías padeciera’. Hemos sido rescatados, perdonados, por un sacrificio sangriento, doloroso y hacemos memoria del valor inapreciable de esa sangre, de esos sufrimientos.

La noción de sacrificio es discutida, porque parece concebirse como el pago de una deuda de la humanidad para con Dios. Así, hay quien reduce el sacrificio a ponerse de lado del hombre y mostrar el amor para con él. Lo cual es muy claro, pero no parece hacer justicia al Nuevo Testamento. El sacrificio de la muerte de Cristo es sin duda la muestra máxima del amor del Padre, del amor de Jesús. Pero, de todas formas, ¿por qué y para qué hubo de padecer?37 

A nosotros como a todos los hombres de todas las épocas no nos gusta el sufrimiento y preferimos no sufrir y el mundo nos atrae con sus halagos.

Más aún, a nosotros, la humanidad que vive después de la Ilustración, con su mito de la felicidad y del progreso que logrará alcanzarla si usa bien de la razón, de la técnica y del poder, se nos hace más difícil aceptar el valor intrínseco del sufrimiento. Podemos escamotearlo bajo otro lenguaje, como el costo social, la mística de la revolución, o el darwinismo del éxito de los mejores, pero siempre sentiremos que se nos echa en cara que el catolicismo no ha sido suficientemente exitoso para hacer a la gente feliz y que además habla demasiado de sufrimiento.

Por otra parte, en general, tampoco estamos en la ilustración seria kantiana, del esfuerzo de la virtud, con imperativos categóricos, sino en la más simple ideología del disfrutar de la vida y sacarle todo el jugo posible.

Esas dos tenazas, por un lado el racionalismo ilustrado, con su afirmación de una voluntad humana capaz de ordenarlo todo y quitar todo dolor, y, por el otro, el placer como valor unificante, asfixian la vivencia de que el sentido de la vida esté en un sacrificio redentor, que incluye el sufrimiento, y en la asociación a Él.

Así se plantea de modo nuevo que la cruz de Cristo es burla para los griegos y escándalo para los judíos: burla para el éxito de la civilización y escándalo para los que buscan una religión que presente a un Dios eficiente que arregle los problemas.

Pero no lo digamos con sorna, porque también nosotros somos modernos y, al menos, partimos de la misma cultura, cuando no estamos de tal modo inmersos en ella, que vaciamos la cruz de Cristo.

El texto del Nuevo Testamento que llevó a su cumbre la reflexión de la muerte de Cristo, en clave litúrgica, la carta a los Hebreos, llevó a presentar a Jesús, Hijo de Dios, como Sumo Sacerdote, que con la ofrenda de su propio cuerpo, realizó el sacrificio perfecto.

Ahora bien, este escrito insiste en que Dios quiso que Cristo padeciera. "Convenía que Aquel para quien y por quien son todas las cosas, habiendo de conducir muchos hijos a la gloria, consumase por medio de sufrimientos al autor de la salvación de aquéllos"38 .

Más aún lo que ofreció Jesús, al ofrecer su cuerpo, al ofrecerse a sí mismo, fueron sus súplicas sufrientes. "El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aún siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia, y llevado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que lo obedecen, proclamado por Dios Sumo Sacerdote a semejanza de Melquisedec" (Heb 5, 7-10).

Notemos, que lo que ofreció fueron sus súplicas, y éstas acompañadas con clamor y lágrimas, en medio de sus padecimientos. También observemos que la escucha que recibió –por su actitud reverente– no fue no sufrir o no morir, sino el ser consumado en su consagración sacerdotal y volverse causa de salvación universal.

Quizás, parte de la incomprensión o de las dificultades para vivir la Eucaristía esté en la dificultad para integrar el sufrimiento y el dolor en la voluntad salvífica de Dios. Para solucionar nuestra oposición a relacionar a Dios con el dolor, llegamos incluso a una postura deísta. Con frecuencia, frente a muchos sufrimientos oigo decir: esto Dios no lo quiere, Dios no tiene nada que ver con ese dolor injusto, porque Dios quiere nuestra felicidad, estas son cosas de los hombres. Con respuestas tan simples, como poco evangélicas, desaparece la inclusión del sufrimiento en la redención de Cristo y en nuestra participación de cristianos. No podemos entrar aquí en todo el problema de teodicea y de fe cristiana que aquí está implicado, pero al menos quede planteado el problema.

Nosotros celebramos en la Eucaristía el valor salvífico del sufrimiento de Cristo, porque era la voluntad del Padre y era necesario, y nos unimos a ese sufrimiento. Sólo así tiene sentido verdadero el sufrimiento del hombre, el sufrimiento de los cristianos que podemos unir al de Cristo: sólo si es unión con el suyo, en obediencia a la voluntad del Padre.

III.6. El sacrificio ofrecido por el perdón de los pecados

Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras. Esta afirmación está en el centro del credo breve que nos trasmite Pablo (cf. 1ª Cor 15, 3). Y también está en el centro de la narración de la Cena: la sangre derramada para el perdón de los pecados.

El perdón de los pecados es también una fórmula sintética –como la salvación– que incluye no sólo la superación del mal del pecado y sus consecuencias, la condenación, sino también la positiva restauración de la semejanza divina, la efusión del Espíritu Santo, el don de la filiación divina y la resurrección y vida eterna39 .

Ahora bien, si se ofrece el sacrificio Eucarístico para el perdón de los pecados y dando gracias por este don, se nos pide reflexionar sobre ello.

Sólo quiero presentar dos aspectos: la importancia del pecado –y correlativamente su perdón – y la gracia del perdón por la muerte de Cristo.

¿Es tan importante el perdón de los pecados? ¿Es acaso un mal tan grande el pecado?

Nuestra cultura de tanta información superficial, ciertamente que ha sacado de circulación la mayor parte de los pecados que podríamos llamar personales (mentira, engaño, egoísmo, avaricia, gula, envidia, fornicación, adulterio), que, a lo más son temas de películas o comentarios de lo que puede suceder entre los famosos de los espectáculos de masa. La vida de cada uno, que es meramente privada, y asuntos personales.

Más aún se han trivializado los pecados contra Dios: idolatría, apostasía, blasfemia.

Quedan pendientes algunos pecados sociales, el narcotráfico y sus derivados, la corrupción y la explotación, pero más que pecados, son problemas políticos y sociales, con el presupuesto de que la historia es sólo de estructuras sociales y políticas, educativas y de producción de bienes, es decir, de los poderes humanos.

En todo esto, está sumamente comprometida la visión del pecado en la radicalidad que tiene en la Palabra de Dios: pérdida de la semejanza divina del hombre, ruptura con Dios, que merece la condenación eterna, de tal forma que el eje de la historia sea el del pecado y el perdón, la culpa y la gracia, la salvación o la condenación eterna.

Porque el pecado no es sólo un problema de vivencia afectiva personal: me molesta haber hecho esto. El pecado es la hipoteca de la historia humana, es la destrucción de la historia personal, comunitaria, social, política, que termina en la muerte y la muerte eterna, que sólo puede ser objeto de salvación por la intervención de Dios. La humanidad está sujeta al dominio del pecado y, esclava de él, se vuelve humanidad de muerte. Por último, y por ello, lo principal, la humanidad y cada hombre, por su pecado, está bajo el juicio de Dios y elige y merece la condenación eterna.

No es por exageración, por asustarnos con el cuco, que el pecado es llamado, tinieblas, esclavitud, condenación, muerte. Por otra parte, sin la consideración de la gravedad del pecado, de su realidad, y de sus consecuencias, se hace vana la muerte de Cristo y, también, se hace irrelevante el perdón de los pecados.

No es el momento de desarrollar la teología del pecado y la gracia. Aquí sólo lo traigo para nuestra reflexión sobre la Eucaristía. Es ésta el sacrificio de Acción de Gracias de Cristo con su Iglesia, porque en la muerte de Cristo el pecado ha sido destruido y hemos sido liberados de la merecida condenación eterna y reconciliados con Dios: la humanidad ha sido y es rescatada por la ofrenda de Cristo hasta la muerte.

También es necesaria la valoración del perdón del pecado, de la redención, que es posible por la muerte de Cristo.

Una divulgación genérica y barata del Dios de los cristianos, que Dios es bueno y perdona, lleva a concebir a un Dios que está obligado a perdonarnos, que hagamos lo que hagamos nos va a dejar entrar en la sala de fiestas, en fin, un cansado Papá Noel, a quien todo le da igual y para quien todos le damos lo mismo y que reparte regalitos envueltos en colores brillantes. Esos pedazos locos de la imagen del Dios cristiano no dan lugar a una impresionante admiración de ser presos rescatados, condenados amnistiados, esclavos libertos, enfermos curados, enemigos agraciados, muertos redivivos, perdidos hallados, a quienes se les regala la amistad y la filiación divina, al precio de la sangre del Cordero inmaculado.

La consideración sobre la realidad del pecado y de la muerte pide una seria reflexión de antropología teológica. Para ello, y juntamente, pide también tomarse en serio la revelación de que para darnos el perdón, para liberarnos, según el designio del Padre, fue necesaria la muerte de Cristo. "Que al que no conoció pecado lo hizo pecado –o sacrificio por el pecado– con el fin de que nosotros viniésemos a ser en Él justicia de Dios" (2ª Cor 5, 21).

Parecería que nosotros fuéramos más buenos que Dios, porque perdonamos sin que nadie tenga que sufrir y morir. Esto es una apariencia, porque cuando perdonamos, precisamente el que perdona sufre y muere aceptando su dolor y no reclamando justicia.

Parecería que nosotros fuéramos más buenos que Dios, porque no pedimos tanta reparación al que nos hizo daño. Esto, por un lado no es así, porque si lo queremos debemos darle ocasión para que se rehabilite, para que repare. Pero, sobre todo, porque ni nosotros, ni el otro, puede rehacer lo que fue hecho. En cambio sí lo hace el rescate de Cristo, padeciendo por nosotros.

No es aquí tampoco el lugar de desarrollar la soteriología, es decir, las diferentes teorías teológicas, para profundizar el porqué el perdón, la redención, es por los sufrimientos de Cristo. Pero, al menos, tenemos que acercarnos con temor y temblor a esa realidad, para ver la verdadera desgracia del pecado, para apreciar verdaderamente el ser rescatados, para ofrecer el sacrificio que nos obtiene el perdón de los pecados, para dar gracias asombrados, porque nuestros pecados están perdonados y se abren a los creyentes las puertas del Reino de los Cielos.

III.7. El sacrificio en la Plegaria Eucarística

Cuanto venimos diciendo gustémoslo en la Plegaria Eucarística.

El Prefacio I de Eucaristía, recomendado para la Misa in coena Domini, dice: Cristo, verdadero y eterno Sacerdote, al instituir la forma del sacrificio perenne, como primogénito se ofreció a Ti como víctima de salvación, y a nosotros nos mandó ofrecerla para memoria suya. Y el Prefacio II de Eucaristía: el cual para perpetuar por los siglos la memoria salvador de su cruz, se ofreció a Ti como Cordero inmaculado y ofrenda grata de perfecta alabanza (Eucaristía perfecta).

En la estructura de la Plegaria Eucarística, como parte integrante está el hacer memoria, ofreciendo el sacrificio, lo que se expresa en todas las fórmulas en la parte de la plegaria que continúa la narración de la Cena40 . El canon romano, o Plegaria I, despliega esta sección de la oración en tres partes: "te ofrecemos, Dios de gloria y majestad, de los mismos dones que nos has dado, el sacrificio puro, inmaculado y santo, pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación". Luego pide la aceptación del sacrificio, que es su consumación, rememorando tres sacrificios aceptados: el de Abel, el de Abraham y el de Melquisedec. Por último pide que nuestra ofrenda participe de la del altar del cielo y descienda como bendición y gracia celestial.

Está aquí expresado todo el movimiento del sacrificio: se recibe de Dios lo que sea digno de ofrecerle y dé la reconciliación, la paz –en el caso la ofrenda de Cristo dada a la Iglesia–, se ofrece lo que de Dios se ha recibido, se suplica y espera su aceptación –y, como fruto de ella, que vuelva a descender con creces la bendición divina–.

Como puede verse, no se da nada del supuesto comercio con Dios: al que le damos algo para tratar de forzar sus dones, puesto que todo tiene origen en el don de Dios, en la aceptación por Dios, y en la bendición de Dios.

La misma Plegaria I es la que más expresa esta dimensión sacrificial41 . Ya en su introducción pide que "acepte y bendiga estos dones, este sacrificio santo y puro que te ofrecemos". En el memento de vivos recuerda que por el perdón de los pecados y la salvación que esperan ofrecen los fieles el sacrificio de alabanza y cumplen sus votos al eterno Dios, vivo y verdadero.

Nuevamente pide la aceptación del sacrificio y sus frutos: "Acepta, Señor, en tu bondad esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días y cuéntanos en el número de tus elegidos". También pide que sea Dios el que dé la ofrenda: "bendice y acepta, oh Padre, esta ofrenda haciéndola perfecta, espiritual y digna de Ti... para que sea el cuerpo y la sangre del Señor".

La Plegaria III, también en su introducción recuerda la alabanza cósmica de todos los seres, y, la especial del Pueblo de Dios congregado para ofrecer al nombre del Señor el sacrificio sin mancha y universal, de oriente a occidente. Esta expresión es muy importante porque es una referencia a Malaquías 1, 11, en que el profeta habla de un culto perfecto, y es referido a la era mesiánica42 . El texto de Malaquías era empleado desde antiguo para mostrar que los cristianos tenían el verdadero sacrificio43 .

También señala la dimensión sacrificial en la segunda parte, "ofrecemos en esa acción de gracias el sacrificio vivo y santo". Y pide reconocer en la ofrenda de la Iglesia la víctima, por cuya inmolación quiso ser aplacado44 .

La Plegaria IV, expresa el sacrificio y su significado ante Dios y para los hombres: "te ofrecemos su Cuerpo y su Sangre, sacrificio agradable a Ti y salvación para todo el mundo".

El ofrecimiento de la Iglesia junto con la ofrenda de Cristo está implícito en la celebración del sacrificio. Es el principio expresado por San Agustín: "Éste es el sacrificio de los cristianos: muchos un solo cuerpo en Cristo. Este misterio lo celebra también asiduamente la Iglesia en el sacramento del altar, conocido de los fieles, donde se le muestra que en lo que ofrece, ella misma es ofrecida» (De civ. Dei, 10, 6). Y esto lo hace aprendiendo de Cristo45 .

El canon romano no habla del ofrecimiento de sí mismos de los fieles, sino que lo expresa en el lenguaje simple de ofrecer el sacrificio y pedir que sea acepto. No explicita lo que en el lenguaje bíblico y litúrgico se da como expresado.

Por otra parte, si los antiguos tenían como fruto del sacrificio y como verdad del sacrificio eclesial la unidad de la caridad de la Iglesia, ello está presente en el pedido de todas las plegarias.

La Plegaria III lo manifiesta en dimensión escatológica: "Que el mismo Cristo nos perfeccione como ofrenda eterna"46 . El acabamiento del cristiano es el mismo de Cristo – ser ofrenda eterna – y de los elegidos que ya han llegado a su perfección, María y los santos.

La Plegaria IV describe aún más la dimensión sacrificial de la unidad de la Iglesia, como ofrenda y con finalidad de glorificación de Dios: "para que congregados en uno por el Espíritu Santo, sean perfeccionados en Cristo como víctima viva, para alabanza de tu gloria".

A todo esto corresponde la participación activa en la Misa de la que habla el Concilio: "participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada... den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada, no sólo por manos del sacerdote, sino también juntamente con él, y se perfeccionen día a día, por Cristo mediador, en la unidad con Dios y entre sí, para que finalmente Dios sea todo en todos" (SC, 48).

IV. Algunas conexiones con lo dicho sobre la Plegaria Eucarística

He querido ceñirme a la Plegaria Eucarística y a algunos aspectos de ella, como unión con Cristo, resucita y glorificado, entregado y ofrecido.

No puedo, ni debo desarrollar, otros aspectos. Pero me parece oportuno señalar algunas relaciones, que creo pueden ayudar a completar lo visto.

IV.1. Sentido sacrificial de la comunión

Tan sólo quiero hacer mención de la Sagrada Comunión. Esta acción es parte de la celebración del Sacrificio Eucarístico. Lo que ofreció y mandó a hacer en su memoria, incluye la Plegaria Eucarística, la entrega de su cuerpo fraccionado y su sangre derramada, y el recibirla.

De tal forma, que comulgar es la plena participación en lo que la palabra ha expresado, en lo que la plegaria ha orado.

En este sentido, comiendo y bebiendo se comulga con todo lo que se dijo antes expresado en la Plegaria.

Hacemos memoria y proclamamos que Jesús es Señor, resucitado, entronizado y que vendrá como juez y nos resucitará, comiendo su cuerpo glorioso.

Aquí sólo quiero subrayar que se come o bebe, la víctima ofrecida, es decir, que se come para ser hecho uno con la víctima47 . Esto es el carácter sacrificial de la comunión. Lo que hemos señalado en las últimas peticiones, que nos haga ofrenda eterna, que nos perfeccione como víctima viva, es lo que se realiza en el acto de comulgar: no sólo recibimos lo que se ha ofrecido, como un don para nosotros, sino para que nos asimile Consigo, haciéndonos ofrenda, sacrificio. Nos dejamos hacer uno con el Cordero inmaculado, para que nos vuelva también corderos en Él.

IV.2. La orientación de la plegaria eucarística

No sé si ha llegado a ustedes la reflexión o la discusión sobre la orientación en la plegaria eucarística.

Por un lado, no quería introducirla ahora para no centrar la atención en ello, que no siendo algo sin importancia, no es sin dudas lo principal en lo que hemos trabajado hoy. Y, por otra parte, creo que es un tema que amerita su reflexión, profunda, y, no digo desapasionada –porque pasiones tenemos que tener– sino desprejuiciada, es decir pensada, argumentada y con libertad de espíritu. Por eso, apenas lo planteo, para que luego sea seguido.

Hemos recibido como un hecho evidente que después del Concilio la posición del pueblo y del sacerdote en la plegaria eucarística ha de ser cara a cara. Al mismo tiempo en general se han hecho o cambiado los altares para que este cara a cara fuera lo más cercano y enfrentado posible.

He dicho a propósito que se trata de la posición del sacerdote y del pueblo, no sólo del primero.

Ahora bien, teniendo en cuenta toda la tradición litúrgica tal aparente evidencia es sumamente discutible, más aún me atrevo a largar la piedra, de que ha sido un error de la reforma posconciliar.

En primer lugar va contra la mayor parte de la tradición litúrgica.

Esto nos debe hacer pensar. Y si pensamos tiene bastante más sentido que, si el pueblo presidido con su ministro sacerdote ofrecemos juntos el sacrificio con Cristo al Padre, juntos nos dirijamos hacia el Padre, no unos a los otros.

No es que el sacerdote ofrece, sacrifica, ante la mirada de los fieles, sino que con ellos se dirige hacia la Jerusalén celestial, hacia Cristo que está en el cielo y se presentan todos juntos ante el Padre.

En la plegaria eucarística no se trata de un encuentro del sacerdote con sus fieles, sino del acto común de adoración perfecta, en un mismo espíritu, con Cristo ante el trono de la majestad del Padre en los cielos.

Tampoco se trata de una mera exquisitez litúrgica: la orientación en un sacrificio es casi tan importante como las palabras mismas.

Repito, tan sólo quiero abrir el juego, para decir que el asunto está en el tapete, que hay abundante bibliografía, y que merece una consideración serena, honesta, humilde y sin banderías y anatemas48 . La discusión, al menos, servirá para reencontrar dimensiones de la Eucaristía que celebramos, ofreciendo.

IV.3. El carácter teocéntrico y cultual de la Eucaristía: sacrificio de alabanza y adoración

Si el sacrificio de Cristo, fue el de Sí mismo en obediencia al Padre, por amor a los hombres, no cabe duda que el de su pueblo y cuerpo es también, con Él y por Él, la ofrenda de sí mismos en obediencia al Padre, por amor a los hermanos. Es decir, inseparablemente el culto cristiano tiene la dirección de entrega a Dios y de entrega por los hombres, el servicio, la caridad.

Ambas direcciones, que ni se oponen, ni tampoco son paralelas o yuxtapuestas. La entrega de la vida en el amor a los hermanos, no es simplemente humanitaria, filantrópica, es también teologal, en la caridad y obediencia de Cristo. Es en fe, esperanza y caridad. Y es ofrenda agradable a Dios.

Así nos lo enseña la Carta a los Hebreos: "Teniendo, pues, hermanos, plena seguridad para entrar en el santuario en virtud de la sangre de Jesús, por este camino nuevo y vivo, inaugurado por Él para nosotros, a través del velo, es decir, de su propia carne, y con un Sumo Sacerdote al frente de la casa de Dios, acerquémonos con sincero corazón , en plenitud de fe, purificados los corazones de conciencia mala y lavados los cuerpos con agua pura. Mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la Promesa. Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras, sin abandonar vuestra propia asamblea, como algunos acostumbran hacerlo, antes bien, animándoos: tanto más, cuanto que veis que se acerca ya el Día (Heb 10, 19-25). Los sacrificios que agradan a Dios son hacer el bien y ayudarnos mutuamente (cf. Heb 13, 16). Y, sin oposición, hemos de ofrecer sin cesar, por medio de Jesús, a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de los labios que celebran su nombre (Heb 13, 15).

También, sin duda, el culto al Padre en espíritu y verdad, proclamado en el Evangelio de San Juan, implica la vida comunitaria y el amor mutuo49 .

Esto afirmado, permítaseme que subraye el carácter teocéntrico y cultual de la Eucaristía. Durante siglos, los oyentes se hubieran asombrado que hubiera que explicitar y casi defender que el culto está dirigido a Dios y que Él se lo merece y que es debido por el hombre y que está bien que así sea. Mucho más se hubieran asombrado nuestros mayores de que en un simposio sobre la Eucaristía fuera oportuno subrayar que es un acto de culto, y que el Evangelio es que podemos entregarle a Dios un culto que le sea agradable y que, por eso, sea también nuestra meta y salvación. Porque –como enseña el Concilio– en Cristo se realizó plenamente nuestra reconciliación y se nos dio la plenitud del culto divino (SC, 1).

Creo que el movimiento teocéntrico y, más aún, la finalidad teologal de la Misa, se desprende suficientemente de lo que hemos recorrido en este rato, sobre la ofrenda, el sacrificio, la ofrenda eterna, la aceptación por parte de Dios, el poder presentarnos ante Él, para servirlo.

Así que sólo quiero tildarlo, sin traer pruebas. Cristo ha realizado y nos da parte en su perfecta glorificación del Padre. La Eucaristía es nuestra participación en esta glorificación, por eso es sacrificio de alabanza, culto al Dios vivo, perfecta adoración en espíritu y verdad.

Hay muchos términos afines y complementarios que expresan que la Eucaristía se finaliza en Dios mismo: el alabarlo, darle gracias y glorificarlo del prefacio-santo. El sacrificio de alabanza (Plegaria I), el ofrecer en su honor el sacrificio sin mancha (Plegaria III), la esperanza de llegar a ser víctima viva para alabanza de su gloria (Plegaria IV).

El giro antropológico debe volverse giro teológico: el hombre existe desde Dios y su afirmación y salvación es reconocer agradecido el don fundante de la creación, la gracia de la Providencia divina, y la sobreabundante gracia de ser perdonado, hecho liberto, para poder entregarse en verdad al culto del Padre. La plena realización de su inteligencia y de su libertad es el reconocimiento de Dios y la entrega agradecido a Él. Y, esto, causado por tantos dones, también tiene un fin en sí mismo. Es decir, dentro del pleno sentido inteligible, logiké, debido, en obediencia, es también de algún modo gratuito, a Dios por Dios.

Esta gratuidad50  –en cuanto es posible la gratuidad del hombre para con Dios– que es tener por término absoluto a Dios, y al Cordero, en la ciudad de los elegidos, se expresa por la adoración51 .

Es la adoración que se tributa en la Jerusalén del Cielo: "Y cada vez que los Vivientes dan gloria, honor y acción de gracias al que está sentado en el trono y vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro Ancianos se postran ante el que está sentado en el trono y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y arrojan sus coronas delante del trono diciendo: ‘Eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque Tú has creado el universo; por tu voluntad, no existía y fue creado’" (Apoc 4, 9-11). La misma que tributan los ángeles (cf. Apoc 5, 11; 7, 11-12).

Esa adoración globalizante, es la expresada en la doxología que termina nuestra Plegaria Eucarística: ‘todo honor y toda gloria’. De modo que toda la plegaria eucarística es una gran adoración, expresada con una gran inclusión: comienza con la proclamación profética por la que agradecemos, adoramos y damos gracias con los ángeles y todos los coros celestiales y culmina en el gran amén del pueblo bautizado que asiente a la doxología final. La Eucaristía es entonces, la perfecta adoración al Padre, por Cristo, en el Espíritu.

Así, si el sacrificio se ofrece para el perdón de los pecados y la salvación esperada, si se ofrece en acción de gracias por la gracia recibida, en último término quiere simplemente alabar y adorar, perderse ante la majestad divina, entrar en la adoración perfecta, grandiosa, junto con los moradores del cielo.

También a modo de acicate, para el pensamiento, me llama la atención cuánto se escribe sobre la adoración eucarística fuera de la Misa –cosa que me parece muy buena– y lo poco que se habla de la celebración de la Eucaristía como la plena y perfecta glorificación y adoración del Padre, por Cristo, con en Él y en Él, en la Iglesia unificada por el Espíritu Santo.

Termino con una cita de Amerio, que me parece desafiante: "El problema del hombre consiste en la adoración, y todo el resto está hecho para darle luz y substancia"52 .

Agrego una de San Agustín: "la suprema obra del hombre es alabar a Dios".

Y, por último, la exhortación de la carta a los Hebreos: "y el Dios de la paz que suscitó de entre los muertos a nuestro Señor Jesús, el gran Pastor de la ovejas en virtud de la sangre de una Alianza eterna, os disponga con toda clase de bienes para cumplir su voluntad, realizando Él en nosotros lo que es agradable a sus ojos, por mediación de Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén." (Heb 13, 20).

Notas.-

1 Indiculus Caelestinus, cap.8 (DZ 246). Con este argumento metodológico, las controversias sobre la gracia fueron iluminadas de acuerdo con lo que se expresaba en la oración eclesial. Cf. Pío XII, Mediator Dei, 64.

2 Cf. Pío XII, Mediator Dei, 65: "De aquí que si queremos distinguir y determinar de manera absoluta y general las relaciones que existen entre la fe y la Liturgia, podemos afirmar con razón: «La Ley de la Fe debe establecer la ley de la Oración». Lo mismo debe decirse también cuando se trata de las otras virtudes teologales: «En la fe, en la esperanza y en la caridad oramos siempre en continuo deseo» (San Agustín Epist. 130 ad Probam, 18). León XIII, Ep. Apostolicae curae et caritatis, DH, 3317a: "sabiendo muy bien el vínculo necesario que hay entre la fe y el culto, entre la regla de la fe y la regla de la oración...". Cf. Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, 34.

3 Es también éste el porqué la oración litúrgica es canónica, es decir, reglamentada, porque no es privada, ni expresa los afectos de cada uno, sino la fe y la oración de la Iglesia, de acuerdo con la fe. No es un pensamiento muy inteligente el despreciar la ritualidad –aun en los textos– de la oración litúrgica, porque es parte de su esencia: es oración canónica, eclesial. Cf. Esteban Parenti, Espíritu y Desarrollo de la Liturgia Bizantina (en http://www.holytrinitymission.org/books/spanish/liturgia_bizantina.htm): "En el sentir común, la liturgia ortodoxa es sinónimo de celebración, al mismo tiempo espléndida y compleja, simbólica y suntuosa. Ninguna iglesia cristiana, en efecto, se reconoce tan profundamente en su culto, hasta el punto de que el término mismo de ortodoxia (gr. ïñèïäïîéá), que etimológicamente remite a la recta formulación de la äïîá-fe, en el ámbito eslavo se ha entendido exclusivamente como expresión de la recta äïîá-gloria. Y así, los pueblos eslavos han vertido ïñèïäïîéá por pravoslavie, con la intención de subrayar el aspecto litúrgico de la profesión de fe. De este modo, la palabra ortodoxia corresponde plenamente al conocido adagio occidental: lex credendi statuat legem supplicandi, comúnmente atribuido a Próspero de Aquitania (+ ca.463)". En las lenguas eslavas existe la palabra ortodoxia, pero tiene un sentido más jurídico y externo, en cambio pravoslavie, que etimológicamente sería ‘recta oración’.

4 Abel Ignacio Escalona Sánchez, El Señor Jesús la noche en que iba a ser entregado, en "Efemérides Mexicana", 2005, nº 67, pp. 105-121.

5 San Hipólito, Tradición Apostólica (tomado de Jesús Solano, Textos Eucarísticos primitivos, I, Madrid, 1978. p. 118): "quien, habiéndose entregado a la Pasión voluntaria, para destruir la muerte y romper las cadenas del diablo, y pisotear el infierno, e iluminar a los justos, y cumplirlo todo, y manifestar la resurrección, tomando el pan y dándote gracias, dijo..".

6 Abel Ignacio Escalona Sánchez, op. cit., p.109: "Estamos en la noche en que iba a ser entregado; pensaríamos en la traición de uno de los doce y en la hostilidad de los enemigos que está a punto de radicalizarse; pero, en cuanto a la entrega, el citado texto paulino, en voz pasiva y sin mención de agente, sugiere que el destino doloroso de Jesús se debe a un designio en el que Dios mismo interviene".

7 No sé por qué nuestra traducción castellana en las Plegarias II, III y IV, dice lo pasó. Un don, un regalo, se da, no se pasa. Se pasa una fuente.

8 Jean Marie Lustiger, Le mystère de l’Église, p. 101, en AA.VV., La politique de la mystique, Hommage a Mons. Maxime Charles, Ed. Criterion, Limoges, 1984: "Y en la medida en que no tenemos más la experiencia espiritual de la Iglesia como congregados por gracia, estamos tentados de juzgarla como a todas las instituciones, residuos de la historia, que de todos modos están siempre en tensión con la experiencia y la estructura personal de la existencia. Y los pueblos paganos que han sido bautizados se han apropiado de la Iglesia, misterio de gracia, para hacerla una de sus instituciones; y, por consiguiente, se atribuyen el derecho de destruirla, contradecirla, martirizarla. Si la Iglesia no es sino nuestra república, nosotros podemos cambiarla. Si los Apóstoles no son sino nuestros príncipes, podemos matarlos y cambiar de príncipes. Si la Iglesia no está construida, sino por las leyes que el pueblo se da, tenemos el derecho de cambiarla. Pero entonces nosotros propietarios y, por lo tanto, dueños de la Iglesia, como estuvieron siempre tentados todos los césares, hemos olvidado que hemos sido recibidos por una gracia de Dios. Si nos creemos dueños de la Iglesia, Ella se nos escapa: ‘Vuestra casa quedará desierta’ (Mt.23, 38). Puede sernos quitada, literalmente: ‘Él confiará la viña a otros labradores’ (Mc. 12, 20). Este misterio de gracia, que es dado solamente a los que lo reciben como gracia, y que escapa a los que quieren adueñarse de él, desconociendo la gratuidad amorosa, está inscrita en el corazón del Evangelio. Si no recibimos más a la Iglesia como un acontecimiento de gracia que nos transforma desde que nos acercamos a Ella, nuestra propia transformación está amenazada. El que juzga a la Iglesia se pone bajo el juicio de Dios. El que no ve más el acontecimiento de gracia se sustrae a la gracia que le es dada, porque olvida que es antes que nada pecador perdonado, hijo amado y adoptado por la gracia del Padre; que perdido es encontrado por el Pastor verdadero; extranjero es vuelto huésped y familiar en la Casa, que se vuelve suya; que sin patria, él encuentra al fin la única Morada".

9 Cf. Alberto Sanguinetti Montero, La participación activa en las celebraciones litúrgicas, particularmente en la Liturgia Eucarística, Soleriana, Año XXXII – Nº 27– 2007/1 p.65 – 135, en particular, la mente concuerde con la voz (p.74-81), con ejemplos en que se ha invertido el sentido. El principio tiene fuentes ya en San Agustín y aparece en la Regla de San Benito; es citado por el Concilio en SC 11 y 90.

10 Cf. José Rico Pavés, Sacrificio y presencia real, ayer y hoy, desde la plegaria eucarística, Phase, n. 268, julio-agosto 2005, pp. 279-308; p. 279: "Parto para ello de tres consideraciones previas que espero ir llenando de contenido: a) la verdad íntegra de la Eucaristía puede ser formulada en torno a expresiones abreviadas, sintetizadoras de un misterio que, en cuanto tal, es inabarcable; b) la reflexión de la Iglesia sobre la Eucaristía es un momento interno de su fe viva en la misma…. y c) presentar el ‘significado esencial’ de la Eucaristía desde la plegaria eucarística supone no sólo la existencia de ésta, sino la conciencia de que desde ella se percibe la verdad del sacramento".

11 Cf. Maria Giovanni Muzj, La preghiera eucaristica, Roma 1979, p. 76: "El Canon Romano es, en cierto sentido, la ‘traduccción’ eucarística y litúrgica del gran tema de la Carta a los Hebreos: Cristo sacerdote y víctima perfecta, Cristo mediador eterno".

12 Aunque sabemos que es así, no es ocioso repetir que Jesús no bendijo el pan, ni el cáliz, bendijo al Padre por estos bienes y sobre estos bienes, a los que transformó en su propia ofrenda.

13 Cf. el cap. 8 del llamado Indículo de Celestino I (DH, 246), la conciencia del valor real de la oración de los pontífices. "Porque cuando los que presiden a los santos pueblos, desempeñan la legación que les ha sido encomendada, representan ante la divina clemencia la causa del género humano y gimiendo a par con ellos toda la Iglesia, piden y suplican que... (siguen las grandes intenciones, como las preces del Viernes Santo)... Y que todo esto no se pida al Señor formularia o vanamente, lo muestra la experiencia misma, pues efectivamente Dios se digna atraer a muchísimos de todo género de errores... Todo lo cual hasta punto tal se siente obra divina que siempre se tributa a Dios que lo hace esta acción de gracias y esta confesión de alabanza por la iluminación o por la corrección de los tales".

14 Cf. Heb 5, 9. Nótese, de paso, el temor al término obediencia, que tuvieron los traductores litúrgicos. En el Prefacio común I, la cita del texto de Hebreos fue tergiversada: en lugar de "fuente de salvación eterna para cuantos le obedecen", se escribió "para cuantos creen en Él". Lo mismo dígase de la traducción de Fil 2, 8; en lugar de "se humilló, hecho obediente hasta la muerte...", leemos: "se rebajó hasta someterse incluso a la muerte"; el sentido está totalmente cambiado, porque la obediencia supone a alguien (Dios), en cambio el sometimiento a la muerte es meramente fáctico, a lo más es la medida de su rebajamiento. Pero la obra de Cristo es por obediencia al Padre, no por rebajamiento en sí mismo.

15 Lc 17, 26-30: "Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre. Comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca; vino el diluvio y los hizo perecer a todos. Lo mismo, como sucedió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, construían; pero el día que salió Lot de Sodoma, Dios hizo llover fuego y azufre del cielo y los hizo perecer a todos. Lo mismo sucederá el Día en que el Hijo del hombre se manifieste".

16 Con esto está relacionada la dimensión de la belleza de la liturgia. Cf. Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, 35: "Aquí el resplandor de la gloria de Dios supera toda belleza humana. La verdadera belleza es el amor de Dios que se ha revelado definitivamente en el Misterio pascual. La belleza de la liturgia es parte de este misterio; es expresión eminente de la gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse del Cielo sobre la tierra...La belleza, por tanto, no es un elemento decorativo de la acción litúrgica; es más bien un elemento constitutivo, ya que es un atributo de Dios mismo y de su revelación. Conscientes de todo esto, hemos de poner gran atención para que la acción litúrgica resplandezca según su propia naturaleza".

17 Para un análisis profundo de la carta a los Hebreos, cf. Albert Vanhoye, Sacerdotes antiguos, Sacerdote nuevo, según el Nuevo Testamento, Salamanca 1992.

18 Cf. Albert Vanhoye, op.cit., p.198 ss. Muestra que el autor de Hebreos distingue entre tienda (skené = sancta) y santuario (ta ágia; sancta sanctorum); a éste verdadero (el cielo), llega por la tienda verdadera (el cuerpo glorioso de Jesús).

19 "Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo... El, por el contrario, habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio, se sentó a la diestra de Dios para siempre, esperando desde entonces hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies. En efecto, mediante una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre a los santificados" (Heb 10, 10.12-14).

20 "Con razón, pues, se considera la liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo...; y así el Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro. En consecuencia toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia..." (SC, 7).

21 "Cristo asocia siempre Consigo a su amadísima esposa la Iglesia, que invoca a su Señor y por Él tributa culto al Padre Eterno" (SC, 7).

22 En clave de co-entronización con Cristo, por ejemplo, lo presenta la carta a los Efesios: "Dios rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando nosotros muertos a causa de nuestros delitos, nos convivificó en Cristo –por gracia habéis sido salvados– y nos conrresucitó y consentó en lo alto de los cielos con Cristo Jesús..." (Ef 2, 4-6).

23 Cf. Joseph Jungmann, El sacrificio de la Misa, Madrid, 1953, pp.756ss.

24 Op. cit., p. 912.

25 Particular importancia tiene en este sentido el cántico del trisagio, en que se expresa nuestra unión con los ángeles. Cf. Erik Peterson, Tratados Teológicos, Madrid 1966, p.159-192: Sobre los ángeles; que señala su importancia en el culto cristiano desde el comienzo; p.161: "Y cuando en la Epístola a los Hebreos se dice que nos hemos aproximado a la asamblea en fiestas, que formamos parte de las miríadas de ángeles y de las almas de los justos hechos perfectos, tendríamos que entender este ‘acercamiento’ cultual a las celebraciones del culto celestial en el sentido de que la liturgia que celebra la Ekklesia en la tierra es una participación del culto angélico en la ciudad celestial... Así resulta claro que la concepción expuesta acerca de la relación entre la Ekklesia y la ciudad celestial tiene importancia para entender la naturaleza del culto cristiano. Porque si la Iglesia ha dejado atrás la Jerusalén terrestre y su templo y se encuentra en peregrinación hacia la Jerusalén celestial y su templo, entonces es preciso que esté en contacto, a través del culto, con los habitantes de la ciudad celestial... De acuerdo con esto, habría que entender todas las acciones cultuales de la Iglesia como una participación de los ángeles en el culto terrestre. O al revés, todo el culto terrestre de la Iglesia sería una participación del culto que tributan a Dios los ángeles en el Cielo". García M. Colombás, La Regla de San Benito, Madrid, 1993, p.113.

26 Cf. Spe salvi, 2.

27 Éste es el sentido desde el principio de la hospitalidad, de las cartas de comunión y de mencionar a los otros obispos y al obispo de Roma en el canon.

28 Ver el interesante planteamiento de Miguel López Dávalos, El acoso a los sistemas religiosos, Efemérides Mexicana, 2003, nº 63, p.387-396. Sin embargo, es débil la afirmación final: "No obstante el actual acoso a los sistemas religiosos que pretende eliminar un elemento esencial a ellos mismos, el trascendente, creemos que va a fracasar, porque la búsqueda por el trascendente no es algo impuesto: lo lleva consigo el hombre mismo". Con ello podríamos contentarnos con una supervivencia del supermercado de religiones. Desde una postura católica hay que mostrar que el ‘sistema religioso = la Iglesia’ es el pueblo histórico del Mesías y el origen propio – Cristo– que fundamenta su presencia en la historia humana. Por lo mismo la Eucaristía no es una expresión simplemente de lo religioso o trascendente, es que el Reino de Dios ha llegado, que Cristo reina salvando a los hombres.

29 Cf. Alberto Sanguinetti Montero, La Eucaristía sacrificio de Cristo y de la Iglesia, "Soleriana", 1999, año XXIV, nº 12 -1999/2, p.25-55; para las dificultades provenientes tanto de las ciencias humanas como de la historia de la teología post-tridentina, cf. p.25-35.

30 Jesús Solano, Textos Eucarísticos primitivos, I, Madrid, BAC, 1978. p. 47: "El escritor judío Filón, muerto a mediados del siglo I, designa con el término ‘eucaristía’ al sacrificio matutino y vespertino del templo de Jerusalén y a las víctimas mismas. Hacia el año 140, poco después de San Ignacio, la traducción griega de Aquila empleaba el mismo término para indicar una clase de sacrificios del Antiguo Testamento. San Justino escribirá con toda claridad, hacia el año 150: ‘Y este alimento entre nosotros se llama Eucaristía’. Justino, Apología primera, 66-67: ‘estas cosas no las tomamos como pan ordinario ni bebida ordinaria, sino que así como por el Verbo de Dios, habiéndose encarnado Jesucristo nuestro Salvador, tuvo carne y sangre para nuestra salvación, así también se nos ha enseñado que el alimento eucaristizado mediante la palabra (el verbo) de oración procedente de Él – alimento del que nuestra sangre y nuestra carne se nutren con arreglo a nuestra transformación– es la carne y la sangre de aquel Jesús que se encarnó’. 67: ‘Después nos levantamos todos a una y recitamos oraciones; y, como antes dijimos, cuando hemos terminado de orar, se presenta pan y vino y agua, y el que preside eleva, según el poder que en él hay, oraciones e igualmente acciones de gracias (eujaristías) y el pueblo aclama diciendo el Amén. Y se da y se hace participante a cada uno de las cosas eucaristizadas (twn eujaristezentwn) y a los ausentes se les envía por medio de los diáconos’".

31 Cipriano, Carta 63, 17 (poco interesa que luego el tema sea el de consagrar vino mezclado con agua, sino el principio enunciado en el texto).

32 Karl Christian Felmy, Teología ortodoxa actual, Salamanca 2003, p.65-66, refiriendo a J. Zizioulas, Die Eucharistie, p.176: "La anámnesis del pasado es anámnesis ‘únicamente en el futuro y por el futuro’. La conmemoración del futuro ‘rompe la clásica problemática escolástica acerca de la significación de la eucaristía como memorial. En la eucaristía lo que se hace no es recordar un acontecimiento del pasado. La eucaristía como anámnesis no tiene sus raíces en el pasado –en la cruz de Cristo–, sino en el futuro, en la resurrección y en el reino venidero. Cuando se comprende así la eucaristía, la liturgia vuelve a ser de importancia decisiva... En la eucaristía la Iglesia presenta el marco escatológico en el que Dios ‘concibe’ los actos salvíficos de salvación, entre ellos principalmente el sacrificio de Cristo".

33 Cf. Albert Vanhoye, Sacerdotes antiguos, Sacerdote nuevo, según el Nuevo Testamento, Salamanca 1992, p.176 ss.; muestra cómo la teleiosis de la que habla la carta se refiere exclusivamente a la consagración del Sumo Sacerdote, según el lenguaje de los LXX en el Pentateuco. "Leyendo los textos de Éx 19 y de Lev 8 se saca espontáneamente la conclusión de que había en Israel una téléiôsis: el sacrificio de consagración del Sumo Sacerdote.

34 Heb 2, 14-15: " Por tanto, así como los hijos participan de la sangre y de la carne, así también participó Él de las mismas, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud".

35 Cf. 2ª Cor 5, 20-21; ‘lo hizo pecado’, puede interpretarse como ‘sacrificio por el pecado’.

36 Una visión global del problema en Luis Maldonado, La violencia de lo sagrado. Crueldad "versus" oblatividad o el ritual del sacrificio, Salamanca 1974; menos feliz es su presentación de la eucaristía como sacrificio.

37 Cf. Alberto de Mingo, Sacrificio y expiación. Un estudio bíblico, Moralia, vol. XXVIII, num. 108 – 2005, p.389-411. Plantea el problema "Sacrificio y expiación son dos conceptos de gran calado en teología, pero también de los que más se prestan a malentendidos. Un recorrido por la antropología del sacrificio y los textos bíblicos, especialmente la Carta a los Hebreos, Romanos y el Corpus joánico, nos situará en las antípodas de una visión de la redención en la que Cristo satisface con su sufrimiento una deuda de la humanidad con Dios. El sacrificio de Cristo es efusión de amor sobreabundante que elimina la muerte. Es Dios a nuestro lado contra el mal". Está bien, pero de alguna forma debe apuntar a por qué se elimina la muerte, por un sacrificio cruento; hay que llegar a alguna razón de conveniencia. Ver p. 411: "Un recorrido por la antropología del sacrificio y los textos bíblicos que nos hablan de la vida, muerte y resurrección de Cristo como sacrificio que expía el pecado del mundo nos ha situado en las antípodas de una visión de la redención en la que Cristo satisface con su sufrimiento una deuda que la humanidad tenía contraído con Dios. El sacrificio no es una ‘pieza del mecanismo’ que restablece el derecho y la justicia mediante la violencia. Es efusión de amor sobreabundante que se derrama hasta el final, hasta la muerte en cruz. Es Dios de nuestro lado en Cristo para luchar contra el mal. Es un exceso de vida que elimina la muerte". Pero, de todas formas, hay que iluminar que en la realidad Dios haya querido el sufrimiento y la muerte dolorosa e injusta de su Siervo Jesús.

38 Heb 2, 10.

39 Es forma tradicional kerygmática, cf. Lc 24, 47 ("y se predicará en su nombre la conversión para el perdón de los pecados"); Hech 2, 38 ("Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo; pues la Promesa es para vosotros y para vuestros hijos y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro").

40 No es el lugar de entrar en la problemática de la presentación de los dones, que en los diferentes ritos fue adquiriendo un carácter de ofrenda sacrificial. Sabemos el corte que le dio el Ordo nuevo al ofertorio. Nuestra traducción castellana sustituyó el "offerimus" del pan y del vino, por el "ahora te presentamos". Para la Misa como sacrificio, cf. Juan Pablo II, Dominicae coenae, n.9.

41 Cf. Maria Giovanni Muzj, La preghiera eucaristica, Roma 1979, pp. 77-78: "Comprendemos entonces que la gran insistencia del Canon Romano sobre el aspecto sacrificial expresa positivamente la alegría de la ofrenda hecha al Padre: el sacrificio purísimo recoge toda la realidad de lo creado bajo los signos del Pan y del Vino; esto se extiende no sólo hasta los extremos de la tierra, sino sobre toda la historia de los hombres; no es sino el cumplimiento del Designio de amor del Padre, y, finalmente, impetra que la grey de los elegidos de Dios sea totalmente reunida".

42 Por esa triste forma de traducir, en que se dejan las palabras claves, en castellano se dice ‘en tu honor’, cuando el texto dice ‘nomini tuo’, traslado de ‘a mi Nombre’ del texto bíblico.

43 Didasché, c. 14: "En los domingos del Señor, reuníos y partid el pan, y haced gracias, confesando antes vuestros pecados, para que vuestro sacrificio sea puro. El que tenga algún disgusto con su amigo, no asista a vuestra reunión hasta haberse reconciliado, a fin de que no se contamine vuestro sacrificio. Pues esto es lo que dijo el Señor: en todo lugar ofrézcaseme sacrificio limpio, porque soy Yo Rey grande, dice el Señor, y mi nombre es admirable en las naciones [cf. Mal 1, 11-14]. Justino, Diálogo con Trifón, 2: 2-3: "De donde habla Dios, como dije, por Malaquías uno de los doce, acerca de los sacrificios, que entonces eran ofrecidos por vosotros: Mi voluntad no está en vosotros, dice el Señor, y no aceptaré de vuestras manos ofrendas (thusías). Porque desde la salida del sol hasta su ocaso mi nombre es glorificado entre las gentes, y en todo lugar se ofrece a mi nombre incienso y ofrenda pura, pues grande es mi nombre entre las naciones, dice el Señor, pero vosotros lo profanáis [Mal 1, 10ss]. Ya entonces predice acerca de los sacrificios (prosferoménwn thusíwn) que en todo lugar le son ofrecidos por los gentiles, esto es, el pan de la Eucaristía y el cáliz igualmente de la Eucaristía, añadiendo que nosotros glorificamos su nombre; vosotros, en cambio, lo profanáis". Cf. Jean de Watteville, Le sacrifice dans les Textes eucharistiques des premiers siècles, Neuchatel, 1966.

44 Nuestros traductores estaban obsesionados con la amistad y pusieron "quisiste devolvernos tu amistad", quitando el lenguaje sacrificial, que puede ser fuera difícil. También en la Plegaria II, sustituyeron al final "con quienes de agradaron en este mundo" por ‘cuantos vivieron en tu amistad’.

45 "También es sacerdote, Él mismo oferente, y también es la ofrenda. De esta realidad quiso que fuera sacramento cotidiano el sacrificio de la Iglesia: la cual, siendo cuerpo de esa cabeza, aprende por Él a ofrecerse a sí misma» (De civ. Dei, 10, 20)

46 Los traductores expresaron que no se entendía lo de ofrenda eterna (está atrás toda la carta a los Hebreos), y prefirieron poner ‘ofrenda permanente’, como si fuera una duración en el tiempo.

47 Cf. José Aldazabal, Comulgando participamos del sacrificio de Cristo, Phase, jul-agos 2001, nº 244, p.307-316. p.307-308: "Este aspecto –que en la comunión participamos del sacrificio de Cristo– no lo mencionamos tanto. Tenemos muy presente que la Eucaristía nos une con Cristo, que nos une a todos en fraternidad, y que nos da fuerza y alimento para el camino. Pero no nos resulta espontáneo hablar de que esa misma Eucaristía nos hace partícipes del sacrificio de Cristo sobre todo en el momento de la comunión sacramental". Para hacer caer en la cuenta de esto, me gusta decir: comulgar es un acto peligroso, es dejar que Cristo me una con su muerte, con su sacrificio: es dejarme entregar.

48 Cf. Alberto Sanguinetti Montero, La participación activa en las celebraciones litúrgicas, particularmente en la Liturgia Eucarística, "Soleriana", Año XXXII – Nº 27– 2007/1, en particular sobre el debate en torno a la orientación en la plegaria eucarística y las consecuencias para la arquitectura de los templos, pp. 100-135.

49 Cf. Rudolf Schnackenburg, Existencia Cristiana según el Nuevo Testamento, vol.II, "Estella" 1971, pp. 95-122: c. IV, Adoración en espíritu y verdad; pp. 121-122: "Sin excluir el culto inmediato ante Dios con alabanzas y acción de gracias, petición e intercesión, la comunidad debe extender la verdadera adoración de Dios también a su vida en el mundo, a su fraternidad y caridad, a sus esfuerzos morales por conseguir la santidad y pureza, a sus tareas en el mundo, a su testimonio en el mundo y ante el mundo. Sin víctimas sangrientas, pues la sola víctima de su sumo sacerdote, Cristo, sigue siendo siempre válida y totalmente efectiva (Heb), quiere ella realizar un culto, llevado por el mismo espíritu de Dios, presentado en la verdad de Dios y que está de acuerdo con Dios, el espíritu absoluto y santo, que es el que Él mismo desea así, y no de otra manera, desde la venida de Cristo (Jn 4, 23b)". En esta perspectiva explica la logiké latréia de Rom 12, 1 y los sacrificios espirituales de 1ª Pe 2, 4ss (cf. pp. 119-121).

50 Hay toda una corriente del pensamiento filosófico moderno, que busca recuperar el don, la gratuidad y el reconocimiento, cf. Alberto Sanguinetti Montero, Don y gratuidad en Dios y en el hombre, en AA.VV. Gratuidad, Justicia y Reciprocidad. Dimensiones de una teología del don, Buenos Aires, 2005, p.91-120. En el mismo libro, Paul Gilbert, Gratuidad, p.69-89 (el mismo artículo Gratuité, en Nouvelle Revue Théologique, abril– junio 2005, n.127/2, p.251-265).

51 Pere Montagut, La admiración eucarística como propuesta a una provocación: la adoración y la compasión, Phase, sept-oct. 2005, nº 269, p.347-362. p.354: "Si la vida cristiana anda concentrada en sí misma, en lugar de llegar a ser una viva imagen de la plenitud divina, todas sus energías acaban en descomposición. La tendencia de dominio prevalece a la unificación, se prioriza el propio intelecto en lugar de conocer a Aquel que existe y lo llama a todo a Sí. Al mencionado proceso de unificación sirve la adoración como verdad que lo abraza todo y une todo. Ésta es la creación nueva que no procede de la nada, sino de la eternidad... El clima de una celebración adorante llega a ser evidente cuando manifiesta su valor absoluto. Es atmósfera viviente, que se hace consciente, porque es razonable y perfecta como el Padre celeste es perfecto. Adoración que traspasa todos los niveles de la existencia a través de la luz, la vida, el conocimiento y el espíritu. La adoración sólo puede expresar un contenido digno de existir, digno de hacerse presente. Su característica esencial es ser real, es decir, no depender del punto de vista humano subjetivo: es algo previo al espíritu humano que merece existir... La liturgia es el lugar de la adoración por excelencia porque en ella todo es renovado en virtud del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo".

52 Enrico Maria Radaelli, Una considerazione a Di un bisogno dei contemporane de Romano Amerio, en http://www.enricomariaradaelli.it/aureadomus/romanoamerio.

La Eucaristía, fuente de vida en el Espíritu

Morelia, Jueves, 1º de mayo de 2008

Salvador Carrillo Alday, M.Sp.S.

El presente estudio lleva como título: "La Eucaristía, fuente de vida en el Espíritu". La Eucaristía es el centro de nuestra reflexión; pero la Eucaristía es Jesús verdadera y realmente presente con su humanidad y su divinidad. Pues bien, de ese Jesús, "Dios y hombre", brota "la vida en el Espíritu".

La expresión "fuente de vida en el Espíritu" encierra una profundidad de sentido, que es necesario escrutar. Es mi propósito desarrollar en cuatro apartados el tema enunciado:

1º El Padre envió a su Hijo Jesús al mundo para darle vida.

2º Jesús Eucaristía es fuente y manantial de vida, pero "vida en el Espíritu".

Por eso, de aquí se desprenden otros dos puntos a tratar:

3º El Espíritu Santo y su acción en Jesús, y

4º Jesús Eucaristía nos comunica el don del Espíritu Santo, y con él, "la vida en el Espíritu".

I. El Padre envió a su Hijo Jesús al mundo para darle vida

Antes de abordar directamente el tema de la Eucaristía, fuente de vida en el Espíritu, es importante considerar el misterio de la vida traída por Jesús al mundo en una amplia perspectiva. Para ello, quiero acudir principalmente al Evangelio de San Juan, que es clásico en el tema de la vida.

1. La venida del Hijo de Dios al mundo tuvo la finalidad de comunicar vida

El Verbo, la Palabra eterna de Dios, en quien estaba la vida y era la Vida –y que por ser la vida creó todas las cosas (cf. Jn 1, 4)–, fue enviado por el Padre, en la plenitud de los tiempos, para seguir dando vida: "Porque de tal manera amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16).

Esta palabra del Evangelio subraya un pensamiento fundamental: la vida es efecto del amor singular que Dios Padre ha tenido a la humanidad; y ese amor ha sido de tal calidad y de tal precio, que Dios nos hizo la donación de su Hijo único, de su Unigénito (Monogenés), para que a través de Él tuviéramos "vida eterna". Esa donación total del Hijo se hizo definitiva y culminó en su muerte en la cruz; pero no para permanecer en la muerte del sepulcro, sino para que brotara de allí una "vida nueva".

Ya la vida natural y física de nuestro cuerpo y alma es algo admirable y único. Pero, el misterio de la vida no se limita a esa vida natural, por la que debemos trabajar y a la que es preciso amar, defender, promover, venerar, respetar, sino que juntamente con ella, Dios ha querido comunicarnos una vida de diferente naturaleza, una vida "eterna", vida divina, vida sobrenatural, comunicación de su propia vida.

¡Qué agradable suena en nuestros oídos la palabra de Jesús a Nicodemo, en aquella venturosa noche de revelación!:

"En verdad, en verdad, te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; pero lo nacido del Espíritu, es espíritu" (Jn 3, 5-6).

2. La "vida" es un concepto que encierra una realidad plurivalente

1º) Con mucha frecuencia, cuando hablamos de la vida, viene a nuestra mente la vida física, la vida corporal, la vida tangible. Y si es cuestión de defender la vida frente a la cultura de la muerte, también nos referimos de ordinario a la misma realidad física: no dar muerte a la vida, optar por la vida, promover la vida, proteger la vida desde el momento de la concepción hasta el momento de una muerte natural. Y así, luchamos contra la anticoncepción, la esterilización, el aborto y la eutanasia, que son delitos contra la vida.

2º) También, al tratar de la vida, entramos en conexión con el tema tan actual de la ecología.

"Todo fue creado por Él y para Él" (Col 1, 16; cf. Jn 1, 3). Trabajar por la ecología es trabajar por la vida en la creación. Todo cuanto existe es "vida" y viene del Verbo de Dios. Ahora bien, el hombre ha herido y continúa hiriendo a la naturaleza, y nos dice San Pablo que ésta "espera ser liberada de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios; pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto" (Rm 8, 21-22). Pero esta liberación de la naturaleza está vinculada a la salvación misma del hombre, salvación que le viene gracias a la entrega que Cristo hizo de Sí mismo por nosotros en el ara de la cruz.

3º Sin embargo, la palabra "vida", en la terminología de la Revelación, cubre numerosos campos. Quiero citar algunos textos del Evangelio de San Juan donde el Señor se ocupa de la vida . Esta vida puede referirse a la vida corporal y física, a la vida de la mente y del espíritu, a la luz que comunica vida, a la vida sobrenatural o divina que vivimos ya en nuestra dimensión terrestre, pero también a la vida eterna y definitiva, vida que seguirá a nuestra resurrección, y finalmente a la Vida misma que es Dios-Padre, Jesús y el Espíritu Santo. En efecto, Jesús dice que el Padre es "el Padre que vive" (Jn 6, 57); Jesús predica de Sí mismo: "Yo soy la Vida" (Jn 14, 6); y del Espíritu Santo afirma que es "el Espíritu que da vida" (Jn 6, 63).

He aquí algunos textos importantes:

"Todo fue hecho por Él, y sin Él nada se hizo" (Jn 1, 3).

"En Él estaba la vida, y la vida es la luz de los hombres..." (Jn 1, 4).

"Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que Yo le daré no tendrá jamás sed, sino que el agua que Yo le daré se convertirá en él en fuente de agua brotante de vida eterna" (Jn 4, 13-14).

"Como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere" (Jn 5, 21).

• "Yo soy el pan de la vida... Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que Yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo" (Jn 6, 48.51).

• "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y Yo lo resucitaré el último día" (6, 54).

• "Yo soy la luz del mundo. El que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8, 12).

• "Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10, 10).

• "Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida" (Jn 14, 6).

"Estas señales han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre" (Jn 20, 31).

En su primera epístola, San Juan hace esta síntesis: "La Vida se manifestó y nosotros la hemos visto" (lª Jn 1, 2).

Como se ve fácilmente, el concepto de "vida" abarca un amplio abanico de significaciones, que nos permite valorar y gozar en plenitud lo que significa "la vida".

3. Jesús-Vida vino a comunicar la vida en plenitud y en abundancia

Podemos afirmar que Jesús pasó toda su existencia en la tierra dando y comunicando vida. La vida fue uno de sus temas preferidos, y Él mismo declaró, al final de su vida: "Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida" (Jn 14, 6).

1º Cuenta el Evangelio de San Juan que un funcionario del rey Herodes tenía un hijo enfermo en Cafarnaúm; subió hasta Caná de Galilea para encontrarse con Jesús, que regresaba de Judea, y, al estar frente a Él, le suplicaba instantemente: "Señor, baja antes de que se muera mi hijo". Jesús le dijo sencilla y directamente: "¡Vete, tu hijo vive!". Cuando el funcionario regresaba a Cafarnaúm, le salieron al encuentro sus siervos y le decían que "su hijo vivía". Él les preguntó a qué hora se había sentido mejor. Ellos le dijeron: "Ayer, como a la una de la tarde, le dejó la fiebre". El padre, entonces, comprobó que era la misma hora en que le había dicho Jesús: "¡Tu hijo vive!", y creyó él y toda su familia (cf. Jn 4, 46-53).

En este relato hay que notar que, a propósito del enfermo, el Evangelista no utiliza el verbo "sanar o curar", sino siempre emplea el verbo "vivir", que se opone a "morir", peligro en que se encontraba el hijo del funcionario. Esta curación, por tanto, proclama ya altamente que Jesús es "Vida", es fuente de vida; y, en el caso presente, de vida física.

2º) No podemos dejar de mencionar los tres casos de resurrecciones obradas por Jesús: la de la hija de Jairo (Mc 5, 21-43), la del hijo de la viuda del poblado de Naín (Lc 7, 11-17), y sobre todo la resurrección espectacular de Lázaro (Jn 11, 1-44), cuando Jesús revela por anticipado la significación profunda de su acción portentosa, al decir:

"¡Yo soy la Resurrección y la Vida!

El que crea en Mí, aunque muera vivirá;

y todo el que vive y cree en Mí no morirá jamás" (11, 25-26).

Unas semanas más tarde, Jesús mismo –Vida– recobrará su propia vida en el instante de su Resurrección:

"Por eso el Padre me ama, porque doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; Yo la doy voluntariamente.

Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo.

Ésa es la orden que he recibido de mi Padre" (Jn 10, 17-18).

3º) La parábola de Jesús acerca del padre bueno, imagen de Dios Padre, o del hijo pródigo, representante de todo pecador, tiene su clímax en la palabra que repite dos veces el anciano padre, lleno de alegría por el regreso de su hijo: "Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido encontrado" (Lc 15, 24.32). Como se puede fácilmente comprobar, aquí se trata no sólo de la vida corporal, sino sobre todo de la vida del espíritu, de la vida sobrenatural, de la vida de la gracia. Dios, y también Jesús obra la resurrección espiritual del pecador, liberándolo de la muerte y comunicándole "vida".

4º) Tal vez una de las imágenes más impactantes que utilizó Jesús para presentarse como "dador de vida", en un horizonte amplísimo de posibilidades, fue la figura del "buen pastor":

"El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir.

Yo he venido para que tengan vida

y la tengan en abundancia.

Yo soy el buen pastor.

El buen pastor da su vida por las ovejas" (Jn 10, 10-11).

Ahora bien, toda la actividad de Jesús como pastor consistió en comunicar vida, vida de todo género. La contemplación de Jesús-Pastor debe ser una luz y un acicate para que nosotros también nos convirtamos en agentes comunicadores de vida.

a) Jesús Pastor da vida

El primer deber del pastor es ver que el rebaño encuentre pastos abundantes y manantiales de agua (Sal 23, 2). Comida y bebida, pastos y agua, son la vida de las ovejas y de los corderos. Uno de los temas más impresionantes del Evangelio es el tema de la vida. Podemos decir que la principal misión de Jesús durante su ministerio público fue comunicar "vida", vida en diferentes sentidos: vida espiritual, perdonando los pecados y comunicando vida divina; vida corporal y mental, sanando a enfermos de toda clase; vida física, resucitando muertos.

Dos enseñanzas de Jesús que imparte "vida" son de particular importancia:

1º La multiplicación de los panes, cuando, por una parte, sació el hambre concreta de cinco mil hombres que escuchaban a Jesús; y, por otra, fue el anuncio de la Eucaristía, que comunica vida eterna (Jn 6, 1-71).

2º La promesa del "agua viva" o agua de vida, símbolo del Espíritu Santo, dador de vida, que Él enviaría cuando fuera glorificado (Jn 7, 37-39).

b) Jesús Pastor maestro educa y enseña

A nivel de las realidades pastoriles, el buen pastor comunica vida, educando y enseñando a sus ovejas; éstas lo escuchan, lo obedecen y aprenden. Jesús fue, durante todo su ministerio público, un maestro perfecto y acabado, que inyectó vida a todas las mentes de las personas que lo escucharon.

Los Evangelios, en su integridad, constituyen una gran enseñanza que Jesús-Maestro proporciona en palabras y en acciones. La tarea de escrutar el contenido doctrinal de los Evangelios es muy valiosa. Cada milagro, cada palabra, cada parábola de Jesús lleva un mensaje propio y singular.

El Evangelio de San Mateo presenta a Jesús como un nuevo Moisés conductor, legislador y maestro del "nuevo Pueblo de Dios". Pieza clásica de su enseñanza es el Sermón de la Montaña (Mt 5, 1-7, 29), cuyo equivalente en el Evangelio de San Lucas es el sermón en la Llanura (Lc 6,20-49). Pues bien, este discurso es como "el programa de vida" para todo discípulo del maestro de Nazaret. Su mensaje es universal; su estilo es directo, incisivo y penetrante. Las Bienaventuranzas son el autorretrato del mismo Jesús (Mt 5,3-12); los discípulos de Jesús son la sal de la tierra y la luz del mundo (Mt 5, 13-16); la nueva Ley de Cristo exige una perfección mayor que la ley de Moisés (Mt 5, 17-48); las buenas obras hay que realizarlas sin ostentación, en el secreto de la presencia de Dios (Mt 6, 1-3); el perdón de las ofensas es distintivo del seguidor de Jesús (Mt 6, 14-15). Todo esto constituye la esencia de la vida del discípulo de Cristo. Es un discurso del que ‘mana vida’ de cada una de sus palabras.

c) Jesús Pastor libera y sana

Tarea importante del pastor es ver por la vida de las ovejas, conduciéndolas por caminos seguros, protegiéndolas contra todo daño, librándolas de cualquier peligro, sacándolas de todo atolladero y curando las heridas que pudieran haber sufrido; en otras palabras, procurarles vida y conservarles la vida.

Jesús-pastor realizó una misión liberadora, sanadora y comunicadora de vida de muchas clases. Liberó a los oprimidos por el Maligno, perdonó a los pecadores, sanó a los enfermos, consoló a los tristes y resucitó muertos.

Juan Bautista, inquieto por la actividad de Jesús, le envió mensajeros a preguntarle: "¿Eres Tú el que iba a venir o debemos esperar a otro?". Pero Jesús respondió: "Id y contad a Juan lo que oís y veis: Los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, y se anuncia a los pobres el Evangelio" (Mt 11, 3-5).

En esta misión sanadora, liberadora y comunicadora de vida, Jesús es particularmente icono de la misericordia de Dios, es la transparencia viva del Padre de los Cielos, misericordioso y clemente, paciente, rico en amor y fidelidad. Jesús-Pastor es la revelación de Dios-Misericordia, manantial de toda vida. Él realizó el ideal de una cultura de la vida, de amor misericordioso y de solidaridad.

d) Jesús Pastor entrega su propia vida

Jesús pronunció, durante la fiesta de los Tabernáculos en Jerusalén, una palabra suprema: "Doy mi vida por las ovejas... Nadie me la quita; Yo la doy por Mí mismo. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo: ésa es la orden que recibido de mi Padre" (Jn 10, 15.18). Jesús dio vida con la entrega y recuperación de su propia vida.

Jesús-pastor entregó efectivamente su vida en favor de la vida de sus ovejas. Particularmente cuatro escenas de los últimos días de la vida de Jesús manifiestan su entrega para salvación de su rebaño: el Lavatorio de los Pies, la Institución de la Eucaristía, la Oración y su entrega en Getsemaní, y su Muerte en la Cruz.

Esta total entrega de su vida fue la máxima manifestación de amor por sus ovejas. El amor de Jesús llegó hasta el extremo (Jn 13, 1). Él mismo había dicho: "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos" (Jn 15, 13). Es aquí el momento de mencionar y enfatizar lo que significa, en relación a la vida, el misterio de la Eucaristía: es la actualización perenne de la donación de Cristo en la cruz, que se convierte en manantial inexhausto de donde brota constantemente la vida.

Él lo proclamó días antes de su muerte: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto... Y Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia Mí" (Jn 12, 24.32).

En esta coyuntura, por lo que a nosotros toca, nos viene bien recordar que nuestro "sufrimiento, aun siendo en sí mismo un mal y una prueba, puede siempre llegar a ser fuente de bien (fuente de vida) si se vive con amor y por amor, participando, por don gratuito de Dios y por libre decisión personal, en el sufrimiento mismo de Cristo crucificado" (EV, n. 67; cf. n. 97).

e) Jesús Pastor supremo da vida e intercede eternamente por su rebaño

Jesús no fue un pastor que comunicó vida sólo en la corta dimensión de su existencia terrestre, sino que continúa dándola en su permanente condición celeste de resucitado y glorificado.

1º El Evangelio de San Mateo nos ha conservado una palabra de Jesús, en la que anuncia que continuará su misión de pastor después de que haya resucitado: "Todos vosotros os vais a escandalizar de Mí esta noche, porque está escrito: ‘Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño’; pero, después de que Yo resucite, iré delante de vosotros a Galilea" (Mt 26, 31-32). La palabra de Jesús evoca la imagen del pastor que camina por delante, seguido de sus ovejas. Él, desde su dimensión de Resucitado, continuará comunicando vida.

2º A orillas del lago de Tiberíades, Jesús resucitado se presentó ante sus discípulos, les dio de comer y luego, dirigiéndose a Simón Pedro, le preguntó por tres veces: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?". A lo que Pedro contestó: "Sí, Señor, Tú sabes que te amo". Y Jesús, a su vez, añadió: "Apacienta mis ovejas"; y la tarea de apacentar significa procurar vida para las ovejas (cf. Jn 21, 15-17).

3º Cristo Jesús es presentado en el Evangelio de Mateo como el soberano Pastor glorificado, juez universal de todas las naciones: "Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Y serán congregadas delante de Él todas las naciones, y Él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y a los cabritos a su izquierda... Y los justos irán a la vida eterna" (Mt 25, 31-33.46).

II. La Eucaristía es fuente de vida

He dicho que la misión de Jesús, al ser enviado al mundo, fue darle vida al mundo. Pues bien, si Jesús –como lo hemos visto– comunicó vida de diversas maneras, es necesario subrayar que es, sobre todo, en la Eucaristía donde Jesús se manifiesta como fuente y manantial de vida.

Los textos del Evangelio de San Juan, en el capítulo sexto, a propósito del Pan de la vida, son numerosos y elocuentes. Nueve veces aparece la palabra "vida" y cuatro veces la expresión "vida eterna" (vv. 27.40.47.54). Además, el pan de la vida aparece en conexión con la resurrección futura (vv. 40.54), o con la "vida para siempre" (vv. 51.58). Aparece también la fórmula "el pan del cielo" (v.32-33), "el pan de Dios" (v. 33), "el pan de la vida" (6, 35).

Quiero recordar algunos textos centrales:

"En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo" (v. 27).

"Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo" (v. 33).

Entonces le dijeron: "Señor, danos siempre de ese pan" (v. 34).

"Yo soy el pan de la vida.

El que venga a Mí, no tendrá hambre,

y el que crea en Mí, no tendrá nunca sed" (v. 35).

"Porque ésta es la voluntad de mi Padre:

que todo el que vea al Hijo y crea en Él,

tenga vida eterna y que Yo le resucite el último día" (v. 40).

"Yo soy el pan vivo, bajado del cielo.

Si uno come de este pan, vivirá para siempre;

y el pan que Yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo" (v. 51).

"En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre,

y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.

El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna,

y Yo le resucitaré el último día" (vv. 53-54).

"Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y Yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por Mí.

Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre" (vv. 57-58).

III. El Espíritu Santo y su acción en Jesús

Al tratar de "Jesús Eucaristía, fuente de vida en el Espíritu", es imposible no decir una palabra sobre la estrecha unión que existe entre el Espíritu Santo y Jesús, y viceversa.

1. Ante todo, la Escritura nos revela explícitamente que la encarnación del Hijo de Dios en la Santísima Virgen María fue obra del Espíritu Santo: "El Espíritu Santo vendrá sobre Ti y la Fuerza de lo Alto te cubrirá con su sombra. Por lo cual, lo que va a nacer será llamado Santo, Hijo de Dios" (Lc 1, 35).

2. El Evangelio también, en el relato del Jordán, enfatiza con un lenguaje único y misterioso, que Jesús, después de ser bautizado por Juan con el bautismo de conversión, fue bautizado por Dios con el Espíritu Santo, y escuchó la palabra de su Padre, que le dijo: "Tú eres mi Hijo, el Amado; en Ti me complazco" (Mc 1, 11). Gracias a esa investidura del Padre que lo llena de su Espíritu, Jesús podrá dar comienzo a su misión mesiánica pública, de acuerdo a las profecías del Antiguo Testamento: "Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el Espíritu de Yahvéh: Espíritu de sabiduría e inteligencia, Espíritu de consejo y fortaleza, Espíritu de ciencia y temor de Yahvéh" (Is 11, 1-2).

3. El Espíritu Santo llevó luego a Jesús del Jordán al desierto; y lo condujo durante toda su vida. De Judea, el Espíritu lo hizo regresar a Galilea: "Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu" (Lc 4, 14) y en Nazaret Jesús mismo se proclamó lleno del Espíritu Santo, por haber sido ungido por su Padre: "El Espíritu del Señor está sobre Mí, porque me ha ungido" (Lc 4, 18).

A partir de entonces comenzó a predicar la venida del Reino y a realizar sus milagros con el poder del Espíritu de Dios: "Si por el Espíritu de Dios echo fuera Yo los demonios, es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros" (Mt 12, 28), y durante su ministerio, escribe Lucas: "Jesús se llenó de júbilo en el Espíritu Santo" (Lc 10, 21).

4. Si el Espíritu Santo estuvo en acción en Jesús, en sus palabras y en sus acciones de poder, ¡cuánto más debió estar presente el Espíritu Santo con su acción omnipotente y creadora cuando Jesús instituyó la Eucaristía; y cómo debió estar a su lado, como fuerza divina, durante toda su Pasión, a partir de Getsemaní hasta su muerte en la cruz del Calvario, cuando hizo la entrega de su vida en favor de la salvación de toda la humanidad! A propósito de este misterio, escribe el autor de la Carta a los Hebreos: "Por el Espíritu eterno se ofreció a Sí mismo como víctima inmaculada a Dios" (Hb 9, 14).

5. Finalmente, los Hechos de los Apóstoles nos dicen que "Dios resucitó a Jesús" (2, 32) y nos revelan audazmente que Jesús, "habiendo sido exaltado a la diestra de Dios, recibió del Padre el Espíritu Santo prometido" (Hch 2, 33). Con esta unción pneumática, enfatiza el texto de los Hechos, Jesús de Nazaret, resucitado y glorificado, fue constituido "el Señor y el Cristo" (Hch 2, 36). Esto es: Jesús recibió como "Señor", todo poder en el cielo y en la tierra; y fue hecho por el Padre, mediante la unción del Espíritu Santo, "Cristo Rey del universo entero", y "Cristo gran Sumo Sacerdote para la eternidad" (Mt 20, 18; Hb 6, 20).

IV. Jesús Eucaristía nos comunica el don del Espíritu Santo, manantial de la vida

A su vez, es Jesús, resucitado y glorificado a la diestra de Dios, quien nos envía el Espíritu Santo, cuya plenitud ha recibido del Padre. Jesús lo había anunciado de diferentes maneras durante su vida.

A la mujer samaritana le dijo: "Si conocieras el Don de Dios, y Quién es el que te dice ‘Dame de beber’, tú le pedirías a Él y Él te daría agua viva" (Jn 4, 10).

Poco después, el gran día de la fiesta de los Tabernáculos, gritó Jesús en el Templo y dijo: "Si alguno tiene sed, que venga a Mí, y beba el que cree en Mí, porque dice la Escritura: ‘De su seno correrán ríos de agua viva’". Y el Evangelista interpreta la misteriosa palabra del Señor: "Esto lo decía refiriéndose al Espíritu Santo que iban a recibir los que creyeran en Él, porque todavía no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado" (Jn 7, 37-39).

Durante la Última Cena, de nuevo insistió Jesús: "Cuando venga el Paráclito, que Yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de Mí" (Jn 15, 26).

Y poco después agregó: "Pero Yo os digo la verdad: Os conviene que Yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré" (Jn 16, 7).

En esta perspectiva, la enigmática palabra del Evangelista a la muerte de Jesús: "E inclinando la cabeza, entregó el Espíritu" (Jn 19, 30), cobra toda su profundidad. Esta misteriosa entrega del Espíritu quedó manifiesta claramente cuando Jesús, apareciéndosele a los discípulos la tarde del domingo de su Resurrección, sopló sobre ellos y les dijo: "¡Recibid el Espíritu Santo!" (Jn 20, 22).

Sabemos que el día de Pentecostés, Jesús realizó en plenitud el ofrecimiento que les hizo a los Apóstoles el día de su Ascensión al cielo: "Dentro de no muchos días, seréis bautizados con Espíritu Santo: recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos hasta los confines de la tierra" (Hch 1, 4.8).

La consecuencia de todo esto es evidente. Es Jesús glorificado, es Jesús en la Eucaristía, donde está presente gloriosamente con su cuerpo, con su sangre, con alma y con su divinidad, cuando cumple en nosotros su gran promesa. Si Jesús está presente en la Eucaristía para comunicarnos vida, para escuchar todas nuestras plegarias y para regalarnos sus gracias, es evidente que Él, sobre todo en el momento mismo de recibirlo en la comunión sacramental, lo que más ansía darnos, comunicarnos y regalarnos es el Don de su Espíritu Santo, el principio de la vida nueva, de la vida divina, de "la vida en el Espíritu".

Por nuestra parte, es en ese momento cuando podemos suplicarle: Jesús, lléname del Don de tu Espíritu, lléname de su Espíritu, bautízame con tu Espíritu. Y de Él, como de manantial de ríos de agua viva, brotará el Espíritu Santo que nos inundará con su presencia, sus gracias, sus dones y sus carismas.

A este respecto, San Juan Crisóstomo, en sus catequesis, compara la obra de Moisés con la de Jesús, y escribe: "Moisés golpeó la roca e hizo salir torrentes de agua; Cristo toca la mesa, golpea la mesa espiritual y hace manar las fuentes del Espíritu" (Catequesis 3, 26; Lunes II de Cuaresma).

Y el Catecismo de la Iglesia Católica enseña: "La Liturgia cristiana no sólo recuerda los acontecimientos que nos salvaron, sino que los actualiza, los hace presentes. El Misterio pascual de Cristo no se repite, se celebra. Las celebraciones son las que se repiten, pero en cada una de ellas tiene lugar la efusión del Espíritu Santo que actualiza el único misterio" (CIglC nn. 1104-1107).

Conclusión

He terminado. Las páginas inspiradas del Evangelio nos han guiado e iluminado sobre Jesús, manantial y fuente de vida y de vida en el Espíritu, principalmente en la Eucaristía.

Jesús es "el Camino y la Verdad y la Vida" (Jn 14, 6). Él es la vida y de Él brota la vida en plenitud como de su fuente, pero nos la comunica a través de su Espíritu.

Por eso el título de esta ponencia ha sido "Jesús Eucaristía, fuente de vida en el Espíritu".

Apéndice

Sobre la relación del Espíritu Santo y la Eucaristía en la Iglesia, Cuerpo de Cristo

La Epíclesis (invocación sobre) es la oración de intercesión que la Iglesia, a través del sacerdote, dirige al Padre, suplicándole que envíe el Espíritu sobre las ofrendas del pan y del vino para convertirlos en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, y para que los fieles mismos, al recibirlas, se conviertan en ofrenda viva para Dios (Cfr. CIglC n. 1105).

Respecto a la comunión del cuerpo y de la sangre de Cristo, el mismo Catecismo enseña (CIglC nn. 1108-1109): el Espíritu Santo, con su poder transformador, nos hace entrar en comunión con la Trinidad Santa; enviado por el Padre, que escucha la epíclesis de la Iglesia, el Espíritu Santo da la vida a los que la acogen; y Él es, ya desde ahora, para ellos "las arras" y "la garantía" segura de la herencia futura (cf. Ef 1,14; 2ª Co 2, 22).

La epíclesis es también una oración al Padre para que el Espíritu Santo realice plenamente la comunión de la asamblea con el Misterio de Cristo. La misión del Espíritu Santo es hacernos entrar en comunión con Cristo para formar su Cuerpo. El Espíritu Santo nos hace comunidad, nos crea como el Cuerpo de Cristo.

El Espíritu Santo es como la savia que corre por la vid y que da su fruto en los sarmientos (Jn 15, 1-17; Gál 5, 22). Como la savia corre por el tronco de la vid y por sus ramas, así el Espíritu Santo es el alma de todo el Cuerpo de Cristo, y le comunica la vida divina. El fruto que el Espíritu Santo produce en la Celebración Eucarística es, inseparablemente, comunión con la Trinidad Santa y comunión entre los hermanos (1ª Jn 1, 3-7).

En síntesis: la Iglesia pide al Padre que envíe el Espíritu Santo para que transforme el pan y el vino en el cuerpo y en la sangre de Cristo y para que haga de la vida de los fieles una ofrenda viva a Dios:

1º mediante la transformación espiritual a imagen de Cristo;

2º mediante la preocupación por la unidad de la Iglesia y

3º mediante la participación en su misión por el testimonio y el servicio de la caridad.

Como se ve claro, en la Eucaristía, además de la presencia sacramental de Jesús Dios y hombre, está presente el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, de quienes nos viene la vida eterna. Hay, pues, una interrelación directa entre el Padre, Jesús y el Espíritu Santo.

Bibliografía.-

A través de la Historia de la Iglesia, mucho se ha escrito sobre el Sacramento de la Eucaristía. Además de las referencias bíblicas insertadas en el texto de mi conferencia, quiero citar únicamente los documentos más recientes del Magisterio de la Iglesia a propósito de la Eucaristía, sobre los cuales están fundamentadas las reflexiones de mi exposición:

Pío XII, Carta Encíclica «Mediator Dei». 20 de noviembre de 1947.

Concilio Vaticano II, Constitución «Sacrosanctum Concilium» sobre la Sagrada Liturgia. (Capítulo II: El Sacrosanto Misterio de la Eucaristía). 4 de diciembre de 1963.

Pablo VI, Carta Encíclica «Mysterium Fidei». 3 de septiembre de 1965.

Catecismo de la Iglesia Católica. 11 de octubre de 1992.

«El Espíritu Santo y la Iglesia en la Liturgia» (nn. 1091-1109. Ver nn. 1105.1153).

«El Sacramento de la Eucaristía» (nn. 1322-1405).

Juan Pablo II, Carta Encíclica «Ecclesia de Eucharistia». 17 de abril de 2003. (Ver nn.23-24).

Juan Pablo II, Carta Apostólica «Mane nobiscum Domine». 7 de octubre de 2004. (Ver n.20).

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica. 28 de junio de 2005. «El Sacramento de la Eucaristía» (nn. 271-294. Vern. 283).

Benedicto XVI, Exhortación Apostólica «Sacramentum Caritatis». 22 de febrero de 2007. (Ver: El Espíritu Santo y la Eucaristía, nn. 12-13).

 1 La palabra "vida" aparece 7 veces en Mateo; 4 en Marcos; 5 en Lucas; 36 en Juan; y 13 en 1ª Jn. El verbo "vivir" se encuentra 6 veces en Mateo; 3 en Marcos; 10 en Lucas; y 17 en Juan. El tema de la "vida" es, pues, característico de la literatura de San Juan.

La Eucaristia creída

Dr. José Enrique Aguilar Chiu,

Profesor de la Universidad Fordham, de Nueva York

El tema de la Eucaristía ha sido estudiado y comentado en varias ocasiones en estos últimos años tanto por los Obispos como por el Santo Padre. En abril de 2003, el Papa Juan Pablo II publicó la Encíclica «La Iglesia vive de la Eucaristía» (Ecclesia de Eucharistia). Posteriormente, tuvo lugar el Congreso Eucarístico Internacional de Guadalajara, de Octubre del 2004 [y el Año Eucarístico, que abarcó de ese mes] a octubre del 2005. Al término de ese año, el Sínodo de los Obispos se reunió en Roma para tratar el tema de la Eucaristía, y dejaron al Santo Padre el resultado de sus trabajos y conclusiones. Y fue así como el 15 de mayo de 2007, el Papa Benedicto XVI publicó la Exhortación Apostólica «Sacramento de la Caridad» (Sacramentum Caritatis) haciendo uso de los trabajos de aquel Sínodo.

El título de dicha Exhortación fue escogido por el Papa, inspirado en una definición de Santo Tomás de Aquino sobre la Eucaristía, a la que llamó: «Sacramento de la Caridad» (Sacramentum Caritatis; cf. Suma Teol. III q. 73 a.3). Dicha definición, además de poner de relieve que en la Eucaristía es Cristo el que quiso darnos su amor, facilitaba establecer una continuidad entre esta Exhortación del Santo Padre y su primera Encíclica, titulada «Dios es caridad» (Deus Caritas est, de 25 de diciembre de 2005).

Dicha Exhortación Apostólica sobre la Eucaristía (Sacramentum Caritatis), consta de tres partes:

I. Eucaristía: Misterio que se ha de creer

II. Eucaristía: Misterio que se ha de celebrar

III. Eucaristía: Misterio que se ha de vivir

Estos tres aspectos constituyen el tema del presente IV Congreso Eucarístico Nacional. Y en particular, consideraremos en esta ponencia la primera parte: «La Eucaristía creída»; es decir, la Eucaristía en cuanto objeto de nuestra fe.

Tratando dicho aspecto de la Eucaristía, el Papa propone en su Exhortación ocho temas o ideas a considerar:

1. La fe en la Eucaristía

2. Regalo de Dios

3. El Sacrificio de Jesús

4. El Espíritu Santo

5. La comunidad eclesial

6. Los demás Sacramentos

7. Participación a la gloria futura

8. La Virgen María

En la presente ponencia, consideraremos estos ocho temas, tratando de reflexionar en las ideas propuestas por el Santo Padre ayudándonos de la Sagrada Escritura.

A. La fe en la Eucaristía, Regalo de Dios

Estos dos primeros temas están íntimamente unidos: porque la Eucaristía es Cristo mismo que se da a nosotros, entregándonos su vida divina, esta realidad escapa a nuestra inteligencia y sólo puede ser acogida por la fe.

El carácter de don o regalo de la Eucaristía se desprende de la institución misma de la Eucaristía en la Última Cena. En el Evangelio según San Marcos, leemos que Jesús:

1422 «Tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: «Tomad, éste es mi cuerpo.» 23 Tomó luego una copa… 24 Y les dijo: «Ésta es mi sangre de la Alianza…»» (Mc 14, 22.25).

Según este relato del Evangelista San Marcos, Jesús no nos entregó un regalo como pudiera ser una bendición, un favor o satisfacer una necesidad pasajera, sino que Él mismo se entregó a sus discípulos.

Y para evitar que dichas palabras pudieran ser malentendidas en el sentido de una simple metáfora o comparación: ‘como si comiéramos a Cristo’, el Evangelista San Juan dedicó un capítulo de su Evangelio para desarrollar el tema de Cristo, pan de vida que se da al hombre. Así, leemos en el c. 6:

654 «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y Yo le resucitaré el último día. 55 Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida». (Jn 6, 54-55).

Con dichas palabras, el Evangelista ponía en claro que Jesús no hablaba de manera simbólica, sino real. Y para reafirmar la realidad de tal hecho, San Juan pone en boca de los judíos una objeción que tal vez sería compartida por muchos otros:

652 «Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede Éste darnos a comer su carne?» 60 Muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?»» (Jn 6, 52.60).

Las palabras de Jesús no podían prestarse a un equívoco: Jesús se regalaba a Sí mismo al hombre. Dicha acción de Jesús no podía ser comprendida por la inteligencia, sino sólo a través de la fe. Era por falta de fe que los judíos, al igual que los discípulos de Jesús, se escandalizaban. De hecho, muy probablemente, desde el punto de vista histórico, el milagro de la Multiplicación de los Panes (Jn 6, 1-15) marcó la culminación del éxito humano de Jesús, a tal punto que la gente quiso hacerlo rey (Jn 6, 15a), pero también fue el inicio del abandono de parte de muchos, porque la enseñanza de Jesús era inconcebible (Jn 6, 66-67).

Que la Eucaristía pueda ser acogida sólo por la fe, se enfatiza en la liturgia. En efecto, el sacerdote proclama después de la Consagración: «Éste es el Misterio de la fe».

Este aspecto de fe que reviste el Sacramento de la Eucaristía es ejemplificado muy bien en el relato del Evangelista San Lucas sobre el Nacimiento de Jesús.

Según la Tradición, San Lucas escribió su Evangelio para los cristianos de la gentilidad, es decir, cristianos no judíos y que hablaban griego, el cual era el idioma más conocido en aquel entonces. Otra característica del Evangelio de San Lucas es su interés no sólo por narrar hechos pasados concernientes a la vida de Jesús, sino el hacer notar a su lector cristiano –al cual se dirige bajo el nombre simbólico de «Teófilo», es decir, «amigo de Dios»– que la historia de Cristo no terminó en el Gólgota ni en el sepulcro, ni en el monte de la Ascensión, sino que Cristo sigue presente actuando en medio de los discípulos; por ello decidió acompañar su Evangelio con otro libro: los Hechos de los Apóstoles. Teniendo esto presente, nos detenemos a leer el relato del Nacimiento de Jesús, narrado por San Lucas:

24 «Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, 5 para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. 6 Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, 7 y dio a luz a su Hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento.» (Lc 2, 4-7).

En este bellísimo relato resaltan dos detalles curiosos: Jesús fue «envuelto en pañales» y recostado «en un pesebre». Y decimos que resaltan porque en los versículos sucesivos que narran el anuncio a los pastores se vuelven a repetir, sólo que ahora como señal para los pastores:

210 "El ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: 11 os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo Señor; 12 y esto os servirá de señal: encontraréis un Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre»". (Lc 2, 10-12).

Ya en tiempos antiguos, algunos Padres de la Iglesia, como San Jerónimo, notaban estos dos detalles y lo explicaban como una indicación de la pobreza de Cristo: Jesús no escogió nacer entre oro y plata, sino en un humilde pesebre. (San Jerónimo, Homilía sobre la Natividad).

Pero el hecho de que San Lucas haga referencia por tercera vez al pesebre en el contexto sucesivo indica que, para el Evangelista, dicha circunstancia posee una importancia grande:

215 "Los pastores se decían unos a otros: «Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado».16 Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al Niño acostado en el pesebre". (Lc 2, 15-16).

Dado el interés de San Lucas por actualizar el mensaje del Evangelio para su lector cristiano, es mejor interpretar dicha señal del pesebre como una alusión a la Eucaristía: así como los pastores encontraron a Jesús en un pesebre, es decir el lugar donde se coloca alimento, de igual manera los cristianos encuentran a Cristo en la Mesa Eucarística, como alimento. Ciertamente hay una diferencia entre estas dos situaciones: mientras el pesebre es el lugar donde se pone el alimento para los animales, la Mesa Eucarística es para las personas. Sin embargo, esta diferencia no impide a San Lucas hacer una comparación sugestiva que podríamos llamar mejor: anuncio profético o simbólico.

Prueba de esta conexión entre el pesebre y la Mesa Eucarística se tiene en otros dos indicios del relato de Lucas. En efecto, el Evangelista precisa que Jesús se encuentra en "Belén". Ahora bien, "Belén" significa en Hebreo "casa del pan". Esto refuerza la idea mencionada antes en relación a una alusión sobre la Mesa Eucarística. El otro indicio es la señal de que el Niño está "envuelto en pañales". Dicha circunstancia simboliza muy bien la situación en la que los cristianos encuentran a Cristo en la Eucaristía: a Cristo no se le puede ver como tal, sino sólo bajo la forma del pan; se necesita fe para poder ver a Jesús en el Pan Eucarístico. Este último detalle del relato del Evangelio de Lucas pone de relieve el aspecto de fe que hemos mencionado al inicio. La Eucaristía es el encuentro con Jesús que se nos da, y que se deja ver sólo con los ojos de la fe.

Por ello, los Padres del Concilio de Trento afirmaron que Cristo está verdaderamente, realmente y substancialmente presente en la Eucaristía. La palabra más difícil de entender –y la más importante– es la de «substancialmente». Cristo está presente no por sus «accidentes», sino «substancialmente».

Para explicar lo que significa "substancialmente" podemos decir que, dentro de cada uno de nosotros, en lo más profundo de nuestro ser, está nuestro "yo" que me hace ser lo que soy y no otra cosa. El hecho de que engorde o adelgace, me deje crecer el pelo o no, me broncee o no, son solamente accidentes que no cambian mi ser. Yo sigo siendo yo a pesar de los accidentes. Por eso si encontramos a una persona después de veinte años la reconocemos por su ser, es decir por lo que es "substancialmente" y no por sus accidentes.

En el caso de la Eucaristía, Cristo está presente "substancialmente" es decir en todo su Ser. La substancia del pan y el vino es cambiada por la substancia de Cristo verdadero hombre y verdadero Dios.

B. El Sacrificio Eucarístico

El tercer tema de la exhortación del Papa se refiere al aspecto de sacrificio que reviste la Eucaristía. Si leemos con atención el relato de la Institución de la Eucaristía, encontramos que ésta sucede en el contexto de una cena pascual judía, teniendo la forma de un sacrificio.

Para entender esto, hay que precisar primeramente que un «sacrificio» es un «don» que hacemos a Dios; es la manera humana de «dar» a Dios; damos a Dios algo muy valioso para nosotros, nos desprendemos de ello. Esta disposición natural en el hombre que se dirige hacia Dios se manifestaba de varias formas ya en el antiguo pueblo de Israel. Los israelitas realizaban diversos tipos de sacrificios en los que ofrecían algo a Dios, esperando recibir algo a cambio, como por ejemplo una gracia o ayuda. Así tenían los siguientes sacrificios:

a) Sacrificio de acción de gracias y alabanza

b) Sacrificio de comunión (sellar unión)

c) Sacrificio de expiación (pedir perdón)

d) Sacrificio de conmemoración (memoria y anuncio de liberación)

Ahora bien, en todos estos sacrificios, hay dos cosas muy importantes: Ante todo, el elemento principal no era la víctima ofrecida (cordero, toro, etc.) sino su sangre que era derramada, ya sea sobre el altar, sobre el velo del santuario, o bien sobre la gente. Los israelitas (y muchos otros pueblos de la Antigüedad) pensaban que la cosa más valiosa era la sangre, pues en ella estaba la vida, regalo de Dios.

La segunda cuestión es que la finalidad de ofrecer el sacrificio era llegar a establecer una unión con Dios: Dios «recibía» la sangre y el oferente comía la víctima sacrificada; o bien una parte de la sangre se derramaba sobre el altar (que representaba a Dios) y la otra se derramaba sobre el pueblo que ofrecía el sacrificio. De esta forma, se simbolizaba una unión con la divinidad, y entonces el oferente podía pedir por sus necesidades a Dios, esperando en respuesta la bendición o ayuda divina.

Así por ejemplo leemos en el libro del Éxodo cómo los israelitas celebraron el sacrificio de la ratificación de la Alianza en el monte Sinaí:

245 «Luego mandó a algunos jóvenes, de los israelitas, que ofreciesen holocaustos e inmolaran novillos como sacrificios de comunión para Yahvéh. 6 Tomó Moisés la mitad de la sangre y la echó en vasijas; la otra mitad la derramó sobre el altar. 7 Tomó después el libro de la Alianza y lo leyó ante el pueblo, que respondió: «Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho Yahvéh». 8 Entonces tomó Moisés la sangre, roció con ella al pueblo y dijo: «Ésta es la sangre de la Alianza que Yahvéh ha hecho con vosotros, según todas estas palabras»». (Éx 24, 5-8).

El ritual del sacrifico de la Pascua judía, tal cual era celebrado en la época de Jesús, lo conocemos gracias al tratado «Pesachim» que se encuentra en el libro de la Mishná. Según este tratado, el sacrificio de la Pascua comprendía lo siguiente:

a) Inmolación de los corderos en el Templo

b) La sangre derramada al pie del altar

c) El cordero era asado y comido en las casas

Ahora bien, hay que notar que el Evangelista San Juan, cuando narra la condenación de Jesús, indica que ésta tuvo lugar a «la hora sexta»:

1914 "Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilato a los judíos: «Aquí tenéis a vuestro Rey.» 16 Entonces se lo entregó para que fuera crucificado". (Jn 19, 14.16).

La hora sexta del horario romano corresponde al mediodía de nuestro horario. Y dicha hora era la hora en la que los corderos comenzaban a ser sacrificados en el templo. Es decir, la condenación a muerte de Jesús coincide con la hora en la que se sacrificaban los corderos de la Pascua.

Y para aclarar que la muerte de Jesús se efectúa como el sacrifico del cordero pascual, San Juan añade el detalle de que a Jesús no se le rompió ningún hueso:

1933 «Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas… 36. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: ‘No se le quebrará hueso alguno’». (Jn 19, 33-36; cf. Éx 12, 46).

Es decir, a los ojos del Evangelista San Juan, la muerte de Jesús ocurrió de manera similar a la del sacrificio del cordero pascual.

Antes de ser crucificado, Jesús quiso tener la Última Cena con sus discípulos, instituyendo en ella la Eucaristía:

1422 "Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: «Tomad, éste es mi cuerpo». 23 Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. 24 Y les dijo: «Ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos»". (Mc 14,22-24)

La celebración de la Última Cena fue la oportunidad de Jesús para explicar el sentido de su sacrificio en la Cruz: su sangre que iba a ser derramada sería vertida como sangre de un sacrificio. Es decir, la Institución de la Eucaristía revela el sentido oculto del Calvario. La Eucaristía no se puede separar del Calvario –ni de la Resurrección–, ni el Calvario se puede separar de la Eucaristía, como tampoco podemos separarla de la Resurrección de Cristo.

Ahora bien, cuando nos reunimos los cristianos para celebrar la Eucaristía, se da una «representación» de dicho sacrificio de Cristo. Y esto hay que entenderlo bien. No se trata de una repetición del sacrificio de Cristo, pues dicho sacrificio fue realizado una sola vez. En el Sacrificio Eucarístico se «vuelve a hacer presente» el sacrificio único de Jesús y ello nos da la oportunidad de poder unirnos a dicho sacrificio, al sacrificio de Cristo (cf. Concilio de Trento).

En conclusión, podemos decir que el sacrificio de Cristo es al mismo tiempo un sacrificio de comunión y un sacrificio de liberación:

a) Es un sacrificio de comunión porque la sangre derramada de Jesús en la Cruz, cayó sobre Jesús mismo, el cual une en su persona la humanidad con la divinidad.

En el momento de la Institución de la Eucaristía, Jesús se dirige ante todo al Padre al dar las gracias (de ahí el nombre de «Eucaristía»), pero también a los hombres, al decir a los discípulos: «tomad». Cristo en la Cruz unió la humanidad con la divinidad.

b) Por otro lado, es un sacrificio de liberación, pues no sólo conmemora la liberación de los israelitas de la esclavitud de Egipto, sino que también anuncia la liberación aún mayor del pecado y la muerte. La sangre de Jesús es ofrecida en remisión de nuestros pecados y anuncia al mismo tiempo la Resurrección.

C. La Eucaristía y el Espíritu Santo, el cual realiza la comunidad eclesial

El efecto o resultado de la Eucaristía lo podemos resumir en una palabra: el don de su Espíritu. La presencia del Espíritu Santo asociada a la celebración de la Eucaristía es fundamental. De hecho, antes de la Consagración, en el Misal Romano el sacerdote invoca a Dios para que mande su Santo Espíritu sobre las ofrendas (epíclesis). Y en la Tercera Plegaria Eucarística se dice: «Fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo…».

Ahora bien, si leemos los Evangelios, encontramos que según el Evangelio de San Juan, la finalidad de la glorificación de Jesús era dar el don del Espíritu:

Jn 739 «…aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado» (Jn 7, 39).

Y en la Cruz, los cuatro Evangelistas mencionan que Jesús entrega su Espíritu. Así por ejemplo leemos en el Evangelio según San Juan:

1930 "E inclinando la cabeza, entregó el Espíritu" (Jn 19, 30).

El Evangelista San Juan añade un detalle que no es mencionado por los otros Eangelistas y que es muy importante:

1934 "uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua.36 Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: 37 Mirarán al que traspasaron". (Jn 19, 34.36-37).

Para entender por qué San Juan indica este detalle, hay que considerar lo que dice el libro del profeta Zacarías:

1210 "Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de oración; y mirarán hacia Mí. En cuanto a aquel a quien traspasaron, harán lamentación por él como lamentación por hijo único…".

131 Aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para lavar el pecado y la impureza". (Zac 12, 10; 13,1).

El profeta describe la era mesiánica futura indicando que Dios derramará el Espíritu sobre el pueblo. Al mismo tiempo, el profeta misteriosamente menciona el hecho de que alguien será traspasado y se lamentarán por él. San Juan ve en ese anuncio la lanzada que recibió Jesús. Pero el hecho importante es que al mismo tiempo Dios derrama su Espíritu. Ahora bien, el símbolo preferido de San Juan para designar el Espíritu es el agua. En efecto, en el capítulo 7, San Juan presenta a Jesús proclamando en Jerusalén que sólo Él puede satisfacer la sed del hombre. Y añade:

Jn 738 "«De su seno correrán ríos de agua viva». 39 Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en Él".

De este texto, resulta claro que, para San Juan, el agua es usada como un símbolo del Espíritu.

Y podríamos preguntar: ¿por qué el agua? Porque en la tierra de Israel la cosa más preciada era el agua, pues sin ella no hay vida.

Luego entonces, Sn Juan, al narrar el sacrificio de Jesús en la cruz, da a entender que es en ese momento cuando Jesús nos otorga el Espíritu; su Espíritu.

Los Padres de la Iglesia escribieron unas hermosas reflexiones al respecto: Así como Eva nace del costado de Adán, de igual manera la nueva Eva –a Iglesia– nace del costado del nuevo Adán –Cristo–.

Y el recibir el Espíritu en la Eucaristía tiene como consecuencia, entre otras cosas, realizar la unión del hombre con Cristo. En efecto, en la Eucaristía nos unimos con Cristo, y es el Espíritu quien realiza la unión del cuerpo de Cristo.

Por ello el sacerdote dice en la Segunda Plegaria Eucarística: "Que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo".

D. La Eucaristía y los demás Sacramentos

La Eucaristía posee un lugar privilegiado entre los demás Sacramentos. Ya Santo Tomás de Aquino decía que "La Eucaristía es el Sacramento de los Sacramentos"; y también que "Todos los otros Sacramentos están ordenados a la Eucaristía como a su fin" (Summa Teol. 3, 65, 1).

Si consideramos los Sacramentos, encontramos que cada uno de ellos posee una estrecha relación con la Eucaristía:

a) Por el Bautismo nos revestimos de Cristo y nos unimos a la Iglesia, convirtiéndonos en hijos e hijas de Dios.

b) Por la Confirmación se perfecciona la gracia bautismal y nos unimos más a Cristo y aumentan los dones del Espíritu.

c) Por la Reconciliación se restablece la comunión con Cristo y con la Iglesia.

d) Es en el Matrimonio que el signo del amor de Cristo con su Iglesia se hace presente.

e) Por el Orden Sacerdotal, el sacerdote actúa en representación de Cristo (In persona Christi capitis).

f) Por la Unción de los Enfermos se recibe la ayuda del Espíritu y el enfermo se une a la Pasión de Cristo.

g) Es por la Eucaristía que nos unimos aún más con Cristo, recibiendo su misma vida divina, y nos unimos también a la Iglesia. Por esta razón, la Eucaristía aparece como la plenitud de los demás Sacramentos.

E. La Eucaristía y la vida eterna

La Eucaristía está en estrecha conexión con nuestro destino último: el cielo. En efecto, la Eucaristía nos proporciona el alimento necesario para nuestro camino hacia nuestra morada definitiva.

Hay un relato en el Antiguo Testamento que ilustra muy bien este aspecto de la Eucaristía. Lo encontramos en el Primer Libro de los Reyes; se trata de la historia del profeta Elías, en un momento difícil de su vida. El rey Ajab había jurado acabar con la vida del profeta Elías, y éste tenía miedo. Pero Dios le indicó realizar entonces un gran viaje, hasta el monte Horeb:

194 "Elías caminó por el desierto una jornada de camino, y fue a sentarse bajo una retama. Se deseó la muerte y dijo: «¡Basta ya, Yahvéh! ¡Toma mi vida, porque no soy mejor que mis padres!» 5 Se acostó y se durmió bajo una retama, pero un ángel le tocó y le dijo: «Levántate y come.» 6 Miró y vio a su cabecera una torta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió y bebió y se volvió a acostar. 7 Volvió por segunda vez el ángel de Yahveh, le tocó y le dijo: «Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti». 8 Se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb». (1º Re 19, 4-8).

Así como el pan y el agua que Dios le dio a Elías para su camino, así también el pan y vino eucarísticos nos dan la fuerza necesaria para nuestro caminar por la vida.

Además, la Eucaristía se presenta como una anticipación de la unión perfecta con Cristo en el cielo.

En la Eucaristía, nos unimos por la fe a Cristo.

Como dice San Pablo en su Primera Carta a los Corintios, "Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara" (1ª Cor 13, 12).

F. La Eucaristía y la Virgen María

En María encontramos el modelo a seguir en lo que se refiere a recibir a Cristo. Escribe el Papa Benedicto XVI: "María de Nazaret… es el modelo de cómo cada uno de nosotros está llamado a recibir el don que Jesús hace de Sí mismo en la Eucaristía" (Sacramentum Caritatis, n. 33).

La enseñanza del Santo Padre está en consonancia con lo que dicen los Evangelios. Nos dice San Lucas que, en el momento de la Anunciación, María acogió plenamente la Palabra de Dios, que desde ese momento se encarnaba en Ella:

138 "Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en Mí según tu palabra»". (Lc 1, 38).

Y cuando los pastores fueron a ver al Niño en el pesebre, San Lucas dice:

219 "María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón".

María es ejemplo de cómo debemos adorar y meditar el misterio de Cristo presente en nosotros.

Y en fin, San Juan nos dice que en el momento difícil de la Cruz, cuando Cristo se ofrecía en sacrificio, María estaba junto con Él:

1925 "Junto a la cruz de Jesús estaba su Madre…" (Jn 19, 25).

Así pues, el Papa concluye: "Desde la Anunciación hasta la Cruz, María es aquella que acoge la Palabra que se hizo carne en Ella…" (loc. cit.).

Que María nos enseñe a recibir a Jesús, que es amor, para que teniéndolo dentro de nosotros, nos impulse a amar, servir y proclamar que Jesús Eucaristía sigue amando a través de cada uno de nosotros a la humanidad entera.

La Eucaristia vivida

Óscar Andrés Cardenal Rodríguez Maradiaga, S.D.B.

Arzobispo de Tegucigalpa. Honduras.

Muy queridas hermanas y hermanos: Agradezco inmensamente la invitación a participar en este IV Congreso Eucarístico Nacional "Jesucristo Eucaristía, Don del Padre y Vida para nuestras familias", que se celebra en esta querida Arquidiócesis de Morelia. Saludo con mucho cariño al Sr. Arzobispo Mons. Alberto Suárez Inda y demás hermanos en el Episcopado, y a todas y todos Ustedes.

I. Introducción

La Tercera Parte de la Exhortación Post Sinodal Sacramentum Caritatis se titula: «La Eucaristía: misterio que se ha de vivir".

De allí procede el tema que se me ha asignado:" La Eucaristía vivida".

El Documento de Aparecida, nos invita a ser discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos, en El, tengan Vida.

Por consiguiente la Eucaristía es parte de esta Vida.

Es muy hermosa la cita del Evangelio de San Juan que nos propone el Sínodo sobre la Eucaristía:

«El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come, vivirá por mí» (Jn 6,57).

Comulgando el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo se nos hace partícipes de la vida divina de un modo cada vez más adulto y consciente. (SC 70). San Pablo en la Carta a los Romanos nos exhorta "…por la misericordia de Dios, a presentar nuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es el culto razonable» (Rm 12,1). Se trata de una ofrenda total de la propia persona en comunión con toda la Iglesia. La Liturgia de la Iglesia no es para nada un ritualismo desencarnado. Tiene que ver con la vida de cada día.

El nuevo culto cristiano abarca todos los aspectos de la vida, transfigurándola: « Cuando coman o beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios» (1 Co 10,31). El cristiano está llamado a expresar en cada acto de su vida el verdadero culto a Dios. Por eso la vida cristiana es profundamente eucarística. La Eucaristía, hace posible, día a día, la transfiguración progresiva del ser humano llamado a ser imagen del Hijo de Dios (cf. Rm 8,29 s.). Todo lo que hay de auténticamente humano -pensamientos y afectos, palabras y obras- encuentra en el sacramento de la Eucaristía la forma adecuada para ser vivido en plenitud. Aparece aquí todo el valor antropológico de la novedad radical traída por Cristo con la Eucaristía: el culto a Dios en la vida humana no puede quedar relegado a un momento particular y privado, sino que, por su naturaleza, tiende a impregnar cualquier aspecto de la realidad del individuo. El culto agradable a Dios se convierte así en un nuevo modo de vivir todas las circunstancias de la existencia, en la que cada detalle queda exaltado al ser vivido dentro de la relación con Cristo y como ofrenda a Dios,( Cfr. SC 71) Tomamos entonces como punto de partida 3 elementos básicos:

1. Un nuevo modo de vivir: El encuentro con Cristo en la Eucaristía no es solamente un episodio dentro del contexto de la vida ordinaria, sino un nuevo modo de vivir. Y esta originalidad de la nueva vida del cristiano fue definida por San Ignacio de Antioquía, como "vivir según el Domingo". "Vivir según el domingo» quiere decir vivir conscientes de la liberación traída por Cristo y desarrollar la propia vida como ofrenda de sí mismos a Dios, para que su victoria se manifieste plenamente a todos los hombres a través de una conducta renovada íntimamente" (SC 72). La síntesis entre fe y vida requiere un camino regulado sabiamente por los elementos que caracterizan el itinerario cristiano: la adhesión a la Palabra de Dios; la celebración litúrgica del misterio cristiano especialmente la Eucaristía; la oración personal; la experiencia eclesial auténtica, enriquecida por el particular servicio formativo de prudentes guías espirituales; el ejercicio de las virtudes sociales y el perseverante compromiso de formación cultural y profesional. La Eucaristía abarca todos los aspectos de la vida, transfigurándola.

El cristiano está llamado a expresar en cada acto de su vida el verdadero culto a Dios. De aquí toma forma la naturaleza esencialmente eucarística de la vida cristiana. La Eucaristía, al implicar la realidad humana concreta del creyente, hace posible, día a día, la transfiguración progresiva del ser humano llamado a ser por gracia imagen del Hijo de Dios (cf. Rom 8,29 s.).

La celebración Eucarística nos compromete a dar testimonio con nuestra vida. Nos compromete a ser testigos del amor de Dios que se nos entrega en el Pan de vida. Hay todo un dinamismo de conversión para que en nuestra manera de ser, de actuar y de hablar se vea a Cristo en cada uno de nosotros. Los primeros cristianos no se convertían por las palabras. El cristianismo estaba prohibido oficialmente. Era claro el testimonio: "Miren cómo se aman. Debe valer la pena ser como ellos".

"Se puede decir que el testimonio es el medio con el que la verdad del amor de Dios llega al hombre en la historia, invitándolo a aceptar libremente esta novedad radical. En el testimonio, Dios, por así decirlo, se expone al riesgo de la libertad del hombre. Jesús mismo es el testigo fiel y veraz (cf. Ap 1,5; 3,14) y ha venido para dar testimonio de la verdad" (cf. Jn 18,37)(SC85).

Cuando se descubre y vive la Eucaristía, como misterio de presencia de Cristo acompañando al hombre en el camino de la vida, como misterio de vida entregada por el "Otro" y como servicio humilde y generoso al hermano necesitado, como misterio de comunión que nos hace sentar en la misma mesa superando toda diferencia, resulta fácil descubrir que la Eucaristía es el gran sacramento de la esperanza, anticipo de los bienes definitivos a los que todos aspiramos en lo hondo de nuestro corazón y que esperamos alentados por la fe.

2. Un nuevo modo de anunciar: La Eucaristía y la misión están íntimamente relacionadas. Cuando el cristiano vive el amor a la Eucaristía percibe claramente la misión de llevar a Cristo a los demás. No es sólo una idea o una ética inspirada en Él, sino el don de su misma Persona. Se hace realidad el Amor de Cristo que nos apremia. La Eucaristía, como sacramento de nuestra salvación, nos hace conscientes de que Cristo y la salvación realizada por Él a precio de su sangre son una sola cosa que no podemos dejar de anunciar. No podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en el Sacramento. Éste exige por su naturaleza que sea comunicado a todos. Lo que el mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en Él. Por eso la Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es también de su misión: «Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera». Después de la celebración eucarística, cada uno debería proclamar con su palabra y con su vida: «Esto que hemos visto y oído les anunciamos para que estén unidos con nosotros» (1 Jn 1,3). Verdaderamente, nada hay más hermoso que encontrar a Cristo y comunicarlo a los demás.

Además, la institución misma de la Eucaristía anticipa lo que es el corazón de la misión de Jesús: Él es el enviado del Padre para la redención del mundo (cf. Jn 3,16-17; Rom 8,32). En la última Cena Jesús confía a sus discípulos el Sacramento que actualiza el sacrificio que Él ha hecho de sí mismo en obediencia al Padre para la salvación de todos nosotros.

No podemos acercarnos a la Mesa eucarística sin dejarnos llevar por ese movimiento de la misión que, partiendo del corazón mismo de Dios, tiende a llegar a todas las personas. Así pues, el impulso misionero es parte esencial de la vida eucarística del cristiano.

De la Eucaristía creída y celebrada brota la misión en la vida cuyo centro es el anuncio del Señor Jesús, único Salvador.

3. Un nuevo modo de ver al prójimo y al mundo: La Santa Eucaristía es la entrega de la vida del Señor por todos. Sus palabras son elocuentes: «El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6,51).El Evangelio nos manifiesta la misericordia y el amor que Jesús tiene por cada persona, especialmente por los que sufren y los pecadores (cf. Mt 20,34; Mc 6,54; Lc 9,41).

"Mediante un sentimiento profundamente humano, Él expresa la intención salvadora de Dios para todos los hombres, a fin de que lleguen a la vida verdadera. Cada celebración eucarística actualiza sacramentalmente el don de la propia vida que Jesús ha hecho en la Cruz por nosotros y por el mundo entero. Al mismo tiempo, en la Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la caridad para con el prójimo, que «consiste justamente en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo». (Cfr. Deus Caritas Est ,18). De ese modo, en las personas que encuentro reconozco a hermanos y hermanas por los que el Señor ha dado su vida amándolos «hasta el extremo» (Jn 13,1). Por consiguiente, nuestras comunidades, cuando celebran la Eucaristía, han de ser cada vez más conscientes de que el sacrificio de Cristo es para todos y que, por eso, la Eucaristía impulsa a todo el que cree en Él a hacerse «pan partido» para los demás y, por tanto, a trabajar por un mundo más justo y fraterno.

Pensando en la multiplicación de los panes y los peces, hemos de reconocer que Cristo sigue exhortando también hoy a sus discípulos a comprometerse en primera persona: «denles ustedes de comer» (Mt 14,16). En verdad, la vocación de cada uno de nosotros consiste en ser, junto con Jesús, pan partido para la vida del mundo" (SC 88).

II. Eucaristía y compromiso social

En la Encíclica Deus Caritas Est, el Santo Padre nos recuerda que la unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que Él se entrega. "No puedo tener a Cristo sólo para mí; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos o lo serán» (18). Por eso la Eucaristía nos capacita para nuevos tipos de relaciones sociales.

Nos dice el Documento del Sínodo: "La Eucaristía es sacramento de comunión entre hermanos y hermanas que aceptan reconciliarse en Cristo, el cual ha hecho de judíos y paganos un pueblo solo, derribando el muro de enemistad que los separaba (cf. Ef 2,14). Sólo esta constante tensión hacia la reconciliación permite comulgar dignamente con el Cuerpo y la Sangre de Cristo (cf. Mt 5,23- 24).

"Gracias a las celebraciones eucarísticas, pueblos en conflicto se han podido reunir alrededor de la Palabra de Dios, escuchar su anuncio profético de reconciliación a través del perdón gratuito y recibir la gracia de la conversión que permite la comunión en el mismo pan y en el mismo cáliz" (Proposición 49).

"Cristo, por el memorial de su sacrificio, refuerza la comunión entre los hermanos y, de modo particular, apremia a los que están enfrentados para que aceleren su reconciliación abriéndose al diálogo y al compromiso por la justicia. No hay duda de que las condiciones para establecer una paz verdadera son la restauración de la justicia, la reconciliación y el perdón" (SC89).

Cuando se celebra bien la Eucaristía, se convierte en vida el deseo de transformar las estructuras injustas para que se respete la dignidad de toda persona humana. La Iglesia lucha por la justicia despertando fuerzas espirituales sin las cuales la justicia no puede afirmarse ni prosperar. Por eso el Papa hace un llamado a todos los fieles para que sean realmente operadores de paz y de justicia: "En efecto, quien participa en la Eucaristía ha de empeñarse en construir la paz en nuestro mundo marcado por tantas violencias y guerras, y de modo particular hoy, por el terrorismo, la corrupción económica y la explotación sexual" (ibíd.).

a) Eucaristía y opción preferencial por los pobres: El Señor Jesús, Pan de vida eterna, nos apremia y nos hace estar atentos a las situaciones de pobreza en que se halla todavía gran parte de la humanidad. Son situaciones cuya causa implica a menudo una clara e inquietante responsabilidad por parte de todos.

En su Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, el Papa decía: "Se puede afirmar, sobre la base de datos estadísticos disponibles, que menos de la mitad de las ingentes sumas destinadas globalmente a armamento sería más que suficiente para sacar de manera estable de la indigencia al inmenso ejército de los pobres. Esto interpela a la conciencia humana. Nuestro común compromiso por la verdad puede y tiene que dar nueva esperanza a estas poblaciones que viven bajo el umbral de la pobreza, mucho más a causa de situaciones que dependen de las relaciones internacionales políticas, comerciales y culturales, que por circunstancias incontroladas" (AAS 98,127). Y en el número 90 de la Exhortación Post Sinodal añade: "El alimento de la verdad nos impulsa a denunciar las situaciones indignas del hombre, en las que a causa de la injusticia y la explotación se muere por falta de comida, y nos da nueva fuerza y ánimo para trabajar sin descanso en la construcción de la civilización del amor. Los cristianos han procurado desde el principio compartir sus bienes (cf. Hch 4,32) y ayudar a los pobres (cf. Rm 15,26). La colecta en las asambleas litúrgicas no sólo nos lo recuerda expresamente, sino que es también una necesidad muy actual. Las instituciones eclesiales de beneficencia, en particular Caritas en sus diversos ámbitos, desarrollan el precioso servicio de ayudar a las personas necesitadas, sobre todo a los más pobres. Estas instituciones, inspirándose en la Eucaristía, que es el sacramento de la caridad, se convierten en su expresión concreta; por ello merecen todo encomio y estímulo por su compromiso solidario en el mundo.

Si sabemos orar con el Padre Nuestro diciendo "Danos hoy nuestro Pan de cada día" estamos obligados a colaborar para que cese o al menos disminuya el escándalo del hambre y de la desnutrición que sufren tantos millones de personas. Nos recuerda el Papa Benedicto XVI que "El misterio de la Eucaristía nos capacita e impulsa a un trabajo audaz en las estructuras de este mundo para llevarles aquel tipo de relaciones nuevas, que tiene su fuente inagotable en el don de Dios" (SC 91).

Y se nos recuerda además, que: "El cristiano laico en particular, formado en la escuela de la Eucaristía, está llamado a asumir directamente la propia responsabilidad política y social. Para que pueda desempeñar adecuadamente sus cometidos hay que prepararlo mediante una educación concreta a la caridad y a la justicia. Por eso, como ha pedido el Sínodo, es necesario promover la doctrina social de la Iglesia y darla a conocer en las diócesis y en las comunidades cristianas. En este precioso patrimonio, procedente de la más antigua tradición eclesial, encontramos los elementos que orientan con profunda sabiduría el comportamiento de los cristianos ante las cuestiones sociales candentes. Esta doctrina, madurada durante toda la historia de la Iglesia, se caracteriza por el realismo y el equilibrio, ayudando así a evitar compromisos equívocos o utopías ilusorias" (ibíd).

El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que. La Eucaristía entraña un compromiso en favor de los pobres: Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos (cf Mt 25,40):

"Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano. Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aún así, no te has hecho más misericordioso" (S. Juan Crisóstomo, hom. in 1 Co 27,4) ( 1397).

b) Eucaristía y la salvaguarda del medio ambiente: La relación del hombre con el mundo es un elemento constitutivo de la identidad humana. Se trata de una relación que nace como fruto de la unión, todavía más profunda, del hombre con Dios. El Señor ha querido a la persona humana como su interlocutor: Solo en el diálogo con Dios la criatura humana encuentra la propia verdad, en la que halla inspiración y normas para proyectar el futuro del mundo, un jardín que Dios le ha dado para que sea cultivado y custodiado (cf. Gn 2,15)(Cfr. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia 452).

El ingreso de Jesucristo en la historia del mundo tiene su culmen en la Pascua, donde la naturaleza misma participa del drama del Hijo de Dios rechazado y de la victoria de la Resurrección (cf. Mt 27,45.51; 28,2). Atravesando la muerte e injertando en ella la resplandeciente novedad de la Resurrección, Jesús inaugura un mundo nuevo en el que todo está sometido a Él (cf. 1 Co 15,20-28) y restablece las relaciones de orden y armonía que el pecado había destruido. La conciencia de los desequilibrios entre el hombre y la naturaleza debe ir acompañada de la convicción que en Jesús se ha realizado la reconciliación del hombre y del mundo con Dios, de tal forma que el ser humano, consciente del amor divino, puede reencontrar la paz perdida: «Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo» (2 Co 5,17). La naturaleza, que en el Verbo había sido creada, por medio del mismo Verbo hecho carne, ha sido reconciliada con Dios y pacificada (cf. Col 1,15-20,CDSI 454). Por consiguiente,la creación no es una realidad neutral, mera materia que se puede utilizar indiferentemente siguiendo el instinto humano. Más bien forma parte del plan bondadoso de Dios, por el que todos nosotros estamos llamados a ser hijos e hijas en el Unigénito de Dios, Jesucristo (cf. Ef 1,4-12). La fundada preocupación por las condiciones ecológicas en que se encuentra la creación en muchas partes del mundo encuentra motivos de tranquilidad en la perspectiva de la esperanza cristiana, que nos compromete a actuar responsablemente en defensa de la creación. En efecto, en la relación entre la Eucaristía y el universo descubrimos la unidad del plan de Dios y se nos invita a descubrir la relación profunda entre la creación y la «nueva creación», inaugurada con la resurrección de Cristo, nuevo Adán. En ella participamos ya desde ahora en virtud del Bautismo (cf. Col 2,12 s.), y así se le abre a nuestra vida cristiana, alimentada por la Eucaristía, la perspectiva del mundo nuevo, del nuevo cielo y de la nueva tierra, donde la nueva Jerusalén baja del cielo, desde Dios, «ataviada como una novia que se adorna para su esposo» (Ap 21,2) 92.

Para desarrollar una profunda espiritualidad eucarística que pueda incidir también de manera significativa en el campo social, se requiere que el pueblo cristiano tenga conciencia de que, al dar gracias por medio de la Eucaristía, lo hace en nombre de toda la creación, aspirando así a la santificación del mundo y trabajando intensamente para tal fin. La Eucaristía misma proyecta una luz intensa sobre la historia humana y sobre todo el cosmos.

En esta perspectiva sacramental aprendemos, día a día, que todo acontecimiento eclesial tiene carácter de signo, mediante el cual Dios se comunica a sí mismo y nos interpela. De esta manera, la forma eucarística de la vida puede favorecer verdaderamente un auténtico cambio de mentalidad en el modo de ver la historia y el mundo. La liturgia misma nos educa a todo esto cuando, durante la presentación de las ofrendas, el sacerdote dirige a Dios una oración de bendición y de petición sobre el pan y el vino, «fruto de la tierra», «de la vid» y del «trabajo del hombre». Con estas palabras, además de incluir en la ofrenda a Dios toda la actividad y el esfuerzo humano, el rito nos lleva a considerar la tierra como creación de Dios, que produce todo lo necesario para nuestro sustento" (Cfr. SC 92).

III. El Domingo

Al hablar de la Eucaristía vivida, no podemos dejar de lado la problemática actual referente al Domingo que para muchos bautizados se va desdibujando en el horizonte de una sociedad materialista que vive del comprar y vender. En muchos de nuestros países se vuelve un día más de comercio, o de Centro Comercial o "Shoping Mall" o simplemente de evasión. Sacramentum Caritatis nos dice que" es preciso recordar que el domingo merece ser santificado en sí mismo, para que no termine siendo un día "vacío de Dios".

Pero las estadísticas de participación en la Eucaristía dominical nos revelan que no se ha comprendido plenamente el sentido de "vivir según el Domingo" y se reduce al "precepto dominical".

Indudablemente, la Eucaristía introduce en la vida del ser humano una "novedad radical" (SC 72). Los primeros cristianos se dieron cuenta inmediatamente del gran influjo de la celebración eucarística en su estilo de vida, a tal grado que como dijimos anteriormente, San Ignacio de Antioquía decía que los cristianos son los que "viven según el domingo" (iuxta dominicam viventes).

La costumbre característica de los cristianos de reunirse el primer día después del sábado para celebrar la resurrección de Cristo según el relato de san Justino mártir, es el hecho que define también la forma de la existencia renovada por el encuentro con Cristo. La fórmula de san Ignacio «vivir según el domingo» subraya también el valor de ejemplo que este día santo posee respecto a cualquier otro día de la semana. Su diferencia no está simplemente en dejar las actividades habituales, como una especie de paréntesis dentro del ritmo normal de los días.

Los cristianos siempre han vivido este día como el primero de la semana, porque en él se hace memoria de la novedad radical traída por Cristo. El domingo es el día en que el cristiano encuentra esa forma eucarística de su existencia y a la que está llamado a vivir constantemente. «Vivir según el domingo» quiere decir vivir conscientes de la liberación traída por Cristo y desarrollar la propia vida como ofrenda de sí mismos a Dios, para que su victoria se manifieste plenamente a todos los hombres a través de una conducta renovada íntimamente" (SC 72).

Los Padres Sinodales señalaron muy acertadamente, que "la vida de fe peligra cuando ya no se siente el deseo de participar en la Celebración eucarística, en que se hace memoria de la victoria pascual. Participar en la asamblea litúrgica dominical, junto con todos los hermanos y hermanas con los que se forma un solo cuerpo en Jesucristo, es algo que la conciencia cristiana reclama y que al mismo tiempo la forma. Perder el sentido del domingo, como día del Señor para santificar, es síntoma de una pérdida del sentido auténtico de la libertad cristiana, la libertad de los hijos de Dios.

Con frecuencia escuchamos: Yo no voy a Misa porque no siento", y esta es una realidad que refleja nuevos problemas del mundo de hoy. Avanza un cristianismo ambiguo de «sentirse bien» que ha dejado entrar al hedonismo en la vida interior y vive centrado en el yo, en una búsqueda light de la felicidad, del «vuelo» que busca euforia; un cristianismo que busca lo excitante, vivir en la cresta de la ola; que huye del sufrimiento y se encuentra desarmado ante él cuando llega. Pero la vida espiritual no es un sustituto de la cocaína ni de ningún otro estimulante.

Para este cristianismo emotivo, «Dios quiere que nos sintamos bien; si no nos sentimos bien, eso no debe de ser voluntad de Dios»; es un «cristianismo» incapaz de compromisos estables, pues lo subordina todo al cambiante bienestar individual. Muchas veces decir «es que no siento nada...», «no me siento bien»... es no sólo el comienzo, o la razón de un abandono de los compromisos.

Si se trata de «sentirse bien», eso lo puede producir la Eucaristía o ir de excursión a la montaña, la reunión de la comunidad o salir con los amigos, hacer un rato de oración o ver una película... En realidad, el «cristianismo emocional» es un «cristianismo insuficiente y tiene un déficit cristológico, pues no encuentra la salvación en la cruz de Cristo. Hoy se saluda con gozo ingenuo el que la búsqueda de espiritualidad de nuestros días «trascienda» Iglesias y religiones. Dada la exacerbación del sentimiento individual, la mayor parte de las veces sería más justo decir que esta búsqueda no es que trascienda, sino que no llega ni a Iglesia ni a religión, pues se aísla en la soledad del propio corazón.

No se trata entonces de "sentir" sino de vivir. Por eso los Padres sinodales, conscientes de este nuevo principio de vida que la Eucaristía pone en el cristiano, han reafirmado la importancia del precepto dominical para todos los fieles, como fuente de libertad auténtica, para poder vivir cada día según lo que han celebrado en el «día del Señor» (SC 73).

Ya nos lo decía el Papa Juan Pablo II, Siervo de Dios en su carta "Dies Domini", que el Domingo para los cristianos es:

a) Día del Señor: con referencia a la obra de la Creación,

b) Día de Cristo: como día de la nueva creación y del don del Espíritu Santo que hace el Señor Resucitado.

c) Día de la Iglesia: como día en que la comunidad cristiana se congrega para la celebración.

d) Día del ser humano: como día de alegría, descanso y caridad fraterna.

Por tanto, este día se muestra como fiesta primordial en la que cada fiel, en el ambiente en que vive, puede ser anunciador y custodio del sentido del tiempo. En efecto, de este día brota el sentido cristiano de la existencia y un nuevo modo de vivir el tiempo, las relaciones, el trabajo, la vida y la muerte. Por tanto, es bueno que en el día del Señor los grupos eclesiales organicen en torno a la Celebración eucarística dominical manifestaciones propias de la comunidad cristiana: encuentros de amistad, iniciativas para formar la fe de niños, jóvenes y adultos, peregrinaciones, obras de caridad y diversos momentos de oración (Proposición 30).

A este respecto me parece muy importante citar textualmente el número 74 de Sacramentum Caritatis: "Es particularmente urgente en nuestro tiempo recordar que el día del Señor es también el día de descanso del trabajo. Esperamos con gran interés que la sociedad civil lo reconozca también así, a fin de que sea posible liberarse de las actividades laborales sin sufrir por ello perjuicio alguno. En efecto, los cristianos, en cierta relación con el sentido del sábado en la tradición judía, han considerado el día del Señor también como el día del descanso del trabajo cotidiano. Esto tiene un significado propio, al ser una relativización del trabajo, que debe estar orientado al hombre: el trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo. Es fácil intuir cómo así se protege al hombre en cuanto se emancipa de una posible forma de esclavitud. Como he tenido ocasión de afirmar, «el trabajo reviste una importancia primaria para la realización del hombre y el desarrollo de la sociedad, y por eso es preciso que se organice y desarrolle siempre en el pleno respeto de la dignidad humana y al servicio del bien común. Al mismo tiempo, es indispensable que el hombre no se deje dominar por el trabajo, que no lo idolatre, pretendiendo encontrar en él el sentido último y definitivo de la vida». En el día consagrado a Dios es donde el hombre comprende el sentido de su vida y también de la actividad laboral".

IV. Eucaristia y Santidad

La Eucaristía es el origen de toda forma de santidad, y todos nosotros estamos llamados a la plenitud de vida en el Espíritu Santo. ¡Cuántos santos han hecho auténtica la propia vida gracias a su piedad eucarística! La santidad ha tenido siempre su centro en el sacramento de la Eucaristía.

Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica que «Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman...a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los llamó; y a los que llamó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a esos también los glorificó» (Rom 8, 28-30)(2012).

Por consiguiente: «Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad» (LG 40). Todos son llamados a la santidad: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48): Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen, y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre.

De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos (LG 40). El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama «mística», porque participa en el misterio de Cristo mediante los sacramentos especialmente en la Eucaristía, -»los santos misterios»- y, en él, en el misterio de la Santa Trinidad.

Dios nos llama a todos a esta unión íntima con él, aunque gracias especiales o signos extraordinarios de esta vida mística sean concedidos solamente a algunos para así manifestar el don gratuito hecho a todos (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica 2012-2014).

Por eso, es necesario que en la Iglesia se crea realmente, se celebre con devoción y se viva intensamente este santo Misterio. El don de sí mismo que Jesús hace en el Sacramento memorial de su pasión, nos asegura que el culmen de nuestra vida está en la participación en la vida trinitaria, que en Él se nos ofrece de manera definitiva y eficaz. La celebración y adoración de la Eucaristía nos permiten acercarnos al amor de Dios y adherirnos personalmente a él hasta unirnos con el Señor amado. El ofrecimiento de nuestra vida, la comunión con toda la comunidad de los creyentes y la solidaridad con cada hombre, son aspectos imprescindibles del culto espiritual, santo y agradable a Dios (cf. Rm 12,1), en el que toda nuestra realidad humana concreta se transforma para su gloria.

El Papa nos invita a poner la máxima atención en la promoción de una espiritualidad cristiana auténticamente eucarística. "Que los presbíteros, los diáconos y todos los que desempeñan un ministerio eucarístico, reciban siempre de estos mismos servicios, realizados con esmero y preparación constante, fuerza y estímulo para el propio camino personal y comunitario de santificación. Exhorto a todos los laicos, en particular a las familias, a encontrar continuamente en el Sacramento del amor de Cristo la fuerza para transformar la propia vida en un signo auténtico de la presencia del Señor resucitado. Pido a todos los consagrados y consagradas que manifiesten con su propia vida eucarística el esplendor y la belleza de pertenecer totalmente al Señor" (SC 94).

V. La coherencia eucarística

Un problema actual se ha planteado con personas que intervienen en lo social o en lo político en contradicción con el Magisterio de la Iglesia. A veces se escuchan en los medios de comunicación, personas que dicen "Yo soy católico pero votaré a favor del aborto". El daño que hacen es muy grande sobre todo si después desean recibir la Comunión como si sus actos públicos no estuviesen dañando la comunidad.

A este respecto, el Sínodo sobre la Eucaristía nos recuerda la "coherencia" a la cual está llamada objetivamente nuestra vida. "El culto agradable a Dios nunca es un acto meramente privado, sin consecuencias en nuestras relaciones sociales: al contrario, exige el testimonio público de la propia fe. Obviamente, esto vale para todos los bautizados, pero tiene una importancia particular para quienes, por la posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas. Estos valores no son negociables. Así pues, los políticos y los legisladores católicos, conscientes de su grave responsabilidad social, deben sentirse particularmente interpelados por su conciencia, rectamente formada, para presentar y apoyar leyes inspiradas en los valores fundados en la naturaleza humana. Esto tiene además una relación objetiva con la Eucaristía (cf. 1 Co 11,27-29). Los Obispos han de llamar constantemente la atención sobre estos valores. Ello es parte de su responsabilidad para con la grey que se les ha confiado" (Cfr. SC 83). Para evitar esas incoherencias es necesario que los fieles cristianos puedan comprender más profundamente las relaciones entre la Eucaristía y la vida cotidiana. "La espiritualidad eucarística no es solamente participación en la Misa y devoción al Santísimo Sacramento. Abarca la vida entera" (SC 77). Uno de los efectos más graves de la secularización consiste en haber relegado la fe cristiana al margen de la existencia, como si fuera algo inútil respecto al desarrollo concreto de la vida de los hombres. El fracaso de este modo de vivir «como si Dios no existiera» es evidente. Por eso se necesita redescubrir que Jesucristo no es una simple convicción privada o una doctrina abstracta, sino una persona real cuya entrada en la historia es capaz de renovar la vida de todos. Por eso la Eucaristía, como fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia, se tiene que traducir en una espiritualidad, en una vida «según el Espíritu».

VI. Una vida eucariística con María

Cuando nació Jesús, los magos de Oriente acudieron a Belén y «vieron al Niño con María su Madre» (Mt 2, 11). Al inicio de la vida pública, en las bodas de Caná, cuando el Hijo de Dios realizó el primero de sus signos, suscitando la fe de los discípulos (Jn 2, 11), es María la que interviene y orienta a los servidores hacia su Hijo con estas palabras: « Haced lo que él os diga » (Jn 2, 5). A este respecto, he escrito en otra ocasión: «La Madre de Cristo se presenta ante los hombres como portavoz de la voluntad del Hijo, indicadora de aquellas exigencias que deben cumplirse para que pueda manifestarse el poder salvífico del Mesías». Por eso, María es un camino seguro para encontrar a Cristo. La piedad hacia la Madre del Señor, cuando es auténtica, anima siempre a orientar la propia vida según el espíritu y los valores del Evangelio (Cfr. EA 11).

¿Cómo no poner de relieve el papel que la Virgen tiene respecto a la Iglesia peregrina en América, en camino al encuentro con el Señor? En efecto, la Santísima Virgen, «de manera especial, está ligada al nacimiento de la Iglesia en la historia de…los pueblos de América, que por María llegaron al encuentro con el Señor».

En todas las partes del Continente la presencia de la Madre de Dios ha sido muy intensa desde los días de la primera evangelización, gracias a la labor de los misioneros. En su predicación, «el Evangelio ha sido anunciado presentando a la Virgen María como su realización más alta. Desde los orígenes —en su advocación de Guadalupe— María constituyó el gran signo, de rostro maternal y misericordioso, de la cercanía del Padre y de Cristo, con quienes ella nos invita a entrar en comunión ».

La aparición de María a San Juan Diego en la colina del Tepeyac, el año 1531, tuvo una repercusión decisiva para la evangelización. Este influjo va más allá de los confines de la nación mexicana, alcanzando todo el Continente. Y América, que históricamente ha sido y es crisol de pueblos, ha reconocido «en el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac,…en Santa María de Guadalupe,… un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada». Por eso, no sólo en el Centro y en el Sur, sino también en el Norte del Continente, la Virgen de Guadalupe es venerada como Reina de toda América.

A lo largo del tiempo ha ido creciendo cada vez más en los Pastores y fieles la conciencia del papel desarrollado por la Virgen en la evangelización del Continente. En la oración compuesta para la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para América, María Santísima de Guadalupe es invocada como «Patrona de toda América y Estrella de la primera y de la nueva evangelización». Nos dijo el Papa Juan Pablo II: "Abrigo en mi corazón la firme esperanza de que ella, a cuya intercesión se debe el fortalecimiento de la fe de los primeros discípulos (cf. Jn 2, 11), guíe con su intercesión maternal a la Iglesia en este Continente, alcanzándole la efusión del Espíritu Santo como en la Iglesia naciente (cf. Hch 1, 14), para que la nueva evangelización produzca un espléndido florecimiento de vida cristiana.

De Ella hemos de aprender a convertirnos en personas eucarísticas y eclesiales para poder presentarnos también nosotros, según la expresión de san Pablo, «inmaculados» ante el Señor, tal como Él nos ha querido desde el principio (cf. Col 1,21; Ef 1,4). (256)

VII. Una pedagogía para resucitar muertos

En el tiempo pascual, estamos muy familiarizados con el episodio de los discípulos de Emaús. Ellos estaban realmente muertos en su Fe. Su única decisión fue volver a la vida pasada, y olvidarse del discipulado. Pero el Señor se hace presente aún cuando caminamos de retroceso. El método que utilizó Jesús resucitado para resucitarles fue precisamente la Eucaristía. El Pan de la Palabra y el Pan de Vida hicieron el milagro de devolverles la Fe y de hacerles misioneros para sus hermanos. Es lo que quiere hacer el Señor cada Domingo. Por eso no se puede descuidar la Eucaristía dominical especialmente ahora cuando nuestros obispos nos piden en Aparecida una gran misión continental. Sin una eucaristía vivida será imposible resucitar a la fe y ser misioneros para que nuestros pueblos tengan vida y vida en abundancia.

Muchas gracias.

"La Eucaristía celebrada"

Emilio Berlie Belaunzarán,

Arzobispo de Yucatán,

Presidente de la Dimensión Congresos Eucarísticos
de la Comisión Episcopal de Pastoral Litúrgica, de la CEM

Excelentísimo Sr. Arzobispo Mons. Piero Marini, Presidente de la Pontificia Comisión para los Congresos Eucarísticos Internacionales,

Excelentísimo Mons. Alberto Suárez Inda, Arzobispo de Morelia,

Excelentísimos Señores Arzobispos y Obispos,

Queridos Sacerdotes,

Hermanos de los Institutos de Vida Consagrada,

Hermanos todos en el Corazón Inmaculado de Cristo:

Iniciamos esta mañana contemplando la Sagrada Eucaristía como "Misterio que se ha de celebrar". El Dr. José Enrique Aguilar Chiu y Su Eminencia el Cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga, Arzobispo de Tegucigalpa, Honduras, tuvieron a su cargo sendas partes del documento pontificio, de modo que conmigo concluimos el estudio y reflexión de la enseñanza del Papa.

Introducción

Quiero iniciar mi conferencia compartiendo con ustedes una crónica del año 304. A principios de ese siglo iv, un grupo de cristianos de Abitinia, en el norte de África, fueron sorprendidos cuando se hallaban reunidos en casa de uno de ellos, contra las órdenes expresas del emperador Diocleciano, celebrando la Eucaristía dominical.

Eran un sacerdote –Saturnino– y casi cincuenta cristianos más, entre ellos varios jóvenes y niños, y también varias personas importantes de la sociedad, como el senador Dativo. El proceso judicial contra ellos ha quedado registrado minuciosamente en unas Actas que transmiten los diálogos entre cada uno de ellos y los jueces que querían hacerles declarar su culpabilidad. Todos murieron, en medio de tormentos.

El cronista relata lo siguiente:

«Fueron presentados al Procónsul por los oficiales del Tribunal. Se le informó que se trataba de un grupo de cristianos que fueron sorprendidos celebrando una reunión de culto con sus misterios. El primero de los mártires torturados, Télica, gritó:

–Somos cristianos: por eso nos hemos reunido.

El Procónsul le preguntó:

–¿Quién es, junto contigo, cabeza de vuestras reuniones?

El mártir respondió con voz clara:

–El presbítero Saturnino y todos nosotros.

Victoria, una de las cristianas declaró:

–Todo lo que he hecho, lo he hecho espontáneamente y por mi propia voluntad. Sí, yo he asistido a la reunión y he celebrado los misterios del Señor con mis hermanos, porque soy cristiana.

El presbítero Saturnino, experimentando las torturas en su cuerpo, fue llevado delante del Procónsul, que le dijo:

–Tú has obrado contra el mandato de los Emperadores reuniendo a todos éstos.

Saturnino, lleno del Espíritu, le respondió:

–Hemos celebrado tranquilamente el Día del Señor, porque la celebración del Día del Señor no puede omitirse.

Mientras atormentaban al sacerdote, saltó Emérito, un lector:

–Yo soy el responsable, pues las reuniones se han celebrado en mi casa. Y lo hemos hecho porque el Día del Señor no puede omitirse: así lo manda la ley.

El Procónsul le preguntó:

–¿En tu casa se han tenido estas reuniones? ¿Por qué les permitiste entrar?

–Porque son mis hermanos y no podía impedírselo.

–Pues tu deber era impedírselo, dijo el Procónsul.

–No me era posible, pues nosotros no podemos vivir sin celebrar el Misterio del Señor.

Asimismo varios de los cristianos salieron a declarar:

–Nosotros somos cristianos, y no podemos guardar otra ley que la ley santa del Señor.

El Procónsul les dijo:

–No os pregunto si sois cristianos, sino si habéis celebrado reuniones.

El autor de la crónica comenta a este punto: "Necia y ridícula pregunta del juez. Como si el cristiano pudiera pasar sin celebrar el Día del Señor. ¿Ignoras, Satanás, que el cristiano está cimentado en la celebración del Día del Señor?

Un joven, Félix, dio valiente testimonio:

–Yo celebré devotamente los misterios del Señor, y me junté con mis hermanos, porque soy cristiano.

Un niño, Hilariano, sin miedo a los tormentos, también dijo:

–Yo soy cristiano, y espontáneamente y por propia voluntad asistí a la reunión, junto a mi padre y mis hermanos…»2 .

Hasta aquí el relato del cronista…

La segunda parte de la Exhortación Apostólica postsinodal "Sacramentum Caritatis" se refiere concretamente al "arte de celebrar rectamente" y a "la participación plena, activa y fructuosa de todos los fieles". Eso quiere decir que para propiciar y favorecer la participación de todos los fieles en la celebración de la Santa Misa, es necesaria "la adecuada celebración del rito", es decir, que los ministros celebren correctamente obedeciendo fielmente las normas litúrgicas, "pues es precisamente este modo de celebrar lo que asegura desde hace dos mil años la vida de fe de todos los creyentes".

La Eucaristía merece, pues, toda la atención de los participantes ya que, al celebrar dignamente la Liturgia se permite a todos los fieles entrar en contacto con el Misterio Pascual, tal como la Iglesia lo considera, lo vive y lo ofrece. Una Proposición del Sínodo de los Obispos afirma: "Una auténtica acción litúrgica expresa el carácter sagrado del misterio eucarístico. Éste debería transparentarse en las palabras y en las acciones del sacerdote celebrante, mientras intercede ante Dios Padre".

Por lo tanto, "Obispos, sacerdotes y diáconos -cada uno según su propio grado- han de considerar la celebración como su deber principal".

1. El arte de celebrar

Ahora bien, ¿por qué se ocupa el Papa del decoro en la celebración Eucarística? Por una razón muy obvia: Porque "al dar a la Eucaristía todo el relieve que merece, y poniendo todo esmero en no infravalorar ninguna de sus dimensiones o exigencias, somos realmente conscientes de la magnitud de este don".

Por lo tanto, el arte de celebrar exige belleza, elegancia, armonía, orden, gracia, sabiendo que la belleza de la liturgia no depende de los que la presiden, "sino más bien de la misma hermosura de Dios".

En su carta de 1999 a los artistas, el Papa Juan Pablo II dijo que, "para transmitir el mensaje que Cristo le ha confiado, la Iglesia tiene necesidad del arte. En efecto, debe hacer perceptible, más aún, fascinante en lo posible, el mundo del espíritu, de lo invisible, de Dios. Debe acuñar en fórmulas significativas lo que en sí mismo es inefable".

Esta expresión del arte durante la celebración eucarística requiere "de una serie de expresiones externas, orientadas a evocar y subrayar la magnitud del acontecimiento que se celebra. De aquí nace el proceso que ha llevado progresivamente a establecer una especial reglamentación de la liturgia eucarística"10 .

2. Responsables del "ars celebrandi»

¿Quiénes son los responsables de confeccionar con decoro y belleza la celebración eucarística? En primer lugar, dice el Papa, los "Obispos, sacerdotes y diáconos -cada uno según su propio grado- han de considerar la celebración como su deber principal"11 . Porque ellos celebran "in persona Christi".

Así lo explicó el Papa Juan Pablo II: "Se comprende la gran responsabilidad que en la celebración eucarística tienen principalmente los sacerdotes porque a ellos les compete presidirla in persona Christi, dando un testimonio y un servicio de comunión, no sólo a la comunidad que participa directamente en la celebración, sino también a la Iglesia universal a la cual la Eucaristía hace referencia"12 .

Lo que significa "in persona Christi" el Papa Wojtyla ya lo había explicado en su carta Dominicae Cenae: "Más que ‘en nombre de’ se refiere a la identificación específica, sacramental con el "Sumo y Eterno Sacerdote", que es el autor y sujeto principal de éste su propio sacrificio…"13 .

Por lo tanto, se deben observar y cumplir "con gran fidelidad las normas litúrgicas en la celebración eucarística. Son una expresión concreta de la auténtica eclesialidad de la Eucaristía; éste es su sentido más profundo. La liturgia nunca es propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en que se celebran los Misterios. El apóstol Pablo tuvo que dirigir palabras duras a la comunidad de Corinto a causa de faltas graves en su celebración eucarística, que llevaron a divisiones y a la formación de facciones14 . También en nuestros tiempos, la obediencia a las normas litúrgicas debería ser redescubierta y valorada como reflejo y testimonio de la Iglesia Una y Universal, que se hace presente en cada celebración de la Eucaristía. El sacerdote que celebra fielmente la Misa según las normas litúrgicas y la comunidad que se adecúa a ellas, demuestran de manera silenciosa -pero elocuente- su amor por la Iglesia".

Esto mismo fue señalado hace mucho tiempo por el Papa Inocencio I en el siglo V: "Si los que participan del sacerdocio estuvieran decididos a guardar en su integridad las instituciones de la Iglesia, tal como han sido transmitidas por los santos apóstoles, no habría ninguna divergencia, ninguna variación en los ritos y en las oraciones litúrgicas. Pero desde el momento que para cada uno, ya no es la tradición, sino su propio juicio el que es la regla que hay que observar, se sigue que se manifiestan diferencias en los distintos lugares o Iglesias, en materia de disciplina o de liturgia; y esto es un escándalo para el pueblo…"15 .

3. Preparar la celebración

Así pues, la acción litúrgica implica un momento antecedente de preparación de todos aquellos aspectos que son necesarios para una adecuada celebración: el tiempo y el lugar, la palabra y los signos, y sobre todo los diversos «personajes» que intervienen en la celebración.

3.1. El tiempo y el lugar

Aun siendo conscientes de que el tiempo de la celebración eucarística, sobre todo dominical, es muy diverso según el tipo de comunidad, los lugares y las situaciones, me parece que una buena concreción del tiempo u hora de celebración, así como de la frecuencia y ritmo, contribuyen a una mejor participación. Para ello pueden tenerse en cuenta los siguientes criterios16 :

§ momentos de mayor descanso y fiesta de la comunidad;

§ número de fieles;

§ horario de la sociedad civil;

§ estación y climatología;

§ tiempo de vacaciones o de trabajo.

Más determinante es, sin duda, la elección, ordenación y preparación del lugar donde se va a celebrar: iglesia, capilla o al aire libre17 . El «escenario» es importante tanto desde el punto de vista humano y social, como espiritual, litúrgico y estético. Por eso, el que la colocación, ordenación y dignidad de los elementos externos sea adecuado, no es algo secundario sino principal.

Es lo que viene exigido del altar, de la sede, del ambón, del coro, del baptisterio, del lugar penitencial, de los demás elementos necesarios para la celebración (cruz, vinajeras, velas…) u ornamentales (flores y símbolos diversos). El cuidado y ordenación de estos elementos debe hacerse sobre todo en función de la celebración de que se trata: liturgia de la Palabra, lucernario, vigilia, bautismo, penitencia, matrimonio, unción… y sobre todo: eucaristía18 .

3.2. La preparación del sacerdote que preside la celebración

El sacerdote no es todo en la celebración de la eucaristía, pero sin él no hay celebración del Sacramento, y sin el cumplimiento de su función tampoco habrá eucaristía viva. Ya señalé anteriormente que su ministerio es importante, por el ritmo y armonía que imprime a la celebración, por la vida que se manifiesta, por la participación y comunicación que establece. Para revisar y ayudar a su preparación, recordemos algunos aspectos.

Creemos que la preparación espiritual y «psicológica» tiene gran importancia. Por dicha preparación se concentra y toma conciencia de la función que le compete como "alter Christus"; interioriza y profundiza en el mensaje que debe expresar y comunicar. El silencio antes de la celebración es importante19 .

Junto a esto, es evidente que el sacerdote necesita una preparación «técnica y seria» de la celebración y de todos los elementos que más directamente le competen. Esto supone:

1. que lea y estudie con antelación los textos y elementos de la celebración del día y prepare la homilía20 ;

2. que, teniendo en cuenta las circunstancias y características de la asamblea, elija y adapte los elementos que se permiten y requieren;

3. que vigile y cuide que esté todo dispuesto y ordenado para el desarrollo de la celebración;

4. que promueva y anime la preparación del grupo de responsables, que van a ejercer los diversos servicios y ministerios;

5. que ofrezca a la comunidad los medios para que ella misma prepare la celebración: hojas con las lecturas, o algún otro texto ilustrativo en relación con la fiesta.

3.3. La preparación de los que desempeñan servicios y ministerios

En cuanto a los «animadores» de la celebración, también de ellos depende que ésta exprese más y mejor su belleza y virtud evangelizadora, llegando al corazón de la misma asamblea. Pero esto exige una esmerada y seria preparación, no sólo de cada uno en particular, sino de todo el conjunto21 .

3.4. La preparación de la asamblea

También la asamblea debe ser preparada a la celebración eucarística. A continuación sugiero los siguientes medios y actividades:

§ En las parroquias que disponen de una «hoja parroquial» se podrían incluir las citas de las lecturas del domingo siguiente, la indicación del tema central del domingo, un breve comentario de aplicación a la realidad, la misma oración del domingo u otra que interiorice el sentido de lo que se celebra22 , un texto del Concilio Vaticano II o de algún documento del Magisterio, o de algún autor conocido en relación con el tema.

§ Otra posibilidad de preparación durante la semana sería ofrecer unas «jornadas» o conferencias de profundización en el sentido de la eucaristía y su importancia en la vida del cristiano; algún acto de culto a la eucaristía fuera de la misa (v.gr. exposición del Santísimo…); reflexión y preparación especial cuando llegan celebraciones especiales como la primera comunión, la solemnidad del Corpus Christi, etc.

4. El arte de celebrar con decoro

La pastoral en la celebración de la eucaristía consiste en la realización adecuada de los diversos elementos de la acción celebrativa, y en la participación armónica de todos los que celebran, realizando cada uno aquello que le pertenece según su servicio o ministerio23 . Al respecto dice el Papa Juan Pablo II: «¡Gran misterio la Eucaristía! Misterio que ante todo debe ser celebrado bien. Es necesario que la Santa Misa sea el centro de la vida cristiana y que en cada comunidad se haga lo posible por celebrarla decorosamente, según las normas establecidas, con la participación del pueblo, la colaboración de los diversos ministros en el ejercicio de las funciones previstas para ellos, y cuidando también el aspecto sacro que debe caracterizar la música litúrgica»24 .

4.1. Realización adecuada de las diversas partes de la celebración

La eucaristía tiene una estructura que se compone de diversos elementos y partes, y tiene como objetivo fundamental el que todos, «ministros y fieles, participando cada uno a su manera, saquen de ella con más plenitud los frutos para cuya consecución instituyó Cristo Nuestro Señor el sacrificio eucarístico»25 .

Esta estructura, lejos de ser una realidad «muerta y estática», quiere ser una realidad viva y dinámica, al servicio de una plena participación: pues los frutos que se esperan sólo se podrán «conseguir si, mirando a la naturaleza y demás circunstancias de cada asamblea, toda la celebración se dispone de modo que favorezca la consciente, activa y plena participación de los fieles, es decir, esa participación de cuerpo y alma, ferviente de fe, esperanza y caridad, que es la que la Iglesia desea de ella, la que reclama la naturaleza misma de la celebración, y a la que tiene derecho y deber, por fuerza de su bautismo, el pueblo cristiano»26 .

Esta excelente visión de la «Institución General del Misal Romano», nos da la clave para una correcta interpretación del sentido de la estructura de la Misa: se trata de una ordenación fundamental, en correspondencia con su sentido, naturaleza, y permanente configuración histórica; que debe disponerse y adaptarse a las peculiaridades de cada asamblea, en orden a la plena participación. Esto supone que «sean seleccionadas y ordenadas las formas y elementos que la Iglesia propone y que, según las circunstancias de personas y lugares, favorezcan más directamente la activa y plena participación de los fieles, y respondan mejor a su aprovechamiento espiritual27 .

Pero, para que esta selección, ordenación o adaptación sean realizadas debidamente, es preciso conocer y valorar bien cada una de las partes de la misa, su función y su valor, de modo que a cada una se le dé la importancia y relevancia que le corresponde28 . Esas partes son: «La Liturgia de la Palabra y la Liturgia eucarística, tan estrechamente unidas entre sí que constituyen un solo acto de culto, ya que en la Misa se dispone la mesa, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo en la que los fieles encuentran el mensaje y el alimento cristiano. Otros ritos pertenecen a la apertura y conclusión de la celebración».

a) Ritos de apertura

Los ritos iniciales y el «rito penitencial» no deben descuidarse porque están destinados a «hacer que los fieles reunidos constituyan una comunidad y se dispongan a oír como conviene la Palabra de Dios y a celebrar dignamente la Eucaristía»29 .

Los elementos que pueden ayudar a mejorar la realización de estos ritos son, por ejemplo:

§ la correcta disposición de los asientos y de la asamblea;

§ el gesto de «recepción» a los miembros de la asamblea, especialmente a los más necesitados30 ;

§ una monición introductoria apropiada y bien preparada;

§ la solemne y digna realización de la procesión de entrada con todos los elementos propios: monaguillos, cruz, velas, incienso31 ;

§ la preparación y animación de la asamblea con el canto32 ;

§ la utilización de la variedad de formas que ofrece la Iglesia para el saludo33  y el rito penitencial;

§ la creación de un ambiente festivo y gozoso, que haga sentirse a los participantes estar reunidos en la fe y el amor.

b) Liturgia de la Palabra

En cuanto a la liturgia de la Palabra, también pueden recordarse algunos elementos que contribuyen a darle una mayor aplicación pastoral y densidad evangelizadora. Por ejemplo:

§ el instruir al permanentemente pueblo acerca de la importancia de llegar, escuchar, entender y vivir la Palabra que se proclama;

§ el disponer de unos medios de sonido que faciliten a todos el escuchar, atender y entender el mensaje;

§ el preparar y elegir excelentes lectores y lectoras que proclamen bien la Palabra de Dios;

§ el solemnizar la proclamación del evangelio;

§ la homilía del que preside;

§ la proclamación solemne del símbolo de la fe34 ;

§ la «oración de los fieles», debidamente participada y expresión de las necesidades del pueblo.

Todos estos elementos, realizándose adecuadamente, implican una carga de evangelización y educación en la fe y destacan la calidad pastoral mistagógica de la eucaristía.

c) Liturgia eucarística

En lo referente a la liturgia eucarística debemos mencionar:

1. la «preparación y presentación» de los dones35 ;

2. la «colecta» como signo por el que se expresa de forma especial la caridad real, la preocupación y solidaridad con los necesitados, y el compromiso por luchar en la vida a favor de la justicia36 .

Durante la «plegaria eucarística», la mejor «pastoral» que se puede esperar es la óptima participación externa e interna, para suscitar y animar con el silencio respetuoso, la admiración agradecida y la acogida amorosa del misterio que se expresa y celebra37 .

Los «ritos de comunión» tienen como finalidad «que el Cuerpo y la Sangre del Señor sean recibidos como alimento espiritual por los fieles debidamente preparados. A esto tienden la fracción y otros ritos preparatorios, con los que se va llevando a los fieles hasta el momento de la Comunión»38 . De ahí que, por ejemplo: el saludo de la paz a los diversos miembros de la asamblea sea sobrio y sólo a las personas más cercanas39 .

Nunca debemos pensar que estos ritos serán tanto más evangelizadores cuanto más introduzcamos alguna «novedad». No se trata de eso. Se trata simplemente de hacerlos elocuentes, de modo que su mensaje sea perceptible y alimente la fe de los fieles.

d) Acción de gracias y ritos de despedida

La acción de gracias y los ritos de despedida también ofrecen una posibilidad de destacar la fuerza evangelizadora de la eucaristía con tal que la celebración sea verdaderamente un arte.

Se debería respetar y guardar un tiempo de silencio proporcionado para la acción de gracias, que a veces puede estar acompañado de alguna música adaptada40 .

Conclusión

Quiero terminar mi exposición citando dos párrafos que el Papa Benedicto XVI menciona en la conclusión de la Exhortación Apostólica postsinodal:

"La Eucaristía es el origen de toda forma de santidad, y todos nosotros estamos llamados a la plenitud de vida en el Espíritu Santo… La santidad ha tenido siempre su centro en el sacramento de la Eucaristía. Por eso es necesario que en la Iglesia se crea realmente, se celebre con devoción y se viva intensamente este santo Misterio.

Pongamos, pues, la máxima atención en la promoción de una espiritualidad cristiana auténticamente eucarística. Que los presbíteros, los diáconos y todos los que desempeñan un ministerio eucarístico, reciban siempre de estos mismos servicios, realizados con esmero y preparación constante, fuerza y estímulo para el propio camino personal y comunitario de santificación. Exhorto a todos los laicos, en particular a las familias, a encontrar continuamente en el Sacramento del amor de Cristo la fuerza para transformar la propia vida en un signo auténtico de la presencia del Señor resucitado. Pido a todos los consagrados y consagradas que manifiesten con su propia vida eucarística el esplendor y la belleza de pertenecer totalmente al Señor"41 .

Muchas gracias por su atención.

Morelia, Mich., Méx., 03 de mayo de 2008.

+ Emilio Carlos Berlie Belaunzarán

IV Arzobispo de Yucatán

Notas.-

1 Corresponde a la Segunda Parte de la Exhortación Apostólica Postsinodal Sacramentum Caritatis del Papa Benedicto XVI.

 2 JESUS SOLANO, Textos eucarísticos primitivos, vol. I.

 3 BENEDICTO XVI, Exhortación Apostólica postsinodal Sacramentum Caritatis, 38.

 4 Ibid. En las "Conclusiones y Compromisos" del XLVIII Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Guadalajara, Jal., en el año 2004, se pide que la celebración eucarística debe ser "más cuidada que de ordinario", cf 2.2.3.

 5 Citada por Juan J. Flores Arcas en Sacramentum Caritatis y renovación litúrgica: Ars celebrandi en "Actualidad Litúrgica" 201 (Marzo-Abril 2008) 19.

 6 BENEDICTO XVI, Exhortación Apostólica Postsinodal Sacramentum Caritatis, 39.

 7 JUAN PABLO II, Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia, 61.

 8 JUAN J. FLORES ARCAS, op. cit., 20.

 9 JUAN PABLO II, Carta a los artistas, 12.

 10 JUAN PABLO II, Ecclesia de Eucharistia, 49.

 11 BENEDICTO XVI, Exhortación Apostólica Postsinodal Sacramentum Caritatis, 39.

 12 JUAN PABLO II, Ecclesia de Eucharistia, 52.

 13 JUAN PABLO II, Carta Dominicae Cenae, 8.

 14 cf I Co 11, 17-34.

 15 JESUS SOLANO, Textos eucarísticos primitivos, vol. I.

 16 Además naturalmente de la abundancia o escasez de sacerdotes.

 17 «Para la celebración de la Eucaristía el pueblo de Dios se congrega generalmente en la Iglesia, o cuando no la hay o resulta insuficiente, en algún lugar honesto que parezca digno de tan gran misterio» (Institución General del Misal Romano, 288. En adelante: IGMR).

 18 Deben tenerse en cuenta las siguientes orientaciones prácticas, que no por conocidas, ya se cumplen: que cada elemento esté colocado en su lugar y de la forma más significante según su función, sobre todo el altar, el ambón, la sede; que estén libres o limpios de todo objeto extraño a esta función, como pueden ser papeles, instrumentos varios; que las luces, las flores estén colocadas, de forma equilibrada y estética, a resaltar la importancia de estos elementos; que los adornos de otros altares o imágenes no resalten más que el altar de la celebración y la cruz que preside la misma; que todo adorno que se coloque, por sencillo que pueda parecer, sea natural destacando la presencia de los elementos de la creación (Cf. IGMR 304-305).

 19 Cf. IGMR 45.

 20 Bien individualmente, o con un grupo de sacerdotes, o con un grupo de laicos, o con el «equipo parroquial de liturgia».

 21 El equipo litúrgico debe ser el lugar y el ámbito en que se prepara, en coordinación con el sacerdote, la eucaristía dominical. Ahora bien, la mayoría de los liturgistas consideran «equipo litúrgico» no sólo al grupo de personas que desempeñan servicios y ministerios, sino también a otras personas que participan de forma diversa en la acción litúrgica. Este equipo se reúne cada semana, no sólo para preparar coordinadamente la celebración, sino también para compartir su fe, alimentar su vida desde la acción y el espíritu litúrgico, y así ayudarse a dar un testimonio evangelizador en la vida.

 22 Y que puede servir incluso de oración antes de las comidas de esa semana.

 23 Cf. IGMR 91; CONCILIO VATICANO II, Sacrosanctum Concilium, 28.

 24 JUAN PABLO II, Carta Apostólica Mane nobiscum Domine, 17.

 25 IGMR 17.

 26 Ibíd., 18.

 27 Ibíd., 20.

 28 Tal como lo dice la IGMR 28.

 29 Ibíd., 46.

 30 Ancianos, enfermos, niños. También debería preverse la entrega, si ha lugar, a quienes llegan, del material necesario para la prevista participación: libro de cantos, un símbolo, etc.

 31 Cf. IGMR 120.

 32 Cf. IGMR 47; Cf. CONGREGACION PARA EL CULTO DIVINO, Redemptionis Sacramentum, 57.

 33 Para el significado del saludo, Cf. IGMR 50.

 34 Cf. IGMR 68; RS 69.

 35 En la que pueden participar diversos miembros de la asamblea, haciendo de este acto un momento verdaderamente significante.

 36 Cf. RS 70. Esto supone que no se «atropellen» los ritos, sino que se da tiempo a que se haga la colecta y, después de presentadas las ofrendas, se prepara el altar, con los ritos y las oraciones que acompañan.

 37 Cf. IGMR 78; RS 51-56.

 38 IGMR 80.

 39 Cf. IGMR 82; RS 72.

 40 Cf. IGMR 88.

 41 BENEDICTO XVI, Exhortación Apostólica Postsinodal Sacramentum Caritatis, 94.

"La Eucaristia y la familia"

Mons. Rodrigo Aguilar M., Ob. de Tehuacán,

responsable de la Dimensión Familia de la CEM y

Sres. José Manuel y Marigel Arnaud (Movimiento Familia Cristiano)

Iluminados por el Documento de Aparecida, queremos presentar esta charla sobre la Eucaristía y la Familia según el método ver-juzgar-iluminar–actuar: queremos ver con una mirada de discípulos la realidad de las familias, su vivencia de fe y su participación en la Eucaristía; juzgar e iluminar esta realidad, a la luz de la Palabra de Dios y del Magisterio de la Iglesia, y así suscitar en cada uno de nosotros respuestas creativas para dar un sí en obras concretas de la vida diaria, con la mente y el corazón de discípulos misioneros de Cristo Jesús.

En el VER queremos presentarles algunos rasgos significativos de la realidad de la familia mexicana y su relación con la vivencia y espiritualidad eucarística.

Realidad de la familia mexicana, luces y sombras

Nos preocupa y alarma la creciente mentalidad anti-matrimonio y anti-familia (madres solas, uniones de hecho, unión civil sin sacramento, divorcios, divorciados vueltos a casar, niños huérfanos de padres vivos, ideología de género, sociedades de convivencia), y la mentalidad anti-vida (proliferación de anticonceptivos, abortivos, recurso a la fecundación asistida, clonación, eutanasia).

Ante este panorama desolador, acentuado por ciertos grupos y medios de comunicación, sorprenden positivamente algunos resultados de la investigación sobre la familia mexicana que realizó el DIF recientemente y que concluyó con un Diagnóstico de la misma, que se hizo público en enero de 2006. Veamos algunos datos, que son muy reveladores.

La familia continúa siendo en México la célula básica y centro de nuestra convivencia social, pues el 81% de los hogares siguen estando conformados por la familia tradicional de mamá, papá e hijos. Un 33% de los hogares tienen convivencia de dos generaciones (padres e hijos). En un 60% de familias conviven en la misma casa tres generaciones (abuelos, padres e hijos).

En el año 2000 hubo 7 divorcios por cada 100 matrimonios.

Los principales problemas que enfrenta la familia en México, son: primero, violencia intrafamiliar (15%), sobre todo contra la mujer, pero también contra los niños; segundo, problemas económicos (10%); y, tercero, desintegración familiar (9%).

Preocupante, y en relación con algunos de estos problemas, es que la convivencia que tienen más del 80% de nuestras familias es alrededor de los alimentos, pero con frecuencia acompañados por la TV, desperdiciando momentos que dan posibilidad para un diálogo profundo y enriquecedor.

Analicemos ahora algunos datos en relacion a la vivencia de fe y a la Celebración Eucaristica, y su incidencia en la familia

Una encuesta de IPSOS-BIMSA para IMDOSOC, arroja estos resultados:

En 2005, el 76% de la población (80 millones) se declara católica.

De entre los católicos, 1 de cada 3 se declara católico no practicante; 1 de cada 3 justifica el uso de anticonceptivos; 1 de cada 5 acepta el divorcio y la eutanasia.

Con respecto a la asistencia a Misa: 14% asiste más de una vez por semana, 25% una vez por semana, 14% una vez al mes, 25% sólo en ocasiones especiales, 19% nunca y el 3% no respondió.

En la investigación del DIF, hay una parte que también menciona datos de frecuencia de asistencia a Misa en la Cd. de México, desglosándolos según las edades de los padres de familia:

Frecuencia de asistencia al templo 15 – 24 años 25 – 34 años 35 – 44 años 45 – 64 años Semanal 19% 21% 34% 49%

Nunca o casi nunca 16% 20% 14% 11%

Como podemos notar, hay una tendencia hacia la baja en la asistencia de los padres de familia jóvenes, lo cual coincide con el ambiente descristianizado que nos rodea.

En otro estudio realizado por la Fundación México Unido en el periodo 2002-2003 sobre los valores de los mexicanos, tenemos resultados como éstos:

"VALORES EN LA SOCIEDAD"

Valor Lugar en la jerarquía

Familia, cohesión familiar 1º

Dinero, bienestar económico 2º

Respeto, trato cordial 3º

Desarrollo, trabajo, educación 4º

Tradición, religiosidad 5º

Para cada uno de estos valores, el estudio nos proporciona un desglose de lo que abarcan y nos presenta su movilidad previsible en el futuro, dentro de la jerarquía de valores:

"TENDENCIAS EN LOS VALORES RELIGIOSOS"

VALOR Jerarquía actual Jerarquía previsible

Tradición, religiosidad popular 1º 2º

Bendiciones, ritos 2º 3º

Símbolos y simbolismos 3º 4º

Herencia familiar 4º 1º

Expresar gratitud
(mandas, peregrinaciones) 5º 7º

Devociones marianas 6º 8º

Búsqueda de Dios 7º 5º

Celebraciones;
Sacramentos, Acc. de Gracias 8º 6º

Podemos preguntarnos: de los que asisten a Misa dominical, ¿cuántos asisten con su cónyuge?, ¿cuántos lo hacen con la familia?, ¿cuántos llegan a tiempo?, ¿cuántos comulgan? Y de los que comulgan, ¿cuántos lo hacen con la debida preparación?

Entonces, el domingo, el día del Señor, cuando al menos debemos dedicarle una hora para agradecerle, para alabarlo, hacer un alto en nuestra vida y retomar propósitos, ¿qué hacemos las familias católicas?

• El domingo se ha convertido en parte del fin de semana que, tras la semana de intenso trabajo, se vive con frecuencia como descanso: sea para ver la TV, para ver o hacer deporte, para pasear o también para realizar algunos quehaceres que se quedaron pendientes durante la semana.

• Hay personas y familias que se proclaman comprometidas en algún movimiento, apostolado o en algún aspecto de la pastoral parroquial, pero que no son asiduas a la Misa dominical, no la priorizan antes que cualquier actividad.

Otras luces y sombras que debemos tomar en cuenta son:

• Situaciones como la angustia del desempleo o la dinámica que viven muchas familias en las que imperan conflictos y problemas graves, traen consigo el descuido de los hijos que afecta el cultivo de la piedad eucarística en la familia.

• Son muy variadas las posturas de los padres en relación a la educación en la fe de los hijos: indiferencia, desorientación, incertidumbre; o interés en dicha educación, buscando apoyarse en la parroquia o en algún movimiento o asociación, aunque no siempre se involucran formalmente.

• La recepción de los sacramentos, que frecuentemente se celebran dentro de la Eucaristía, son motivo de fiesta familiar; pero también en muchas ocasiones se acentúa el enfoque social: la preocupación por la fiesta a realizar y el gasto que implica puede retrasar la recepción de esos sacramentos.

• La celebración de la fiesta patronal de la parroquia o del pueblo, ordinariamente se tiene en torno a la Eucaristía, pero con frecuencia se busca el sacramento como ritual mágico.

• Son valiosas las manifestaciones de religiosidad popular en torno a la Eucaristía: por ejemplo, peregrinaciones, procesiones, Hora Santa, Vigilias, la fiesta de Corpus Christi; pero hay una deficiente formación en relación a estas celebraciones.

• Es notable la religiosidad sacrificial del mexicano, que se nota en los "Cristos" sufrientes y sangrantes; no obstante esto, la Eucaristía se ha visto privada de su valor sacrificial, subrayándose el sentido de encuentro o convivio humano.

• El pluralismo religioso y el relativismo alimentan una intención creciente de construir una sociedad prescindiendo de Cristo Jesús y de la Iglesia Católica.

Ésta es la realidad que nosotros destacamos. Los invitamos a asumirla no solamente como un reto para nuestras familias, sino sobre todo como un reto de toda la Iglesia en México.

Iniciaremos ahora el paso de JUZGAR-ILUMINAR, pretendemos que, a la luz de la Palabra de Dios y del Magisterio de la Iglesia, podamos presentar opciones que vayan dando sustento a nuestro actuar.

En su Discurso Inaugural de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y el Caribe, realizada en Aparecida, Brasil, Su Santidad Benedicto XVI dijo: "Para formar al discípulo y sostener al misionero en su gran tarea, la Iglesia les ofrece, además del Pan de la Palabra, el Pan de la Eucaristía. A este respecto nos inspira e ilumina la página del Evangelio sobre los discípulos de Emaús" (DI, 4).

También el Papa Juan Pablo II se inspiró en este texto del Evangelio de San Lucas para entregarnos la Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine ("Quédate con nosotros, Señor") y motivarnos al Año de la Eucaristía, el cual inició en octubre de 2004 con el Congreso Eucarístico Internacional en Guadalajara.

Del Santo Evangelio según San Lucas Lucas 24, 13-35: "Los Discípulos de Emaús"

Narrador: El mismo día de la Resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos, pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó:

Jesús: "¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?"

Narrador: Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió:

Discípulo: "¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?"

Narrador: Él les preguntó:

Jesús: "¿Qué cosa?"

Narrador: Ellos le respondieron:

Discípulo: "Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo; cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que Él sería el libertador de Israel, y sin embargo han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a Él no lo vieron".

Narrador: Entonces Jesús les dijo:

Jesús: "¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?".

Narrador: Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a Él. Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, Él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo:

Discípulo: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer".

Narrador: Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro:

Discípulo: "¡Con razón nuestro corazón ardía mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!"

Narrador: Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron:

Discípulo: "De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón".

Narrador: Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan". Palabra del Señor

El Papa Benedicto XVI continúa diciendo en su Discurso Inaugural de Aparecida: "Cuando éstos [los discípulos] se sientan a la mesa y reciben de Jesucristo el pan bendecido y partido, se les abren los ojos, descubren el rostro del Resucitado, sienten en su corazón que es verdad todo lo que Él ha dicho y hecho, y que ya ha iniciado la redención del mundo. Cada domingo y cada Eucaristía es un encuentro personal con Cristo. Al escuchar la Palabra divina, el corazón arde porque es Él quien la explica y proclama. Cuando en la Eucaristía se parte el pan, es a Él a quien se recibe personalmente. La Eucaristía es el alimento indispensable para la vida del discípulo y misionero de Cristo. De aquí la necesidad de dar prioridad, en los programas pastorales a la valorización de la Misa dominical. Hemos de motivar a los cristianos para que participen en ella activamente y, si es posible, mejor con la familia. La asistencia de los padres con sus hijos a la celebración eucarística dominical es una pedagogía eficaz para comunicar la fe y un estrecho vínculo que mantiene la unidad entre ellos"(DI, 4).

Vemos importante subrayar la recomendación de su Santidad para la Iglesia y en especial para las familias; son pistas para cumplir la tarea de formar discípulos y misioneros, enfatizando las palabras del Papa: "la Eucaristía en familia es una pedagogía eficaz para comunicar la fe y un estrecho vinculo que mantiene la unidad de la familia". ¿Queremos familias felices y comprometidas con la misión? Aquí tenemos una pista para lograrlo.

Por otro lado, el Documento de Aparecida dice, en el n. 278: "En el proceso de formación de discípulos misioneros, destacamos cinco aspectos fundamentales, que aparecen de diversa manera en cada etapa del camino, pero que se compenetran íntimamente y se alimentan entre sí: 1) el encuentro con Jesucristo, 2) la Conversión, 3) el Discipulado, 4) la Comunión y 5) la Misión."

Dichos pasos se entretejen mutuamente. Según que cada uno se viva plena o mediocremente, favorecerá o entorpecerá la vivencia de los otros pasos y, por lo mismo, la formación como discípulos misioneros. Ejemplo resonante de la vivencia de los cinco pasos mencionados son los discípulos de Emaús y su experiencia la tarde del Domingo de Resurrección. Al igual que ellos, también nosotros estamos llamados a vivirlos, sea en lo personal como en familia. Ahondemos reflexionando cómo iluminan y fortalecen nuestro caminar y el de nuestras familias.

1er paso: El encuentro con Jesucristo

Los dos discípulos de Emaús se alejan de Jerusalén. Para ellos no tiene caso seguir juntos, tras la muerte brusca y dolorosa del Maestro. Pero Jesús los rescata encontrándose con ellos; se presenta como un desconocido que aparenta ignorar lo sucedido, para que ellos desahoguen sus pensamientos y sentimientos.

La situación de los discípulos de Emaús refleja con frecuencia a la persona y la familia que experimenta situaciones de profunda tristeza y abatimiento. Tal vez llega a la Eucaristía, mas lo hace pesadamente, o con la mente y el corazón en otro lado. Pero Jesús se hace presente y quiere encontrarse con nosotros. Sin embargo, podemos estar tan sumidos en nuestros pensamientos y sentimientos, que no lo reconocemos. Jesús, en lugar de impacientarse, se pone a escucharnos atentamente.

La Eucaristía no es una serie de ritos fríos o abstractos, sino un encuentro con Cristo vivo. Más aún, la Eucaristía es el lugar y el acontecimiento por excelencia para encontrarnos con Jesucristo, donde el Espíritu Santo fortalece nuestra identidad de discípulos y misioneros de Jesucristo (cf. Documento de Aparecida, n. 251).

Como nos lo ha dicho el Concilio Vaticano II, en la Eucaristía nos encontramos con Jesucristo de diversas maneras: En la persona del celebrante, en la proclamación de la Palabra de Dios, en la comunidad que se reúne en nombre de Cristo y, sobre todo, bajo las especies eucarísticas del pan y el vino que se convierten en el Cuerpo y la Sangre del Señor (cf. Sacrosanctum Concilium, n. 7; Ecclesia de Eucharistia, n. 12).

Es fundamental que los que presidimos la Eucaristía lo hagamos viviendo en primera persona el encuentro con Cristo, sólo así involucraremos a la asamblea en ese encuentro, siendo sensibles y adaptándonos al estilo y proceso de los participantes, sea en un ambiente rural o urbano, indígena, de obreros o profesionistas.

También es importante que los sacerdotes motiven a los matrimonios jóvenes a llevar a sus pequeñitos, que procuren la misa de niños, así tendrán la oportunidad de ver y presentar reflexiones para diversas asambleas; a veces sabemos de algunos sacerdotes que son muy poco tolerantes con los niños y a cualquier ruido que hagan suspenden momentáneamente la celebración, echan ojos o hacen comentarios que alejan al matrimonio de la Celebración Eucarística.

Ciertamente la Celebración Eucarística favorece el encuentro de Jesucristo con los diferentes miembros de la familia: el matrimonio y los hijos mayores, lo pueden lograr con la escucha de la palabra, la homilía, el reconocer su presencia en las especies eucarísticas; en cambio para los niños la Celebración debe ser el kerigma, donde descubren y aman a Jesús. Nosotros hemos constatado, tanto en nuestra familia de origen como en la que nosotros fundamos, la fuerza pedagógica que tiene la Eucaristía para comunicar la fe.

Consideramos importante que los niños, aunque sean muy pequeños o muy inquietos, vayan con sus papás, puesto que si se les priva de encuentro con Jesús, conforme crecen se van alejando de la Eucaristía; mientras más grandes empiecen a ir, menos valorarán su importancia. Cuando nuestros hijos eran pequeños, unos amigos nuestros no llevaban a sus hijos a misa porque eran muy inquietos. Un día, fuimos las dos familias de paseo a un pueblo cercano y decidimos entrar a conocer el templo; uno de sus hijos se puso a llorar y no quiso entrar: le daba miedo.

2º paso: La conversión

Los peregrinos de Emaús, al sentirse escuchados, desahogan todo su abatimiento y desesperanza. Jesús, entonces, cambia de actitud: los tacha de insensatos y duros de corazón y los amonesta con una pregunta: "¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?".

La conversión es volver a Jesús para entrar en su mentalidad y en su estilo de vida. "El encuentro con Jesús vivo mueve a la conversión… no se trata sólo de un modo distinto de pensar a nivel intelectual, sino de la revisión del propio modo de actuar a la luz de los criterios evangélicos… Superar la división entre fe y vida es indispensable para que se pueda hablar seriamente de conversión (...), es un empeño que abarca toda la vida", (Ecclesia in America, nn. 26-28).

Cada uno de los miembros de nuestras familias vivirá su propio proceso; nos toca procurar los medios para facilitarlo y también respetarlo. A lo largo de la Celebración Eucarística, hay un llamado constante a la conversión; pero hay algunos momentos que son clave, por ejemplo el rito penitencial, la escucha atenta de la Palabra de Dios o el intercambio del signo de la paz. ¡Qué importante es reconocer que hemos sido insensatos y duros de corazón, que no hemos entendido los planes de Dios, los cuales pasan por el misterio de la cruz!

En una ocasión, cuando uno de los hijos estaba en plena adolescencia y ansias de libertad, habíamos sostenido una larga discusión acerca de unos amigos que tenía que no nos gustaban, pues nosotros los veíamos desorientados. Nos fuimos a misa discutiendo aún el tema, por lo que en el rito penitencial el Señor empezó a actuar en nosotros para que reconociéramos cada quién su insensatez; por gracia, el evangelio fue el de cuando Jesús envía a los primeros misioneros (Mt 10, 5-17); a cada uno nos tocó el corazón un versículo diferente: a mí fue el de "Fíjense que los envío como ovejas en medio de lobos. Por eso tienen que ser astutos como serpientes y sencillos como palomas" (v. 17); la homilía acabó de darnos luces. Saliendo de misa, todos vimos la situación con más objetividad y mejores argumentos. A partir de entonces, poco a poco el hijo se fue alejando de ese grupo. Fue, sin duda, un momento de conversión para toda la familia.

En el rito penitencial, yo interiormente hago un brevísimo examen de conciencia, teniendo en cuenta algo que haya hecho o dejado de hacer recientemente y que con eso haya afectado a otras personas o a toda la comunidad. Al escuchar la Palabra de Dios que es proclamada, me esmero en escuchar a Dios mismo que me habla y me llama a conversión; en el gesto de la paz procuro mirar a los ojos como señal de cercanía, para dar y recibir la gracia de Dios a través de ese gesto humano de reconciliación y de paz.

3er paso: El discipulado

Los discípulos de Emaús no rechazan ser tratados como insensatos y duros de corazón. Escuchan como discípulos a este aparente extranjero, pero que los conoce demasiado bien. "Entre la penumbra del crepúsculo y el ánimo sombrío que les embargaba, aquel Caminante era un rayo de luz que despertaba la esperanza y abría su espíritu al deseo de la plena luz". (Juan Pablo II, Mane Nobiscum Domine, n. 1).

Ser discípulo de Jesús significa conocerlo y amarlo más; para eso, hay que estar con Él, escucharlo, seguirlo, vivir y actuar como Él. Pero no se trata de hacer méritos con mucho esfuerzo, sino de recibir y dejar actuar la gracia, entrando en el proceso de la fe, con espíritu de pobre. La Eucaristía alimenta al discípulo con la Mesa de la Palabra y la Mesa del Pan eucarístico. Los discípulos de Emaús se nutrieron ampliamente de ambas Mesas: de la Palabra, a lo largo del camino, y de la Fracción del Pan al llegar a Emaús.

En la "Mesa de la Palabra" nos alimentamos de la Palabra de Dios, a la escucha de Cristo Jesús, que es la Palabra eterna de Dios, para que, como sucedió a los discípulos de Emaús, nuestro corazón empiece a arder; pero para que esto pase, tenemos que estar en disposición de escucha atenta, despojarnos de preocupaciones y pendientes, evitar las distracciones, apagar el celular, dedicarle al Señor su tiempo: siempre ayuda ir siguiendo las lecturas en las hojas que se distribuyen o, en el misal personal ir siguiendo las oraciones del celebrante. A los niños les interesa ir siguiendo las lecturas, es muy común que al llegar una familia al templo, los primeros en ir a conseguir las hojas sean los niños.

Siempre hay un versículo de las lecturas del día en el que encontramos pistas, descubrimos pautas o líneas de acción para resolver aquel problema o inquietud que tenemos en la familia, en el trabajo o en nuestra acción en la comunidad, es algo que todos hemos experimentado. Casi siempre hay una oración, una idea o también un tocar piso con el comentario de la homilía; creo que lo importante es llegar a la mesa con hambre, con ganas de disfrutar, con ganas de sacar el provecho que Jesús nos quiere regalar ese día.

El discípulo de Jesús madura como tal con la oración. Sin oración no hay discípulo. La Eucaristía es la Oración por excelencia: para creer, agradecer, celebrar, adorar, contemplar y vivir el Misterio de Jesús Eucaristía, aprendiendo de María, "mujer eucarística" para que nuestra vida sea eucarística, como también lo expresa San Alberto Hurtado: "¡Mi Misa es mi vida y mi vida es una Misa prolongada!" (DA, n. 191).

Como Obispo, voy aprendiendo a ser discípulo en cuanto que no estoy sencillamente para ordenar y que me obedezcan, sino para escuchar a Dios que me habla a través de las personas y los acontecimientos: la familia presbiteral, la familia religiosa, la familia de los laicos colaboradores cercanos, me ayudan a ser yo también con ellos discípulo de Cristo Jesús, para anunciarlo a Él y no a mí mismo. Cuando me olvido de mí y vivo y anuncio lo que Jesús pide, es maravilloso ver la fuerza de Su presencia. Esto es palpitante en la Eucaristía. Me regocija saber que Jesús quiere encender nuestro corazón al explicarnos las Escrituras; me compromete y motiva saber que yo debo presidir la Eucaristía actuando "en persona de Cristo Cabeza", de manera que sea instrumento para encender el corazón de los que participan en la Celebración Eucaristía.

Nosotros consideramos que para madurar como discípulos, para "palpar el amor infinito de su corazón" (cf. EE, n. 25) es importante participar en familia no sólo en la Celebración Eucarística, sino también en diversas formas de devoción eucarística fuera de la Misa: bendiciones y procesiones eucarísticas, oración ante el Santísimo expuesto, adoración silenciosa, para que como discípulos "Jesús nos atraiga hacia Él y nos haga entrar en su dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo" (cf. DA, n. 251).

Quiero compartirles una experiencia que me ha llamado la atención en mi Diócesis: Es una parroquia en la que he encontrado una costumbre que ya tiene muchos años de estarse realizando: las familias se distribuyen los días del año para cuidar la iglesia y hacer adoración al Santísimo Sacramento. Ese día se ha convertido en fiesta familiar, dándose el caso de que los miembros de la familia que han emigrado a otros pueblos o ciudades regresan el día que les toca para estar con la familia y con Jesús Eucaristía.

La Adoración Eucarística es, en su esencia, un abrazo con Jesús, en el que le digo: "Yo soy tuyo y te pido que Tú también estés siempre conmigo".

Yo quiero compartir una experiencia que me marcó profundamente: soy el mayor de seis hermanos; como era común entonces, la diferencia de edad entre uno y otro era de poco más del año. Cuando tenía unos nueve años, empecé a notar diferencias en la convivencia familiar y a mi papá más alejado.

Mi mamá inició la dinámica de ir a la visita del Santísimo todos los días; ella pasaba por nosotros a la salida de la escuela por las tardes; jalando mochilas y cargando hermanitos, hacíamos el recorrido a pie por todas las iglesias de nuestra ciudad; mi mamá, camino a la iglesia correspondiente, nos comentaba que Jesús está verdaderamente presente en la Forma consagrada y podíamos pedirle tener una familia feliz. Durante dos años hicimos ese recorrido, entonces llegaron a Oaxaca los Cursillos y el MFC; mis papás entraron a ambos y, para no extenderme, sólo me queda decirles que murieron profundamente enamorados en torno a una familia unida y creyente.

La práctica, sin duda, quedó bien grabada, durante los procesos de cambio que tuvimos la oportunidad de impulsar en nuestro Movimiento, muchas veces como discípulos acudimos al sagrario, a agradecerle, a quejarnos, a felicitarnos y a decirle que nos guiara para llegar a un final feliz; no nos queda la menor duda que, en la presencia de Jesús, el panorama cambia con la sensación que describía el santo cura de Ars: "Él me ve y yo lo veo", después, la jornada es distinta.

4º paso: La Comunión

Dice el Papa Juan Pablo II: "Cuando los discípulos de Emaús le pidieron que se quedara <con> ellos, Jesús contestó con un don mucho mayor. Mediante el Sacramento de la Eucaristía, encontró el modo de quedarse <en> ellos. Recibir la Eucaristía es entrar en profunda comunión con Jesús. <Permaneced en Mí, y Yo en vosotros> (Jn 15,4). Esta relación de íntima y recíproca <permanencia> nos permite anticipar en cierto modo el cielo en la tierra". (Carta Apost. Mane Nobiscum Domine, n. 19).

La comunión con Jesús se va intensificando a lo largo de la Eucaristía. Al comulgar entramos en la plena comunión con Él; no sólo se queda <con> nosotros, sino que se queda <en> nosotros; nos convertimos en sagrarios de Cristo Jesús. Más aún, nos hace de tal manera suyos que nos cristificamos, viviendo lo que exclama San Pablo: "no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Gál 2, 20).

Continua diciendo Juan Pablo II: "pero la especial intimidad que se da en la <comunión> eucarística no puede comprenderse adecuadamente ni experimentarse plenamente fuera de la comunión eclesial… La Iglesia es el Cuerpo de Cristo: se camina <con Cristo> en la medida en que se está en relación <con su cuerpo>… Es precisamente el único Pan eucarístico el que nos hace un solo cuerpo. El apóstol Pablo lo afirma: <Un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan> (1ª Cor 10, 17). (Carta Apost. Mane Nobiscum Domine, n. 20).

La comunión eucarística como comunión con Cristo y con los hermanos, se vive también, a ejemplo de la Iglesia primitiva, en el gesto de la oración universal y en el de las ofrendas. Me motiva la actitud de muchos obispos, sacerdotes y laicos, muy sensibles a incluir en la oración universal las principales necesidades y alegrías de la comunidad a nivel internacional, nacional o local: enterados de las noticias del día, las hacen oración. Por otro lado, me conmueve la generosidad de la gente pobre, que lleva en las ofrendas la bolsita de despensa para compartir con otros más necesitados.

La misma forma de participar en la Misa: con las posturas (de rodillas, de pie, sentados), con las respuestas, las oraciones, los cantos comunitarios, también los silencios respetuosos, son formas de vivir la comunión y de hacer comunidad. Yo procuro revisar que mi rostro, mi tono de voz, mi forma de moverme durante la Misa, sea signo de comunión con Cristo y con la asamblea y ayude a los participantes a formar comunidad.

¡Qué gracia tan grande vivimos las familias cuando participamos del Sacramento en familia, ya que vivimos una comunión de comuniones preparándonos y purificándonos por el deseo y la búsqueda del Reino!

Así como la familia que reza unida permanece unida, la familia que comulga junta mejora su unidad y su capacidad de amar, de modo que se prolonga la Eucaristía en la vida diaria con el diálogo, compartiendo los planes y las inquietudes personales y comunitarias de todos sus miembros.

Toda la familia, entonces, vivirá la dinámica de una alianza con Dios, permitiéndole que entre en nuestras vidas y se sirva de ellas según su voluntad. Si vivimos ese proceso, la figura de Cristo muerto y resucitado será el eje de nuestra vida familiar (cf. DP, n. 588).

Este ideal lo tenemos que promover los padres desde nuestra vida diaria, con nuestra propia espiritualidad, cimentando nuestra propia "Iglesia doméstica" y aprovechando la Eucaristía como un inmenso don que nos ayuda a poder cumplir con nuestro cometido de ser para nuestros hijos los primeros predicadores de la fe, mediante la palabra y el ejemplo para que, de esta manera, les demos la certeza de que la familia es un medio para realizar la vocación universal a la santidad (cf. EA, nn. 35 y 46).

5º paso: LA MISIÓN

Hasta que Jesús realiza la Fracción del Pan es cuando los discípulos de Emaús lo reconocen; luego, no obstante que Jesús desaparece de su vista, ellos quedan jubilosos y caen en la cuenta de por qué su corazón ardía mientras les hablaba por el camino, explicándoles las Escrituras. ¡Jesús está vivo, ha resucitado! No pueden quedarse solos con esa noticia. No importa que sea tarde, hay que regresar a Jerusalén, con la comunidad, para compartir el hecho grandioso. Ya en Jerusalén, los discípulos se comparten mutuamente que Jesús vive. No les cabe la alegría en el corazón.

"El encuentro con Cristo, profundizado continuamente en la intimidad eucarística, suscita en la Iglesia y en cada cristiano [por lo mismo en cada familia] la exigencia de evangelizar y dar testimonio" (Juan Pablo II, Mane Nobiscum Domine, n. 24). Esta cita nos hace recordar la frase y la experiencia de ese santo matrimonio italiano, los Beltrame Quatrocchi, que decían que el día y la misión iniciaban solamente después de haber participado en la Celebración Eucarística. ¡Cómo nos cambia el panorama cuando iniciamos el día con una Eucaristía, cómo nos rinde el descanso si terminamos el día con una Eucaristía!

San Pablo nos dice: "Cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamaréis la muerte del Señor, hasta que vuelva" (1Cor 11,26). "El Apóstol relaciona íntimamente el banquete y el anuncio: entrar en comunión con Cristo en el memorial de la Pascua significa experimentar al mismo tiempo el deber de ser misioneros del acontecimiento actualizado en el rito. La Eucaristía no sólo proporciona la fuerza interior para dicha misión, sino también, en cierto sentido, su proyecto (Juan Pablo II, Mane Nobiscum Domine, 24-25).

Qué buena experiencia cuando asistimos a eventos o encuentros que culminan con la Celebración Eucarística, que después de haber experimentado la conversión y la solidaridad nos lanzan a la misión. Con qué gusto partimos a nuestros hogares para cumplir con nuestra misión.

Asumimos la "coherencia eucarística" a la que nos convoca el Papa Benedicto XVI: "La misión primera y fundamental que recibimos de los Santos Misterios que celebramos es la de dar testimonio con nuestra vida… A la coherencia eucarística está llamada objetivamente nuestra vida…, exige el testimonio público de la propia fe…, tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida humana desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas. Estos valores no son negociables." (Benedicto XVI, Exh. Apost. Sacramentum Caritatis, nn. 85, 83).

La familia –Iglesia doméstica, santuario de la vida, célula vital de la sociedad- está llamada a vivir la coherencia eucarística, asumiendo el reto de la defensa y promoción de los valores mencionados.

Quiero vivir la Eucaristía como fuente y cumbre de mi vida y ministerio: De ella salgo fortalecido para el servicio amable y generoso; a ella llego para entregar las fatigas y los gozos, los frutos del servicio. Una vivencia intensa y fructuosa en nuestra misión episcopal es la Visita Pastoral, que nos da la posibilidad de un encuentro cercano y fraterno con las personas, familias y comunidades, conociendo más su realidad, sus necesidades y anhelos.

Como fruto de la participación en la Eucaristía, tenemos el compromiso de testimoniar nuestra vivencia eucarística haciendo de nuestra vida diaria un sacrificio espiritual agradable a Dios, una entrega amorosa a los miembros de la familia y de la comunidad.

Ser Misionero significa ser enviado, mensajero del Evangelio, es dar respuesta desde la Buena Nueva del Evangelio a los desafíos de nuestro tiempo. Si vivimos la Celebración Eucarística no como un hecho aislado sino con la plenitud que hemos estado describiendo, obtenemos la fuerza para vivir cristianamente como familia, ya que, como nos dice Benedicto XVI en "El Sacramento del Amor", n. 84: "la Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia (y por ende de la "Iglesia doméstica"), lo es también de su misión (que es también misión de la familia)... el impulso misionero es parte constitutiva de la vida cristiana".

Este quinto paso –de la misión- en el proceso formativo como discípulos y misioneros de Jesucristo, de hecho indica también el paso de la iluminación a la acción, de la fe a las obras concretas en la vida diaria.


Actuar

Queremos concluir sugiriendo algunas pistas y criterios para que la Eucaristía, don del Padre, sea vida para nuestras familias y así nuestras familias den vida.

1.- Motivar la asistencia a la Eucaristía dominical en familia:

• Superar el sentido del domingo como parte del "fin de semana" y recuperar su sentido como Día de fiesta por la Resurrección del Señor y por el don del Espíritu Santo. La Eucaristía dominical es fuente y cumbre de la vida cristiana, clave en el proceso formativo del discípulo misionero de Jesucristo vivo. Cuando la familia celebra el domingo como "Día del Señor", la presencia de Cristo Jesús hace encender el corazón de todos en la familia y se convierte en un día de comunicación y comunión profunda. El domingo como "Día del Señor" hace que también se convierta en "Día de la familia".

• Poner especial cuidado en la acogida de los fieles, en la presentación decorosa y bella, sin ostentación, del lugar de la Celebración Eucarística; cuidar el sonido, que ayude a la participación. Lograr que la Eucaristía dominical sea un lugar privilegiado de unidad, de hacer comunidad, de educar a los hijos para su plena, creativa y fructuosa participación (cf. DD, n. 36); el lugar donde la fraternidad se convierta en solidaridad concreta, de modo que los hijos sepan descubrir su vocación al servicio de la comunidad y de la Iglesia (cf. DD, nn. 69 y 71).

• Motivar a las familias para que, habiendo salido de la Celebración, cada miembro comente qué le dijo Jesús y se pongan de acuerdo en una acción solidaria a realizar, a la que se le dé seguimiento a lo largo de la semana y se evalúe al llegar a la siguiente Celebración dominical.

2.- Lograr que la Parroquia sea "Familia de familias" en torno a la Eucaristía dominical:

• La participación en la Eucaristía, especialmente el domingo, ha de convertir a cada familia en una "familia eucarística", cuya plenitud está en el salir de la propia familia de sangre para integrar en la parroquia la familia de los hijos de Dios, porque tienen a un mismo Padre y a un mismo Hermano: Cristo Jesús.

• El párroco ejerza su ministerio pastoral como verdadero padre de su grey espiritual: para actuar "en persona de Cristo Cabeza" en relación con la asamblea, siendo acogedor sin favoritismos, para dinamizar el encuentro de todos con Cristo y de todos entre sí como hermanos, para despedir cordialmente a los fieles al término de la Eucaristía.

• "Familia, ¡sé lo que eres!", exclamaba el Papa Juan Pablo II. Cumpliendo esta misión, las familias colaboran para que podamos vivir esta otra: «Iglesia, ¡sé la familia de los hijos de Dios!»

• Promover que "En las Misas dominicales de la parroquia, como comunidad eucarística», se encuentren los grupos, movimientos, asociaciones y las comunidades religiosas presentes en ella. Esto les permite experimentar lo que es más profundamente común para ellos, más allá de los carismas y las orientaciones espirituales específicas que legítimamente las caracterizan.

• Se pueden organizar en la Parroquia cursos sobre la centralidad de la Eucaristía en la vida del cristiano.

3.- Darle una importancia especial a la preparación y celebración de la Primera Comunión. "Somos bautizados y confirmados en orden a la Eucaristía… La santísima Eucaristía lleva la iniciación cristiana a su plenitud, y es como el centro y el fin de toda la vida sacramental… Recibir el Bautismo, la Confirmación y acercarse por primera vez a la Eucaristía son momentos decisivos no sólo para la persona que los recibe, sino también para toda la familia, la cual ha de ser ayudada en su tarea educativa por la comunidad eclesial, con la participación de sus diversos miembros". (Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, nn. 17.19). Que la Primera Comunión no sea sólo meta final, sino también punto de partida de nuevos procesos. De hecho, que la "Primera Comunión" sea, en verdad, la primera de muchas veces más que se reciba la comunión.

4.- Promover la participación en familia a diversas formas de adoración eucarística fuera de la Misa: oración ante el Santísimo, sea expuesto o reservado, procesiones, horas santas, vigilias, Jubileo de las XL Horas, Fiesta de Corpus Christi.

De la Eucaristía "surgirá la misión de la familia. Esta Iglesia doméstica, convertida por la fuerza liberadora del Evangelio en «escuela del más rico humanismo» (GS, n. 52), sabiéndose peregrina con Cristo y comprometida con Él al servicio de la Iglesia particular, se lanza hacia el futuro, dispuesta a superar las falacias del racionalismo y de la sabiduría mundana que desorienta al hombre moderno. Viendo y actuando sobre la realidad, como Dios la ve y la gobierna, busca mayor fidelidad al Señor, para no adorar ídolos, sino al Dios vivo del amor". (Cf. DP, n. 589)

5.- La familia centrada en la Eucaristía podrá sumarse al espíritu de una pastoral misionera en la misión continental. "La misión prolonga el encuentro, autentifica la conversión, incrementa la comunión y hace efectiva la solidaridad con todos los hombres… Ésta es la misión de la Iglesia [y ésta es también la misión de la familia, Iglesia doméstica]: manifestar y hacer presente a Cristo vivo en el mundo de hoy." (Carta Pastoral Del encuentro con Cristo a la solidaridad con todos, n. 183).

"¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, de las familias, de las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de sentido, de verdad y de amor, de alegría y de esperanza! No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos, sino urge acudir en todas las direcciones para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra, que el amor es más fuerte, que hemos sido liberados y salvados por la victoria pascual del Señor de la historia, que Él nos convoca en Iglesia, y que quiere multiplicar el número de sus discípulos y misioneros en la construcción de su Reino en nuestro Continente. Somos testigos y misioneros: en las grandes ciudades y campos, en las montañas y selvas… en todos los ambientes de la convivencia social, en los más diversos "areópagos" de la vida pública de las naciones, en las situaciones extremas de la existencia, asumiendo ad gentes nuestra solicitud por la misión universal de la Iglesia (DA, n. 548).