HIDALGO Y MORELOS

Algunos rasgos de su personalidad como creyentes y sacerdotes

Carlos Herrejón Peredo

HIDALGO

La primera infancia de Miguel Hidalgo transcurrió feliz en la llanura del Bajío y la sierra de Pénjamo, viendo cómo su padre Cristóbal encabezaba labores agrícolas y de ganadería. Ahí experimentó la pena más grande que puede padecer un niño de nueve años: la pérdida de su madre Ana María. Ahí se sintió importante cuando a los dos años de aquella pena fungió de padrino de bautizo de una mulata descendiente de esclavos. Y una mañana de octubre de 1765 partió con su hermano Joaquín a Valladolid, ciudad que sería tierra de adopción, pues aquí pasó más de cinco lustros.

Tenía veintiún años cuando solicitó la primera tonsura para ingresar al estado clerical. En las informaciones correspondientes se dejó testimonio de que era “de genio quieto y sosegado, inclinado al estudio, virtuoso y de buenas costumbres”. Otros seis testigos dijeron más o menos lo mismo. Y cuando pidió ser ordenado presbítero, el rector Blas de Echeandía aseveró que tanto Miguel como otros “se han portado con el honor que corresponde al sagrado orden que tienen recibido, y sin haber dado nota de sus personas en su vida y costumbres”.

Estos testimonios, diferentes en tiempo y lugar, desmienten la conseja muy posterior, de 1810, que vertió Ignacio Viana diciendo que Hidalgo de estudiante había sido expulsado temporalmente por salirse del colegio de noche por la ventana. Pero Viana no fue compañero ni contemporáneo de Hidalgo, sino alumno del otro colegio, el de San Pedro. Algo había oído, algo se imaginó y lo acomodó en el intento de tachar al caudillo insurgente.

Ya es lugar común hablar de los éxitos académicos de Hidalgo. El escrito más largo brotado de su pluma es la Disertación teológica de 1784, donde enuncia así lo esencial de su propuesta:

         “No hay otro medio para adquirirla [la teología], sino ocurrir a la Escritura Sagrada y a la Tradición, […] Son los libros canónicos y tradiciones apostólicas dos órganos por donde [Dios] se comunica con sus criaturas, dos limpidísimas fuentes donde se beben las verdades de nuestra religión, en que se funda y de que trata la teología positiva; de donde se infiere rectamente sernos esta teología indispensablemente necesaria, porque ella es la que da noticia de la Escritura y la Tradición […]  de las definiciones de los concilios, de la doctrina de los Santos Padres, y de todas las otras ciencias que se requieren para su perfecta inteligencia, como son: la historia, la cronología, la geografía y la crítica”.

Hay otro escrito de importancia para definir el perfil intelectual de Hidalgo, la Epístola a Nepociano de San Jerónimo, que tradujo el propio Miguel en 1786 y nos da la pauta para contrastar su silueta como en un espejo. Porque la Epístola a Nepociano es un conjunto de orientaciones, normas y consejos sobre la vida que debe llevar un sacerdote. No tenemos la versión de Hidalgo, pero en base a la nuestra podemos espigar interesantes páginas que en lo sustancial hubieron de resonar en la vida de Miguel.

Comienza Jerónimo recordando que el clérigo ha elegido al mismo Señor Dios como la parte de su herencia, de tal manera –dice-que “si yo soy parte del Señor [...] teniendo qué comer y vestir, estaré contento con ello [...] No tengas más que cuando empezaste a ser clérigo [...] Que tu mesa la conozcan pobres y peregrinos y en ellos, Cristo invitado. Huye como de una peste del clérigo negociante y del que brincó de pobre a rico y de humilde a fanfarrón [...]  La gloria de un obispo es socorrer el patrimonio de los pobres. Ignominia de un sacerdote es procurar enriquecerse [...]”.[1]

Sabemos que en materia de dineros la familia de los Hidalgo era numerosa y requería mayores ingresos para subsistir con decoro. Miguel se lanzó junto con algunos de sus hermanos a proyectos agrícolas comprando unas pequeñas haciendas cerca de Taximaroa y pidiendo prestado para habilitarlas. Fue más la ilusión, pues como no podían atenderlas directamente, aquello no daba mayor cosa. Y a Miguel le gustaba gastar, desde luego en libros y en algún violín. También, en consonancia con san Jerónimo, daba a indigentes y a los alumnos sin dinero para que fuesen a la Universidad de México a graduarse. Si no tenía en ese momento, pedía prestado, aunque luego se le olvidara pagar. Siendo tesorero del Colegio, autorizó carne todos los días y condonó colegiaturas, lo cual le valdría después reclamos interminables.

Cuando sus ingresos fueron mayores, estando en San Felipe, organizaba comidas, bailes y teatro, haciendo sentar a los músicos y a otros a su mesa, sin importar si fuesen de tal o cual etnia, casta o posición socieconómica, en lo cual podría decir que no se apartaba del Padre Jerónimo. El problema fue que no se midió en los gastos y se le acumularon las deudas, al grado que las haciendas de Tajimaroa estuvieron a punto de ser embargadas, motivo por el cual obtuvo permiso para ir a atenderlas directamente y hacerlas producir más. Pero las deudas seguían y los acreedores lograron el secuestro de sus emolumentos como párroco, de modo que a Miguel no le quedaría sino para el plato.

Esta fue una de las razones por la que estando en Dolores promovió el desarrollo de artesanías y cultivos: ayudaba a feligreses necesitados y él mismo se ayudaba. Y en efecto iba saliendo de la mayor parte de sus débitos. Pero le había caído bastante mal que en medio de sus esfuerzos en mayo de 1807 le llegara aquella orden, por lo demás general, -la consolidación de vales reales- de que tenía que entregar el capital que debía de aquellas haciendas, siendo que iba al corriente de los réditos. Las haciendas fueron embargadas y por poco rematadas. Pero las iniciativas del cura de Dolores eran aplaudidas por un alto personaje del la clerecía vallisoletana, Abad Queipo, y por el mismo arzobispo de México, que reconocía su fama de “sabio, celoso párroco y lleno de caridad”.

Volvamos a san Jerónimo, quien recomienda prudencia para mantener la libertad de una vida continente y consagrada al ministerio. Dice:

"A las doncellas y a las vírgenes de Cristo ignóralas a todas por igual o ámalas por igual [...] no confíes en tu pasada castidad [...] con peligro te asiste la mujer a cuyo rostro diriges tus miradas con frecuencia [...] No tomes asiento solo con sola y sin testigo [...] cuídate de todas las sospechas y evita de antemano, para que no se imaginen cosas, todo aquello que se presta a que las imaginen. [...] Eso de 'Tú eres mi miel, mi luz y mi deseo' y otras bobadas de enamorados, todos los gustos y requiebros, así como ridículos cortejos, nos dan vergüenza en las comedias; lo detestamos en los hombres del mundo, ¡Cuánto más en  los clérigos [...]!".

Natural curiosidad y a veces morbo ha sido preguntar y escribir sobre la vida amorosa de los próceres, empezando por Hidalgo. En el proceso inquisitorial se mencionó que en Valladolid tuvo amistad con María Guadalupe Santos Villa, a quien agradaban las obras de teatro.[2] Mas no pasó a mayores, pues ella se fue de monja a Puebla y Miguel de párroco a Colima. Pero se ha dicho que Hidalgo tuvo un hijo y una hija, de Manuela Ramos, estando en Valladolid, y dos hijas en los días de San Felipe, de Josefa Quintana.[3] Sin embargo, en el proceso inquisitorial antes de 1810 nadie mencionó que tuviera relaciones carnales o hijos de tales relaciones, excepto una mujer, María Manuela Herrera, tal vez pagada por quienes se empeñaban en hundir a Hidalgo, que lo acusó, no de las supuestas relaciones con la Ramos o la Quintana, sino de haber hecho trato con ella en el sentido de conseguirle mujeres a él y a cambio Hidalgo le conseguiría hombres para fornicar.[4] No mencionó hijos ni el nombre de ninguna mujer. Nadie apoyó semejante acusación y los inquisidores no la tomaron en cuenta antes del Grito. El propio Hidalgo, días antes de morir, pidió que la Inquisición llevara a cabo una información legal, “ante todos los vecinos de mis curatos donde me vi de párroco”,[5] para demostrar la falsedad del escandaloso testimonio.

Las supuestas pruebas que se han presentado para afirmar la descendencia de Manuela Ramos, unas, tienen visos de falsificación, y otras, están plagadas de dislates, habiendo el claro interés de conseguir pensión del gobierno. Sin embargo, hay indicio documental de la descendencia de Josefa Quintana.

         La predicación, oficio primordial en los ministros del Evangelio, es objeto de estas recomendaciones en san Jerónimo, leídas y releídas por Hidalgo:

         "Que tus manos jamás dejen el libro sagrado. Aprende lo que has de enseñar [...] Cuando prediques en la iglesia, que no se levante el pueblo con aplausos, sino con gemidos [de conversión] No quiero que seas declamador locuaz y parlanchín, sino experto en el misterio y ampliamente instruido en los divinos sacramentos. […] La desfachatez frecuentemente explica lo que no sabe y una vez que persuadió a otros, hasta se atribuye ciencia [...] Nada tan fácil como entretener a un vil populacho y a una reunión de ignorantes, que lo que no entienden más lo admiran".[6]

         A Hidalgo le agradaba predicar, pues ahí comunicaba la sabiduría de cosas nuevas y antiguas. No me refiero sólo a las homilías dominicales, sino también a los sermones solemnes. En su curriculum se ufanaba de haber compuesto para varias ocasiones ese tipo de piezas oratorias.  

Hay otra obra no eclesiástica que nos permite apreciar diferentes rasgos de nuestro personaje: el Tartufo de Molière, que tradujo e hizo representar en los días de San Felipe.

El Tartufo es la pintura crítica del falso devoto, del hipócrita que finge espíritu religioso y se vale de él para medrar. El punto culminante en la malicia de Tartufo se descubre cuando asedia a Elmira, esposa de quien le brinda hospitalidad. Ella le advierte que sus pretensiones repugnan a la piedad que ha exhibido. Tartufo responde:

"Yo puedo, señora, desvanecer esos ridículos temores. Conozco el arte de acallar los escrúpulos. El Cielo prohíbe sin duda, ciertos goces, pero hay medios de avenirse con él. Según cada caso, existe una sabia manera de hacer más amplia nuestra conciencia, contrarrestando la maldad que pueda tener un acto con la pureza de intención. [...] Escandalizar al mundo, esa es la ofensa. Pero pecar secretamente no es pecar".[7]

Estas palabras correspondían, en caricatura, a la vulgarización del laxismo en la casuística moral, corriente bien conocida y discutida por Hidalgo desde la cátedra. Y esa malicia cubierta de religión es justamente lo más reprobable según Cleanto, personaje de la comedia: "corrompen hasta lo más noble, por querer ir demasiado lejos". Estas palabras, nos llevan de la mano a las que estampó Hidalgo en el Manifiesto de respuesta a la Inquisición en 1810:

"¿Quién creería, amados conciudadanos, que llegara  hasta este punto el descaro y atrevimiento de los gachupines? Profanar las cosas más sagradas para asegurar su intolerable dominación. Valerse de la misma religión santa para abatirla y destruirla [...] Ellos no son católicos sino por política; su dios es el dinero".[8]

         Molière tiene cuidado en distinguir la falsa de la auténtica piedad, cuando aclara:

“nada me parece más odioso que la apariencia simulada de  fervor religioso; esos devotos de plazuela [...] que transidos de celo, predican a diario el retiro mundano, aunque sigan viviendo su vida cortesana; […] que son coléricos, vengativos, incrédulos y maestros en fingimientos; [...]. Pero los verdaderos devotos de corazón son fáciles de reconocer. Y en nuestro tiempo no faltan [...] No se les ve alardear de virtuosos. […] su devoción no les hace menos humanos y tratables. No censuran todos nuestros actos; […] con su conducta les basta para afear la nuestra [...]”.[9]

         Hidalgo al final de su vida confesaba tanto su fe cristiana como su tributo a la condición de pecador; mas al mismo tiempo reiteró aversión a la hipocresía:

"Nunca creí haber faltado a las verdades católicas en mis palabras ni en mis conceptos, así como nunca aparenté verdad que con sinceridad no me hubiera hecho el Señor el beneficio de ejecutar. Y si algunas veces tuve alguna fragilidad en materias no de fe ni de religión, sino en otras, me reformaba, y éstas eran viciscitudes de  mi miseria, que remitía a la gracia, y no efectos de simulación".[10]

         La teología positiva fue llevando a Hidalgo a la historia y a la crítica. Acostumbrado por otra parte a cuestionar todo con la duda metódica de escolásticos, gustaba de sorprender o probar la capacidad de sus interlocutores empezando con la negativa, como santo Tomás que se pregunta si hay Dios y responde: parece que no y expone los argumentos de los ateos; mas luego enuncia y desarrolla la afirmativa para volverse al fin contra los argumentos del adversario.

Cuando Hidalgo no tenía interlocutores a su altura, los dejaba confundidos con la opción de ponerse a estudiar. Quienes habían sido sus alumnos lo entendían: era travieso en poner dificultades; pero un día de Pascua de 1800, estando en Tajimaroa discutió de teología e historia eclesiástica con dos mercedarios, a quienes de paso también dijo que las órdenes religiosas eran inútiles. Resentidos y escandalizados, lo denunciaron a la Inquisición. Luego de años de numerosas declaraciones e informaciones no resultó nada contra la ortodoxia de Hidalgo; en cambio si apareció su alegre vida en San Felipe; pero asimismo en varias declaraciones se constató un cambio radical en esa vida, pues a partir de 1801 Hidalgo dejó el jolgorio y se entregó más de lleno al ministerio: confesionario y predicación.

         De modo, pues, que la Inquisición archivó el cúmulo de declaraciones e informaciones y aunque después hubo otras denuncias se llegó a lo mismo, nada que perseguir: Hidalgo era fiel cristiano y buen cura. Sin embargo cuando en 1810 se supo que el caudillo de la insurrección era aquel Hidalgo, los inquisidores de la manera más incongruente e injusta ordenaron al mismo fiscal que lo había tenido por inocente, lo acusara ahora de una docena de herejías. En dos principales momentos Hidalgo respondió: aquí en Valladolid durante su segunda estancia como insurgente y luego ya preso en Chihuahua.

         El manifiesto de Valladolid, al que ya hicimos referencia, sólo responde algunas de las acusaciones mostrando contradicciones internas. Pero antes de ello Hidalgo declara su fe cristiana y algo muy importante: su ministerio en la predicación. Dice así:

“Os juro desde luego, amados conciudadanos míos, que jamás me he apartado ni en un ápice de la creencia de la Santa Iglesia Católica; jamás he dudado de ninguna de sus verdades: siempre he estado íntimamente convencido de la infalibilidad de sus dogmas, y estoy pronto a derramar mi sangre en defensa de todos y de cada uno de ellos. Testigos de esta protesta son los feligreses de Dolores y de San Felipe, a quienes continuamente explicaba las terribles penas que sufren los condenados en el infierno, a quienes procuraba inspirar horror a los vicios y amor a la virtud, para que no quedaran envueltos en la desgraciada suerte de los que mueren en pecado: testigos las gentes todas que me han tratado, los pueblos donde he vivido, y el ejército todo que comando”.

Otro ministerio pastoral del que Hidalgo se gloriaba era la atención espiritual a los enfermos mediante el sacramento de la reconciliación. Diría en efecto estando ya prisionero en Chihuahua que

“He sufrido las mayores fatigas varias veces en el tiempo que he sido cura sin temer soles, fríos y asperezas, distancias y pestes, porque mis feligreses no pasaran sin ella [la confesión sacramental] a la eternidad”.

Queda mucho por delinear sobre la personalidad de nuestro cura, por ejemplo, la pasión por la música dentro y fuera de la iglesia, su devoción al Señor de los Afligidos, el Cristo de la iglesia del Llanito, donde celebraba misa; la licitud de la rebelión, la teología natural esgrimida a lo largo de su campaña, la abolición de la esclavitud, el estandarte guadalupano, el tema de la excomunión, la terrible responsabilidad en los asesinatos de Valladolid y Guadalajara, la brillante defensa en Chihuahua de los cargos de la Inquisición, su permanente certeza de que la independencia era conveniente al país, su contrición por los excesos, y en fin sus últimos y seguros pasos recitando el salmo cincuenta. Pero baste ahora con lo dicho. Y vengamos a nuestro héroe epónimo.

MORELOS

         Algunos rasgos de su personalidad, a través de sus orígenes y luego en su vida sacerdotal.

         Por parte de su padre Manuel Morelos, se trataba de un medio campesino y artesanal. Sus parientes de Zindurio eran pequeños arrendatarios o, tal vez muy pequeños propietarios, sujetos a los altibajos de los temporales y del mercado, gente a la vez endurecida y suavizada en el trabajo del surco y en la sencillez campirana, de ricas tradiciones y de pocos dineros. Manuel emigró a la inmediata ciudad y se hizo carpintero.

         El ambiente familiar por parte de su mamá Juana María Guadalupe Pérez Pavón, era otra cosa. La señora se ufanaba de tener prosapia queretana y ser hija de un maestro de escuela de Valladolid que había cursado varios años en el seminario y que a su vez era hijo de un rico de Apaseo.        Las pretensiones de Juana María eran que su hijo José María accediera al mundo de las letras y de las sotanas, pues entrando a él podría alcanzar parte de la herencia legendaria del bisabuelo, mediante el disfrute de una capellanía.

         José María estudió las primeras letras en la escuela de su abuelo, donde también hubo de leer y releer el catecismo de Ripalda, resumen doctrinal del catolicismo postridentino, así como de tradiciones evangélicas, como las obras de misericordia, o de aquellas otras del humanismo pagano, como las virtudes morales. La aplicación y el creciente interés del alumno prometían su pronto ingreso al seminario.

         Mas las graves necesidades económicas por las que hubo de atravesar la familia, orillaron a José María a buscar el apoyo en la humilde familia de su padre, cuyo primo Felipe, administrador del rancho de Tahuejo por Apatzingán,  abriría a José María las puertas del campo, enseñándole los secretos de los surcos y de las nubes.

         Las letras de José María, aunque pocas, estaban bien asimiladas y eran mayores que las ningunas de su tío Felipe. Por tal motivo pronto se convirtió en el contador de la unidad agrícola, así como en el escribano de recibos y remesas. La actividad y la paciencia, el saber esperar los tiempos, la actuación oportuna y decidida, virtudes de un buen agricultor, fueron la práctica de José María durante unos nueve años.

         A partir de alguno de ellos hubo otra tarea, la arriería, ocupación que le dilató enormemente los horizontes. De tal, manera de tiempo en tiempo retornaba a Valladolid, pero de paso a la ciudad de México; conoció decenas de pueblos, algunas villas y ciudades. Probablemente llegó hasta el puerto de Acapulco.

         Fue asimilando el espíritu del buen comerciante: la prudencia calculadora, el trato con la gente, la atención prevenida para lograr la ganancia y evitar ser engañado, la constante disponibilidad, la versatilidad para adaptarse a mil diferentes situaciones, y desde luego, el desarrollo de la capacidad de comunicación, el dominio del lenguaje popular. Y en el caso particular de un arriero comerciante, la fortaleza para arrostrar penalidades de malos caminos y la habilidad para resolver múltiples problemas desde cinchar bien los burros hasta pasar un torrente. Ahí, en los caminos de Nueva España, creció su ingenio y su sabiduría de la vida.

Pero José María no quitaba el dedo del renglón. Los libros le seguían atrayendo como una llave para entrar a un huerto misterioso, el de la cultura escrita. Además quería ser líder de comunidades, quería enfrentarse cara a cara al misterio del altar y tener el reconocimiento de los pueblos, dirigirlos desde el púlpito y desde el secreto de las confesiones.

Cuando hubo un respiro económico en su casa y forma de pretender la capellanía del bisabuelo, dejó el campo y se inscribió como alumno de gramática latina en el Colegio de San Nicolás cuando Hidalgo era rector. De ahí pasaría al Seminario Tridentino donde cursó filosofía y teología moral. Se ordenó presbítero el 21 de diciembre de 1797.

         La Epístola a Nepociano de San Jerónimo no sólo era guía de conducta para Hidalgo. El obispo Antonio de San Miguel había dispuesto que todos sus clérigos la leyeran. Así que sin duda también la conoció Morelos.

         Aparte el cura vallisoletano había estudiado breves tratados de teología moral entre ellos el Directorio Moral de Francisco Echarri, en cuyas páginas aparecen las obligaciones de los párrocos, cosa que nos permite apreciar, también como en un espejo,  pautas de conducta del cura de Carácuaro.

         La predicación del Evangelio es compromiso ineludible, según esa obra. Dice: "Y no obsta para excusarse [de predicar] el párroco decir que ya administra los sacramentos y procura darles buen ejemplo... Tampoco  puede excusarse el párroco de esta obligación por no haber estudiado la teología escolástica; porque el modo de predicar el párroco no pide sutilezas teológicas, sino anunciar al pueblo lo que es necesario para la salvación..."

         Desde que Morelos era diácono y maestro de retórica en Uruapan se esforzó en el ministerio de la palabra; entre los libros que leía también aparecen sermonarios, e incluso en la insurgencia no raras veces sus discursos y manifiestos traslucen el verbo del profeta cristiano.

         Acerca del ejemplo que deben dar los curas el Directorio de Echarri prescribe. "Lo primero, debe ser ejemplo de castidad, porque la vida impura del párroco es peste que inficiona a sus ovejas; lo segundo, desterrar de sí todo género de avaricia". Sabido es que Morelos se distinguió por su desprendimiento, no así por la observancia del celibato.

         El precepto de socorrer a los pobres debió resonar en Morelos. Dice así el Directorio:

         "Los eclesiásticos, y principalmente los párrocos, están obligados por el derecho natural y canónico no sólo a socorrerlos [a los pobres] en las necesidades extremas y graves, sino en las  comunes y ordinarias... Debe [el párroco] patrocinar y socorrer a los huérfanos y a las pobres viudas, procurando ser su defensor y abogado, pues lo puso Dios para refugio de todos los que necesitan de socorro".

         Compárese el texto citado con estas palabras de Morelos:

         "Soy un hombre miserable más que todos y mi carácter es servir al hombre de bien, levantar al caído, pagar por el que no tiene con qué, y favorecer cuanto pende de mis arbitrios al que lo necesita, sea quien fuere".[11]

         La lejanía, el aislamiento y lo abrupto en que se hallaban los numerosos pero pequeños poblados de la parroquia de Morelos agudizaban su marginación económica. En tal forma la cooperación de aquella feligresía para el culto y mantenimiento de ministros era muy escasa. José María no se cruzó de brazos. Levantó el nivel de varias gentes y el suyo propio haciendo lo que sabía hacer: el comercio de la arriería. Organizó recuas que sacaran los productos de aquellas tierras y los llevaran a Valladolid, de cuyas tiendas traerían variedad de efectos. La disciplina en el manejo del dinero pronto dio resultados y permitió al cura realizar uno de sus trabajos favoritos, la construcción.

         El curato de Carácuaro tenía una sede alternativa, mejor comunicada con el resto del territorio parroquial, el pueblo de Nocupétaro, razón por la cual Morelos trazó y realizó en esta población todo un proyecto para la infraestructura. Escuchémoslo:

“Es el caso que en el área de 120 varas de oriente a poniente y 110 varas de sud a norte fabriqué yo en este citado pueblo de Nocupétaro una iglesia (lo más de propio peculio, como lo tengo probado en la presentación de mis méritos), la que después de la de Cuzamala es la mejor de Tierra Caliente. Y desde el año de 1802 en que concluí esta iglesia, seguí con el empeño de su cementerio hasta estarle poniendo hoy mismo las últimas almenas a la puerta del sud, y ha quedado tan sólidamente construido y tan decente, que sin excepción no hay otro en Tierra Caliente, y pocos en tierra fría, como se puede probar con los cuatro últimos albañiles que se acaban de ir: Julián, Francisco, José María y Gregorio, vecinos de San Pedro de esa capital.

         Al oriente del cementerio queda la casa del campanero y sepulturero; al poniente y contigua, la casa cural; al sud en una esquina, la iglesia vieja que sirve de sala donde se depositan los cadáveres; y en la otra esquina, la iglesia nueva; al norte, la casa del sacristán; todo menos ésta, contiguo y dentro de la citada área”.

         Por otra parte, hubo de cumplir una obligación fraternal con su hermana Antonia, que se resistía a acompañarlo en Tierra Caliente; de tal suerte compró casa en Valladolid para que ahí se alojara; y como pronto casó con un Cervantes, entendido en comercio, Morelos lo hizo su socio y agente en Valladolid, a  fin de que en la esquina de la casa establecieran una tiendita. Por lo demás el cura tenía que darse vueltas a la ciudad para supervisar todo y arreglar asuntos en la mitra, así que construyó un segundo nivel donde puso su habitación.

         La caridad de Morelos no se encerraba en su parroquia ni en su familia. De modo especial era solidario con sus hermanos en el sacerdocio. Cuando alguno de las parroquias circunvecinas enfermaba, ahí estaba Morelos para atenderlo. Escuchemos:

         “El bachiller José María Morelos … Certifico en debida forma y en caso necesario que hace más de cuatro años conozco y he tratado al bachiller don Manuel Arias Maldonado, cura propio de Purungueo y a quien he asistido en los últimos periodos de la vida, hallándole casi moribundo y como a tal he administrado los santos sacramentos, aun con demasiado trabajo mío, el que siempre que he sido llamado, he impendido en obsequio de mi quietud, ministerio y de la caridad que siempre me ha compelido, tanto con este maestro, como con su antecesor a quien asistí en lo que tuvo lugar y halló [permitió] la precisa asistencia a mi curato”.[12]

         Volvamos al Directorio donde la administración de los sacramentos se marca como otro deber fundamental de los curas:

         "Cuantas veces urge el precepto de recibir algún sacramento o la necesidad espiritual o utilidad de algún pueblo lo pidiere, está obligado el párroco, aunque sea con descomodidad suya, a administrarlo sin tardanza; y si lo negare o lo difiriere sin causa legítima, pecaría mortalmente contra justicia, porque falta a una obligación principal de su oficio".

         Estas palabras pesaban sobre el cura tierracalenteño, cuando a deshora y en tiempos de sol abrasador o de tormentas tropicales debía ir a rancherías distantes para decir una misa o auxiliar un enfermo. Y no había excusa.

         La lejanía de la rica hacienda de Cutzián, sujeta a Carácuaro, ocasionó que Morelos tramitara su desmembración, aunque esto significara menos ingresos. Lo hacía "en descargo de su conciencia", precisamente para que aquellos feligreses tuvieran acceso a la predicación y a los sacramentos. [13] Ante la imposibilidad física de atenderlos Morelos se quejaba amargamente con estas palabras:

"Pero lo que es más de notar y digno de llorarse hasta las lágrimas de sangre, que mucha gente de esta hacienda [de Cutzián] se queda todos los años sin cumplir con los preceptos anuales de confesión y comunión, que los más ignoran la doctrina cristiana y que de éstos mismos mueren bastantes sin los santos sacramentos, como lo acabo de palpar en la revista de padrones y partidas. Por lo que afligido de este dolor y en cumplimiento de mi obligación, he solicitado los medios más oportunos para ocurrir a tan graves males..."

Esa referencia a los padrones de cumplimiento pascual es una prueba de la dedicación de Morelos a su ministerio, pues al relacionar año por año, nombre por nombre, todos los que se habían confesado y comulgado, implícitamente declara el haber administrado tales sacramentos con la consiguiente preparación, por sí en la mayoría de los casos y por su vicario cuando requería ayuda. Sabía que el estilo del buen pastor es contar y conocer sus ovejas una por una.

El Directorio de Echarri no habla de particulares devociones que deba tener el párroco. Pero Morelos tenía dos: el Cristo de Carácuaro, sobre el que escribió una novena; y la Virgen de Guadalupe, a la cual cada mes dedicaba función especial. Cuando pudo extender tal devoción siendo general insurgente, lo hizo mediante el siguiente bando:

“Por los singulares, especiales e innumerables favores que debemos a María santísima en su milagrosa imagen de Guadalupe, patrona, defensora y distinguida emperatriz de este reino, estamos obligados a tributarle todo culto […] Por tanto mando que en todos los pueblos del reino, especialmente en los del sud de esta América Septentrional se continúe la devoción de celebrar una misa el día doce de cada mes […] En el mismo día deberán los vecinos de los pueblos exponer la santísima imagen de Guadalupe en las puertas o balcones de sus casas sobre un lienzo decente […] Y […] deberá todo hombre generalmente de diez años arriba traer en el sombrero la cucarda de  los colores nacionales, esto es, de azul y blanco: una divisa de listón, cinta, lienzo o papel, en que declarará ser devoto de la santísima imagen de Guadalupe, soldado y defensor de su culto, y al mismo tiempo, defensor de la religión y su patria contra las naciones extranjeras que pretenden oprimir la nuestra, como lo son a la presente, la nación española y la francesa […]”

Para concluir voy a citar una circular del cabildo sede vacante de Valladolid, abril de 1810, que en su momento conocieron y difundieron tanto Hidalgo como Morelos. Era literalmente alarmante, pues con ocasión de un donativo para fabricación de armas contra una inminente invasión de los franceses se excitaba el patriotismo y la religiosidad del clero; a tal grado, que esta circular fue la señal autorizada para que no pocos clérigos pensaran fortificarse, armarse y disponerse a un eventual levantamiento.

         “Debemos todos prevenirnos, no sea que el usurpador nos coja descuidados e inermes; debemos velar nosotros principalmente que somos atalayas de la religión y del estado… debemos ser los primeros en esta divina empresa por razón de nuestro estado y porque somos también los más interesados; pues si perdemos la patria y el altar, todo lo perdemos.

         No confiemos demasiado en la anchura del océano, ni en lo infesto de las costas, ni en lo fragoso de las montañas… Tampoco será prudencia descansar ciegamente en un poder extranjero. La nación que quiera levantar el edificio de su gloria, debe cimentarlo en sí misma. La patria se funda sobre el patriotismo. Sólo este apoyo es firme. Y el patriotismo consiste en el sacrifico de nuestros intereses particulares y de nuestras pasiones, porque la gloria y la felicidad de una nación es incompatible con el egoísmo e inercia de sus hijos. En fin, la presente generación va a decidir la suerte de las generaciones futuras. Esta será la época de nuestra gloria o de nuestra ignominia”.[14]

         Encabeza las firmas Mariano de Escandón, Conde de Sierra Gorda.

Tales palabras sonaron en la mente de Morelos el 22 de junio de 1810 y resonarían poco después en las iglesias de Carácuaro y Nocupétaro, puesto que la circular mandaba que los párrocos persuadiesen “enérgicamente a sus feligreses de estas verdades”. Lo mismo acontecía en Dolores, en Tuzantla, en Urecho, en La Piedad… en las 130 parroquias que conformaban el extenso obispado de Michoacán.

 


 


[1] Herrejón, Hidalgo antes del Grito cit., pp. 117, 126.

[2] Pompa, Proceso inquisitorial cit., pp. 105-109.

[3] González, Apuntes históricos cit., p. 299. José M. de la Fuente, Hidalgo íntimo, México, Tipografía Económica, 1910, pp. 141-143.

[4] Pompa, Proceso inquisitorial cit., pp. 116-117.

[5] Hernández y Dávalos, Documentos cit., I, p. 190.

[6] Herrejón, Hidalgo antes del Grito cit., pp. 119-121.

[7] Juan Bautista Poquelin Molière, Tartufo o el impostor, en Biblioteca de Nicolaitas Notables, 46, Morelia Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 1992, p. 201.

[8] Hernández y Dávalos, Documentos cit., I, pp. 124-126.

[9] Molière, Tartufo cit., pp. 150-151.

[10] Carlos Herrejón Peredo, Hidalgo. Razones de la insurgencia y biografía documental,  México, Secretaría de Educación Pública, 1986, p. 339.

[11] Ernesto LEMOINE VILLICAÑA, op. cit., p. 287.

[12] Doc. 96.

[13] Wilbert H. TIMMONS: Morelos, sacerdote, soldado, estadista, México, Fondo de Cultura Económica, 1983, p. 36.

[14] Doc. 102.

 

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Los eclesiásticos y la retórica de la violencia

en la independencia de México

Ponencia preparada para la II Jornada Académica: Independencia e Iglesia. Multicentro las Américas, Morelia, Michoacán; 24 y 25 de septiembre de 2009.

 

Marco Antonio Landavazo

Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

Instituto de Investigaciones Históricas

 

 

La violencia, en sus múltiples expresiones, fue un rasgo presente en la guerra civil abierta a partir de septiembre de 1810, y en su desarrollo contribuyeron por igual insurgentes y realistas. No voy a ocuparme aquí de las expresiones objetivas de esa violencia –las ejecuciones, los saqueos, la destrucción de los pueblos, los castigos atroces– sino de una dimensión más bien simbólica, de índole discursiva, que no por ello dejó de ser importante, fundamental quizá para entender más cabalmente la naturaleza de la guerra, los perfiles que adoptó, su curso y su desenlace. Lo hago persuadido de que los "grandes momentos de ruptura política son también momentos de quiebre del lenguaje", pues éste, el lenguaje, "se vuelve escenario visible de las relaciones políticas".

I

Las autoridades políticas, militares y eclesiásticas novohispanas se vieron obligadas a combatir la insurrección desatada en el curato de Dolores, en septiembre de 1810; y una de las vías para ello fue la de restarle legitimidad. Pero en el fragor de la guerra, la desautorización política de la rebelión se fue deslizando hacia la degradación moral de los rebeldes. Los edictos y pastorales del obispo de Michoacán por ejemplo, o las del obispo de Puebla, aunque furibundas, no dejaron de esgrimir razones atendibles en contra del movimiento de Hidalgo.; pero bien pronto, la diatriba y la descalificación empezó a ganar terreno en la guerra que se libraba en el ámbito de la propaganda.

Muchos textos que así procedieron se entregaron a las prensas en estos años, pero quizá ninguno de ellos alcanzó los extremos que lograron las cartas del Ramón Casaús, fraile dominico, calificador de la Inquisición y obispo auxiliar de Oaxaca, que empezaron a aparecer en el Diario de México a partir de noviembre de 1810, publicadas el siguiente año con el elocuente título de El anti-Hidalgo. Cartas de un Doctor Mexicano al Br. D. Miguel Hidalgo Costilla, ex-Cura de Dolores, ex-Sacerdote de Cristo, ex-Cristiano, ex-Americano, ex-Hombre y Generalísimo capataz de salteadores y asesinos. El argumento de Casaús era realmente simple: Hidalgo, presa del odio, la envidia, la ambición y el ateísmo, decidió convocar a un levantamiento para apoderarse del reino y sus riquezas y ponerlo al servicio de Napoleón, destruir la religión e instaurar el libertinaje, todo ello precedido del aniquilamiento de los españoles europeos.

Para explicar la conducta de Hidalgo y la naturaleza de la insurrección, el autor no encontró otra manera que reducir ésta a una orgía monstruosa de sangre y fuego, y a aquél a la condición de bestia salvaje y sanguinaria. Fue convertido el cura también en un luzbel americano, ángel caído y enviado de Satanás para combatir a Dios y a la Iglesia y difundir el ateísmo a lo francés. En un registro menos delirante pero igual de burdo, fue rebajado a la especie de ladrón mayor, capataz de una banda de rufianes que habían organizado una revuelta para satisfacer su codicia desmedida, apoderándose de los bienes de criollos y europeos.

Un rasgo sobresaliente del texto de Casaús, y que revela su talante, es la animalización de Hidalgo. La fauna que aparece en el anti-Hidalgo para animalizar al cura en efecto es enorme: coyote, zorro, lobo carnicero, perro rabioso, caballo desbocado, res, rey de asnos, jabalí, cuervo graznador, águila, serpiente, insecto venenoso y rarísimo, cocodrilo rabioso y devorador, caimán, lagarto, oso, leopardo, león, y el preferido del autor, el tigre. A veces aparece en el texto un término genérico: bestia, monstruo, fiera, cuadrúpedo, animal. Hidalgo era comparado a un animal porque se trataba de eliminar, de reducir por lo menos, su condición humana. El autor afirma: "A un ente que no es de nuestro linaje en sus procederes; que parece ser enjerto monstruoso de los animales más dañinos (tigres, osos, leones, leopardos águilas) […], a tal bestia cruelísima no sé que nombre propio darle".

Para publicistas como Casaús, en la medida en que los insurgentes eran hombres sanguinarios y brutales que por lo mismo habían degenerado a la categoría de bestias feroces o hijos de Satanás, no merecían otra suerte que el suplicio más afrentoso. Se dirigía por ejemplo al cura de Dolores para retarlo y amenazar con cortar "con tu mismo alfanje morisco tu cabeza altiva y petulante", para dar después su cuerpo "por pasto a los tigres y aves de rapiña, tus semejantes". En otra parte de su texto, afirmaba que Hidalgo era ya "el objeto de execración universal", y que por ello todos los novohispanos lo buscaban "como a una fiera que es preciso encadenar y hacer morir de un modo espantoso, por enemigo de su patria y de todos los vivientes". El cura, y con él la insurgencia toda, era visto como una suerte de tumor maligno que era necesario extirpar para evitar la contaminación del cuerpo político del reino: Casaús le decía que su objetivo era "borrar tu nombre de sobre la tierra que profanas y contaminas".

Otros eclesiásticos caminaron por la misma senda infamante recorrida por Casaús. El obispo de Antequera de Oaxaca, Antonio Bergosa y Jordán, por ejemplo. En una pastoral de 30 de junio de 1811, el prelado se propuso hablar a sus diocesanos para "desahogar el justo odio contra hombres tan inicuos", a propósito de la difusión de la insurgencia en su diócesis. Los primeros párrafos del texto se dedican a cantar loas a la paz y la unión, bienes los más preciados para los cristianos, dones del cielo y frutos del amor de Dios. Pero al cabo, el escrito comienza a discurrir sobre los estragos de la guerra en las provincias de Tierra adentro –en sus palabras: "robos, muertes, incendios, saqueos de casas e iglesias, dispersión de los ciudadanos"–, para deslizarse después en el retrato negro de sus autores: "esos despiadados monstruos de la sociedad política y cristiana, y esos abominables delincuentes", que había comandado el "infame caudillo Hidalgo Costilla, el proto-apoderado del tirano Napoleón, de Satanás y del infierno todo para arruinar la religión católica y la monarquía española".

Ese mismo año de 1811, el fraile Tomás Blasco, catedrático de la Real Universidad de Guadalajara y examinador sinodal en el obispado de Nueva Galicia, dio a conocer su Canción elegíaca sobre los desastres que ha causado en el reino de Nueva Galicia […] la rebelión del apóstata Br Miguel Hidalgo. En este largo poema en el que el autor llora las desventuras sufridas en su diócesis y sobre todo en la ciudad capital, el fraile canta "con plecto lamentable"

Los hechos humanos

de aquel ex cura infernal y desalmado

monstruo de los tiranos

monstruo el más execrable

que la región del tártaro ha abortado.

De la iglesia apartado

a los vicios más torpes se entregaba

del fiero Napoleón hízose amigo

para ser enemigo

de la que el ser le daba

y de honra le colmaba

cual viborezno ingrato

que nace sin razón ni inteligencia

poniendo su conato

en quitar a su madre la existencia.

 

II

Los insurgentes tenían también lo suyo a la hora de denigrar al adversario. Conocemos en efecto algunos textos en los que se hicieron referencias en extremo virulentas acerca del gobierno virreinal, de las tropas del rey y de los españoles europeos, los blancos favoritos de su diatriba, sobre todo estos últimos, los también llamados gachupines. Y en ese empeño destacaron de nueva cuenta los eclesiásticos, dos de ellos, figuras principales de la rebelión: Miguel Hidalgo y José María Morelos. En sus textos encontramos una operación intelectual muy parecida a la de los publicistas oficiales, una suerte de silogismo en el que la premisa del carácter naturalmente perverso de los gachupines, de su gobierno y de su ejército, llevó a la conclusión de la necesidad de acabar con ellos.

Cuando leemos esos textos es posible advertir varias imágenes sobre los gachupines, que iban de la avaricia extrema que los distinguía a la mentira constante que salía de sus bocas; de la crueldad extrema en la que se solazaban a la depravación y lujuria inmorales; de la herejía o la apostasía de la que hacían gala; de la traición al monarca a la aberrante y antipatriótica simpatía por Napoleón. Estos eran los argumentos principales para operar la degradación del adversario. En el texto que escribió para refutar los cargos que le levantó la Inquisición, sea por caso, Hidalgo afirmó que los peninsulares no eran católicos "sino por política" y que su Dios era el dinero; que eran hombres "desnaturalizados" pues por "el vil interés" sacrificaban hasta sus propios padres; que eran incapaces por tanto de "tener afectos de humanidad".

Morelos, por su parte, señaló en una proclama de diciembre de 1812 que la "hidrópica ambición" de los españoles europeos era "el móvil" de todas sus acciones, y por ello su gobierno era "el país de la impiedad, morada de la falacia y seno de la hipocresía". En este mismo texto aseveró que al pasar por los pueblos en sus incruentas campañas militares, las tropas del rey –esos "brutos de Babilonia"–, arruinaban los altares, destrozaban las sagradas imágenes, despreciaban sus reliquias y blasfemaban de Jesucristo "profiriendo expresiones deshonestas e indignas aun en la boca de Satanás". Se refirió así a algunos de sus jefes: el "seudo político" Venegas, el "insolente" Calleja y los "temerarios sacrílegos impíos" Cruz y Trujillo. A todos ellos Morelos los reducía no sólo a una "infernal prosapia", a "cometas del rey intruso" o "lujos del pecado", sino a verdaderos "perjuros enemigos de Dios, de su iglesia y de todo el género humano". Muy similar a la forma en que referían a algunos altos militares en un texto de factura anónima: "un Venegas embustero, un Cruz sanguinario, irreligioso, inmoral seductor, un Trujillo despreciable mico, un Flon hermafrodita".

De la degradación extrema del adversario había sólo un paso a la proposición de su exterminio, un paso que se dio a menudo en estos mismos textos. Baste citar los del cura de Carácuaro, por ejemplo la proclama que emitió en Cuautla a finales de febrero de 1812, en la que señaló que el ejército insurgente había matado más de la mitad de los gachupines que había en el reino, y que pocos faltaban por matar, pero eso sí, aclaró Morelos, "en guerra justa; no matamos criaturas inocentes, sino gachupines de inaudita malicia". Apoyado en el derecho de gentes, Morelos excitaba a sus tropas a proceder de esta manera contra los gachupines si no rendían sus armas: "acabémoslos, destruyámoslos, exterminémoslos, sin envainar nuestras espadas hasta no vernos libres de sus manos impuras y sangrientas".

III

Dejo aquí esta muestra del catálogo de diatribas realistas e insurgentes, para pasar a hacer algunas reflexiones finales. La primera, que me parece obvia, es que estos textos no eran sino formas de expresión en el ejercicio de la violencia que se desató con la guerra. Y no sólo porque degradaban al enemigo en el ámbito del discurso sino porque resulta previsible pensar que justificaban a veces, y alentaban en otras, prácticas de violencia física. No se trataba pues de meros artificios verbales, de palabras que se desvanecían con el viento, manuscritos o impresos que nadie leía. Las cartas de El anti-Hidalgo, por ejemplo, fueron consideradas un instrumento útil de propaganda en el gobierno virreinal, muy adecuadas, en palabras del virrey Venegas, "por el ridículo de que cubren al ‘serenísimo’ cura", y por ello envió varios ejemplares a Calleja para su distribución.

En segundo lugar, se advierte en textos como los que acabo de citar, en los textos de ambos bandos, una visión mítica de la guerra, es decir, una predisposición a vivirla dramáticamente, como una lucha entre poderes conflictivos, entre las fuerzas del Bien y las del Mal. Una visión que termina precisamente por convertir al adversario en el malo, el odioso, el abominable, hasta el punto en que se vuelve casi un imperativo acabar con él. Así parece desprenderse de textos como los de Morelos: si los peninsulares eran seres de "inaudita malicia", de manos "impuras y sangrientas", su muerte se volvía no sólo políticamente justificada sino moralmente deseable. Y lo mismo pasaba con los escritos de los hombres de la Iglesia: era absolutamente lícito exterminar, como decía el fraile Casaús, a seres abominables vomitados por el infierno.

Y tercera y última: estos relatos de la violencia sólo sirvieron para engendrar más violencia. Los insurgentes degradaron al adversario por la vía de la satanización, mientras que los publicistas oficiales y oficiosos del gobierno virreinal lo hicieron, además, mediante la animalización y la criminalización de los rebeldes. Se produjo lo que algún antropólogo dio en llamar la violencia "mimética": ¿Cómo responder a un texto denigratorio si no era con otro texto denigratorio? ¿Cómo responder a una muerte cruel sino con otro ejercicio de violencia extrema? Un contexto de violencia sin fin volvía imposible la paz, cerraba todo espacio a la negociación. ¿Cómo hacerlo si se negaba por principio toda condición humana al interlocutor, si se consideraba que sus objetivos eran tan sólo la destrucción, el robo y el asesinato, o la opresión y la explotación?

Intentos de encontrar una salida política al conflicto los hubo desde luego, como los que impulsaron José María Cos con sus "Planes de Paz y Guerra" y sus cartas al virrey Venegas, o Manuel Ignacio González del Campillo, el obispo de Puebla, con sus cartas a Ignacio Rayón y José María Morelos. Pero todos ellos, hasta antes de los esfuerzos de Iturbide, resultaron infructuosos. Sospecho que algo tuvo que ver en ello la violencia extrema que se observó en la guerra de independencia, y como parte de ella la estridencia de un discurso que bien podríamos calificar como terrorismo verbal.

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EL COLEGIO DE SAN NICOLÁS

Y EL SEMINARIO TRIDENTINO DE VALLADOLID

EN VÍSPERAS DE LA CRISIS COLONIAL*

Ricardo León Alanís

Instituto de Investigaciones Históricas

Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

 

Introducción

El presente trabajo, tiene como propósito aclarar una serie de dudas y malas interpretaciones en torno a la vida académica de la ciudad de Valladolid de Michoacán, durante las últimas décadas del siglo XVIII y primeros años del XIX. Como es sabido, en el ambiente académico e ilustrado que caracterizaba por entonces a las dos principales instituciones educativas y clericales de la antigua Valladolid, se formaron durante su juventud estudiantil algunos de los caudillos más importantes de la independencia de México. Sin embargo, en general, considero que la bibliografía clásica sobre el tema se empeñó confusamente, hasta hace algunos años, en querer exaltar el papel protagónico de una u otra institución ―ya sea el Real y Primitivo Colegio de San Nicolás Obispo, o el Real y Pontificio Colegio Seminario de San Pedro, mejor conocido como Seminario Tridentino―, sin tomar en cuenta, más bien, la estrecha relación académica que desde un principio se estableció entre ambas instituciones, a raíz de un hecho singular: la expulsión de la Compañía de Jesús (en 1767), que precisamente se produjo en uno de los momentos de mayor auge académico en el Colegio de San Nicolás y en vísperas de la apertura definitiva del nuevo Seminario Tridentino de Valladolid. Espero que con las aclaraciones hechas a lo largo de este trabajo, podamos entender mucho mejor ese contexto, y que así, comprendamos también de mejor manera el proceso de formación académica de algunos ilustres personajes como Miguel Hidalgo, José María Morelos, los hermanos Michelena, Miguel Domínguez, Ignacio Rayón, José María Izazaga, José Antonio Soto Saldaña y Manuel de la Torre Lloreda, entre otros.

El Colegio de San Nicolás ante la expulsión de los jesuitas y la fundación del Seminario Tridentino (1759-1773)

En el año de 1759, a poco tiempo de su llegada a Valladolid, el nuevo obispo Pedro Anselmo Sánchez de Tagle, comunicó formalmente al cabildo eclesiástico su decisión de proceder de inmediato a la fundación del Seminario Tridentino de la diócesis de Michoacán. Para ello, ordenó que se buscaran en el archivo catedralicio todos los antecedentes de su fundación. Así, salieron a relucir el breve papal de Clemente VIII (dado en Roma, el 5 de abril de 1594) y una desconocida cédula real de Carlos II (de la que sólo sabemos su fecha, expedida el 8 de diciembre de 1671), que ya habían ordenado erigir el Seminario Tridentino de la diócesis michoacana sobre las bases del antiguo Colegio de San Nicolás Obispo, fundado por don Vasco de Quiroga en el siglo XVI. Pero como es sabido, dicha fundación tridentina no había podido llevarse a cabo en el obispado de Michoacán, ante la férrea defensa que el cabildo eclesiástico había hecho siempre del derecho de vicepatronazgo sobre el Colegio de San Nicolás, que les había heredado el obispo fundador don Vasco de Quiroga. Y aunque varios canónigos plantearon nuevamente la posibilidad de que, instituyendo algunas cátedras complementarias en el Colegio de San Nicolás, éste haría las veces de Seminario Conciliar, ni por asomo el obispo Sánchez de Tagle pensó en recurrir a un nuevo enfrentamiento con el cabildo eclesiástico, pues en todo momento expresó:

"ser su obligación y personal ánimo y celo como pastor, el proceder a la fábrica del Seminario, tal y como lo ordenaba la ley 35, libro I, título 13 de la Recopilación de Leyes de Indias, y el capítulo 18, sesión 23 de Reformatione, del Santo Concilio de Trento".

Así, durante los años 1759-1760, el obispo Sánchez de Tagle ordenó que todas las parroquias, doctrinas, sacristías, vicarías, capellanías y hospitales de la diócesis pagaran una pensión anual que, aunada a la parte proporcional de los diezmos del obispado, correspondientes a la mesa capitular, cuarta episcopal y fábrica espiritual, dotarían de rentas suficientes para la erección y sostenimiento del Seminario. De esa manera, el 18 de enero de 1761, en el solar ubicado exactamente enfrente de la Catedral vallisoletana, se colocó la primera piedra para la construcción del nuevo edificio que albergaría al Real y Pontificio Colegio Seminario de San Pedro de Valladolid de Michoacán. La obra material estuvo a cargo de uno de los más renombrados arquitectos vallisoletanos de la época, Tomás de Huerta, quien por esos años acababa de reconstruir el flamante edificio del colegio de la Compañía de Jesús de Valladolid, bajo la advocación de San Francisco Xavier. Pero además, anexo al Seminario, el obispo Sánchez de Tagle fundó también el llamado Colegio de Infantes de la Catedral, que haría las veces de schola cantorum para proveer de suficientes monaguillos, acólitos, cantores y músicos a la capilla catedralicia.

En ese sentido, cabe decir que la fundación del Seminario Tridentino de Valladolid y del Colegio de Infantes de la Catedral, habrían de tener, pues, un impacto inmediato en el desarrollo del Colegio de San Nicolás. De hecho, ya desde el año de 1759, cuando el obispo Sánchez de Tagle había hecho saber a los canónigos su deseo de emprender la fundación del Seminario, hizo saber también que una de las grandes necesidades del obispado era que: "se críen sujetos idóneos e inteligentes en los idiomas de los naturales, y deberse fundar cátedras para dicho efecto". De tal manera, consta que en ese entonces el obispo mandó "instituir en el Colegio de San Nicolás las cátedras de los idiomas Tarasco, mexicano y otomí [...] en el interim que tiene efecto la fábrica del colegio Seminario que se considera dilatada". Para el efecto, los canónigos del cabildo, como patrones del Colegio de San Nicolás, estuvieron de acuerdo con el obispo y señalaron además que:

"teniendo (esto) presente, se halla por suprimida la cátedra de Gramática que había en dicho Colegio de San Nicolás, (y) fueron de acuerdo se erijan y funden dichas tres cátedras de los idiomas referidos en dicho colegio, con el salario de trescientos pesos anualmente a cada uno de los catedráticos, subrogándose la renta de los doscientos pesos de la cátedra suprimida para parte de la paga de ellos, y que los setecientos pesos que han de componer la cantidad de novecientos pesos, para dichos tres catedráticos, se suplan de la fábrica espiritual, entre tanto que haya efectos del colegio Seminario para que se remplace a dicha fábrica lo que hubiere suplido".

Es decir, que aunque la fundación de las cátedras de los idiomas indígenas Tarasco, nahuatl y otomí, se verificó formalmente en el año de 1759, en realidad sólo se "depositaron" provisionalmente en el Colegio de San Nicolás, pero por erección pertenecían y estaban asignadas formalmente al nuevo Seminario Tridentino de Valladolid, tal y como lo proclamaba también el obispo Sánchez de Tagle en su carta pastoral de 1760, que ordenó la recaudación de todos los fondos necesarios en las parroquias de la diócesis michoacana, para proceder a la fábrica material del Seminario. Sin embargo, el desconocimiento y la mala interpretación de los documentos emitidos por esos años, para la provisión de los catedráticos que habrían de impartir estos cursos a los jóvenes colegiales nicolaitas y primeros seminaristas vallisoletanos, ha llevado a varios autores a cometer el error de aseverar que en el Colegio de San Nicolás se fundaron e impartieron durante el siglo XVIII dichas cátedras de lenguas indígenas. En realidad, debe quedar claro que estas cátedras sólo debían funcionar en calidad de "depósito" y de manera temporal en el recinto nicolaita, ya que su fundación y dotación pertenecía realmente al Seminario Tridentino, y por lo tanto deberían impartirse en él, una vez que éste abriera sus puertas. No obstante, parece ser que desde 1759 y prácticamente hasta principios del siglo XIX, dichas cátedras de lenguas indígenas se impartieron de manera cotidiana en las aulas del Colegio de San Nicolás, a pesar de que el nuevo Seminario Tridentino de Valladolid abrió formalmente sus puertas en el año de 1770. Al parecer, fue hasta principios del siglo XIX, cuando finalmente dichas cátedras de lenguas indígenas comenzaron a impartirse ya en el edificio del Seminario Tridentino y fue entonces que, en 1808, la fábrica espiritual de la Catedral vallisoletana retribuyó:

"la cantidad de 1,329 pesos que en calidad de suplemento se ministraron [...] para pagar los honorarios de los catedráticos de idioma mexicano, otomí y Tarasco [...] que por orden del obispo Pedro Anselmo Sánchez de Tagle [...] leyeron en el Colegio de San Nicolás".

Esto demuestra ―a mi modo de ver―, que más que una especie de competencia o rivalidad académica (como a veces se ha dicho), hubo siempre una estrecha relación y cooperación entre ambas instituciones clericales vallisoletanas, para la formación y educación integral del clero secular michoacano durante las últimas décadas del siglo XVIII. Otra cosa serían las pequeñas disputas que se dieron por entonces entre ambos colegios, por ocupar el lugar más destacado en las procesiones y celebraciones religiosas, u otros actos públicos llevados a cabo en la ciudad de Valladolid, pues en ellas —como veremos más adelante—, el Colegio de San Nicolás no dejó de reclamar continuamente al Seminario Tridentino que le respetara su bien ganado privilegio de antigüedad.

Sin embargo, aclarado este punto, vale la pena mencionar que ante la inminente fundación del Seminario Tridentino de Valladolid, el Colegio de San Nicolás parecía estar destinado, en principio, a la ruina académica y material. No obstante, cuando se iban levantando frente a la Catedral vallisoletana los muros que albergarían al nuevo Seminario Tridentino, como si se tratara ya de una auténtica amenaza para la existencia misma del Colegio de San Nicolás, dos acontecimientos sucedidos en el segundo lustro de la década de 1760, vinieron a dar nueva vida y esperanzas a la célebre y ya para entonces bicentenaria institución quiroguiana. Por un lado, la aparición en 1766 de la obra escrita por el entonces rector del Colegio de San Nicolás, licenciado Juan Joseph Moreno, dedicada a exaltar la "Vida y Virtudes del Primer Obispo de Michoacán, Don Vasco de Quiroga", revitalizó y dimensionó a tal grado al llamado, a partir de entonces, "Real y Primitivo Colegio de San Nicolás Obispo", que su preeminencia como la institución educativa del clero más antigua e importante, no sólo del obispado de Michoacán, sino de toda Hispanoamérica, quedó fuera de cualquier discusión.

Por otra parte, en 1767, al llevarse a cabo la expulsión de los religiosos de la Compañía de Jesús, que por entonces atendían un total de seis colegios en el obispado de Michoacán, se notó de inmediato que ni aún con la fundación del Seminario Tridentino, se haría frente a la gran demanda de estudios que seguramente plantearía a partir de entonces el creciente número de jóvenes criollos y estudiantes que había en toda la diócesis. De hecho, el efecto de la expulsión de los jesuitas en Michoacán, se notó de inmediato en la restauración que se hizo de la suprimida cátedra de Gramática Latina en el Colegio de San Nicolás, y aún más, en la fundación que al parecer se hizo por esos mismos años de otra cátedra complementaria al ciclo de Humanidades, pues a partir de 1769-1770, se comenzaron a opositar y proveer dos cátedras distintas de latinidad en el Colegio de San Nicolás: una de Mínimos y Menores, conocida propiamente como Gramática Latina; y otra de Medianos y Mayores, llamada también de Retórica. Asimismo, es evidente que tras la expulsión de los jesuitas, el Colegio de San Nicolás fue uno de los pocos planteles en el obispado de Michoacán que por entonces pudo dar cabida a los muchísimos estudiantes que de la noche a la mañana se habían quedado sin cátedras. Los testimonios que dan cuenta de este fenómeno son claros y las cifras contundentes. Baste decir que de 44 estudiantes matriculados en el Colegio de San Nicolás a mediados de la década de 1760, la cifra aumentó a 64 colegiales en 1767 y llegó a un total de 78 estudiantes nicolaitas hacia 1770. Esto se reflejó también económicamente en el correspondiente aumento de sus ingresos por concepto del cobro de colegiaturas y pupilajes a dichos estudiantes, que pasó de 7,104 pesos en el trienio 1764-1767, a más 14,390 pesos entre 1767-1770.

Sin duda, la mayor parte de los nuevos colegiales nicolitas arribaron de lugares más o menos cercanos a Valladolid, cómo Pátzcuaro, Celaya, Guanajuato, León y San Luis Potosí, donde hasta 1767 habían existido colegios jesuitas; pero incluso, varios más llegaron al obispado de Michoacán provenientes de otras diócesis y ciudades de mayor importancia, como México, Puebla y Querétaro. Así, una vez matriculados en el Colegio de San Nicolás, pudieron proseguir o concluir los estudios que habían dejado truncados en sus lugares de origen debido a la "expatriación" de los jesuitas. En ese sentido, cabe decir que el 20 de marzo de 1770, el cabildo eclesiástico de Valladolid solicitó a la Junta de Temporalidades de la Corona, que se hacía cargo de administrar todos los bienes de la extinguida Compañía de Jesús, que el flamante edificio del excolegio jesuita de Valladolid le fuera cedido al Colegio de San Nicolás, pues éste se "hallaba sumamente maltratado" y resultaba casi "inservible", para dar atención a tantos estudiantes. Aunque los canónigos de la Catedral vallisoletana confiaban en que esto no sería dificultoso, dicha petición no tuvo el efecto deseado y por lo tanto el Colegio de San Nicolás buscaría en lo sucesivo otra manera de ampliar sus espacios para atender a un número cada vez más grande de colegiales.

Para entonces, el obispo Sánchez de Tagle se hallaba dando los últimos toques a los preparativos para la inauguración solemne del nuevo edificio que albergaría al Seminario Tridentino de Valladolid, cuya fecha de apertura se había programado ya "para la fiesta del glorioso arcángel San Miguel" (29 de septiembre), quizá con el propósito de iniciar cursos unas semanas después, como era la costumbre, puntualmente "en el día de San Lucas" (18 de octubre) de ese mismo año de 1770. En vista de que el Colegio de Infantes y el nuevo Seminario proveerían en lo sucesivo del servicio de acólitos, monaguillos, cantores y músicos a la Catedral, los canónigos acordaron solicitar formalmente al obispo que "se exonerara a los colegiales de San Nicolás de acudir ordinariamente al servicio en la Catedral, por ser ahora competencia del Seminario". Asimismo, propusieron que al curso de Artes (o Filosofía) que estaba por abrirse en el Seminario, "acudiesen los 16 o 18 colegiales de San Nicolás que iniciaban dicho curso". El obispo aprobó estas medidas y de esa manera, a partir de octubre de 1770, los colegiales de San Nicolás dejaron de prestar el servicio ordinario en la Catedral de Valladolid "como había sido costumbre ancestral". A partir de entonces, colegiales nicolaitas y seminaristas vallisoletanos comenzaron a acudir conjuntamente a los cursos de Artes o Filosofía que se impartían de manera alternada en ambos colegios; es decir, un ciclo en el Seminario y otro en el Colegio de San Nicolás. Incluso, con el propósito de evitar posibles riñas y problemas entre los estudiantes de uno y otro plantel, el obispo solicitó por entonces al canónigo superintendente y al rector de San Nicolás que comunicaran a los colegiales nicolaitas que habían de acudir al Seminario, que lo hiciesen "con la mayor hermandad, no solicitando preferencias de clase, sino sentándose entreverados con los del Seminario". Igualmente, al entonces rector, catedrático de filosofía y estudiantes del Seminario Conciliar se les comunicó que deberían:

"guardar la mejor armonía y correspondencia con los del Colegio de San Nicolás, recibiéndolos en el suyo y sus clases, como hermanos sin dar el más ligero motivo para que entre unos y otros se ofrezcan discordias, apercibiéndolos por unos y otro señores a sus respectivos alumnos, que en caso de contravención, no sólo se les castigará severamente cualquiera culpa en este particular, sino que calificada por grave, se les privará de la beca".

Esta relación demuestra —insisto— que más allá de una supuesta rivalidad o competencia académica, se estableció a partir de entonces una sana y estrecha colaboración entre ambas instituciones clericales vallisoletanas, como quedaría de manifiesto una vez más en varios apartados de las Constituciones del Seminario Tridentino en las que se especificaba que el rector, los catedráticos y colegiales de San Nicolás serían convidados a las funciones literarias efectuadas en el Seminario con motivo de la apertura de cursos, ejercicios literarios, réplicas y oposiciones, entierros y otros actos públicos. De hecho, es de suponerse que a estos actos correspondiera también en la misma forma el Colegio de San Nicolás; es decir, invitando a su vez al rector, catedráticos y estudiantes seminaristas, a la funciones y demás protocolos académicos que también se efectuaban de manera cotidiana en el colegio nicolaita, de tal manera, pues, que ambas instituciones se complementaban integralmente en la formación y ejercicios académicos y literarios de sus respectivos estudiantes y catedráticos.

Sin embargo, como era de esperarse, la apertura definitiva del Seminario Tridentino en septiembre de 1770, sí afectó sensiblemente al Colegio de San Nicolás en otros rubros, como el de sus rentas y número de estudiantes matriculados. Al respecto, resulta evidente que una vez inaugurados los cursos en el Seminario, en octubre de 1770, la matrícula de estudiantes nicolaitas bajó más del 40% y los ingresos por concepto del cobro de colegiaturas disminuyeron casi un 70%, en tan solo tres años. Baste decir que de los 78 estudiantes matriculados en San Nicolás en el trienio 1767-1770, la cifra bajó a sólo 46 estudiantes entre 1770-1773; en tanto que los ingresos por colegiaturas pasaron de 14,390 pesos recaudados en 1770, a tan sólo 4,752 obtenidos en 1773, registrándose así uno de los índices más bajos de percepción en este rubro en el Colegio de San Nicolás durante todo el siglo XVIII. En contraste, cabe decir que tan sólo entre septiembre-octubre de 1770, el Seminario Tridentino de Valladolid inició sus cursos con una matrícula de 62 estudiantes en total; de los cuales, 30 eran becarios de erección o merced, de acuerdo con las Constituciones del Seminario, decretadas por el propio obispo Sánchez de Tagle; por lo que sus ingresos por concepto del cobre de pupilajes o colegiaturas supernumerarias debió ser alrededor de unos 3,200 pesos en ese mismo año, si consideramos que la manutención de un estudiante se calculaba, en promedio, en unos 100 pesos al año.

El canónigo Blas de Echeandia: rector, promotor y defensor de los privilegios del Colegio de San Nicolás (1775-1786)

En 1775, esta situación no pasó desapercibida para quien entonces acababa de ser nombrado como nuevo rector y canónigo superintendente del Colegio de San Nicolás, el licenciado don Blas de Echeandia, quien de inmediato propuso una serie de medidas para fortalecer la presencia del Colegio de San Nicolás, no sólo en el ámbito académico vallisoletano, sino en general en todo el obispado de Michoacán, pues sentenciaba: "porque de lo contrario se irán muchos de los colegiales y estudiantes al colegio Seminario y se quedará San Nicolás sin gente". En ese sentido, dispuso que la alternancia del curso de Artes (o Filosofía) con el Seminario Tridentino de Valladolid se dejara mejor "al arbitrio" del rector del Colegio de San Nicolás en turno; también ordenó que los dos colegiales más sobresalientes de San Nicolás presentaran cada año sendos actos públicos de Teología Moral y Escolástica; e igualmente implementó y reglamentó por primera vez en el ámbito académico nicolaita la disputa de las llamadas "becas reales de oposición" entre los colegiales pasantes más destacados, para que éstos pudieran permanecer de alguna manera ligados a la institución, pues se trataba ante todo de que así: "tenga el Colegio (de San Nicolás) algún más lustre y no se vayan (sus colegiales al Seminario) por falta de algún premio".

En 1777, con motivo de la llegada a Valladolid del nuevo obispo de Michoacán, Juan Ignacio de la Rocha, el canónigo Blas de Echeandia elaboró también un amplio informe sobre la situación jurídica en que se hallaba el Colegio de San Nicolás respecto al Seminario Tridentino de Valladolid, a fin de que: "Vuestra Señoría Ilustrísima declare a mi colegio la preferencia por su antigüedad respecto del dicho Seminario". Como ya señalaba, este privilegio de antigüedad era algo que el Colegio de San Nicolás ostentaba legítimamente y que en los acontecimientos importantes de la ciudad quería hacer notorio a todas luces. De esa manera, como buen licenciado, Blas de Echeandia recurrió a los principios básicos del derecho para terminar de una vez por todas con la controversia surgida entre las dos notables instituciones educativas del clero secular en Valladolid, pues sólo así —decía el rector de San Nicolás—:

"se podrán evitar [...] los escándalos que me aseguran se ofrecieron [en el año pasado de 1773], durante la entrada del señor obispo ilustrísimo [Luis Fernando de Hoyos y Mier], su dignísimo antecesor difunto".

Haciendo gala de su habilidad jurídica, el licenciado Blas de Echeandia señaló entonces que:

"El primer fundamento que hay en derecho para que las comunidades o colegios se prefieran es probar la mayor antigüedad de sus fundaciones, y que la de mi colegio sea la más antigua es innegable y por su notoriedad así en esta ciudad como en toda la América es ociosa su probanza, y que por esta razón deba preferirse se prueba inmediatamente con el axioma común y regla del derecho canónico y civil que asienta que: el que primero es en tiempo lo es en derecho, luego habiendo sido primero en tiempo la fundación de mi colegio tiene por forzosa concurrencia mejor derecho que el Seminario por llevar aquel a éste en antigüedad más de dos siglos, como a vuestra señoría ilustrísima le consta y a todas las personas de este obispado".

Todo parece indicar, además, que ya para entonces el licenciado Blas de Echeandia había comenzado a planificar un ambicioso proyecto académico que desafortunadamente tardaría más de veinte años en llegar a cristalizar, por lo que la vida ya no le alcanzó para verlo terminado definitivamente. Dicho proyecto, consistiría en lanzar por primera vez, en el año de 1776, la iniciativa de establecer nuevas cátedras de derecho y jurisprudencia —o mejor dicho, una cátedra de Cánones y otra de Leyes—, en el Colegio de San Nicolás de Valladolid, para hacer frente así a la evidente amenaza que ya significaba la reciente apertura de cursos mayores en el Seminario Tridentino, aunque su propósito más importante y general era:

"abrir nuevas alternativas de estudio para muchos jóvenes del obispado de Michoacán, aplicados y muy capaces para el estudio, cuya vocación era el Derecho y no la Teología, pero se retraían de cursar esa carrera por tener que ir hasta la ciudad de México para poder estudiarla".

Como rector nicolaita, pero sobre todo como licenciado y especialista en la materia, el canónigo Blas de Echeandia se echó a cuestas este ambicioso proyecto e inició formalmente las gestiones correspondientes ante la Corona española con el objeto de que el rey, en su calidad de auténtico patrono del colegio, otorgara el aval necesario y alguna ayuda económica para erigir las nuevas cátedras de Cánones y Leyes en el Real Colegio de San Nicolás. Desafortunadamente, como decíamos, el proceso para la apertura de ambas cátedras de derecho en el colegio nicolaita llevaría más de veinte años de tortuosas negociaciones a uno y otro lado del Atlántico, pues resulta que la documentación originada en Valladolid de Michoacán, en 1776, primero habría de pasar por la ciudad de México para obtener el visto bueno del virrey y del claustro de la Real Universidad que, inexplicablemente, en 1782, dictaminó que dichas cátedras "no eran útiles ni necesarias en el Real Colegio de San Nicolás Obispo de Valladolid", además de que:

"resultarían perjudiciales a la república y a los intereses de esta Real Universidad, por los muchos estudiantes del obispado de Michoacán que entonces ya no acudirían a la ciudad de México para estudiar dichas cátedras".

Obviamente, ante la apelación del cabildo eclesiástico de Valladolid, los autos fueron remitidos para su dictamen ante el Consejo de Indias en Sevilla y de ahí fueron a parar a la Corte de Madrid para su aprobación final por parte del rey. En ese sentido, consta que el 13 de agosto de 1783, se expidió una primera cédula real que ya autorizaba la erección formal de dichas cátedras de Cánones y Leyes en el Colegio de San Nicolás, pero la mala fortuna impidió que la documentación originada en ese entonces llegara finalmente a su destino en Valladolid de Michoacán, por lo que la vida del entonces rector de San Nicolás, don Blas de Echeandia, ya no alcanzó para ver cristalizado este anhelo personal al haber fallecido accidentalmente en noviembre de 1786. Así, pues, más que a la falta de un capital suficiente para llevar a cabo la erección definitiva —como a veces se ha mencionado—, debe quedar claro que las gestiones iniciales para establecer las nuevas cátedras de Cánones y Leyes en el Colegio de San Nicolás, durante las décadas de 1770 y 1780, no tuvieron por entonces el efecto deseado debido a otros imponderables. Por lo tanto, creo que es justo reconocer ahora, al paso de los siglos, al ilustre canónigo y rector nicolaita, Blas de Echeandia, como el gran promotor para la fundación de ambas cátedras de derecho en el Colegio de San Nicolás, aunque la vida no le haya alcanzado para ver el momento culminante de su inauguración.

El canónigo Mariano de Escandón y la fundación de nuevas cátedras en Valladolid

Ese último y ya conocido tramo de la historia, tuvo lugar hacia el año de 1790, cuando una rica vecina de Valladolid, llamada doña Francisca Xaviera de Villegas y Villanueva, donó por vía testamentaria más de 16,000 pesos en favor del Colegio de San Nicolás, "movida del reconocimiento a los beneficios que sus hermanos recibieron con la educación y la enseñanza que se les ministro en él". Ya para entonces, el nuevo canónigo superintendente del Colegio de San Nicolás era el famoso Conde de Sierra Gorda, don Mariano de Escandón y Llera, quien a partir de ese momento asumió todo el protagonismo del caso e hizo los arreglos necesarios para que tan cuantiosa donación se destinara definitivamente para la erección de las anheladas cátedras de cánones y leyes. Fue entonces que salieron a relucir los antecedentes del caso y la extraña pérdida de los autos originales que se habían remitido a España tan sólo unos años antes. De esa manera, se procedió de nueva cuenta a hacer todas las averiguaciones pertinentes y hacia 1793 se remitieron nuevamente otros autos originales a la metrópoli española. Así fue como se expidió una nueva y definitiva cédula real —fechada en San Lorenzo el 23 de noviembre de 1797—, por medio de la cual se ratificaron todos los autos y cédulas anteriores, y se erigieron finalmente, con todas las formalidades del caso, las nuevas y anheladas cátedras de Cánones y Leyes en el Real y Primitivo Colegio de San Nicolás. La noticia y la llegada definitiva de la cédula real de erección, se conocieron en Valladolid de Michoacán casi un año después, aunque ya desde 1797 el agente del cabildo eclesiástico michoacano ante la Corte de Madrid —Juan Francisco Fernández de Haro—, había escrito una serie de cartas dirigidas a los canónigos vallisoletanos confirmando:

"la expedición de nuevas cédulas reales para la fundación de las cátedras de Cánones y Leyes en el Real Colegio de San Nicolás, en virtud de las cédulas perdidas del año 1783, confiando en que estas nuevas llegaran a su destino, a pesar de las actuales circunstancias en que permanecen los ingleses hechos árbitros de los mares".

Así, el 30 de octubre de 1798, en solemne sesión del cabildo los canónigos conocieron el tenor de dicha real cédula y de inmediato procedieron a dictaminar y aprobar otras formalidades jurídicas relacionadas con la oposición y ocupación de las nuevas cátedras. El impacto de la llegada de la cédula real, que por fin después de tantos años autorizaba la erección formal de las cátedras de cánones y leyes en el Colegio de San Nicolás fue tan grande, que el 4 de noviembre de 1798 se celebró públicamente el acontecimiento con un solemne acto realizado a las afueras del colegio, en un magno evento al que acudió lo más granado de la ciudad de Valladolid. Dicho acto, fue reseñado días más tarde por un escritor anónimo y la nota apareció publicada, con bombos y platillos, en la Gaceta de México del 14 diciembre de ese mismo año.

La bibliografía clásica sobre la historia del Colegio de San Nicolás nos refiere el hecho de que, posteriormente a la apertura de las cátedras de Leyes y Cánones, el canónigo Mariano de Escandón y Llera se dio a la tarea de erigir dos nuevas cátedras en el mismo colegio: una de Matemáticas y otra de Lengua Tarasca. Igualmente, destaca el hecho de que por esos años ya ocupara la rectoría del Colegio de San Nicolás el doctor José Sixto Berduzco, ilustre personaje que años más tarde figuraría también de manera muy importante en el movimiento insurgente. Sin embargo, en general, considero que la cuestión es confusa, por lo que ya es tiempo de aclarar esta situación y señalar cuáles fueron en realidad las otras cátedras que se fundaron en el Colegio de San Nicolás, a principios del siglo XIX, y en qué condiciones funcionaron éstas.

La primera cátedra fundada en los albores de dicho siglo, y que por supuesto debió su erección a los esfuerzos e interés personal del ya para entonces maestrescuela de la Catedral vallisoletana, Mariano de Escandón y Llera, fue la de Vísperas de Sagrada Teología. Según el Conde de Sierra, dicha cátedra debía fundarse "para dar mayor lustre del colegio" y completar así totalmente el curriculum de estudios teológicos en San Nicolás. Para ello, el 6 de marzo de 1802, el propio maestrescuela Escandón "hizo la donación de 6 mil pesos de principal y 300 de renta anual" con que debería sustentarse dicha cátedra. Así, pues, aprovechando que en esos momentos se estaban llevando a cabo los autos de oposición para la provisión de la cátedra de Prima de Sagrada Teología en el Colegio de San Nicolás, se tomó la determinación de proveer las tres cátedras de Teología a la vez, quedando por tanto:

"En 1° lugar, como catedrático de Prima de Sagrada Teología, el doctor José Sixto Berduzco, rector actual del colegio; y por catedrático de la nueva cátedra de Vísperas de Sagrada Teología, el doctor Antonio María Uraga, que lo ha sido de Moral; y por cuanto ésta resulta vacante, nombraban para ella al bachiller Francisco Argándar, actual vicerrector y catedrático más antiguo de filosofía".

Sin embargo, la cátedra de Vísperas de Sagrada Teología en San Nicolás sólo funcionó temporalmente, entre 1802 y 1805, pues al parecer la dotación del capital con la renta correspondiente que había otorgado el Conde de Sierra Gorda, no se instituyó formalmente y el cobro de sus réditos no quedó asegurado. Sólo así, se explicaría el siguiente acuerdo tomado por el cabildo eclesiástico de Valladolid, en marzo de 1805:

"Últimamente se acordó que la cátedra de Vísperas de Sagrada Teología del Colegio de San Nicolás se suprimiera, luego que al doctor don Antonio María Uraga, actual catedrático de ella, se le proporcionara otro destino, respecto a que su dotación no es fija ni la referida cátedra se juzga útil en el citado colegio".

En ese sentido, cabe señalar que pocos meses más tarde, el doctor José Sixto Berduzco renunció a la rectoría y a la cátedra de Prima de Sagrada Teología que impartía en el Colegio de San Nicolás, por haber sido nombrado cura del pueblo de Angamacutiro. Ante ello, el cabildo eclesiástico eligió como nuevo rector y catedrático de Prima al doctor Uraga, y para substituirlo temporalmente en la de Vísperas de Teología, se acordó que:

"al bachiller (José María) Ronda, colegial de oposición en el mismo colegio de San Nicolás, se le dé el título de catedrático sustituto de Vísperas de Teología, para que sirva dicho empleo en las horas acostumbradas, sin paga, y que la sirviera de honor, pues dicha cátedra debe quedar suprimida en lo subsiguiente".

Sin embargo, el doctor Francisco Agrandar (catedrático de Teología Moral) y el entonces catedrático de Filosofía, José María Zenón, hicieron llegar más tarde un escrito al cabildo, en el que proponían hacer un nuevo cambio en la asignación de estas cátedras. Argándar solicitaba renunciar a la cátedra de Moral, pero "suplicaba que se le dejara la de Vísperas de Teología con los proventos de aquella"; y José María Zenón se ofrecía a sustituir la cátedra de Moral, "prometiendo servirla sin estipendio alguno para que el colegio no carezca de este beneficio". Tras una serie de consultas internas en el cabildo y por informe del canónigo superintendente del Colegio de San Nicolás, Miguel Díaz de Rábago, se decidió poner fin a este enredoso asunto y todos los capitulares acordaron:

"no haber lugar a la solicitud que el doctor Argándar promovió en el cabildo anterior, para que se le dejara la cátedra de Vísperas de Teología Escolástica con la renta de la de Moral, por estar suprimida aquella".

Por otra parte, ya hemos aclarado anteriormente, que desde el año de 1759, como parte de los proyectos para la fundación del nuevo Seminario Tridentino de Valladolid, se establecieron temporalmente en el Colegio de San Nicolás, en calidad de depósito, las rentas con las que se sustentarían las cátedras de Tarasco, náhuatl y otomí, que contemplaba originalmente el plan académico del Seminario. Como decíamos, todo parece indicar que estas cátedras de lenguas indígenas se impartieron durante algún tiempo en el recinto nicolaita, lo que ha llevado a malinterpretar esta situación. Sin embargo, debe quedar claro que dichas cátedras no pertenecían en realidad al Colegio de San Nicolás, sino al Seminario Tridentino, y que se trata, pues, de una confusión surgida a principios del siglo XIX, precisamente a raíz de que se hicieran las cuentas y ajustes necesarios para aclarar el estado de las rentas, y que así dichas cátedras se comenzaran a impartir ya normalmente en el Seminario Conciliar de Valladolid.

Quizá por ello, fue que Mariano de Escandón y Llera, Conde de Sierra Gorda, estuvo al tanto de todo este asunto desde sus tiempos como canónigo superintendente del Colegio de San Nicolás, a finales del siglo XVIII, y vio la necesidad de que la célebre institución nicolaita no se quedara a la zaga del Seminario y contara con su propia cátedra de idioma Tarasco, principal lengua indígena del obispado de Michoacán. Así, pues, cuando era un hecho que las cátedras de lenguas indígenas se restituirían formalmente al Seminario Tridentino, a principios del siglo XIX, el ya para entonces chantre de la Catedral de Valladolid, propuso la fundación de una nueva cátedra de idioma Tarasco en el Real y Primitivo Colegio de San Nicolás, para lo cual ofreció incluso dar de su propio caudal 5,000 pesos más que, aunados a los 3,000 pesos donados en enero de 1805 por los hermanos José Antonio y Mariano López, excolegiales y becarios de San Nicolás, harían los 400 pesos de renta anual que se requerían para fundar dicha cátedra. Así, en marzo de 1805, una vez que fueron cumplidos todos los trámites correspondientes, la nueva cátedra de idioma Tarasco quedó formalmente erigida en el Colegio de San Nicolás:

"Y habiendo dado sus señorías las gracias al dicho señor chantre (Mariano de Escandón), nombraron por tal catedrático al bachiller don José Gregorio Solchaga, cura del pueblo de Tacámbaro, [...], para que la sirva en propiedad, con la asignación de los dichos cuatrocientos pesos, entendiéndose que por espacio de dos horas, a mañana y tarde, ha de dar sus lecciones, y en los actos de comunidad tendrá lugar después del catedrático de Teología Moral de dicho colegio, y al efecto mandaron sus señorías se le expidiere el correspondiente título".

Casi dos meses después, el entonces canónigo superintendente del colegio, Miguel Díaz de Rábago solicitó la anuencia plena del cabildo eclesiástico, para que se fijaran "rotulones" en los sitios públicos de Valladolid y se libraran las "cartas cordilleras" dirigidas a todos los curas del obispado, propagando la noticia de la apertura de la nueva cátedra de Tarasco en el Colegio de San Nicolás, "expresando que los cursantes más sobresalientes en dicho idioma, serán atendidos con preferencia a los demás". Es decir, que todos aquellos colegiales e incluso excolegiales de San Nicolás que ya eran curas, pero que se matricularan ahora para cursar dicha cátedra de Tarasco en el colegio, y sobresalieran en el aprendizaje y manejo de esta lengua indígena, tendrían preferencia en la asignación de curatos y beneficios eclesiásticos del obispado, sobre el resto de los clérigos que únicamente se habían ordenado o ordenaran a título de administración "en castellano". El impacto de esta agradable noticia fue tal, que el ilustrado y acaudalado clérigo de origen michoacano, pero domiciliado en el arzobispado de México, Juan José Pastor Morales, mandó reimprimir a sus expensas un Arte de la Lengua Tarasca, "para el uso (exclusivo) de los jóvenes que cursan la cátedra de dicho idioma en el Colegio de San Nicolás"; cuyos ejemplares remitió a la Catedral de Valladolid a mediados de 1806, en un acto verdadera de filantropía que por supuesto fue agradecido profundamente por todos los canónigos michoacanos. Así, el 15 de noviembre de 1806:

"se mandó pasar decreto al rector del Colegio de San Nicolás, para que desde este día en adelante se lea la cátedra de idioma Tarasco establecida en dicho colegio, de las tres a las cuatro de la tarde, y de cuatro a cinco (pase) la de Teología Moral".

De esa manera, fue como a principios del siglo XIX el Colegio de San Nicolás contó realmente con su propia cátedra de idioma Tarasco, en un afán por ofrecer mayores oportunidades y otras posibilidades de estudio a sus colegiales, y que éstos no quedaran a la zaga de los clérigos formados en el Seminario Tridentino. Pero, sin duda, la mala interpretación que se ha dado respecto a la fundación de algunas cátedras en el Colegio de San Nicolás, a principios del siglo XIX, por iniciativa del famoso Conde de Sierra Gorda, don Mariano de Escandón y Llera, tiene que ver también con una serie de incógnitas que rodean al supuesto establecimiento de una cátedra de Matemáticas.

En realidad, todo parece indicar que dicha cátedra de Matemáticas nunca se erigió de manera formal, ni en el Seminario Tridentino de Valladolid, ni en el Colegio de San Nicolás; sino solamente se trató de una iniciativa personal y temporal, promovida por el entonces canónigo y juez de testamentos, capellanías y obras pías del obispado, don Manuel Abad y Queipo, quien en una relación de méritos literarios anotó que:

"deseoso de la mayor instrucción de la juventud, traxo de México a don Bernardo Pián, inteligente en las Matemáticas para que las leyese a horas extraordinarias en los Colegios Seminario Tridentino y de San Nicolás de esta ciudad, con el salario de seiscientos pesos anuales".

Así, fue como José Bernardo de Pián y Escoto, impartió las primeras lecciones de esa ciencia en el Seminario de Valladolid, a partir del 23 de noviembre de 1801. Pero, de acuerdo con una conocida nota aparecida en la Gaceta de México, el 27 de febrero de 1802, por intermediación del Conde de Sierra Gorda, quien "no quiso que el colegio de su encomienda careciera de ese nuevo elemento", se logró que algunas lecciones de dicha ciencia se impartieran también durante ese año en el Colegio de San Nicolás, como de hecho —recordemos— que había sido la propuesta original del canónigo benefactor, Manuel Abad y Queipo. En ese sentido, todo parece indicar además que, en un acto de verdadera cortesía, el cabildo eclesiástico de Valladolid emitió pocos meses más tarde un decreto por medio del cual se declaraba, entre otras cosas, que en todos los actos y celebraciones efectuadas en el Colegio de San Nicolás, el catedrático de matemáticas gozara "del lugar y asiento que sigue después de los catedráticos de Gramática". No obstante, debe quedar claro que dicha cátedra de Matemáticas nunca tuvo una fundación institucional, ni en el Seminario Tridentino, ni en el Colegio de San Nicolás, aunque algunas lecciones de esa ciencia se hayan impartido por esos años a los jóvenes estudiantes y clérigos de uno y otro colegio vallisoletano. En realidad, todo indica que la medida no pasó de ser una buena iniciativa personal promovida por los ilustrados canónigos Manuel Abad y Queipo y Mariano de Escandón y Llera.

En ese sentido, cabe decir, finalmente que la prueba más contundente de que nunca existió una cátedra de Matemáticas debidamente fundada en Valladolid, y particularmente en el Colegio de San Nicolás, nos las da el acta de la sesión de cabildo eclesiástico celebrada escasamente tres días antes de que el bachiller Miguel Hidalgo diera inicio a la sublevación popular novohispana, cuando se leyó el escrito de un tal "Licenciado Vallarta", vecino de la ciudad de México, en el que se ofrecía gustoso "a dar lecciones de matemáticas para provecho de la juventud estudiosa de esta ciudad". Pero la respuesta de los canónigos vallisoletanos fue la siguiente:

"que no toca a este Muy Ilustre Señor Deán y Cabildo atender dicho asunto, y que se comunique al Honorable Ayuntamiento de esta ciudad, para dar alguna respuesta al dicho Licenciado Vallarta en su ofrecimiento".

Estos testimonios —insistimos en ello—, pretenden aclarar más que nada el panorama general de la vida académica en Valladolid de Michoacán, en vísperas del inicio de la guerra de independencia; y nos muestran, más bien, la estrecha relación académica e institucional que mantuvieron el Colegio de San Nicolás y el Seminario Tridentino, a finales del siglo XVIII y principios del XIX; en aquellos años en que las luces de la Ilustración alumbraban estos espacios académicos de la ciudad y en cuyo ambiente estudiantil se formaron durante su juventud algunos de los precursores y caudillos más importantes de nuestra independencia.

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EL CABILDO CATEDRAL DE VALLADOLID DE MICHOACÁN AL INICIO DE LA GUERRA DE INDEPENDENCIA (1810-1811)

 

Juvenal Jaramillo M.

Centro INAH-Michoacán.

 

 

 

 

El concepto de crisis y su utilización en este trabajo.

En el presente texto trato de desarrollar un fragmento de la historia del Cabildo Catedral de Valladolid de Michoacán durante la guerra insurgente a partir del concepto de crisis. Mas el concepto de crisis no debe entenderse en este caso como un momento de decadencia y descomposición, sino como una etapa de prueba, de examen y de momento decisivo, que fue precisamente lo que vivió aquella corporación eclesiástica a lo largo de casi todos los años que duró el movimiento iniciado por Miguel Hidalgo.

Por razones de la naturaleza de este trabajo me concentraré aquí, sin embargo, en los primeros seis meses de la guerra. Y es que, especialmente, en ese primer semestre de la guerra insurgente el Cabildo Catedral de Valladolid de Michoacán atravesó por una de las crisis más marcadas en su historia y que tuvo diferentes motivos y a la vez ramificaciones.

Aquel momento de prueba y tránsito por un momento coyuntural y decisivo se debió a varios factores externos a la propia vida capitular: la emigración de la ciudad por parte del obispo y varios prebendados de origen español al saber de la proximidad de Miguel Hidalgo y su hueste a Valladolid de Michoacán; la declaración hecha por este caudillo, en represalia por lo que consideró un desaire, de las vacantes de casi todas las prebendas; la toma de diferentes cantidades de dinero, pertenecientes a la catedral, hecha por aquel caudillo y sus lugartenientes; la actitud hostil que asumió el brigadier realista José de la Cruz contra casi todos los individuos de aquella corporación por considerarlos simpatizantes del movimiento encabezado por el cura de Dolores y, finalmente, el colapso de la producción decimal en casi todo el obispado de Michoacán a consecuencia de la guerra.

Como podemos ir advirtiendo, aquella comunidad catedralicia llegó a estar en mal con una y con otra de las partes en guerra. Y es que una y otra de las partes en guerra exigían definiciones que eran difíciles de mostrar en esa etapa del conflicto, además de que la diversa composición social del cabildo y sus fuertes vínculos con el rey de España le dificultaban el consenso frente a un asunto tan trascendental.

El Cabildo Catedral antes de la entrada de Miguel Hidalgo y su hueste a la ciudad.

Uno de los factores que debieron influir en el rumbo que tomó la historia de nuestra corporación al inicio de la insurgencia fue el hecho de que las dos dignidades más importantes estaban vacantes: el cargo de deán, que desde 1797 ocupaba el doctor Juan Antonio de Tapia, estaba vacante por la muerte de su titular el 15 de agosto de 1810. Asimismo, el segundo dignidad en importancia jerárquica, el arcediano doctor Ramón Pérez Anastáriz, había muerto el 15 de septiembre de 1807.

De manera que quien hacía de cabeza del Cabildo Catedral, por la jerarquía del cargo que ocupaba, pero también por ser el hombre de mayor antigüedad en la corporación, era el chantre, el licenciado José Mariano de Escandón y Llera, conde de Sierra Gorda, criollo originario de Querétaro, quien desde 1773 formaba parte del senado episcopal michoacano y quien contaba con un importante influjo entre mucha gente de la ciudad capital.

Aquella circunstancia, ciertamente fortuita, de la muerte de los dos principales dignidades (Juan Antonio de Tapia y Ramón Pérez Anastáriz), había puesto pues a un criollo a la cabeza del senado episcopal michoacano, situación que se reflejó en un mayor protagonismo político del grupo de prebendados criollos en los graves asuntos del día. Por ejemplo, cuando el día 23 de septiembre de 1810 era ya sabida en la capital michoacana la noticia del levantamiento de Miguel Hidalgo y de que los insurgentes se dirigían hacia ella, el intendente interino, don José Alonso de Terán, libró un oficio al cabildo eclesiástico pidiéndole una diputación para celebrar ese mismo día una junta en su casa "para tratar sobre las disposiciones que debían tomarse a fin de defender y resguardar la ciudad de la destructora seducción del cura de Los Dolores". Entonces, José Mariano de Escandón nombró como diputados para acudir a aquella junta al canónigo licenciado Agustín de Ledos y al canónigo doctoral doctor don Gabriel Bartolomé Gómez de la Puente, es decir, un peninsular y un americano.

Todo parece indicar que en esa junta sostenida en la casa del intendente interino y asesor letrado don José Alonso de Terán no se trataron más que aspectos meramente militares, pues los resultados que de dicha reunión conocemos son los de que el mando de todo el ejército existente en la ciudad recayó en el sargento mayor del regimiento provincial, don Manuel Gallegos, de que el mando de las tropas urbanas recayó en el capitán retirado don Juan Antonio Aguilera y que como flamante comandante de la caballería resultó electo ni más ni menos que el señor canónigo de la catedral licenciado Agustín de Ledos.

Según Carlos Maria de Bustamante, entre las corporaciones habidas en ese entonces en Valladolid de Michoacán, "el cabildo eclesiástico tenía entonces la prepotencia porque tenía a su disposición crecidas sumas de dinero [por lo que] fue el primero en tomar medida hostiles" contra el avance de Hidalgo y sus seguidores hacia la capital michoacana. Al mismo tiempo, dice también que "creyóse que en su seno, así como en el senado de Roma, habría hombres capaces de llenar toda clase de empleos, y así es que de su centro salió el prebendado D. Agustín de Ledos para ponerse a la cabeza de un cuerpo de tropas que comenzó a alistar y ocuparse", cosas todas equivocadas, pues no fue el cabildo eclesiástico el primero en tomar medidas hostiles contra la posible ocupación insurgente, sino que, como ya vimos, fue en una junta convocada por el intendente interino –quien tenía las facultades para ello, pues la ordenanza de intendentes le confería potestad en el ramo de guerra- donde se decidió defender la ciudad y para ello organizar la tropa. Por otra parte, el carácter de improvisado comandante de caballería, con que el señor Ledos resultó en aquellos días, no fue una decisión del cabildo sino, como también ya vimos, fue asimismo una elección de los concurrentes a aquella junta, a la cual sólo fueron los señores Ledos y Gómez de la Puente por parte del cabildo catedral.

Es posible que el canónigo Sebastián de Betancourt y León, criollo originario del puerto de Veracruz, haya deseado resultar electo por el señor Escandón y Llera para asistir a la junta en la casa del intendente interino, pues un día después de aquella reunión y de las anteriores comisiones, y ya por su propia cuenta, se presentó ante don José Alonso de Terán ofreciendo su persona "como fiel vasallo del rey Fernando VII para que se le ocupase en cuanto se considerara útil", y la comisión fue la de que dotase de uniformes a unos hombres que hasta entonces habían carecido de ellos: que vistiese a la tropa de caballería que había quedado al mando del canónigo Ledos, que vistiese a las milicias urbanas al mando de don Juan Antonio Aguilera y a algunos artilleros, todo lo cual le valió para que el obispo electo Manuel Abad y Queipo lo nombrase al día siguiente su teniente vicario general del ejército

Por otra parte, cuando el día 4 de octubre de 1810 se recibió en la catedral otro oficio del mismo intendente interino pidiéndole al señor Escandón el nombramiento de dos diputados para celebrar una junta a las cuatro de la tarde de ese mismo día, con el propósito de acordar el mayor número de medidas posibles a fin de llevar a cabo la defensa de la ciudad, la elección recayó nuevamente en un peninsular, el canónigo lectoral doctor José Díaz de Hortega, y en un criollo, el canónigo doctoral don Gabriel Bartolomé Gómez de la Puente.

Pero Hidalgo y sus gentes no dejaban de avanzar hacia la ciudad de Valladolid de Michoacán, y en cada población se les unía más y más gente, de manera que, el 13 de octubre, el obispo electo Abad y Queipo envió un oficio a su cabildo en el cual le notificaba que se iba para México ese mismo día, por lo cual le devolvía el gobierno de la mitra que aquella corporación le había delegado como obispo electo. El argumento que daba el prelado para dejar su obispado era el de que el virrey le había insistido en que se pasase a la capital del virreinato, pues "deseaba aprovecharse de su celo y patriotismo en asuntos muy importantes al servicio de Dios y del rey". Fue aquel mismo día que el cabildo nombró a José Mariano de Escandón y Llera "como gobernador absoluto de la mitra, confiriéndole todas las facultades que en virtud de aquella devolución" recayeron en el senado episcopal.

En realidad, aunque como vimos, el obispo electo decía que se marchaba a la ciudad de México llamado por el virrey para "aprovecharse de su celo y patriotismo", lo cierto es que en su decisión debió resultar definitivo el hecho de que aquel día que envió su oficio al cabildo, el 13 de octubre de 1810, se había celebrado una junta de varios vecinos y autoridades de la ciudad, junta en la cual se había tomado la decisión de entregar la ciudad a las huestes de Hidalgo al tener noticias de lo numeroso del ejército de este caudillo y de que, por lo tanto, la pretendida defensa sería inútil y posiblemente sólo un inductor a un verdadero baño de sangre. Además, ese mismo día se habían comenzado a retirar los utensilios de guerra que se habían colocado y la tropa se había concentrado en sus cuarteles.

Además, desde los inicios mismos de la insurgencia, don Manuel Abad y Queipo había estado recibiendo diferentes cartas de algunos curas párrocos del obispado, en las cuales le daban pormenores sobre la ocupación de sus parroquias por los insurgentes, y la tónica de todas ellas era el miedo que dominaba a los habitantes de las poblaciones ocupadas y a los curas que no apoyaban el levantamiento iniciado en Dolores. Algunos párrocos españoles habían abandonado a su feligresía, otros habían dejado el curato encargado con algún vicario y muchos de ellos, criollos contrarios a la insurgencia, habían tenido que hacer creer a su feligresía que estaban con el movimiento de Hidalgo, pues daban la bienvenida a la hueste de éste caudillo cantando el Te Deum y celebrando misa.

Abad y Queipo dedujo otra cosa de aquellas cartas, y seguramente esto fue otro de los factores que lo llevaron a acometer fuertemente contra la insurgencia: había deducido que el movimiento encabezado por Hidalgo tenía un fuerte tinte antigachupín, por lo cual desde una semana antes de su partida hacia la ciudad de México había estado conminando a todos los españoles residentes en Valladolid de Michoacán a que abandonaran la ciudad "pues la tirria era por ellos", además de que los insurgentes eran muchos "y que en este caso no había más que darse", en todo lo cual coincidía el intendente interino.

La marcha del señor obispo electo a la ciudad de México contradecía lo que él mismo pedía de sus curas párrocos, pues una horas antes de su partida, y en alusión a las dudas que se le planteaban sobre la comunicación que se debía tener con aquellos a quienes él había fulminado excomunión, había dicho que "el peligro de muerte no excusa la infracción de los preceptos de Dios, y que todo cristiano, y especialmente el clero secular y regular, y más especialmente los que tenemos a nuestro cargo el cuidado de una porción del rebaño del señor, estamos obligados a sostener la fe, la santidad de la religión y de la moral evangélica a costa de la vida si fuere necesario para su conservación, y que todos debemos sacrificarla antes de aprobar el error y aprobar como virtudes la rebelión, el robo, la persecución de los inocentes, la anarquía que ha comenzado y debe asolar el reino si no se contiene la insurrección del cura Hidalgo y sus secuaces".

Algunas semanas después de la retirada del prelado de Michoacán, don José Mariano de Escandón y Llera reconoció que uno de los motivos que había tenido su obispo para marcharse así, tan precipitadamente, habían sido "las fatales noticias que llegaron a esta ciudad, exageradas hasta el último grado de consternación, de la entrada de los insurgentes a la de Guanajuato". No obstante, el abandono de su mitra por parte de Abad y Queipo había provocado, según Escandón, "bastante desconsuelo de este público", además de haber causado "un terror universal en los ánimos de todos, creyendo que era inevitable la muerte o la dura y estrecha comunicación con los revolucionarios".

La decisión de don Manuel Abad y Queipo de partir hacia la ciudad de México, así como sus conclusiones acerca del "antigachupinismo" de la empresa encabezada por Hidalgo, movieron a casi todos los prebendados de origen español a también irse de la ciudad; de manera que, cada quien tomando un rumbo diferente y valiéndose de diferentes medios, partieron hacia la capital virreinal los montañeses Manuel de la Bárcena y José de la Peña y los andaluces Agustín de Ledos y Francisco de Borja Romero y Santa María. Los prebendados europeos que decidieron quedarse en la ciudad, quizá por carecer de los medios para trasladarse precipitadamente a la ciudad de México, por dudar de la violencia con que se decía que se conducían las huestes de Hidalgo, o simplemente por tomar la decisión de encarar el momento y quizá tratar de contribuir en la pacificación, fueron el canónigo lectoral José Díaz de Hortega, el racionero José Flores Estrada y el medio racionero Antonio Laureano Cortés. Está por demás decir que fue entonces cuando se dio un predominio del grupo de los criollos en el Cabildo Catedral de Valladolid de Michoacán.

Es posible que aquel sentimiento de orfandad que se dejaba sentir entre el público de Valladolid de Michoacán, al ver a su obispo y al intendente interino fugarse, haya fortalecido la autoridad moral de los que tomaron la decisión de permanecer en la ciudad y participar en las juntas que para la defensa y gobierno de la ciudad se seguían celebrando.

Fue de esta manera como el primer capitular en entrar en contacto directo con los jefes insurgentes fue precisamente un prebendado criollo: el canónigo Sebastián de Betancourt y León (aquel veracruzano que había recibido la comisión de vestir a las tropas que teóricamente defenderían valientemente la ciudad). Esto porque, ante la ausencia del intendente interino, el regidor alcalde ordinario del Ayuntamiento, don José María Anzorena, había convocado a otra junta, esta vez el 15 de octubre, y a la cual asistieron la mayoría de los prebendados, comerciantes y militares residentes en la ciudad para elegir a tres personas que representasen, cada una de ellas, a la Iglesia, al Ayuntamiento y al Ejército, respectivamente, y pasasen al pueblo de Indaparapeo a conferenciar con los jefes insurgentes, que ya habían llegado allí, y decirles que la ciudad se rendía, que no había necesidad de hacer violencia ninguna, y que respetasen los bienes de los comerciantes y de la Iglesia. Y Betancourt había resultado electo para representar a la Iglesia.

Un día antes de que el licenciado Sebastián de Betancourt saliese rumbo a Indaparapeo, y dos días antes de que las fuerzas de Miguel Hidalgo ocupasen la ciudad, don José Mariano de Escandón, en su calidad de gobernador absoluto de la mitra, había levantado la excomunión en que había declarado el obispo electo que incurrían el cura de Dolores y "sus secuaces", y es muy posible que Betancourt llegase a Indaparapeo con esa noticia y que se la comunicase inmediatamente a don Ignacio Aldama, primer jefe insurgente a quien contactó, y luego al mismo Hidalgo, a quien pidió que a su entrada a Valladolid de Michoacán "se respetasen los templos, sacerdotes, monjas y colegio de niñas educandas".

Es evidente que los miembros del Cabildo Catedral de Valladolid de Michoacán, aún los criollos, desaprobaban los medios empleados por el cura Hidalgo para insurreccionarse contra el gobierno español y más aún reprobaban los excesos como los cometidos en Guanajuato. En diferentes documentos emitidos por el obispo y los prebendados que escribieron al respecto en esa época se reiteran los conceptos de anarquía, violencia, desorden, saqueo y destrucción; conceptos y medios todos en los cuales no podían consentir ni estar de acuerdo aquellos que eran de la crema y nata de la Iglesia. Es quizá por ello que, en una medida que les acarrearía un choque frontal con el caudillo de Dolores, acordaron, cuando las fuerzas de éste ya pisaban sobre territorio vallisoletano, que no le harían demostración alguna, y que al tiempo de verificarse la entrada de Hidalgo a la ciudad, se cerrasen las puertas de la catedral "y permanezcan en ese estado hasta la hora que exija el coro, y que los señores capitulares se retiren a sus casas con la mira solamente de visitar en lo privado a dicho cura, si se vieren precisados y no puedan menos, por evitar un ultraje o desprecio que él mismo quiera inferirles".

El cabildo catedral durante la estancia de Miguel Hidalgo en la ciudad.

Aunque desde el día 15 de octubre había entrado a la ciudad de Valladolid de Michoacán un pequeño contingente de insurgentes al mando del coronel Rosales, y el día 16 había ingresado otra pequeña avanzada a las órdenes del coronel Mariano Jiménez, fue hasta el día 17 cuando hizo su entrada "la grande o informe masa de hombres" –como los calificó Carlos María de Bustamante- al mando del cura Hidalgo, don Ignacio Allende, don Ignacio Aldama y Mariano Balleza.

Aquel día se daría el conocido incidente de la declaratoria de vacantes de la mayoría de las prebendas del cabildo catedral por parte de Miguel Hidalgo, acción que no tenía validez jurídica ninguna por no ser el cura de Dolores ningún tipo de autoridad que poseyese el patronato real, concesión papal hecha privativamente a los reyes de España, y que parece haber sido más un impulso del jefe insurgente movido por la indignación y posiblemente como un mecanismo de presión para contar con la colaboración de los capitulares en ese momento. Vale la pena comentar aquel episodio, sin embargo, porque, aunque sin sustento jurídico, nos muestra la imagen que de unos y otros prebendados tenía el nacido en Corralejo, además del momento emocional que vivía, la circunstancia histórica de arrogarse facultades de soberano, y la hipotética vinculación de algunos de aquellos con el proyecto independentista.

Habiendo pues llegado de Indaparapeo a Valladolid de Michoacán a las doce del día, quiso aquel caudillo insurgente asistir a misa en la catedral. Él, acostumbrado a que en la mayoría de las poblaciones por las que había pasado lo habían recibido con Te Deum y misa solemnes, se encontró con que en la mismísima iglesia catedral de su diócesis estaban cerradas las puertas -según habían acordado los miembros del cabildo-, y que la misa del mediodía no se celebró. De hecho, si el jefe insurgente pudo ingresar ese día a la catedral fue porque las puertas fueron abiertas por unos mozos de la sacristía. Luego, ningún funcionario eclesiástico de importancia salió a recibir al caudillo, tal y como posiblemente él esperaba y se acostumbraba en actos oficiales y en la asistencia del intendente o del Ayuntamiento por convite a la catedral; los que recibieron al cura de Dolores en las puertas de la catedral fueron "unos cuantos capelanes de coro", quienes lo acompañaron hasta su sitio para cantar "el Te Deum con el órgano mal tocado". Todo esto de encontrar las puertas de la catedral cerradas, el no ser recibido por clérigo alguno de jerarquía, y lo mal cantado del Te Deum, hizo irritar enormemente a Hidalgo, quien concluyó en que aquel frío recibimiento había sido provocado por la falta de consideración a su persona por parte de los capitulares, por lo que al salir de su oración y de oír aquel remedo de Te Deum dio la orden al maestro de ceremonias de que avisase al padre apuntador de que en ese momento quedaban vacantes todas las prebendas de la Iglesia, "menos las del señor conde (Mariano Escandón y Llera), señor Gómez Limón y la del señor Betancourt", según testimonio dado por éste mismo eclesiástico.

El mismo Sebastián de Betancourt dijo, casi un año más tarde, que Hidalgo le respetó su prebenda "porque fue al parlamento"; es decir, porque había ido a recibirle y entrevistarse con él en Indaparapeo. Pero, ¿el sólo hecho de "haber ido al parlamento" habría salvado a Betancourt de la furia del cura de Dolores, o habría algo más? Nosotros nos inclinamos por esto último, pues el mismo canónigo aquí referido insinuó que durante su visita a Indaparapeo convivió con el caudillo insurgente en la casa cural, comieron juntos e hicieron oración juntos. No hay más datos, pero los anteriores nos llevan a pensar en que en aquel entonces se trabó un trato cordial entre ambos, pues además hay que tomar en cuenta que Betancourt había ido a Indaparapeo en "plan diplomático" y sin intenciones de confrontación y sí a notificar de la entrega pacífica de la ciudad.

Por lo que hace al señor conde, Mariano Escandón y Llera, es posible que se le haya respetado su prebenda porque sólo tres días antes había absuelto a los insurgentes de la excomunión en que los había declarado incursos el obispo electo Manuel Abad y Queipo. Otra posible explicación es por la alta consideración en que mucha gente tenía a este clérigo criollo. Muchos lo apreciaban y le estaban agradecidos por sus obras benéficas como el haber sido el principal promotor de la erección de las cátedras de derecho civil y canónico en el Colegio de San Nicolás, en 1798, y de la de matemáticas, en 1802, además de que de su propio bolsillo sostenía el beaterio de carmelitas de la ciudad. De hecho, el conde de Sierra Gorda había sido varias veces superintendente del Colegio de San Nicolás en la época en que Miguel Hidalgo residió en él, ya como estudiante, ya como catedrático y ya como tesorero, vicerrector y rector.

Por lo demás, el conde de Sierra Gorda contaba con una amplia y ostentosa casa sobre la calle real, a dos calles de la catedral, y en ella celebraba tertulia frecuentemente, a la cual asistían varios vecinos del obispado interesados en las noticias nuevas y en los asuntos de "economía política", como se les llamaba en aquella época a los proyectos políticos que tenían como propósito promover la producción agrícola y artesanal y dinamizar el comercio, principalmente.

Pero no está de más decir que, en enero de 1811, el brigadier realista José de la Cruz retrató a don Mariano de Escandón y Llera como "un sujeto que goza una influencia extraordinaria en el pueblo". Sin embargo, lo que molestaba a De la Cruz no era en sí la antedicha extraordinaria influencia de este hombre, sino el hecho de que él, el mismísimo presidente del cabildo, era "adulador del cura rebelde Miguel Hidalgo y sus otros compañeros", todos los cuales se reunían en la casa del conde de Sierra Gorda a jugar billar y a "conferenciar públicamente sobre la insurrección, poniéndose él de parte siempre de los revoltosos". Por su parte, un autor anónimo decía que este prebendado tenía por pasatiempo favorito el de celebrar tertulia en su casa, y a ella invitar "a los principales insurgentes de aquel suelo".

Por lo que hace a Gómez Limón, está aún menos claro porqué Hidalgo le respetó su prebenda. Sin embargo, sabemos algunos datos sobre el doctor don Ildefonso Gómez Limón que nos pueden sugerir alguna respuesta a aquella duda. Por principio de cuentas, hay que decir que ese clérigo, antes de ser miembro del Cabildo Catedral de Valladolid de Michoacán, había sido cura y juez eclesiástico durante once años en Irapuato, población en la cual era enormemente apreciado por haber promovido varias obras de caridad e impulsar muchas obras públicas. A su salida como cura de Irapuato a ocupar la canonjía magistral en el Cabildo Catedral de Valladolid de Michoacán, este personaje siguió haciendo frecuentes viajes y pasando largas estancias en aquella población y en ranchos y haciendas de amigos, pues al parecer había creado fuertes vínculos con las gentes de ahí y con el mismo lugar. Sus vacaciones, pues, y sus patitur, los pasaba en esa población abajeña y eventualmente en Querétaro. De hecho, a la entrada de Hidalgo a la capital michoacana Gómez Limón se encontraba en Irapuato recuperándose de una enfermedad.

Muy seguramente Gómez Limón era conocido por Miguel Hidalgo, pues en todo el obispado de Michoacán gozaba de fama de gran orador, de muy ilustrado y de tener muy buen gusto por la música y la literatura. Además, como hemos visto, ese capitular acostumbraba a pasar largas temporadas en el bajío. Por otra parte, siempre había estado relacionado con la ilustración y la academia: había sido cercano al arzobispo Antonio de Lorenzana, y al obispo de Michoacán Luis Fernando de Hoyos y Mier, además de haber ingresado al Cabildo Catedral de Valladolid de Michoacán por oposición, al ganar en 1787 la canonjía magistral.

Hemos dicho ya que aquella declaratoria de vacantes de la mayoría de las piezas capitulares no tenía sustento jurídico alguno, que no debe verse como un acto premeditado con el cual Hidalgo buscaba arrogarse los privilegios del patronato real, sino como un impulso momentáneo del caudillo. Sin embargo aquello no dejaba de preocupar a los prebendados residentes en la ciudad, algunos de los cuales, en prevención de alguna otra medida contra ellos o de algún acto de violencia contra sus personas o bienes, y acatando lo que se había dispuesto en aquel Pelícano de 16 de octubre de 1810 en que se decidió no hacer demostración alguna a Hidalgo y sí que podían visitarlo en lo privado, el mismo 17 de octubre los medios racioneros Francisco Hilario Silva y Juan José Corral Farías, ambos criollos y que pocos años antes habían sido curas en el mismo obispado de Michoacán, fueron a ver a Hidalgo a donde estaba hospedado; pero apenas aparecieron en la pieza donde se encontraba el caudillo insurgente cuando éste, "lleno de cólera y echando espuma por la boca los comenzó a maltratar", insultándolos y "deprimiéndolos hasta llamar a gritos a la guardia que lo rodeaba, para arrestarlos en la cárcel pública, mandándoles formar sumaria…".

En ese momento llegaron los capitulares canónigo Sebastián de Betancourt y el medio racionero Juan José de Michelena, quienes reiteraron las disculpas de parte del cabildo, con lo cual se fue calmando el enojo de Hidalgo. Parece ser que, finalmente, los que fueron arrestados en la cárcel pública fueron los medios racioneros españoles Francisco Hilario Silva y Antonio Laureano Cortés y Olarte; éste último, en cuya casa estaba hospedado en ese momento Miguel Hidalgo.

La crisis de la colegialidad capitular.

A aquellas fugas de capitulares europeos hacia la ciudad de México, a los patitur y recles de que gozaban algunos otros, y a los antedichos arrestos ordenados por Hidalgo, se sumaron las enfermedades –ciertas o fingidas- de algunos de los prebendados que quedaban en la ciudad. Por ejemplo, el medio racionero doctor Juan José de Michelena consiguió patitur para retirarse a su hienda de La Parota, alegando problemas en las vías respiratorias; el medio racionero licenciado José María Zarco Serrano dijo estar "enfermo de una inflamación de hígado, complicada con humor venéreo", por lo cual se retiró a Pátzcuaro en busca de la salud; y el medio racionero licenciado Miguel Díaz Rábago también mostró una certificación médica en la cual comprobaba que "era un enfermo habitual de ictericia periódica".

Otros estuvieron muy ocupados con las cosas del momento, aunque su actuación tuvo diferentes tintes. Por ejemplo, el multicitado canónigo licenciado Sebastián de Betancourt anduvo muy cerca de Hidalgo y del intendente colocado por el jefe insurgente, don José María Anzorena; de manera que ya le daba al cura de Dolores explicaciones sobre la actitud fría del cabildo eclesiástico a su entra a la ciudad, ya lo acompañaba a comer, ya se entrevistaba con Anzorena para tratar asuntos del gobierno de la ciudad, y hasta se dio tiempo, según él, para calmar un tumulto de más de 400 personas que querían degollar españoles en la plazuela de Las Rosas.

En realidad, aunque Betancourt no le da crédito y ni siquiera lo menciona, quien jugó un papel importantísimo conteniendo a muchos saqueadores de casas y templos y que amenazaban con degollar a cuanto español se topasen, fue el medio racionero licenciado Jacinto Llanos y Valdés, el único capitular michoacano verdaderamente venerado en la ciudad por su ejemplo cristiano, que vivió de la caridad de los demás y cuando murió fue enterrado de limosna.

Por otra parte, otros capitulares de jerarquía como el canónigo lectoral doctor José Díaz de Hortega y el canónigo doctoral doctor Gabriel Gómez de la Puente, decidieron permanecer ocultos en sus casas mientras la hueste de Hidalgo estuvo acampada en las calles, plazas y portales de la ciudad, y mientas pasaba la amenaza que se cernía sobre muchos habitantes de Valladolid de Michoacán. Como era normal en este caso, todos esos hechos colocaron al cabildo eclesiástico en un momento crítico sin precedentes, pues el escasísimo número de capitulares residentes en la ciudad y que estaban en condiciones de cumplir con sus responsabilidades impactó en el desarrollo de diversas funciones que llevaba a cabo aquel senado episcopal. De entrada, se cancelaron la mayoría de las sesiones de cabildo ordinario que debían sostenerse, según los estatutos, dos veces por semana, para tratar los asuntos del gobierno espiritual y de la administración económica, respectivamente, y fue don Mariano Escandón quien asumió gran parte de la carga de la conducción de la Iglesia michoacana en ese momento, lo cual debe verse como un crisis de la colegialidad capitular establecida por el derecho canónico.

Por otra parte, el aislamiento de la ciudad y la pérdida de comunicación con los curas párrocos del interior del obispado impidieron al cabildo ejercer plenamente sus facultades en el gobierno espiritual de la diócesis, lo cual creó momentáneamente un vacío de poder en la diócesis y redujo el alcance del gobierno eclesiástico al casco de la ciudad.

Está de más decir que la asistencia al coro por parte de los capitulares residentes en la ciudad, durante casi tres meses, fue casi nula, cosa que contradecía la principal razón de existir del cabildo. Por lo demás, el propio maestro de ceremonias, algunos capellanes de coro y varios músicos de la catedral se sumaron a las fuerzas de Hidalgo desde su entrada misma a la ciudad, además de que el chantre, principal responsable del canto en el coro, era el conde de Sierra Gorda, más ocupado en ese entonces en los asuntos político-militares que en los del funcionamiento del coro.

Agravando la crisis que vivía el cabildo catedral y todos sus integrantes en ese momento, estuvo el factor económico; factor que había comenzado a significar un grave problema a partir del conocido secuestro de fondos de la clavería por parte de Miguel Hidalgo quien, mandando colocar cuatro cañones puntando hacia las oficinas de la clavería de la catedral, se llevó 114,00 pesos de ésta el 19 de octubre, y otros 6,000 el 14 de noviembre. Además, el antiguo vicario de la parroquia de Dolores y luego oficial del ejército insurgente, el bachiller Mariano Balleza, exigió en Valle de Santiago la entrega de 5,000 pesos más al administrador de diezmos de la catedral michoacana y otros 6,000 pesos al de La Piedad. En total, 131,000 pesos que esperaban los prebendados que les fuesen repartidos a principios del año 1811 como correspondientes a la parte de los diezmos que gozaban.

La crisis financiera del cabildo, que comenzó prácticamente con el estallido insurgente, tardaría más de 6 años en superarse, mientras una infinidad de trabajadores del campo estuvieron incorporados a la guerra y mientras los caminos que comunicaban a la capital michoacana estuvieron interceptados.

Aquellas acciones de Hidalgo y Balleza trajeron otra grave consecuencia para los capitulares de la catedral michoacana: el comandante general de las tropas realistas, José de la Cruz, al día siguiente de recuperar la ciudad de Valladolid de Michoacán de manos de los insurgentes, solicitó a don Mariano Escandón "una lista de los señores capitulares de esta Santa Iglesia, con expresión de los presentes y ausentes, y […] que se le diga la cantidad total que existe en dinero efectivo, correspondiente a esta Santa Iglesia, la que se entregó al rebelde Hidalgo, razón por que se hizo esta entrega, qué resistencia hizo el cabildo para ello y qué clase de fuerza empleó el rebelde para arrancarlo de las cajas".

En realidad, lo que había detrás de aquellas solicitudes era una fuerte sospecha del señor De la Cruz contra los miembros del cabildo catedral. Sospechaba, por principio de cuentas, que aquellos que habían huido hacia México habían sido débiles y timoratos ante la proximidad de Hidalgo y su hueste a la ciudad, y en el fuero interno de De la Cruz se ocultaba la idea de que, con aquello, no habían cumplido con el deber patriótico de resistir al enemigo. Sospechaba, también, que los prebendados que se habían quedado en la ciudad habían entrado en complicidad con el cura de Dolores y le habían cedido sin reparos aquellas cantidades de dinero.

Las consecuencias de esas sospechas serían también muy graves: por un lado, se inició una campaña de verdadero espionaje contra los capitulare michoacanos, espionaje en el cual depusieron varios personajes anónimos y en el cual salieron a relucir muchos aspectos de la vida política y de la privada de aquellos. A algunos, como el caso del conde de Sierra Gorda, esto le costaría tener que viajar a la corte virreinal y ser sometido a minuciosos interrogatorios y enseguida salir del círculo del poder que, de facto, ejercía en la Iglesia michoacana. A otro, como a Sebastián de Betancourt, le costó realizar toda una campaña para limpiar su imagen y hasta publicar una defensa de su persona y otras supuestas acciones e favor del rey.

Luego, José de la Cruz, Torcuato Trujillo y los demás comandantes realistas aprovecharían ese flanco vulnerable abierto en el cabildo para reiterar incansablemente sus solicitudes de donativos y préstamos en el supuesto de que, si le habían proporcionado dinero a Hidalgo, debían ahora proporcionar dinero a los realistas.

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Una Iglesia Dividida:

el conflicto por la administración sacramental en territorio de guerra:

el obispado de Michoacán 1810-1821

Ponencia preparada para II Jornada Académica: Independencia e Iglesia

24 y 25 de septiembre de 2009

Daniela Ibarra López

 

 

La guerra independencia tuvo varias repercusiones en la Iglesia y la organización diocesana del obispado de Michoacán. Pronto se empezaron a sentir los efectos de la baja en la recaudación del diezmo, y la pérdida de control sobre la vida parroquial debido al enfrentamiento bélico. En esta ponencia sin embargo me quiero ocupar del problema de la administración espiritual que los rebeldes tomaron en sus manos a partir de que se vieron separados de la Iglesia a través de las excomuniones. Mi objetivo es dar seguimiento a las actividades específicas que la insurgencia, a través de sus instituciones y líderes, realizó en materia eclesiástica, así como la reacción del episcopado michoacano durante el período 1810-1821. Los primeros cinco años la silla episcopal fue ocupada por Manuel Abad y Queipo, quien la abandono para acudir a España por el llamado de Fernando VII. Antes de partir, sin embargo, delegó su autoridad en Manuel de la Bárcena y Francisco de la Concha que fungieron como gobernadores. Tras la muerte del segundo, en 1817, Bárcena continuo con su responsabilidad hasta 1821, pues luego se unió al gobierno que encabezó Agustín de Iturbide tras la Independencia.

Como ya lo mencioné, la decisión del obispo electo de Michoacán de excomulgar primero a los líderes y después a todos los participantes de la insurgencia excluyó de la Iglesia michoacana a una gran parte de individuos, que automáticamente quedaron privados de los auxilios espirituales. Por tal motivo, algunos líderes insurgentes –entre ellos varios eclesiásticos– trataron de resolver la situación encargándose de los problemas del culto, lo que significó que participaran directamente en tareas que hasta ese momento habían sido de la competencia exclusiva de la Iglesia episcopal. Concebida con la intención de contener la rebelión, la prohibición de otorgar auxilios espirituales a los seguidores de la insurgencia surtió un efecto distinto, pues la dirigencia insurgente vio en ella la posibilidad de avanzar en un frente fundamental como lo era el religioso.

A partir de la creación de la Junta de Zitácuaro los insurgentes dictaron providencias en relación con el culto católico, y de hecho este órgano se adjudicó el derecho de hacerlo por encima del obispo electo de la diócesis. Un caso muy ilustrativo es el de las dispensas que otorgó a un vecino de nombre Miguel Farías para contraer matrimonio. Originalmente Farías las solicitó al obispo electo, Manuel Abad y Queipo, y éste se las concedió, pero la misiva cayó en manos de los insurgentes quienes a través de la Junta desconocieron las de Abad pues según ellos carecía de nombramiento episcopal legítimo.

Algunos líderes participaron en los asuntos eclesiásticos. Ignacio López Rayón, presidente de la Junta, prohibió la publicación de la Bula de la Santa Cruzada en los territorios gobernados por los insurgentes estableciendo la pena de 50 pesos de multa, bajo el supuesto de que los recursos que de ella se obtenían estaban siendo utilizados para fortalecer las tropas realistas. Por su parte, Morelos ordenó al provisor de la mitra de Oaxaca que la provincia de Tecpan, perteneciente al obispado de Michoacán, fuera administrada por la catedral de Antequera, haciéndose cargo de la provisión de ministros, santos óleos y dispensas. En su respuesta, el provisor de Oaxaca aclaró a Morelos que por tratarse de un curato perteneciente a la mitra vallisoletana sus facultades y jurisdicción no se podían extender a ella; tratando de complacerlo en lo referente al cuidado espiritual, sin embargo, dio la orden a los curas y vicarios de su obispado para que administraran a los pobladores de Tecpan los sacramentos de bautismo, penitencia y extremaunción, y oficiaran misa en los días de precepto.

Ante la necesidad de contar con una autoridad en materia eclesiástica, el gobierno insurgente estableció además la figura del vicario general castrense que en la práctica asumió algunas funciones propias de la jerarquía eclesiástica en vista de la postura que ésta había adoptado. Este funcionario por lo tanto se hizo cargo de los asuntos eclesiásticos en los territorios dominados por los rebeldes, teniendo entre sus funciones la provisión de párrocos y ministros, la atención religiosa y la concesión de indulgencias. En el obispado de Michoacán fueron vicarios generales castrenses Francisco Argandar quien actuó en la provincia de Michoacán, y José María Cos en Guanajuato.

En noviembre de 1812 Argandar envió una carta cordillera a los curas y lugartenientes de varios lugares del obispado. Después de advertirles que no deberían enviar copias a Valladolid y de amenazar con castigo a quien lo efectuara, les explicaba que veía con dolor "la guerra que nuestros enemigos nos hacen en lo espiritual, privando a los fieles de la recepción de sacramentos y [...] socorros". Mencionaba que ello había imposibilitado por un lado la celebración de matrimonios y por otro que los curas pudieran celebrar misa por faltarles sus licencias. Lo primero traía serias consecuencias en lo religioso, pues estaba dando lugar a que la práctica del concubinato se extendiera. Finalmente los invitaba a que, "como si fueran a decidir en un concilio", enviaran su parecer en torno a cuatro cuestiones que suponían su intervención en funciones que sólo el obispo autorizaba, a saber: la dispensa de impedimentos de matrimonios, la habilitación de licencias para los sacerdotes, la absolución de irregularidades y el nombramiento de curas párrocos interinos y coadjutores. Argandar llegó incluso a realizar visitas episcopales, una actividad que, dicho sea de paso, era obligación de los obispos efectuar.

Por su parte, José María Cos fiscalizó los diezmos, designó y suspendió curas, autorizó actos relacionados con el culto y dispensó a eclesiásticos que habían cometido faltas, como lo hizo con fray Ramón de Silva. Este clérigo regular había sido atacado por una partida de insurgentes y tratando de defenderse se había visto implicado en la muerte de uno de los atacantes. Por ello se había abstenido de celebrar por dos meses hasta que amenazado por Liceaga y dispensado por Cos había administrado los sacramentos. Sin embargo, el acto de Cos fue considerado como nulo por el fraile, y por ello acudió al obispo electo.

Los insurgentes justificaron su intromisión en los asuntos eclesiásticos argumentando las necesidades espirituales de la gente que seguía su causa y que vivían en lugares bajo su control. Pero sin duda existieron consideraciones de tipo político en esa decisión, removieron a los ministros que apoyaban la causa realista y pusieron eclesiásticos comprometidos con la causa independiente. Esto ocurrió en parte de la Intendencia de Guanajuato, donde José María Liceaga declaró vacantes los curatos y sacristías mayores atendidos por sacerdotes "enemigos", cuyas rentas entraron a la tesorería de la nación. Tenemos documentado que lo mismo ocurrió en Angangueo, Irimbo, Zitácuaro, Tuzantla, Monte Alto, Nahuatzen y Churumuco. El cura de Tlalpujahua informó al obispo que en éstas los insurgentes habían "separado a los legítimos pastores y puesto otros a su antojo".

Desde luego que la intromisión de los insurgentes en materia religiosa fueron descalificadas y condenadas por Abad y Queipo. El obispo declaró a los integrantes de la Junta de Zitácuaro, Rayón, Liceaga y Verdusco, "heresiarcas separados de la iglesia católica y jefes de otra cismática y diabólica". Además, declaró nulas las confesiones, matrimonios y demás sacramentos que los eclesiásticos insurgentes administraban fuera del artículo de muerte, puesto que se hallaban excomulgados, suspensos e irregulares, por lo que cometían sacrilegio. El ejercicio de estas actividades fue duramente criticado por el obispo, por contener "parte de la misión evangélica y el ejercicio de la potestad de las llaves", de manera que fueron advertidos: "con que si se creen con las facultades propias del obispado, o con la facultad suprema de la iglesia para derogar los cánones que reculan su ejercicio, son verdaderos heresiarcas, y herejes sus sectarios". Abad además calificó como "criminal exceso" el hecho de que los insurgentes destinaran a clérigos, considerados por él como "apostatas", para hacerse cargo de las parroquias. Agregó además que de él se originaba "un terrible perjuicio para el bien de las almas".

La polémica entre los insurgentes y Abad y Queipo por el uso de las facultades episcopales se encendió aún más a partir de la emisión de un bando por parte de José María Cos, en el que desconoció la autoridad del obispo imputándole una serie de acusaciones, entre la que destacó la negativa de éste de proporcionar auxilios a los participantes de la insurgencia. Cos se fundó en esta decisión para legitimar la figura del vicario general castrense y rebatió la descalificación que el prelado de Michoacán había hecho a los sacerdotes insurgentes y la prohibición de que éstos celebraran misa y administraran los sacramentos. Fue incluso más allá, y prohibió también la correspondencia pública o privada con el obispo y ordenó que ningún eclesiástico recurriera a él por licencias, dispensas o cualquier otro tipo de privilegio. Así lo hizo saber al cura de Uruapan Nicolás Santiago de Herrera al advertirle que se abstuviera de llevar a cabo algunas tareas encomendadas por : "una autoridad cuya ilegitimidad está debidamente demostrada en el documento que acompaño y no dé lugar a que el gobierno americano lo trate con mas rigor".

En ese contexto Abad acusó a Cos de propagar las herejías de Wiclef y Lutero condenadas por los concilios de Constanza y de Trento, al sostener que los insurgentes podían crear un vicario general, siendo que ésta era una facultad que concedía el Papa, por lo que afirmó: "declaramos nula y de ningún efecto sobre los habitantes de este obispado la autoridad y jurisdicción que se atribuya y se abroga el que se dice vicario general del ejército de insurgentes, y nulo cuanto se hiciere y obrare en virtud de la delegación de dicha autoridad". Conforme al Concilio de Trento declaró también herética la doble "usurpación" de los insurgentes: en "las facultades propias del obispado", es decir, cuando llevaban a cabo actividades como la designación y destitución de ministros, y en las de los curas, cuando los ministros insurgentes se dedicaban a la administración espiritual. Además estableció que todos los ministros que se hubiesen encargado de la cura de almas por comisión de los insurgentes estaban "suspensos, irregulares y públicos excomulgados vitandos" y prohibió a todos los fieles del obispado establecer comunicación con estos eclesiásticos.

Las condenas del obispo electo no hicieron mella en la actividad insurgente en materia eclesiástica pues a través de sus órganos de gobierno tales como el Supremo Tribunal de Justicia de Ario y la Junta Subalterna siguió interviniendo en estos asuntos. Entre ellos en casos relacionados con la justicia eclesiástica, como los conflictos entre sacerdotes, pero especialmente en el nombramiento de capellanes, vicarios y curas. Entre los primeros podemos mencionar los casos de Mariano Cervantes y fray Santiago Rodríguez quienes sirvieron a la divisiones del brigadier Pablo Galeana y del comandante Ávila. En el caso de los sacerdotes la Junta se ocupó del nombramiento de los de Valle de Santiago, Pueblo del Rincón y Pénjamo, entre otros, bajo la premisa de evitar el desamparo de los fieles.

Efectivamente, sabemos que entre 1815 y 1818 algunos sacerdotes rebeldes se encontraban en varias zonas del obispado, en especial en el área cercana a la fortaleza de Cóporo y en algunas puntos del Bajío. En los documentos se mencionan las inmediaciones de a Chucándiro y Zitácuaro, Tlalpujahua, Irimbo, y los alrededores San Felipe. En la región de Tierra Caliente se sabes de su presencia continua incluso hasta los años de 1820 y 1821, en especial las parroquias de Coahuayutla, Tinguindín y Apatzingán.

Sobre la actividad que desarrollaron sabemos que dieron misa, realizaron matrimonios e impartieron otros sacramentos como bautismos y confesiones. Los sacerdotes que protestaban obediencia a la mitra lanzaron todo tipo de acusaciones contra ellos. El cura interino de Yuriria afirmó que "a causa de la espantosa rebelión y haber habido en este intermedio una multitud de curas intrusos que sin temor a dios y olvidados de su sagrado carácter se han atrevido a ejercer sin legítima facultad los oficios de cura de almas". Por su parte, el eclesiástico José Ignacio Arévalo habló de los "terribles excesos que en el orden eclesiástico" habían cometido algunos "apostatas" en el área de las parroquias de Zitácuaro y Tlalpujahua.

Pero, realmente ¿a qué referían los testimonios anteriores?, es decir ¿cómo administraron los curas del partido insurgente? Según los casos que hemos examinado se les acusó por omitir procedimientos administrativos, como al sacerdote Jerónimo Ahumada quien no registró los bautismos que efectuó en la hacienda de Cuéramaro en fechas cercanas a 1817. También se les señaló por no seguir al pie de la letra ciertos procedimientos, como los que se realizaban para conceder las dispensas o de concederlas perdonando parentescos por ejemplo, que según los cánones de la iglesia eran imperdonables. Y es que el examen de la documentación y las decisiones que se tomaban en esas cuestiones eran muy rigurosas. Francisco Argandar, de quien ya hemos hablado antes, estaba consciente de ello. Una vez indultado habló de la labor que ejerció, declarando:

"no obstante que cuando me llamé vicario castrense procuré seguir a mi ver la opinión menos arriesgada sobre dispensas matrimoniales... pero a la presente me hallo atormentado de los más crueles remordimientos de mi conciencia sin olvidar un instante que en orden a los sacramentos, entiéndase los mismo que en dispensaciones, no basta seguir lo menos arriesgado, sino que se requiere seguir lo más seguro".

Además de las irregularidades en los procedimientos, a los sacerdotes rebeldes se les señaló por prácticas consideradas inmorales. En un informe de 1816 se acusó al franciscano fray Manuel Mora, quien había permanecido en el curato de Zitácuaro por dos años, de "cometer los mayores crímenes", entre ellos el de incitar a los indios a que se casasen a partir de los doce años. También se denunció que el bachiller Ahumada, del que hablamos líneas arriba, solía administrar el sacramento del bautismo en estado de embriaguez.

En esencia podemos decir que los cambios que introdujeron los eclesiásticos insurgentes en materia de culto fueron más bien de tipo práctico, es decir que no afectaron ni los dogmas ni los sistemas de creencias. La religión que tanto los ministros que reconocieron al gobierno diocesano como los que estaban por la insurgencia era la misma: la católica. Recordemos que todos ellos recibieron básicamente la misma educación en los seminarios tridentinos y que incluso muchos de ellos compartieron aulas a fines del siglo XVIII. La diferencia entre ambos grupos radicó en sus ideas y propuestas en el terreno de lo político.

Es difícil apreciar el impacto que la actividad sacramental realizada por los insurgentes tuvo en los feligreses, sin embargo la reacción de la mitra es un indicador interesante al respecto. Los gobernadores del obispado permitieron e incluso estimularon la facultad para revalidar los matrimonios contraídos ante eclesiásticos rebeldes. Con ello se pretendía desengañar a los feligreses que se habían unido ante la venia de los sacerdotes insurgentes y de paso reafirmar la potestad del gobierno diocesano. Exhortaron entonces a los sacerdotes "fieles" a utilizar el púlpito para persuadir a los feligreses de reconocer únicamente al gobierno de la diócesis y a sus "legítimos párrocos" y desde luego a que efectuaran lo más pronto posible la revalidación de los matrimonios, pues vivían en pecado.

Es también difícil saber hasta qué punto fue efectiva esta campaña. Hay algunos comentarios según los cuales los fieles lograron distinguir entre los curas "legítimos y los ilegítimos". En lo que respecta a la revalidación de los matrimonios, al parecer los resultados fueron ambiguos porque aún y cuando existió voluntad las condiciones económicas de la gente no siempre lo permitieron ya que en la práctica la revalidación era como volver a contraer matrimonio, y ello implicaba un costo que los pretendientes no podían o no querían pagar. Tratando de evitar que las parejas se rehusaran a la revalidación por falta de recursos o por vergüenza Manuel de la Bárcena simplificó el procedimiento y, en marzo de 1821, ordenó a los sacerdotes omitir las proclamas conciliares, así como cobrar solamente parte del importe de los derechos parroquiales.

La cantidad de problemas que supuso la intervención insurgente en los asuntos de la Iglesia durante el periodo de la guerra de independencia fue glosada por el vicario del obispado a principios de 1820. Refirió entonces: "la ruina que amenazaba al orden religioso de esta diócesis, el cisma que comenzaba a difundirse en los pueblos, el desprecio de la autoridad episcopal, el abuso en la administración de los santos sacramentos, la nulidad que acompañaba a muchos por falta de legítimo ministro". El vicario añadió:

"...Gimieron los pueblos bajo el yugo del libertinaje: en un momento se vieron separados de su cabeza: pastores mercenarios los guiaban: les hablaban según los desordenados leyes de su corazón y consiguieron convertirlos de religiosos en impíos y de leales en rebeldes. Forjaron un gobierno eclesiástico parecido al de Lutero y Calvino, y los directores de la revolución, como otros Enriquez de Inglaterra se constituyeron cabeza de la Iglesia Americana autorizaron ministros: expidieron dispensar con torpísimas contradicciones: se impidió todo recurso al verdadero prelado y estrecharon al pueblo a recibir de aquellos los sacramentos e instrucción: a usar de semejantes dispensas y a olvidarse puede decirse totalmente de su padre y patrón. Todavía lloramos los espantosos males que ocasionó tal trastorno..."

 

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Nuestra Señora de los Remedios

Alberto Carrillo Cázares

El Colegio de Michoacán.

Segundo Encuentro Académico.Conferencia Episcopal Mexicana.

Conmemoración del Bicentenario de la Independiencia

Y el Centenario de la Revolución Mexicana

Morelia , Michoacán, 24 y 25 de Septiembre 2009.

 

 

El haber insertado el tema de los Remedios en el programa de este Encuentro Académico en el Bicentenario de la Independencia es un acierto, en cuanto nos permite recuperar la significación histórica de un culto tan fecundo como el de los Remedios.

Volver los ojos a los Remedios nos permite descubrir que un culto debidamente realizado, estructura y crea comunidad, le da aliento, desarrollo y perfección. Como lo vemos en la historia de los hospitales del obispado de Michoacán y las cofradías de la Inmaculada Concepción que son el alma de los pueblos pastoreados por don Vasco de Quiroga, el culto crea instituciones de laicos que sirven como instrumentos pastorales para realizar obras de misericordia como las que florecieron en torno al Santuario de los Remedios, en dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, consolar al enfermo y otras obras de misericordia espirituales y corporales que se convierten en formas concretas de cumplir con la justicia, de crear la solidaridad ante los desastres y la tradicional hospitalidad de nuestro pueblo. "Un culto se forma tanto de la historia que se cuenta como de la fe de sus gentes."

Trataré de presentar el origen y desarrollo de la devoción a Nuestra Señora de los Remedios, con especial enfoque al dinamismo con que contribuyó a la integración de la naciente cristiandad mexicana.

 

 

La significación de los Remedios según la pluma de uno de sus primeros evangelistas, don Antonio Valeriano.

Una hermosa descripción del origen de la devoción a Nuestra Señora de los Remedios la presentó en el siglo XVII, en su relación de las apariciones de la Virgen de Guadalupe, don Antonio Valeriano, descendiente de la nobleza indígena, alumno y maestro que fue del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco y colaborador de fray Bernardino de Sahagún, en donde se lee la siguiente referencia:

Al principio, recién llegada la fe a esta tierra que hoy se nombra Nueva España, muchísimo amó, socorrió y defendió la Señora del Cielo, la Purísima Santa María, a estos naturales, para que se rindieran a la fe, abominando la idolatría con que andaban desatinados por el mundo en la obscura nohe en que los tenía esclavizados el demonio. El primero que alcanzó la merced de la preciosa imagen de Nuestra Purísima Reina, que esta aquí cerca de la ciudad de México fue Juan Diego en el Tepeyac de Guadalupe, y luego la imagen que se nombrá de los Remedios se apareció a don Juan en Totoltepec. La vio que estaba entre los magueyes, y en la cumbre de un cerrillo donde ahora está su templo; la llevó a su casa donde la guardó algunos años y después la dispuso en un pequeño templo enfrente de su casa para trasladarla allí"

La imagen de la Nuestra Señora de los Remedios es una escultura de madera de 27 cms. de alto, pintada y estofada, que representa a la Virgen María con el Niño en los brazos.

El culto a Nuestra Señora de los Remedios se ubica en el marco del cristianismo popular, que hunde sus raíces en la España de la Reconquista y cruza los mares con la fe de los que realizan la conquista material y espiritual del Nuevo Mundo.

Pero el secreto del venturoso florecimiento del culto a la Virgen María en su advocación de los Remedios, consistió en que no sólo fue plantado por la devoción de los conquistadores y los misioneros, sino que fue acogido con intenso calor por los naturales de estas tierras, comenzando por los Otomíes.

Esta semilla mariana fue sembrada en una tierra que veneraba, como la del Mediterráneo, a numerosas deidades femeninas y que recibió a la Diosa de los conquistadores con gran beneplácito. Los indígenas necesitados de elementos fáciles de asimilar para reconstruir su Mundo Espiritual y sustituirlo por el que había sido destruído, encontraron en la figura de María la piedra angular.

Estos cultos de la primera hora de la evangelización fundante comienzan con una humilde ermita y se van extendiendo en ondas concentricas al ámbito regional con maravillosas resonancias, manifiestas en milagros que responden a plegarias y súplicas en ocasiones de grandes necesidades públicas o particulares. "Dos elementos comunes resultan en todas estas imágenes: los hechos milagrosos que las rodean y que las hacen objetos excepcionales, y el culto devocional que generan."

Francisco Miranda ha enfatizado la importancia con que estos cultos contribuyeron al mestizaje que dará origen a la futura nación mexicana: "Son cultos fundantes porque crean la base, los cimientos sobre los que en México se construyó el mestizaje religioso y cultural, fortalecido y cuajado luego por el de la sangre, lo cual constituye la singularidad de México y su mayor aportación al Mundo."

Saliendo al paso de un infundio que correrá por cuenta de pasiones partidistas del siglo XIX, reduciendo el culto de los Remedios a bandera de gachupines, Miranda enfatiza, con cabal conocimiento de causa, el papel integrador del culto de los Remedios: "La devoción a la Virgen de los Remedios, igual que la de Guadalupe, correría por dos causes paralelos: el indígena y el español. Ninguna de las dos devociones es exclusiva y de uno solo de los grupos, sino que entre sí lo comunicaron, lo enriquecen y acrecientan."

En cuanto a la importancia que los Remedios y Guadalupe tienen en la primera evangelización cabe señalar que son los dos centros más tempranos de evangelización y culto. La hermita de los Remedios fue fundada por el mismo Hernán Cortés y está dedicada a la maternidad divina de María. Mientras que la de Guadalupe, obra de los primeros misioneros franciscanos, manifiesta la manera como el indígena interpreta el misterio de la Inmaculada Concepción.

La devoción española favorece desde un principio a ambos Santuarios. En la devoción a la Virgen de los Remedios se van a conjuntar diferentes elementos mariofánicos, terminando por apropiársela el pueblo otomí, en cuya cultura es importante el maguey, al pie del cual se la encuentra, y manteniéndolo como parte de su iconografía. Hay también una asociación con la luz, así ciega a los indios para defender a los españoles en huída, echándoles tierra a los ojos, y le restituye la vista a don Juan Tovar cuando éste va a Guadalupe buscando recuperarla, según la interpretación del padre Florencia. Aunque se encuentra la imagen por casualidad, andando don Juan de caza en el paraje, ya se le había preanunciado en visiones de luces misteriosas, apariciones por los aires y cantos, milagros, huídas y conversaciones con el cacique afortunado, a quien se le encargará hacer la ermita, edificación que había sido anticipada con la visión de ángeles construyéndola.

 

Sumario de la historia del culto a Nuestra Señora de los Remedios

Una síntesis de hechos históricos, nos permitirá observar como se fue desarrollando realmente el culto de Nuestra Señora de los Remedios, tanto entre los pobladores de la ciudad de México como entre la población índigena, otomí y mexicana, hasta fortalecerse paulatinamente como devoción emblemáticamente nacional.

1519. Según se creía la imagen de la Virgen de los Remedios habría llegado a tierras mexicanas en manos de Juan Rodríguez de Villafuerte, capitán de las huestes de Hernán Cortés, quien mandó colocarla en los nichos del templo mayor de Tenochtitlan de donde fue rescatada por la misma hueste antes de su retirada ante el empuje de los guerreros de Moctezuma.

1520. El 10 de Julio de 1520 tras la Noche Triste, las huestes de Cortés encontraron refugio en el pueblo otomí de Teocalhueyacan y se aposentaron en el adoratorio del cerro de Otamcapulco. Allí recibieron alimentos, agua y pastura para las bestias, los caciques otomís se quejaron ante Cortés de la crueldad con que los agobiaban los mexicanos, cuando la Malintzin le tradujo al capitán sus quejas éste le respondió: "No tengan pena que abrume, yo regresaré sin tardanza". La tradición agregó que allí Villafuerte dejó escondida la imagen en lo alto del cu en el dicho Cerro de Otamcapulco, donde luego se levantará el Santuario.

1528. En esta temprana fecha, se habla ya en las actas del Cabildo de la Ciudad de México de una Ermita de Nuestra Señora de los Remedios.

 

La tradición y la historia

La historia mítica de los Remedios añade que la Virgen "se apareció al cacique don Juan de Tobar y que fue encontrada, huida taumatúrgica y hermanada con la de Guadalupe".

La tradición añadirá: que la imagen se veneraba primitivamente en casa del mismo cacique Ce Cuautli o Juan del Aguila quien consigió que se le edificara la primera capilla.

La historia documental establece que en realidad fue el Cabildo y Ayuntamiento de la ciudad de México el que recupera la memoria perdida y decide refundar la Ermita, el 30 de abril de 1574. El virrey don Martín Enríquez, apoyando al Cabildo de la ciudad acuerda construir una capilla que se encargó a don García de Albornoz, Regidor del mismo Ayuntamiento y Obrero Mayor de la ciudad. El mismo virrey autorizó como Patrón del Santuario al Cabildo y Regimiento de la ciudad con el derecho de presentar capellán. El primero, fue el lic. Felipe de Peñafiel, con salario anual de cincuenta pesos de minas, y su primer sacristán don Gabriel López, labrador vecino de aquel pueblo. "Obtuvo también la Ciudad privilegio para que el sitio y el santuario estuviera exento de la jurisdicción de Tlacupa (Tacuba) y lo administrase la justicia de la Ciudad".

El paso más importante para asegurar el buen desarrollo del culto en la Ermita fue la Constitución de la Cofradía de Nuestra Señora de los Remedios, formada por laicos principalmente del mismo Cabildo de la Ciudad. Las Ordenanzas de la Cofradía que garantizaron la buena administración de los Remedios, fueron aprobadas por el provisor del arzobispado doctor don Esteban del Portillo el 18 de marzo de 1575, donde se asientan que se funda para que "todos los fieles cristianos fuesen a sus oraciones y devociones… y a servir a Dios Nuestro Señor y a su Bendita Madre, servir a los pobres, aposentar a los peregrinos que fueren a novenas y si fueren enfermos o enfermaren durante la novena, durante todo el tiempo que fuere necesario". Y por eso el Ayuntamiento "procuró y trajo de su Santidad muchas indulgencias para la dicha casa, y para gozar de ellas muchas personas devotas han entrado y entran en la Cofradía". Alli mismo se hace constar que la fiesta titular del Santuario será el 2 de julio, festividad de la visitación de la Virgen María. Se manda también que para oir confesiones y enseñar la doctrina se nombre un sacerdote aprobado por el Obispo que sepa las lenguas mexicana y otomí y tenga obligación de celebrar dos misas a la semana, con un salario de ciento cincuenta pesos de oro de minas, el sacristán recibirá por su oficio cien pesos.

Gracias a dicha Cofradía el culto fue creciendo y el Santuario enriqueciendose de limosnas y alahajas que constituyeron un espléndido marco de la devoción de la ciudad de México y los pueblos indígenas circunvecinos, que convirtió al Santuario de los Remedios en uno de los más suntuosos recintos de culto a la Nuestra Señora la Virgen María, a donde se multiplicaron las peregrinaciones y desde donde la milagrosa Imagen comenzó a llevarse en solemne procesión a la ciudad de México en años de sequía para implorar la bendición de las lluvias.

 

La propagación del culto en el siglo XVII.

En el siglo XVII una serie de historiadores tomaron a su cargo la fervorosa tarea de difundir la devoción a la milagrosa Imagen de Nuestra Señora de los Remedios. Entre ellos destacan los siguientes:

1621.- Fray Luis de Cisneros, de la Orden de la Merced: Historia del principio y origen, progresos, venidas a México y milagros de la Santa Imagen de Nuestra Señora de los Remedios, extramuros de México.

1624.- Juan de Grijalva, de la Orden de San Agustín: Crónica de la orden de N.P.S. Agustín en las provincias de la Nueva España, en cuatro edades desde el año de 1533 hasta el de 1592.

1696.- Francisco de Florencia, de la Compañía de Jesús: La Milagrosa inversión de un thesoro escondido

No es casual, sino cosa natural, que todas estas obras se produjeran en una misma época, el siglo XVII novohispano, puesto que esta centuria constituye la era que viene a ser "El siglo de la integración", como acertadamente lo han titulado Andrés Lira y Luis Muro en su Historia General de México.

 

Relación del padre Francisco de Florencia.

De los tres mencionados "evangelistas" de Nuestra Señora de los Remedios, el más florido y el que alcanzó mayores frutos de devoción en la Nueva España, fue sin duda el jesuíta padre Francisco de Florencia, quien publica en México (1696 ) y luego en Sevilla (1745) su espléndida obra. Me limitaré, por razones de espacio y tiempo, a presentar aquí la barroca portada de su extenso panegírico:

 

La milagrosa invención

de un thesoro escondido

en un campo,

que hallo un venturoso cazique,

y escondio en su casa, para gozarlo

a sus solas:

Patente ya en el santuario

de los remedios

en su admirable imagen de Nuestra Señora;

señalada en milagros, invocada

por patrona de las lluvias,

y temporales:

Defensora de los españoles,

Avogada de los Indios,

Conquistadora de México,

Erario Universal de las Misericordias de Dios,

Ciudad de refugio para todos los que a ella se acogen.

Noticias de su origen, y venidas a México;

Maravillas que a obrado con los que la invocan;

Descripción de su casa,

Y Meditaciones para sus novenas.

Por el P. Francisco de Florencia, de la Compañía de Jesús.

Dalas a la estampa

El Bachiller don Lorenzo de Mendoza,

Capellan, y Vicario de la Santa Imagen, y Comissario del Santo Oficio.

Dedícalas a el Señor don Gonzalo Suárez de San Martín,

Oidor mas antiguo de la Real Chancilleria de México, y Presidente de

la audiencia, Comissario General de la Santa Cruzada en la Nueva España, y Provincias adyacentes, Consultor del Santo Oficio, etc.

Con licencia: en Sevilla en la Imprenta de las Siete Revueltas.

A costa de D. Juan Leonardo Malo Manrique. Año de 1745.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estas hermosas versiones del origen y desarrollo del culto a Nuestra Señora de los Remedios representan la tradición, que nacida de una pequeña semilla, a semejanza del grano de mostaza de la parábola del Evangelio, crece y se llena de frondas donde anidan las aves cantoras.

 

La tarea de reconstruir la historia.

Tarea del historiador en nuestro tiempo, será reconstruir el acontecimiento, objeto del estudio, sobre la base de documentos que revelen la realidad de los hechos, en este caso el origen y desarrollo del culto a la Virgen de los Remedios.

Elementos importantes a tomar en cuenta, serán los autores de antecedentes trabajos sobre el tema. Este es el caso de la Historia Documental de Francisco Miranda que se dedica a realizar un trabajo de investigación sin precedente, que toma en cuenta, por una parte, el valor fundamental de la tradición, tejida fundamentalmente por gente de fe, y por otra la reconstrucción, en base a documentos auténticos, de la realidad histórica del acontecimiento. De esta manera abre un nuevo camino que consiste en documentar "un culto [que] se forma tanto de la historia que se cuenta como de la fe de sus gentes".

Veamos una síntesis de su trabajo sobre la Virgen de los Remedios.

Reconstrucción de la historia de la Virgen de los Remedios.

la tradición de los remedios

la historia documental de los rr.

En un lugar, Totoltepeque, sucede un hecho en que las dimensiones históricas del mismo y lo inesperado de los elementos que se conjuntan, provocan al hombre de fe a aceptar una presencia sobrenatural y milagrosa: haberse salvado de la total derrota el ejército comandado por don Hernando Cortés.

Consumada la conquista, se establece en el sitio un culto a una imagen implicada en el proceso de la misma, a la que se le atribuyeron elementos que van más alla de lo natural. Se resume en ella la historia de la colocación de la Imagen en el Templo Mayor para combatir la idolatría y su recuperación a la huída, con la narración de su aparición para defender a los españoles, echando tierra en los ojos de los indios. Poco a poco, a partir de estos elementos que la vuelven significativa el culto va desarrollando su propio proceso en la mentalidad popular, consiguiendo un lugar privilegiado que incorpora varios elementos del imaginario colectivo.

A la caída de Tenochtitlan Hernán Cortés encomienda al supuesto dueño de la imagen Juan Rodríguez Villafuerte, que se encargue de construirle una Ermita en el cerro donde habían logrado defenderse. La pequeña capilla o ermita gozó al principio del fervor de los españoles y fue ganando también a los indígenas que allí habían tenido un adoratorio. El lugar elevado invita a su frecuentación. El pasar del tiempo y la incomodidad para visitar el lugar, por la distancia del sitio respecto a la Ciudad, hacen que la ermita vaya siendo olvidada por los conquistadores y lo sea más por sus descendientes mientras que va siendo protegida por los indígenas.

Ante la disminución de la población indígena diezmada por las pestes y el declive de la devoción de los criollos, el Cabildo de la ciudad de México integrado por los descendientes de conquistadores y las personalidades más significativas de la sociedad novohispana emprende la recuperación de la memoria histórica de los Remedios.

 

La fábula del título de Generala de las tropas realistas.

No podemos terminar este breve esbozo de la historia del culto a Nuestra Señora de los Remedios sin mencionar la fábula tan divulgada de la adopción de la Virgen de los Remedios como patrona de las tropas realistas frente a las de los Insurgentes.

Sobre la versión de que la Virgen de los Remedios haya sido proclamada por el virrey Venegas generala de las tropas realistas cabe traer aquí el testimonio del historiador Jesús García Gutiérrez, quien comienza recordando que desde mediados de 1809 en que las tropas francesas invadieron España la imagen de la Virgen de los Remedios fue llevada a la Ciudad de México, a la Catedral, para implorar su celestial protección, y que describe la manera como fue venerada por el virrey en dicha ocasión. He aquí su relato:

En la mañana del 30 de octubre de 1810, habiéndose sabido en México que se acercaba el Cura Hidalgo con miles de insurgentes que cometían toda clase de atropellos, tuvo miedo el Virrey de que fuera a caer en sus manos la sagrada Imagen, que era objeto de ternura de todos los mexicanos, quienes siempre se habían esmerado en rendirla los más sinceros homenajes sin conocer límites en su devoción, y no considerándola segura con el corto resguardo de treinta lanceros que había mandado, determinó que ocultamente se condujese a México en el mismo día; y así se hizo, venciendo la resistencia de los pueblos que se hallan al pie de la loma, de San Bartolomé Naucalpan y de Tacuba, los que desde las once de la mañana la siguieron llorando y tratando de impedirlo, por lo que hasta en la noche pudo llegar a la Catedral. Al día siguiente y en medio de un gran concurso del pueblo, que derramaba tiernas lágrimas, fue el Virrey a visitarla. Uno de los padres sacristanes la bajó de su trono para que la besara, y el Virrey, dobladas ambas rodillas, no pudiendo contenerse se abrazó estrechamente a ella, le dio repetidos y reverentes ósculos, y puso en sus benditas y sagradas manos su bastón de mando, confiado en que México nunca llegaría a padecer dentro de sus muros una devastación destructora. Al retirarse recogió el bastón. Eso fue todo lo que hubo y lo que ha dado origen a tantas consejas.

Epílogo

Para cerrar con broche michoacano esta breve comunicación sobre el culto de la Virgen de los Remedios, me complace traer a la memoria que una Imagen de Nuestra Señora de los Remedios fue venerada y tuvo su ermita y luego su Santuario en el pueblo de Zitácuaro, del obispado de Michoacán, desde el mismo siglo XVI, en que comenzó el culto en el valle de México. Traída por Gonzalo de Salazar, encomendero de Tajimaroa, a donde pertenecía Zitácuaro, el culto a Nuestra Señora de los Remedios nació en esa región oriental del obispado de Michoacán, floreció en la época novohispana como polo de integración de los pobladores indígenas mazahuas, fue baluarte de las tres veces heroica villa durante el repetido asedio de las tropas realistas sobre los insurgentes encabezados por el generalísimo Ignacio Rayón, se convirtió en abanderada de los patriotas chinacos contra la invasión francesa, fortaleció la fe católica de la comunidad de Zitácuaro ante la cizaña protestante sembrada por los liberales jacobinos, resistió los embates de la persecución religiosa del Presidente Calles en 1926, y finalmente sigue reinando en la heroica Zitácuaro, que le adornó con la coronación pontificia por manos del arzobispo don Luis María Altamirano y Bulnes, de feliz recordación, el 3 de octubre de 1943, a iniciativas de aquel bien amado párroco don Luis Cerda, hombre humilde, sabio y santo, caritativo y de enorme buen humor (una especie de curas ya en peligro de extinción) por quien el culto de Nuestra Señora de los Remedios se convirtió hasta la fecha en fuente de la fortaleza espiritual y del bienestar social que distingue a esa noble porción oriental de la Iglesia de Michoacán.

Presentación en Power Point

  1. Nuestra Señora de los Remedios

    El culto a Nuestra Señora de los Remedios se ubica en el marco del cristianismo popular, que hunde sus raíces en la España de la Reconquista y cruza los mares con la fe de los que realizan la conquista material y espiritual del Nuevo Mundo.

    Pero el secreto del venturoso florecimiento del culto a la Virgen María en su advocación de los Remedios, consistió en que no sólo fue plantado por la devoción de los conquistadores y los misioneros, sino que fue acogido con intenso calor por los naturales de estas tierras, comenzando por los Otomíes.

    2. elementos de la devoción popular.

    "Dos elementos comunes resultan en todas estas imágenes: los hechos milagrosos que las rodean y que las hacen objetos excepcionales y el culto devocional que generan."

    "Son cultos fundantes porque crean la base, los cimientos sobre los que en México se construyó el mestizaje religioso y cultural, fortalecido y cuajado luego por el de la sangre, lo cual constituye la singularidad de México y su mayor aportación al Mundo."

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    1. antonio valeriano ofrece una temprana y hermosa versión.

    "Al principio, recién llegada la fe a esta tierra … muchisimo amó, socorrió y defendió la Señora del Cielo, la Purísima, Santa María a estos naturales, para que se rindieran a la fe, abominando la idolatría …

    y luego la imagen que se nombra de los Remedios se apareció a don Juan en Totoltepec. La vio que estaba entre los magueyes, y en la cumbre de un cerrillo donde ahora está su templo; la llevó a su casa donde la guardó algunos años y después la dispuso en un pequeño templo enfrente de su casa para trasladarla allí."

    4. la tradición y la historia

    La historia documental establece que fue el Cabildo de la Ciudad de México el que recuperó la memoria perdida y decidió refundar la Ermita, el 30 de abril de 1574.

    El paso más importante fue la Constitución de la Cofradía de Nuestra Señora de los Remedios, formada por laicos principalmente del mismo Ayuntamiento de la Ciudad.

    Para que "todos los fieles cristianos fuesen a sus oraciones… y para servir a los pobres, aposentar a los peregrinos [especialmente] si fueren enfermos".

    Gracias a dicha Cofradía el culto fue creciendo y el Santuario enriqueciendose de limosnas y alahajas [fruto ] de la devoción de la ciudad de México y los pueblos indígenas circunvecinos que convirtió al Santuario de los Remedios en uno de los más suntuosos recintos de culto a la Nuestra Señora.

    5. apogeo del culto en el siglo xvii,

    siglo de la integración.

    1621.- Fray Luis de Cisneros, Historia del principio y origen, progresos, venidas a México y milagros de la Santa Imagen de Nuestra Señora de los Remedios.

    1624.- Juan de Grijalva, Crónica de la orden de N.P.S. Agustín en las provincias de la Nueva España.

    1696.- Francisco de Florencia, La Milagrosa invención de un thesoro escondido

    6. la más extensa y florida historia

    La milagrosa invención

    de un thesoro escondido

    en un campo,

    que halló un venturoso cazique,

    y escondió en su casa, para gozarlo

    a sus solas:

    Patente ya en el Santuario

    de los Remedios

    en su admirable imagen de Nuestra Señora;

    señalada en milagros, invocada

    por patrona de las lluvias,

    y temporales:

    Defensora de los españoles,

    Abogada de los Indios,

    Conquistadora de México,

    Erario Universal de las Misericordias de Dios,

    Ciudad de refugio para todos los que a ella se acogen.

    Noticias de su origen, y venidas a México;

    Maravillas que ha obrado con los que la invocan;

    Descripción de su casa,

    Y Meditaciones para sus novenas.

    Por el P. Francisco de Florencia, de la Compañía de Jesús.

    Dalas a la estampa

    El Bachiller don Lorenzo de Mendoza,

    Capellán, y Vicario de la Santa Imagen, y Comisario del Santo Oficio.

    Dedícalas a el Señor don Gonzalo Suárez de San Martín,

    Oidor mas antiguo de la Real Chancilleria de México, y Presidente de

    la audiencia, Comissario General de la Santa Cruzada en la Nueva España, y Provincias adyacentes, Consultor del Santo Oficio, etc.

    Con licencia: en Sevilla en la Imprenta de las Siete Revueltas.

    A costa de D. Juan Leonardo Malo Manrique. Año de 1745.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

    7. conciliar la tradición y la historia.

    la tradición de los remedios

    la historia documental

    Después de la Noche Triste, en Totoltepeque, se salva el ejército de Hernando Cortés.

    Consumada la conquista, se establece en el sitio un culto a una imagen de Nuestra Señora de los Remedios. Se dice que protegió a los españoles, echando tierra en los ojos de los indios. Poco a poco, a partir de estos elementos el culto va desarrollando su propio proceso en la mentalidad popular, con varios elementos del imaginario colectivo.

    A la caída de Tenochtitlan Hernán Cortés manda construir a la imagen de Nuestra Señora una Ermita en el cerro donde habían logrado defenderse. La Ermita gozó del fervor de los españoles y fue ganando también a los indígenas que allí habían tenido un adoratorio. Al pasar del tiempo la ermita va siendo olvidada por los españoles y protegida por los indígenas. El Cabildo de la ciudad de México emprende la recuperación de la memoria histórica de los Remedios.

     

    8. la fábula de la virgen

    generala de los realistas.

    El 30 de octubre de 1810 sabiendo que Hidalgo se acerca a la capital, el virrey decide recoger la Imagen de los Remedios en la catedral. Allí fue a visitarla, y puesto de rodillas puso su bastón de mando en manos de la bendita Imagen. Al retirarse recogió el bastón.

    Eso fue todo lo que hubo y lo que ha dado origen a tantas consejas.

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    Delitos y pecados en el periodo colonial

     

    Dra. Ma. Isabel Marín Tello

    Profesora Investigadora

    Facultad de Historia, UMSNH

    24 de septiembre de 2009

     

    Introducción

    La finalidad de estudiar la relación entre delito y pecado en la edad moderna, surgió como una necesidad para comprender algunas transgresiones cometidas por la población. En el periodo estudiado, varias conductas de la población eran consideradas delito y pecado en la monarquía española. Las reflexiones que presentaré se desprenden fundamentalmente de la justicia ordinaria en la provincia de Michoacán, cabe señalar que en este trabajo se ha dejado de lado la justicia especial, y por tanto en este momento hace falta el balance que sobre el tema se puede hacer con la documentación referente al tribunal de la inquisición.

    Aunque el periodo estudio parece muy amplio, en la práctica se reduce a dos concepciones sobre la administración de justicia; la que predominó fue la que estuvo más apegada a identificar delito y pecado y que corresponde a los siglos XVI, XVII y buena parte del XVIII; la otra se centra en los cambios que se pretendían llevar a cabo en la España ilustrada y sus dominios y cronológicamente la ubicamos en las tres últimas décadas del Setecientos.

    Delito y pecado

    Para empezar, es necesario señalar la definición de los conceptos que se comentan aquí. Un delito es una infracción a la ley penal, es un acto prohibido que produce más mal que bien. Los delitos ponen en peligro la tranquilidad y el orden público, y también son un atentado contra la fe y las buenas costumbres.

    Por su parte, el pecado es la transgresión voluntaria de la norma religiosa o moral y se caracteriza por el sentimiento de culpa. Pecado es ir contra la ley de Dios y, en la religión católica, que se fundamenta en la creencia de un mundo ultraterreno, éste constituye una ofensa a la divinidad. La Biblia habla del pecado desde Génesis; y en el Nuevo Testamento el pecado se opone a la fe y constituye una violación deliberada de la voluntad divina, atribuible a la soberbia, al egocentrismo y a la desobediencia del hombre. Para el cristianismo, la transgresión de la ley moral es consecuencia del uso desviado de la libertad humana. Existen diferentes formas de pecado que se derivan de pensamientos, palabras y obras contrarias a la ley moral. Pero ¿cuál era la idea de pecado que se tenía en el periodo de estudio?

    En los siglos XVI y XVII no había una clara diferenciación entre delito y pecado y los juristas usaban ambos términos a veces como sinónimos. Francisco Tomás y Valiente desarrolló cuidadosamente el problema de la teoría de Derecho Penal y la influencia de los teólogos de la Monarquía española en la legislación penal. "Como el Estado manifiesta expresamente que uno de sus fines es la conservación y la protección de la fe católica, la alianza entre los reyes, los teólogos y la jerarquía eclesiástica era lógica y fue profunda y estrecha". Existía un clima religioso en la época, eran preocupaciones del Estado la ortodoxia religiosa y la protección de la fe.

    Tomás y Valiente afirma que las ideas de derecho, culpa, delito, expiación, libre albedrío, responsabilidad, conciencia, tan importantes y trascendentales para el Derecho penal, son de dominio mixto de la teología moral y de la filosofía; agrega que sucedía que ambos, juristas y teólogos moralistas, enfocaban unos mismos problemas con idéntica técnica analítica. "Si alguien agrede injustamente a otro y éste se defiende y mata al agresor, ¿habrá pecado, puesto que existe un precepto divino positivo que tajantemente manda no matar? ¿Habrá delito, puesto que las leyes reales y el Derecho Común consideran como delito de homicidio el matar voluntariamente a un hombre?" El citado autor señala que los teólogos moralistas no hicieron ciencia jurídica puesto que nunca abordaron problemas jurídicos penales (delitos) sino casos morales (pecados): "Si yo me ocupo de los teólogos moralistas es por creer que uno de los elementos integrantes de la noción de delito, al menos durante los siglos XVI, XVII y parte del XVIII, es la idea de pecado; y también porque los juristas no fueron indiferentes a la doctrina de los moralistas". Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XVIII cambiaron tales concepciones, por lo menos en teoría, y se trató de marcar la diferencia entre delito y pecado.

    Algunos pecados se convierten en delitos cuando afectan a la tranquilidad pública y la seguridad de los individuos, tales son el robo y el homicidio. En una Monarquía católica, como era la española, resultaba normal la identificación de delito y pecado. Si nos centramos en el texto bíblico, podemos rescatar del Éxodo (cap. 20) los Diez mandamientos, los primeros cinco tienen que ver con la relación del individuo con Dios, los otros cinco tienen que ver con la relación con el prójimo; éstos son los que nos interesan para la comparación con los delitos. Por ejemplo el homicidio, el adulterio y el robo. En el periodo que nos ocupa estas tres conductas eran delito y pecado.

    Detengámonos en la idea de delito en la Monarquía absoluta, donde los principales juristas eran clérigos. ¿Cuáles eran los delitos para el Estado y cuáles los pecados para la Iglesia? Se consideraban delitos públicos tanto los que producían un peligro común a todos los miembros de la sociedad, como los que iban contra la tranquilidad y el orden público, contra la fe pública, contra las buenas costumbres, el asesinato, violencias, incendio, robo y falsificaciones. Había otro tipo de delitos, los privados, que ofendían o dañaban directamente a los particulares. Para la Iglesia, además de lo ya señalado cuando hicimos referencia a los Diez mandamientos, los pecados se derivaban de los siete llamados capitales: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza.

    Siguiendo con la idea del pecado, según Jerónimo Ripalda, los enemigos del alma eran tres: mundo, demonio y carne. Ésta última era considerada el receptáculo del mal, pues el cuerpo tiene pasiones e impulsos; el cuerpo es el lugar de los excesos (p.e. la gula y la lujuria). Mediante el arrepentimiento y la reconciliación con Dios, los hombres pueden liberarse de sus pecados y acceder a la gracia, borrándose sus culpas mediante la confesión. En el caso del delito, la confesión sirve para castigar. Se consideraban pecados graves los que destruían directamente las virtudes teologales -fe esperanza y caridad-, como la infidelidad, la desesperación y el odio a Dios. También eran graves la blasfemia, el perjurio, el sacrilegio, en una palabra, todos aquellos que se cometen inmediatamente contra Dios, pues son contrarios al fin último.

    En general no existía una distinción precisa entre delito y pecado, de ahí la importancia de los últimos años del absolutismo español, período en el que se comienzan a diferenciar ambos conceptos y se replantearon las jurisdicciones. Es la tradición o cultura heredada la que determina el delito y el pecado. El derecho, como la religión, se determinan entonces a través de una revelación que se produce mediante la conservación de textos y la manipulación de la traducción que de ellos se generara. El pecado y el delito se conocen por la ley humana más positiva, pero no porque en ésta se determine, sino porque en ella se registra la jerarquización de los grados anteriores: ley eterna, ley divina, ley positiva, ley natural y leyes humanas.

    Bartolomé Clavero hace un análisis de delitos y pecados y señala que éstos "son aquellos actos que dicen los textos y tradiciones de carácter religioso; delitos los que a su vez figuran en los jurídicos… Estamos ante una sociedad así exactamente tradicionalista, esto es, que se atiene a las determinaciones resultantes de una herencia cultural para la propia definición de su derecho o, mas en general, ordenamiento".

    De manera general, la religión católica distingue tres tipos de pecados: el original, los mortales y pecados veniales; los segundos son llamados también capitales porque son cabeza de otros. En este caso nos interesan los pecados capitales, ya citados. La misma Iglesia católica propone una serie de virtudes contra los pecados: humildad, castidad, templanza, paciencia, largueza, caridad y diligencia.

    Clavero señala que no son delitos los que determinen monarcas, parlamentos o jueces, sino los deducidos de la tradición jurídica. Para él, las tradiciones y los textos son los que definen las transgresiones tanto legales como morales. "Apartarse del bien es delito; pecado, incurrir en el mal. El delito puede cometerse inconscientemente, el pecado requiere deliberación". Sigue afirmando el mismo autor que, a través de la administración de la religión más que de la justicia, podía mejor todavía llevarse un control social durante la Edad Moderna. Tanto el delito como el pecado requerían de una confesión, cada uno con distintas autoridades. La confesión del pecado lleva al perdón y a la absolución por parte del sacerdote, sin embargo la confesión del delito implica castigo por parte del juez. La pena en la confesión del pecado es privada, en cambio en la confesión del delito es pública.

    Intentos por diferenciar delito y pecado

    Desde finales del XVII comenzará a surgir por Europa la idea de diferenciación entre delito y pecado como parte de una más general entre religión y derecho. Por ejemplo la obra de Christian Thomasius, Institutiones Iurisprudentiae Divinae, de 1688. "En sus referidas Institutiones [Thomasius] intenta reducir a humanidad la pena, esto es, definirla como cuestión de un derecho humano con su entidad propia, quedando la inspiración divina para el orden de los pecados y su expiación sin interés social tan directo o sin importancia ya específicamente jurídica". Clavero afirma que el motivo del texto de Thomasius ya era el de la distinción entre religión y derecho o el de la separación de la primera del ámbito del ordenamiento social compulsivo.

    El problema de la separación de delito y pecado en el setecientos se encontraba entre la tradición y la reforma. En el periodo de la Ilustración española, el jurista Manuel de Lardizábal era partidario de diferenciar entre delito y pecado, criticaba a los que defendían que para la graduación del delito se tuviera por regla la gravedad del pecado. "La falsedad de esta opinión consiste en confundir el pecado con el delito, siendo dos cosas realmente distintas". Para Lardizábal, es pecado toda acción contra la ley divina, sea interna o externa, y agrega que ningún acto puramente interno, aunque pecaminoso, es un delito y que las acciones externas, para que lo sean, es necesario que con ellas se perturbe la tranquilidad pública o la seguridad de los particulares. "Hay pues entre delito y pecado una verdadera diferencia y es muy importante no perderla de vista en la legislación criminal". Sin embargo, a pesar de que trata de marcar una diferencia entre ambos conceptos, cuando explica la utilidad de las penas, señala que entre sus fines está la corrección del delincuente para hacerle mejor, con el objetivo de que no vuelva a perjudicar a la sociedad. De esa manera, serviría de "escarmiento y exemplo para que los que no han pecado se abstengan de hacerlo". Llama la atención el uso de pecado en lugar de delito, ¿acaso se confundió el autor?

    En la Nueva España, don Manuel Abad y Queipo señala de qué manera repercute la separación de delito y pecado en su Representación sobre la inmunidad personal del clero, redactada en 1799. En cuanto a las costumbres de la vida cotidiana y los cambios impuestos por el Estado señalaba: "Los obispos y sus vicarios, como establecidos para corregir errores y reprimir los vicios, conocían antes de adulterios, amancebamientos, embriagueces y demás desordenes públicos que escandalizaban el común de los fieles. Y ya están inhibidos en lo absoluto de intervenir en su corrección. Los crímenes de usura, simonía, perjurio, sacrilegio, sodomía, blasfemia y otros semejantes, se separaron también de su conocimiento a pretexto de la cuestión de hecho y de insuficiencia de las penas canónicas".

    Algunos ejemplos de delito y pecado

    El delito y pecado más grave: la lesa majestad, humana y divina, el de la majestad lesionada o el de lesión de este valor, maiestas, que así se considera el supremo. Supremos o soberanos se dicen sus titulares: monarcas y dioses, o un dios con su corte. Éste obedece a un orden social.

    Delitos contra naturam. Estamos ante pecados y delitos, o conductas consideradas tan pecaminosas como delictivas, en el campo sexual. Corresponde a un orden doméstico que, no menos que el religioso y el político, constituía a aquella sociedad. Bestialidad y sodomía, así como posiciones no naturales dentro del matrimonio, masturbación, coito interrupto, incesto, violación de monja, de casada, de virgen, relación sacrílega voluntaria, adulterio. Todo responde a un orden natural y social. El valor protegido era el de la procreación: "Acto no natural es todo aquel que, utilizando sus medios, no se encuentre singularmente dirigido a tal objetivo… El acto contra natura explícitamente era el desperdicio voluntario de la semilla". Ambos, lesa majestad y contra natura, eran delitos enormes y atroces, su pena era la de muerte, pero agravada con el tipo de forma de ejecutar y con otros castigos, pues la muerte no era lo peor.

    Otro delito se consideraba atentar contra la honra. Era más importante el honor que la vida porque el honor y el valor de un orden social preceden a la vida. Después del delito contra el honor estaba el de usura (contra el tiempo), considerada pecado y delito grave. "Delitos contra la majestad, contra la naturaleza, contra la honra, contra el tiempo, delitos más bien exóticos, difícilmente identificables por la historia social del sentido común".

    Hay acciones como el homicidio, que son tanto un delito como un pecado; el quinto mandamiento de la Iglesia establece "no matarás" y, de acuerdo al catecismo del padre Ripalda, veda, además de matar, "hacer a nadie mal en hecho, ni en dicho, ni aun deseo", y peca contra el quinto "el que hiere, amenaza, injuria o a su ofensor no perdona", pues hay otras maneras de matar: escandalizando o no ayudando al gravemente necesitado. Y como el escándalo es el dicho o hecho que da ocasión al pecado, el que escandaliza está obligado a reparar los daños ocasionados. En cuanto al homicidio, un comentarista barroco de las leyes castellanas señala: "está prohibido el homicidio por los derechos, esto es, por el derecho divino, el natural, el canónico, el civil y el del reino"; "cuatro son los lesionados por el homicidio: primero, Dios; segundo, la propia víctima, hecha a imagen de Dios; tercero, sus parientes; cuarto, la República y el Príncipe".

    Otro ejemplo de delito y pecado era el adulterio, pues el noveno mandamiento establecía no desear la mujer del prójimo; contravenir el noveno mandamiento llevaba al pecado de lujuria. Algunos autores han señalado que desear a la mujer ajena, además contravenía el décimo mandamiento que señala "no desearás los bienes ajenos"… El caso es que el adulterio es un ejemplo típico de las conductas consideradas delito y pecado. Para las leyes de Partidas el adulterio deshonraba al marido y al padre y hermanos de la mujer, por eso con la pena establecida se pretendía limpiar el honor. También la bigamia se encontraba en estos casos; durante la mayor parte de la Edad Moderna, la bigamia fue castigada más como un pecado que como un delito, pues un doble matrimonio implicaba que no se respetaba la ley de la Iglesia. "Para la doctrina jurídica bajomedieval, la bigamia se configuró como un delito del fuero mixto, susceptible de ser conocido, indistintamente por la jurisdicción secular o por la canónica en función de la prioridad cronológica: el tribunal que hubiera comenzado a conocer del delito seguiría el procedimiento hasta el final".

    Enrique Gacto afirma que la problemática jurídica del delito de bigamia se simplificó a partir de los decretos sobre el matrimonio que se aprobaron en el Concilio de Trento; en la Edad Moderna el delito de bigamia cayó bajo la jurisdicción canónica del tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, pues la conducta de bígamo podía interpretarse como un indicio de que éste albergaba creencias erróneas acerca del sacramento del matrimonio.

    Consideraciones finales

    La cercanía entre las ideas de delito y pecado existente en las mentes y las obras de teólogos, juristas y legisladores hacía ver en el delincuente un pecador, considerando que la violación de la ley penal justa ofende a Dios en todo caso, según enseñaban los teólogos castellanos del siglo XVI. Desde estos supuestos, la pena era principalmente el castigo merecido por el delincuente, y su imposición tenía muchos visos de una "justa venganza"; se aplicaba para aplacar la "vindicta pública".

    La Iglesia era una institución de gran influencia en la población y contaba con la facultad, delegada del rey, para castigar. Durante los tres siglos de dominación española, en Nueva España la línea divisoria entre delito y pecado era casi imperceptible, ya que "el Derecho Canónico fue entre nosotros ley positiva y obligatoria, parte muy principal de la legislación político-religiosa". En Nueva España la influencia clerical se notaba en todo.

     

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    LOS SENTIMIENTOS DE L A NACIÓN Y LA HIPÓTESIS CRISTIANA

    *

    Rodrigo Guerra López

    II JORNADA ACADÉMICA "INDEPENDENCIA E IGLESIA " CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO,

    MORELIA, MICH.

    25 DE SEPTIEMBRE DE 2009

    * Doctor en Filosofía por la Academia Internacional de Filosofía en el Principado de Liechtenstein; Director del Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV); Página web: www.cisav.org E-mail: rodrigo.guerra@cisav.org

    LOS SENTIMIENTOS DE LA NACIÓN Y LA HIPÓTESIS CRISTIANA

    Rodrigo Guerra López

    INTRODUCCIÓN

    No es fácil celebrar el Bicentenario de la Independencia de México. Los acontecimientos sucedidos entre 1810 y 1821 son complejos y aún ofrecen materia para la disputa erudita de los historiadores. Las luces y las sombras en los protagonistas, en las acciones y en las consecuencias abundan. La Independencia de México, como todo proceso histórico, requiere de una hermenéutica cuidadosa en el que la valoración si bien exige un referente antropológico elemental, también necesita de una adecuada contextualización que permita comprender situación es de hecho, es decir, sucesos sumamente contingentes.

    El papel que el ethos cristiano ha tenido en toda la historia de la nación mexicana, y en particular, en la Independencia no es desconocido para nadie. A continuación intentaremos mostrar que la historia requiere de una comprensión (ontológica) que permita revelar su significado. Esto es particularmente relevante para la interpretación de la Independencia de México no sólo en tanto que hecho del pasado sino principalmente para asumir con responsabilidad los retos que nos plantea el presente y el futuro de nuestra nación.

    1. El ser es lo que ha sido

    La historia antes que un recuento más o menos certero de hechos es una realidad que se construye con múltiples decisiones y omisiones a través del tiempo. La historia como recuento tiene de este modo un fundamento ontológico anterior, cuyo difícil acceso no significa imposibilidad cognitiva absoluta sino principalmente exigencia de una metodología adecuada para comprender lo que fue desde lo que es y en perspectiva de lo que puede ser

    En efecto, la consistencia ontológica del pasado histórico es peculiar. Está construido de eventos contingentes que sucedieron en un cierto momento presente. Sin embargo, estos eventos al ingresar a l espacio de lo que fue adquieren una necesidad, una inmodificabilidad, que nos muestra de un modo peculiar que todo lo que hacemos en el fondo adquiere su significado en el reino de lo necesario y absoluto.

    En efecto, si bien lo que fue ya no es, no puede identificarse sin más con la nada. Lo que fue posee una cierta quididad que delimita precisamente al pasado en general respecto de los otros éxtasis temporales (presente, futuro). Todavía de una manera más particular, podríamos decir que un evento que se dio en el pasado precisamente es identificable en su naturaleza y en su momento temporal gracias a que existen un conjunto de características que lo delimitan y que lo exhiben como una realidad en cierto sentido novedosa, inédita, única hayan existido muchas – aunque similares- en otros lugares y tiempos.

    De este modo, la reflexión sobre la naturaleza del pasado nos permite advertir que aquello que irrumpe inesperadamente en el tiempo, aquello inderivable, fruto, por ejemplo, de la libertad humana, es verdadero Ereignis, es decir, "acontecimiento".

    "Acontecimiento" no significa solamente aquello arrojado inexplicablemente en la realidad sino aquello que siendo una sorpresa posee una dimensión significativa que apunta más allá de su propia facticidad. Toco acontecimiento es signo de algo que lo rebasa.

    El pasado histórico es fruto de la libertad, es contingente en su origen pero necesario en su consistencia esencial (por ser inmodificable) De hecho, el pasado se encuentra incoado en el presente y como proyectado hacia el futuro, es decir, con ese modo de potencialidad que permite que lo que hoy es en acto esté precedido por lo que fue. Esto no significa que todo lo que es en el presente sea reducible a su pasado. Lo que queremos decir es que de manera relativa pero real el presente es el lugar dónde el pasado sigue existiendo como pasado y el futuro se encuentra como preanunciado, no en su totalidad pero sí en su virtualidad .De este modo, lo que es en acto permite que lo que posee un estado no -actual sea realmente de algún modo.

    Estas consideraciones, de repente, pueden parecer extrañas. La ontología del pasado del presente y del futuro fácilmente puede parecer una cuestión teorética lejana del tema que nos ocupa y más de las preocupaciones del momento en que vivimos

    Sin embargo, justo lo que hemos dicho nos puede impulsar a mirar con una renovada luz que todo lo que es recoge lo que ha sido y se encuentra tensionado por lo que puede llegar a ser; que nuestro pasado realmente edifica nuestro presente y prepara nuestro futuro; que no es un mero slogan el afirmar que nuestro pasado es relevante para comprender nuestro momento actual y para preparar un estado de cosas futuro.

    La conciencia histórica reclama una conciencia ontológica porque el tiempo no es el horizonte del ser sino el ser el que circunscribe y delimita todo lo que acaece en el tiempo, en especial, todo lo que las personas y los pueblos construimos en nuestro tiempo. Aunque pueda parecer una verdad ya sabida es importante insistir: el ser no es estático sino que posee una estructura que recoge y proyecta continuamente, que contiene el pasado y que contiene parcialmente también al futuro. El ser-en-el tiempo es por esto, ser con vocación de ser, demanda constitutiva de sentido tanto pasado como futuro. Esto que tiene validez en cualquier ente queda como elevado cuando se refiere a la persona humana y/o a su realidad comunitaria. La vida de los pueblos a lo largo del tiempo porta significados que en el fondo delimitan su origen y su destino. Estos significados nacen, maduran y se transforman gradualmente. Estos significados nos permiten descubrir que la historia no es el mero tiempo sino el tiempo en cuanto atraviesa la subjetividad humana y de los pueblos.

    La historia, de este modo, es una realidad propiamente humana: es el "plus" que lo humano añade al tiempo haciendo de éste una nueva realidad "sui géneris", con género propio.

    2. La nación y su significado

    Con estas premisas podemos decir ahora que recuperar el significado que porta el caminar de un pueblo es en buena medida en lo que consiste interpretar a una nación. En efecto, el pueblo puede ser considerado desde el punto de vista de su organización política. De este modo hablamos entonces de la "civitas", de la comunidad política, de lo que hoy denominamos "Estado "1 El pueblo, así mismo, puede ser interpretado desde el punto de vista del legado que recibe. En este caso hablamos de la Patria, es decir, de aquello que nos heredan nuestros "padres" y todos los que nos preceden. Pero cuando hablamos de "nación" el énfasis está puesto en la dimensión dinámica de la cultura de un pueblo. La nación es el pueblo, su lebenswelt, su idiosincrasia, sus tradiciones, sus creencias, sus costumbres, sus lenguaje, su historia, no sólo en cuanto recibidos como legado sino en cuanto referidos a un destino que se intuye y que se realiza gradualmente.

    La nación es como la personalidad de un pueblo. Posee una componente antropológica y por eso es susceptible de ser reconocida como una realidad propiamente "humana". Sólo los seres humanos poseemos "nación". Así mismo, la nación posee una dimensión pluriforme que expresa la diversidad de cada comunidad humana. Esta diversidad está construida por la libertad y por los factores sincrónicos y diacrónicos que contextualizan a un pueblo determinado.

    1 El "Estado" no es la única configuración posible de comunidad política. Por ello, no toda comunidad política es "Estado".

    Así, el factor identitario de un pueblo no es algo puramente estable o puramente variable sino que en la identidad colectiva confluyen elementos de muy diverso orden y naturaleza. En esta multiplicidad de factores, sin embargo, existe uno que es el más esencial y es la humanidad de cada persona que posee una estructura elemental común. Esta estructura permitirá eventualmente descubrir un conjunto de significados, un conjunto de evidencias que fungen como criterios de juicio al momento de interpretar la propia vida y el mundo a través del tiempo.

    Esto último es importante: u n pueblo, cuando se descubre como nación, vivencia desde dentro de sí el triple éxtasis temporal de pasado -presente -futuro, pero no en abstracto, como quien hace metafísica, sino con toda su concreción humana, cómo descubriéndolo por dentro, desde el núcleo que constituye su propio "yo". De esta manera, el pueblo en cuanto nación, es un ente cultural que se transforma continuamente de manera autopoiética: lo que se ha sido se reasume a cada instante y se proyecta hacia el futuro. Cada paso nuevo de inmediato se incorpora en el "ser" de la nación afinando su avance hacia su destino o entorpeciéndolo. Dicho de otro modo, existe una peculiar teleología de la nación que no es en modo alguno una tensión determinista pero sí un horizonte de realización modificable que moviliza conciencias, expectativas y realizaciones personales y colectivas con una sutil pero importante eficiencia.

    El significado de una nación se advierte, entonces, así: mirando su origen, su desarrollo autopoiético, su estado presente y su proyección teleológica no -determinista.

    3. Los sentimientos de la nación

    Cuando José María Morelos y Pavón se suma al movimiento iniciado por Miguel Hidalgo y Costilla se sumerge en un conjunto de campañas militares que lo absorben profundamente. No es este el momento para hablar de estos numerosos y complejos avatares que Morelos va enfrentando poco a poco. Sin embargo, vale la pena recordar que su inmersión en la acción, en un esfuerzo cuyo destino no está asegurado, es muy grande. La lucha fue cruenta. Los momentos de soledad y vacilación aparecieron en la conciencia de Morelos. Los triunfos eventualmente también arribaron. Pero de repente, luego de tres campañas militares, luego de la toma de Acapulco el 6 de abril de 1813, surge la necesidad de un momento distinto: publica el periódico El Correo Americano del Sur en el que después de muchos meses de lucha armada afronta el reto de la lucha de las ideas. Es en esos mismos días en los que emerge una reflexión, brevísima si se quiere, pero potente en su intención y en su perspectiva. Esa reflexión será expuesta el día 14 de septiembre de 1813 en el marco del Congreso de Chilpancingo al que Morelos había convocado en el mes de mayo. Esta reflexión se intitula Sentimientos de la Nación.

    Morelos piensa que un pueblo no se expresa sólo en sus luchas bélicas, en sus leyes o en sus periódicos. Sino que también lo hace desde el corazón, es decir, desde la conciencia más profunda que es signo de identidad y de vocación. Los Sentimientos de la Nación son una meditación sobre las posibles rutas de futuro que surgen de una mirada atenta a los acontecimientos de aquel presente que hoy es nuestro pasado.

    Las categorías con las que Morelos se expresa son las propias de su época y de su contexto personal y social. Sin embargo, a través de ellas, podemos advertir justamente un esfuerzo por pensar a la nación mexicana con el fin de descubrir su posible sendero hacia el futuro.

    En cada una de las afirmaciones que componen los Sentimientos de la Nación podemos descubrir su raigambre en la historia nacional y el significado que se desea convertir en propuesta de acción para el futuro. Dicho de otro modo, los Sentimientos de la Nación son una interpretación de la nación, de sus significados esenciales, de su destino moral. Miremos cinco de estas declaraciones, a modo de cáliz:

    1º Que la América es libre é independiente de España y de toda otra Nación, Gobierno ó Monarquía, y que así se sancione, dando al mundo las razones.

    4º Que el dogma sea sostenido por la Jerarquía de la Iglesia, que son el Papa, los Obispos y los curas, porque se debe arrancar toda planta que Dios no plantó: omnis plantatis quam nom plantabit pater meus celestis cradicabitur. Mat. Cap. XV.

    5º. Que la soberanía dimana inmediatamente del Pueblo, el que solo quiere depositarla en sus representantes dividiendo los poderes de ella en Legislativo, Ejecutivo y Judiciario, eligiendo las Provincias sus vocales, y éstos á los demás, que deben ser sujetos sabios y de probidad.

    15º. Que la esclavitud se proscriba para siempre, y lo mismo la distinción de castas, quedando todos iguales y sólo distinguirá á un americano de otro, él vicio y la virtud.

    19º. Que en la misma se establezca por ley Constitucional la celebración del doce de Diciembre en todos los pueblos, dedicado á la patrona de nuestra libertad, María Santísima de Guadalupe, encargando á todos los pueblos, la devoción mensual.

    En estas cinco afirmaciones Morelos expresa la nueva comprensión sobre la soberanía nacional que procede el pueblo la necesaria igualdad natural de los seres humanos, distinguiéndose unos de otros sólo por su calidad moral, y el profundo reconocimiento de la religiosidad del pueblo mexicano que no está llamado a cerrar su horizonte a ciertos aspectos de vida privada sino que trascendiendo el ámbito de lo íntimo hace que la religión alcance una significación social e identitaria para el nuevo paso que la nación estaba a punto de dar.

    Los Sentimientos de la Nación representaron la van guardia intelectual independentista de América ya que logran expresar de una manera breve y clara valores que ni José de San Martín libertador de Argentina, Chile y Perú ni Simón Bolívar lograron asumir enteramente. Piénsese a modo de ejemplo en la prohibición de la esclavitud que aún era vista como políticamente incorrecta en muchos espacios y ambientes. Estos valores "liberales" conviven sin problema con el reconocimiento de la religión católica y el significado social de la Virgen de Guadalupe en el proceso de emancipación.

    Los Sentimientos de la Nación logran hacer una verdadera "Aufhebung" de las ideas de Hidalgo, de Rayón, de las Cortes de Cádiz y del propio Morelos. Morelos deseaba que estas tesis guiaran las discusiones del Congreso y eventual mente se tradujeran de alguna manera dentro del corpus constitucional. Esta síntesis, en cierto modo, logra anticipar los valores fundamentales que sostienen los derechos sociales que eventualmente serán reconocidos por primera vez en la historia del Derecho constitucional en la Carta Magna promulgada en 1917. Son, desde nuestro punto de vista, el culmen reflexivo del movimiento insurgente.

    Revisando los Sentimientos de la Nación no es difícil caer en la cuenta que Morelos no es un liberal más. Morelos parece conjuntar en su persona y en sus escritos una peculiar síntesis barroca que integra aspectos esenciales del humanismo político liberal de la época con el ethos católico y guadalupano que él mismo reconoce como una dimensión constitutiva del pueblo mexicano.

    En una palabra, Morelos a través de este breve texto nos ofrece un esfuerzo de interpretación sobre el significado de la nación y sobre su vocación. Esta interpretación es particularmente valiosa porque no censura ni los ideales libertarios ni la experiencia religiosa. Esta interpretación aún no ha caído dentro de los márgenes de la racionalidad ilustrada secularista que considera que la dimensión religiosa de la vida debe privatizarse o desaparecer. El laicismo militante que posteriormente caracterizará a una parte muy importante del liberalismo mexicano, no emerge en Morelos. Existe un peculiar equilibrio en el "siervo de la nación", que lo hace particularmente actual para nuestro momento presente.

    4. Sentimientos de la Nación también hoy

    ¿Ha existido alguna continuación en términos de motivación y contenido de los Sentimientos de la Nación de Morelos? ¿Existe una posteridad intelectual de las intuiciones antes mencionadas?

    Muchos afirmarán que los Sentimientos de la Nación se continúan en el liberalismo mexicano posterior. Sin embargo, si bien es cierto que de manera fragmentaria esto podría ser verdad, cuando se les considera como una unidad, es decir, como una pretensión unitaria hacia el futuro, no es posible sostener cabalmente que el liberal ismo mexicano de finales del siglo XIX y del siglo XX sea la expresión de esta herencia.

    Muy por el contrario, es la nueva síntesis de pensamiento social cristiano la que eventualmente podría ser considerada una suerte de continuación histórica y especulativa del legado de Morelos.

    ¿A qué me refiero? Principalmente a que Morelos manifiesta en los Sentimientos de la Nación un conjunto de ideas que corresponden más al tipo de reflexión que caracteriza a la Doctrina social cristiana que a la teoría social y del Estado correspondiente a aquella época. Esto no nos debería de extrañar si no fuera frecuente olvidar que José María Morelos era un sacerdote formado en una hybris intelectual precursora de la mencionada Doctrina.

    Cuando leemos textos como Aparecida o la Carta de los obispos mexicanos Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos no podemos sino mencionar que ahí están expuestos y desarrollados los actuales sentimientos de la gran nación latinoamericana y del propio México.

    Inmediatamente alguien podría pensar que esto es un exceso debido a que América Latina y México son actualmente entes compuestos por sociedades plurales que distan mucho de la "imagen" que ofrecen estos documentos magisteriales. A esto convendría responder que tanto América Latina como México ya eran sociedades plurales en la época de Morelos. Pero lo que es más punzante aún, que los nuevos sentimientos de la nación expresados en este tipo de reflexión no pierden su valor por no ser los únicos.

    Ni en la época de Morelos ni en la actual este tipo de reflexiones prospectivas pretenden agotar toda la riqueza del ethos nacional y ni toda la riqueza del sueño social que se alberga en los corazones de las personas que integran el pueblo real. Son, por el contrario, una manifestación, modesta si se quiere, del esfuerzo reflexivo que consiste el pensar a la nación a la luz de una perspectiva trascendente

    5. Sentimientos varios, sentimientos encontrados

    Me atrevo a señalar siete sentimientos que fácilmente brotan cuando uno recoge no sólo el texto de Morelos sino el pensamiento social cristiano posterior desarrollado tanto en México como en América Latina. Señalar "sentimientos" de este cuño nos parece relevante para mostrar que el legado de Morelos, como un río caudaloso, asumió varias trayectorias, pero cuya corriente principal, cuyo mainstream, se puede reconocer en la Doctrina social cristiana contemporánea:

    La verdad del hombre revelada en Cristo muestra que todo ser humano – varón y mujer- es persona, posee dignidad y merece respeto.

    La soberanía cultural de la nación tiene prioridad sobre la soberanía política del Estado. La dignidad de la familia tiene prioridad sobre toda soberanía posible.

    La primacía del trabajo sobre el capital reconstruye el significado humano de la actividad productiva.

    El destino universal de los bienes es una dimensión constitutiva de la propiedad privada.

    La opción preferencial por los pobres es un gesto de solidaridad, es decir, de corresponsabilidad para con todos.

    María de Guadalupe no es un hecho del pasado sino un acontecimiento presente que ofrece en su persona y en su maternidad el espacio adecuado para el rencuentro, la reconciliación y el diálogo no-violento. Ella funge como el elemento central –aunque no único –del "pacto fundacional" (sic!) que dio origen a la nación mexicana.

    Todo ser humano tiene derecho a la libertad de conciencia y en particular a la libertad religiosa con el único límite del respeto al derecho de terceros.

    Estos siete sentimientos son diversos en su naturaleza y generan – al mirar la realidad sentimientos encontrados. La tensión existente al interior de la frágil condición humana permite anhelar lo ideal y enfrentarse a la propia realidad siempre limitada.

    Por esto me parece que el cristianismo siempre e s necesario. Sólo en el seno del ethos cristiano se puede interpretar con esperanza el anhelo y el hecho de la Independencia nacional de un modo adecuado.

    Fuera de este ethos todo contraste entre esperanza y realidad resulta chocante e invita al desánimo y al hastío.

    El cristianismo desde esta perspectiva funge como factor de realismo. Todo esfuerzo de emancipación personal o social se torna prometeico cuando se realiza contando sólo con las propias fuerzas. Lo único que puede ayudar a mirar la realidad en su positividad natural es un horizonte mayor como el que marca la nueva humanidad que. históricamente afirmó por vez primera el ethos cristiano.

    Al reconsiderar los Sentimientos de la Nación esto es fundamental: interpretar el modo como un pueblo es nación y avanza hacia su destino, fácilmente se frustra si miramos nuestros vacíos, nuestros errores y nuestras limitaciones prioritariamente. El único modo de ofrecer una mirada diversa es comprender que la ontología del pasado, del presente y del futuro, demanda una realidad significativa que trascienda realmente este triple éxtasis. Dicho de un modo menos teórico: para que nuestra nación pueda autocomprenderse adecuadamente requerimos de mirar en la estructura interna de la realidad, la presencia misteriosa pero igualmente real de Aquel que nos sostiene y nos invita a continuar luchando por un mundo más justo y más humano.